Meditación de la
Joven Prudente en Los enamoramientos
de Javier Marías:
Todo acaba atenuándose, a veces poco a poco y con mucho esfuerzo y
poniendo de nuestra voluntad; a veces con inesperada rapidez y en
contra de esa voluntad, mientras intentamos en vano que no palidezcan
ni se nos difuminen los rostros, y que los hechos y las palabras no se
hagan imprecisos y floten en nuestra memoria con el mismo valor escaso
que los leídos en las novelas y los vistos y oídos en las películas: lo
que ocurre en ellas da lo mismo y se olvida, una vez terminadas, aunque
tengan la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da,
como había dicho Díaz-Varela al hablarme de El Coronel Chabert. Lo que alguien
nos cuenta siempre se parece a ellas, porque no lo conocemos de primera
mano ni tenemos la certeza de que se haya dado, por mucho que nos
aseguren que la historia es verídica, no inventada por nadie sino que
aconteció. En todo caso forma parte del vagaroso universo de las
narraciones, con sus puntos ciegos y contradicciones y sombras y
fallos, circundadas y envueltas todas en la penumbra o en la oscuridad,
sin que importe lo exhaustivas y diáfanas que pretendan ser, pues nada
de eso está a su alcance, la diafanidad ni la exhaustividad. Sí, todo se atenúa, pero
tambien es
cierto que nada desaparece ni se va nunca del todo, permanecen débiles
ecos y huidizas reminiscencias que surgen en cualquier instante como
fragmentos de lápidas en la sala de un museo que nadie visita,
cadavéricos, como ruinas de tímpanos con incripciones quebradas,
materia pasada, materia muda, casi indescifrables, sin apenas sentido,
absurdos restos que se conservan sin ningún propósito, porque no podrán
recomponerse nunca y ya son menos iluminación que tiniebla y mucho
menos recuerdo que olvido. Y sin embargo ahí están, sin que nadie los
destruya y los junte con sus trozos desperdigados o hace siglos
perdidos: ahí están guardados como pequeños tesoros y superstición,
como valiosos testigos de que alguien existió alguna vez y de que murió
y tuvo nombre, aunque no lo veamos completo y su reconstrucción sea
imposible, y a nadie le importe nada ese alguien que no es nadie. (361-62)
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