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Más sobre perdón y reconciliación "à l'allemande". Un pasaje de Field Notes from Elsewhere: Reflections on Dying and Living, de Mark C. Taylor. Traduzco:
A
veces deseo perdonar, pero nunca deseo olvidar. A quienes dicen
"Perdona y olvida", les digo, "Perdona pero recuerda". La cuestión no
es que guarde rencor y busque venganza, aunque en franqueza a veces sí
lo haga. Más bien, mi negativa a olvidar refleja mi respeto hacia el
pasado y mi insistencia en el sentido perdurable de las decisiones y
acontecimientos humanos. Los lugares comunes a veces se vuelven lugares
comunes porque son verdaderos. Lo que se ha hecho realmente no puede
deshacerse. La respuesta adecuada no es olvidarlo y seguir adelante.
Hay pocas frases en le léxico contemporáneo de la psicología y la
cultura pop que aborrezca más "Es hora de seguir adelante". Perdonar y
olvidar para seguir adelante atenta contra la importancia de la
historia—personal o no—y minimiza la seriedad de nuestras acciones.
Algunas cosas no pueden y no deben olvidarse—el arrebatar una vida
humana, la violación de los inocentes, la traición a una persona amada.
Hay, en efecto, heridas tan profundas que nunca debería permitírseles
sanar, aunque pudieran.
Perdonar pero recordar es mucho
más difícil que personar y olvidar. Personar y olvidar es un
acontecimiento definitivo—hazlo, acaba con eso ya, y pasa a otra cosa.
Dejando la pizarra limpia, parece posible empezar de nuevo, pero el
borrado siempre deja huellas aun cuando se nieguen. Lo que se olvida no
desaparece sino que permanece, a menudo se infecta, y a veces vuelve
cuando menos se le espera. En contraste, cuando perdonas pero
recuerdas, el perdón nunca acaba de terminar, lo cual no quiere decir
que se quede incompleto. El perdón debe comenzar de nuevo cada vez que
se se toman ciertas decisiones. El dolor que aún queda por la
transgresión es lo que hace el perdón tan difícil tanto para quien
perdona como para quien es perdonado. En el momento del perdón la vida
del transgresor se vuelve doble: no es perdonado sin más, sino que se
convierte en un transgresor perdonado.
Esta es la lección que enseña
Lutero en su doctrina del perdón. Si Dios me perdona, no estoy redimido
sin más; más bien, son un pecador perdonado—simultáneamente
justificado, y pecador. El pecado, en otras palabras, no desaparece
sino que sigue siendo una parte de mi mismo ser. Además, Lutero insiste
en que la justificación no es mía, sino ajena—la rectitud de otro, de
Jesucristo, se me asigna a mí. Habiendo transgredido, no hay nada que
pueda hacer para merecer perdón—el arrepentimiento no puede eliminar la
transgresión, sólo puede dolerse de ella. Como sabe todo amante infiel,
cuanto más me esfuerzo por ganarme el perdón, antes descubro mi
incapacidad de hacerlo. El perdón, si se otorga, es siempre un don
gratuito del otro. No es necesario aceptar la teología de Lutero para
apreciar la profundidad de su penetración psicológica en la compleja
dinámica del perdón.
¿Quién no ha transgredido?
¿Quién no necesita el perdón de otro? ¿Quién no ha sentido la angustia
de ser incapaz de hacer cualquier cosa para ganarse la aceptación que
ansía de modo tan desesperado? El don del perdón es difícil, si no
imposible, de entender. Aunque a menudo se pasa por alto, el aceptar el
perdón es quizá incluso más difícil que otorgarlo. En el momento del
perdón, me afirmo a mí mismo en el acto de negarme a mí mismo. Esta
contradicción expone una divisón, fisura, falla, en lo que yo pensaba
que era el núcleo mismo de mi ser. Recibir el perdón sin duda duplica
esta contradicción, superponiendo aún otra oposición más sobre el yo
dividido. Soy culpable pero estoy perdonado. Vivir en la ambigüedad de
tal duplicidad es dar al tiempo lo que en justicia le corresponde,
admitiendo su irreversibilidad.
Este acto de perdón no carece
de peligros. Si la persona que perdona no se ve a sí misma reflejada en
los ojos del otro, el perdón mismo se convierte en una transgresión. Me
pongo por encima del otro y, declarando mi inocencia, de hecho admito
mi culpa. Puedo por tanto perdonar al otro sólo confesando mi propia
necesidad de perdón. La palabra y el el acto se encuentran en la cruz
del perdón. Otorgar y aceptar el perdón no son actos externos, sino
actos de habla que cambian nuestro mismo ser. Cuando el perdón se
ofrece de modo desinteresado y es aceptado libremente, dos se hacen uno
en una confesión compartida: "No soy lo que soy y soy lo que no
soy". Estas palabras son tan transformadoras como cualquier acción.
Dios perdona pero no olvida porque me respeta y se toma mis acciones de
modo extremadamente serio. Que yo hiciera menos de cara a mí mismo o de
cara a otros seres humanos sería negar el valor de las vidas que estoy
intentando afirmar. En el momento del perdón, me vuelvo tan paradójico
como lo es el hecho mismo de perdonar.
(
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