sábado, 19 de marzo de 2011

La teoría de la mente y el receptor implícito


Estaba releyendo mi artículo sobre "El realismo como idolatría" con vistas a publicarlo en Ibercampus, y veo que le sigo dando vueltas y más vueltas a cuatro cuestiones básicas. Somos gente de costumbres: vengo de tocar la guitarra en el parque, como hace treinta años, y además, por no cambiar de lecturas, me he comprado Sobre la realidad, de Xavier Zubiri, a ver si me ilumina. 


En el artículo sobre el realismo como idolatría, que empieza con San Pablo y la Patrística, pasaba a relacionarlos con la teoría de la mente de la psicología cognitiva actual:
"El hecho de que conozcamos el mundo mediante teorías de la mente, o intencionalidad interaccional, complica notablemente los conceptos de realidad y de representación. Aprendemos ya de niños a distinguir entre la realidad y lo que los otros creen que es la realidad, e incluso entre la realidad y lo que nosotros creemos que es la realidad. Experimentos de psicología muestran cómo se desarrolla pronto en los niños la capacidad de pasar de una visión "directa" del mundo a una visión mediatizada por una teoría de la mente (de la mente ajena). Así, un niño que ve que alguien no ha visto algún objeto de su entorno se adapta rápidamente en su respuesta ajustando sus interpretaciones a lo que sabe que la otra persona sabe, y a lo que sabe que no sabe."mirrorlooking



































El tema éste de la realidad como modelada por las expectativas es relacionable con la teoría de Erving Goffman (o mi lectura de la teoría de Goffman) según la cual habitamos en una realidad que es una expectativa autocumplida. No sólo es que la realidad que habitamos (en gran medida artificial) haya sido contruida, y esté siendo reconstruida constantemente, en "lo que es", por las prácticas culturales y el trabajo, atendiendo a nuestras expectativas y planes, sino que también, justamente, es interpretada, ella y la "realidad natural" también, de acuerdo con esquemas de anticipación, conocimiento implícito de leyes y procesos, proyección anticipada de planes, intenciones y expectativas... de tal modo que la realidad, cultural o natural, está continuamente respondiendo a nuestras expectativas. Incluso en los casos en que no responde y nos llevamos la sorpresa, normalmente es en el marco de una gramática de las sorpresas, las posibles o esperables.

También hace unos días comentaba la teoría dialógica de Bajtín, muy retroalimentativa e interactiva también, y la noción coetánea de Kenneth Burke según la cual todo lo que conocemos nos llega filtrado a través de unas "pantallas terminológicas" o gafas interpretativas que modelan la manera en que organizamos los hechos del mundo y les damos sentido—sean textos o sean comportamientos o situaciones, pues el corolario de la teoría de Burke es que (como en Derrida) todo es texto, que la realidad humana tiene naturaleza semiótica o (diría Heidegger) hermenéutica.

Nuestro mismo comportamiento es comunicativo e interaccional; presupone receptores implícitos. La idea de que ajustamos nuestro comportamiento a los procesos interpretativos de un receptor ideal fue formulada por Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales; allí también observaba Smith el contraste entre el receptor ideal proyectado por nuestro discurso y el receptor efectivo, el interlocutor real, que con frecuencia no acepta el papel que le asigna nuestro discurso y requiere que reformulemos, que nos ajustemos mejor a la realidad de la persona a la que nos estamos dirigiendo efectivamente, o con quien estamos interactuando. En lo referente a la comunicación escrita, escribí yo sobre este "desfase" entre receptor intencional y receptor efectivo un artículo titulado "Overhearing Narrative". Las formulaciones clásicas de este concepto aparecen en Walker Gibson ("Author, Speakers, Readers and Mock Readers") y en la Retórica de la Ficción de Wayne Booth; luego vinieron, claro, la estética de la recepción, Iser y su lector implícito, y la influencia del dialogismo de Bajtín.

A lo que iba hoy, y a ver si apunto la idea antes de que se me pase, que cada vez necesita más contextualización.  La teoría de la mente tan en boga actual/mente, proporciona un marco adecuado para replantear todas estas cuestiones, o para formularlas en su propio lenguaje o pantalla terminológica, si se prefiere. Así, puede servir para definir en términos de cognición interactiva y de "lectura mental" la relación entre un narrador y un narratario, o un autor y un lector implícito, o un hablante y un oyente sin más. Todo lo que dice un hablante va configurado (es la teoría de las funciones del lenguaje) no sólo por quien el hablante es, y por la naturaleza del tema tratado, sino también por la naturaleza del receptor, o más bien por la naturaleza de la idea que el hablante se hace del receptor. Y aquí ya nos aproximamos a estas cuestiones de retroalimentación que plantea la teoría de la mente. Todo tipo de señales procedentes del receptor pueden hacer que un hablante o escritor modifique su "interlocutor ideal" sobre la base de esas señales procedentes del interlocutor real y efectivo. Todo lo que se dice, de hecho, presupone una figura de un interlocutor implícito al cual esto "necesita decirse" en cierto modo: la organización del discurso se hace sobre la base de comunicar lo que el oyente desconoce, o explicitar en a partir de lo ya dicho lo que se juzga que no está suficientemente explicitado para el interlocutor. 


Lo curioso es que el propio autor del discurso (yo en este caso) se coloca en la posición de tal oyente, lo interioriza—a la manera en que construimos toda interioridad a partir de elementos externos. Y así todo discurso se organiza en parte sobre la orientación a ese Otro interiorizado, que (exista en realidad o sea mero artefacto retórico) requiere que nuestro discurso diga lo que tiene que decir, y explique lo que tiene que explicar.

Observemos que el Otro ideal, siendo como es configurado por el discurso, va cambiando a lo largo del discurso—en efecto, ya no es el que era al principio, ya es él más el discurso precedente, que ha contribuido a formarlo y a poner en sintonía parcial al hablante y al oyente, ya es menos lo que queda por decir (al menos menos de lo ya dicho). Aunque por otra parte lo ya dicho abra a su vez nuevas posibilidades de desarrollo discursivo o posibles direcciones apoyadas en lo precedente— de las cuales el discurso seguirá unas, y otras no. Lo que es éste, aquí se queda por hoy.   Sólo una cosita más apuntar: que el receptor (narratario, lector implícito, oyente, espectador...) se construye por tanto como una mente virtual que está reaccionando constantemente a otra mente (real y virtual ésta), la de la voz que estructura el discurso y se estructura a sí misma ordenadamente, en relación al discurso y al interlocutor, tratando primero lo primero, luego lo de en medio, y lo último —¿dónde? Al final.







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