lunes, 29 de febrero de 2016

Retropost #683 (3 de enero de 2006): Relectura y nuevos significados


Hoy me llega, por fin, el libro sobre Gadamer donde salía mi capítulo titulado "La espiral hermenéutica" (Hans-Georg Gadamer: Ontología estética y hermenéutica. Ed. Teresa Oñate y Zubía. Cristina García Santos. Miguel Ángel Quintana Paz. Dykinson, Madrid, 2005). Pongo aquí un trozo, sobre la crítica como interacción conversacional:



Siguiendo a Gunter (1974), Goffman observa que los participantes en una interacción comunicativa, o bien el analista que la examina a posteriori, no pueden predecir en qué consistirá el siguiente movimiento en un intercambio comunicativo dado, sino que sólo se puede establecer retrospectivamente la conexión temática entre las dos enunciaciones.

what is available to the student (as also to the actual participants) is not the possiblity of predicting forward from a statement to a reply—as we might from a cause to its effects—but rather quite a different prospect, that of locating in what is said now the sense of what it is a response to. For the individual who had accepted replying to the original statement will have been obliged to display that he has discovered the meaningfulness and relevance of the statement and that a relevant action is now provided. (Goffman 1981: 33)

A veces el sentido que se descubre retrospectivamente y se trae a la luz mediante la respuesta no es un sentido intencional en origen. Por ejemplo, con nuestra respuesta podemos descubrir retrospectivamente juegos de palabras o sentidos obscenos no intencionados en las palabras de nuestro interlocutor, llamando la atención sobre ellos. Aún más: la respuesta, verbal o no, puede referirse a un elemento no verbal de la actuación comunicativa del primer interlocutor, con lo cual cada turno conversacional resalta retrospectivamente aquellos elementos de la intervención previa del otro interlocutor a los que elige responder el hablante: “And what conversation becomes then is a sustained strip or tract of referencings, each referencing tending to bear, but often deviously, some retrospectively perceivable connection to the immediately prior one” (Goffman 1981: 72). Goffman observa que el uso del lenguaje hablado no descansa sobre una estructura verbal de turnos conversacionales, sino sobre una secuencia interactiva en la que la acción no verbal es primordial, y la verbalización interviene con frecuencia como un modo de posicionar a los hablantes explícitamente sobre la base de una interacción no verbal previa. Aquí podríamos decir también, como hacía Trotski parodiando el comienzo del Evangelio de San Juan, que “in the beginning was the deed. The word followed, as its phonetic shadow” (1971: 827).

Hemos señalado que, de acuerdo con Goffman, una respuesta puede referirse a elementos no verbales de la interacción comunicativa, y contribuir así a reelaborar o reconducir la interacción. Especifiquemos algo más: la respuesta a elementos no verbales puede estar más o menos verbalizada. Una respuesta que formule verbalmente elementos no explícitamente verbalizados se puede interpretar en un análisis lingüístico como un cambio en el tema de la conversación (en la medida en que restringimos la noción de tema a la coherencia de lo verbalmente expresado, y no de lo expresado en general). Aquí podemos introducir una observación sobre diferentes tipos de no verbalidad que pueden estar sujetos a reinterpretación interactiva. Por una parte están los fenómenos no lingüísticos o paralingüísticos, proxémicos, los gestos, el tono, etc., que son el objeto del análisis de Goffman, ya que sus estudios se dirigen siempre a los aspectos presenciales de la interacción. Por otra parte, este proceso interpretativo retroactivo tiene lugar también a la hora de comprender la información no codificada, y la no explícitamente tematizada, que son así un tipo de “gestualidad” lingüística, aunque se presenten en forma verbalmente accesible—como estilo individual, o como la forma concreta dada al mensaje. Muchas modalidades de interpretación literaria pueden explicarse, al menos en parte, siguiendo esta línea de razonamiento. Se trata de reelaboraciones retroactivas en el curso de un un diálogo diferido con la obra original o con otras lecturas de esa obra (aquí es el crítico quien delimita quiénes son los participantes “ratificados” en la interacción crítica concreta). El crítico puede, a la manera de lo que suelo denominar “crítica amistosa”, elaborar un discurso crítico que no tematiza elementos no tematizados por el autor, o si lo hace, son temas ideológicamente consonantes con el tema de la obra o subordinados a él. Por otra parte, lo que Judith Fetterley llama “resisting reading” y que podríamos llamar crítica crítica, o crítica confrontacional, trata más bien de hacer verbalmente explícitos elementos “gestuales” estilísticos o ideológicos que son disonantes, ya sea con la temática explíticamente propuesta por la obra, o con las valoraciones del propio crítico.

(...)

Los procesos de relectura se prestan especialmente bien a una elaboración retrospectiva del tema, precisamente por su efecto acumulativo. De hecho, toda crítica es relectura. Las lecturas críticas de un texto en cierto modo “destematizan” el texto a la larga, de modo que por la necesaria originalidad de la lectura crítica, hay aspectos de las obras clásicas que se agotan o se vuelven “intratables”; y esa misma intratabilidad hace que sean recuperables tramas de lectura que no hubieran sido posibles o relevantes en primera instancia. Una lectura crítica crea pues un complejo intertextual tanto con el texto objeto de análisis como con lecturas críticas anteriores: son éstas relaciones intertextuales las que deben ser descritas en el análisis de un discurso crítico. En esta intertextualidad descansa la tematización del discurso crítico y su capacidad para formular explícitamente relaciones imperfectamente percibidas antes, y para intervenir retroactivamente en la significación de textos literarios o críticos anteriores.

Con ello no señalamos sino aspectos complementarios de un principio básico la hermenéutica textual que Gadamer ya encuentra expuesto con claridad en Chladenius: “‘Como los hombres no son capaces de abarcarlo todo, sus palabras, discursos y escritos pueden significar algo que ellos mismos no tuvieron intención de decir o de escribir’ y por lo tanto ‘cuando se intenta comprender sus escritos puede llegar a pensarse, y con razón, en cosas que a aquellos autores no se les ocurrieron’”. O, en palabras del propio Gadamer, “cuando se comprende, se comprende de un modo diferente” (1977: 367)—sin que ello sea obstáculo a la dimensión conversacional que existe en toda dialéctica de la comprensión (Gadamer 1977: 445-47). Hay que enfatizar que ésta es una conversación a múltiples bandas, no sólo un diálogo entre el autor del texto y el lector. Y es una conversación que produce sentido, más allá de desvelarlo o cerrarlo. “Mal hermeneuta”, dice Gadamer, “el que crea que puede o debe quedarse con la última palabra” (1977: 673). Y mal conversador...







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