sábado, 26 de marzo de 2011

Santa Elena

He encargado un sello para la Asociación de Personas Mayores de Biescas, y le he puesto esta ilustración:

Santa Elena
—que es, claro, la ermita de Santa Elena, de Biescas. Decía mi padre que en Biescas hay muchos que no creen en Dios pero creen en Santa Elena. Y es cierto que las romerías a Santa Elena son muy populares y nunca falta gente el día de las Cruces. Uno de la quinta de mi padre, Maxi, ha sido el que más ha hecho por mantener la ermita además de otras muchas tradiciones locales de Biescas. Junto con los curas correspondientes, claro. Yo me acuerdo que de críos subíamos el día de Santa Elena a la misa, y me gustaba ponerme al lado de donde se encendían todas las velas, para ver cómo se derretían unas a otras con el calor, y hacían churretones churriguerescos de cera. También nos echábamos la cera por encima de las manos, aunque dolía, por el gusto de quitárnosla luego. De pequeño también tenía mis dudas de si no sería aquí donde habían encarcelado a Napoleón, lejos del mundo. En Santa Elena hay una fuente milagrosa, la Gloriosa—que tiene de milagroso que sale a veces de golpe sin previo aviso y luego se interrumpe. "¡Que sale la Gloriosa!"—y la gente salía de misa para verlo. Unos espeleólogos exploraron el sistema de cuevas de Santa Elena, largo y complicado, con lagos subterráneos y sifones que son los que explicaban el comportamiento errático de la fuente. También concluyeron que el agua milagrosa no era potable—pero la gente la ha seguido bebiendo como venían haciendo desde hace siglos. Aquí ha debido de haber un santuario desde épocas remotas. La leyenda, claro, se remonta explícitamente a tiempos de Santa Elena, la madre de Constantino, que no sé qué haría por estos andurriales—y menos aún perseguida por un moro, que es como nos lo contaban. En fin, que se refugió la santa en el fondo de la cueva que hay al fondo de la ermita, y llegó una araña y tejió su tela delante de ella. Llegó luego el moro perseguidor, y con gesto de detective, se volvió hacia la cámara y dijo, levantando el dedo: "Donde la araña tejió, Elena no pasó". Bien, luego siguió el hallazo de la Auténtica Cruz de Jesucristo, la señal en el cielo durante la batalla, la conversión del Imperio Romano, y todo lo demás—todo gracias a esto que pasó en Biescas. Como digo, el sitio pedía ser un santuario: de hecho, cerca hay restos prehistóricos, el dolmen de Biescas (ahora en versión reconstruida) y algún indicio de habitáculo de tiempos prehistóricos. Pero estos sitios con manantiales extraños siempre tienen algo sagrado—sobre todo si están en un sitio tan espectacular—desde la carretera de abajo se ve la ermita en un prado que luego cae a pico sobre el río con un desnivel impresionante, sobre todo cuando mana la fuente y cae una cascada desde una especie de concha de roca en la que se asienta el prado. Me recuerda mucho al santuario de la Virgen de la Hoz, allá por Guadalajara. Y otros parecidos, con manantiales que surgen del suelo inexplicablemente y que han hecho a los antiguos geólogos hacer especulaciones curiosas sobre la conexión subterránea entre ríos muy distantes. Una de esas leyendas conectaba el manantial de Santa Elena con el río Jordán—supongo que para enfatizar la conexión con Tierra Santa y con la cruz. Algunas leyendas semejantes las cuenta con mucha documentación John Livingston Lowes en The Road to Xanadu. Más abajo de la ermita, donde cruza el río el camino que lleva a Santa Elena, surgen del suelo las Traconeras, cuevas que también tienen su propio misterio y su geología curiosa—también llevan a largas galerías y salas subterráneas no aptas para no espeleólogos.  Y el paisaje de Santa Elena se completa con un fuerte del siglo XIX, restos de fortines y castillos vigilando el paso desde el valle hasta Biescas, búnkers y trincheras excavados en la roca.... y otra ermita más pequeña, y un puente que da auténtico vértigo cruzarlo, aunque mi hermano Luis era muy aficionado a hacerlo pasando por la barandilla. En fin, que Santa Elena es uno de esos sitios a donde volvemos una y otra vez como sin querer; tiene la magia de muchas historias acumuladas, las de todos y las vividas por uno mismo—hemos pasado allí muchos momentos inolvidables, y seguiremos volviendo supongo. Ah, me olvidaba de contar los contenciosos.... resulta que, por estar en el mismo lado del río que la parroquia de El Salvador, correspondía la ermita en puridad (por esas divisiones parrroquiales en quiñones y demás que se hacían antes) más bien a ellos, y no a todo el pueblo de Biescas—cuestión en general olvidada, pero que al parecer ocasionó alguna rencilla, que si no les dejaban entrar a los de la Parroquia de San Pedro cuando llovía... así que los de San Pedro se hicieron su propia ermita más a mano, la Virgen de la Collada. Pero esa acabó decayendo, y decaída sigue—los de Biescas siguieron yendo todos juntos a Santa Elena. Otro contencioso tiene que ver con los del Valle: la fiesta reúne a Biescas y al valle, y es en cierto modo un punto de encuentro e intercambio pacífico desde aquellos tiempos en que eran todos más picajosos y más belicosos con el vecino. Pues bien, la ermita está en realidad más allá del punto más estrecho, de hecho para llegar a ella se pasa por una especie de puerta tallada en la roca, que es donde realmente empieza el Valle de Tena si es que empieza en un punto en concreto. Los del valle, pues, cuestionaban la pertenencia a Biescas de la ermita. Hasta que quisieron oír al cura jurar solemnemente que la ermita era de Biescas, y si no mal rayo le fría. Así que el cura declaró "Juro que la tierra que pisan mis pies es tierra de Biescas" y todos se quedaron convencidos—pero el cura se había llenado los zapatos de tierra en Biescas, antes de subir. En fin, eso dicen. Yo sólo transmito la leyenda.



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