lunes, 10 de septiembre de 2012

La lucha por la vida y la ley del mínimo esfuerzo

Dos conceptos clave surgieron en el siglo XIX para explicar el surgimiento de la complejidad a partir de los fenómenos simples: la lucha por la vida y la ley del mínimo esfuerzo. El primero de ellos lo propuso Charles Darwin, asociado a su concepto de la selección natural; debido a su toque antipático, se le suele ascribir ahora con cierto alivio a los darwinistas sociales antes que a Darwin—sobre todo a Herbert Spencer, que fue también el promotor del concepto de la ley del mínimo esfuerzo. 

La ley del mínimo esfuerzo es parte del intento de Spencer de explicar toda la complejidad universal a partir de un principio único y simple, derivando efectos complejos a partir de la conservación de la fuerza original que hizo surgir el universo. Más sobre esta teoría de la complejidad se puede leer en nuestros artículos sobre Spencer, como Victorian Dark Matter y El Efecto Mariposa y la complejidad ex nihilo. La teoría evolutiva de Spencer es mucho más general que la de Darwin, ya que pretende dar cuenta del origen de todo tipo de fenómenos complejos, no sólo de la diversidad de las especies biológicas. Por lo demás, Spencer remite a Darwin para la cuestión específica de la evolución de los seres vivos.

En El origen del hombre, Darwin hace una extensión un tanto llamativa de su concepto de la selección natural—el concepto clave y original de su teoría de la evolución, el que explica cómo puede surgir la complejidad a partir de una especie homogénea. Con lo cual queda en parte extendido y en parte desvirtuado el concepto. La historia de la discusión al respecto por otra parte da fe de esta ambigüedad del concepto de selección natural; por ejemplo véase este ataque de Pinker al concepto de la llamada selección de grupo, y esta defensa de la selección de grupo. En plan más pintoresco, sacando el concepto de la biología para aplicarlo a productos culturales, están la memética de Dawkins y las ideas de Kevin Kelly sobre el origen de las especies tecnológicas.  Claro que el propio Darwin invita a la ambigüedad al aplicar su concepto en ámbitos muy distintos, en concreto en su discusión sobre el origen y evolución de las lenguas, donde hace suyas las ideas que algunos llamarían pseudo-darwinistas de Schleicher y Max Müller.

Cita Darwin a Max Müller:

"Una lucha por la existencia tiene lugar constantemente entre las palabras y las formas gramaticales en cada idioma. Las formas mejores, más cortas, más fáciles ganan constantemente terreno, y deben su éxito a su propia virtud intrínseca." (El origen del hombre 116).

Por cierto que también cita una curiosa observación de Schlegel sobre el vasco como ejemplo de idioma situado en el grado más bajo de la cultura intelectual, y sin embargo gramaticalmente complejo:

"En aquellos idiomas que parecen hallarse en el grado más bajo de la cultura intelectual, observamos frecuentemente un grado muy elaborado de arte en su estructura gramatical. Éste es en especial el caso del vascuence y el lapón, y de muchos idiomas americanos" (cit. en Darwin, Origen del hombre 117).

Claro que ahí le contradice Darwin para sentar el principio más importante de su teoría lingüística: las lenguas no son productos del "arte" o del diseño intencional, sino que son, precisamente como las formas vivas, resultado espontáneo de la selección natural. Con lo cual el concepto darwiniano se expande hacia esos ámbitos más amplios.

Aquí se junta la selección natural darwiniana con la ley del mínimo esfuerzo de Spencer. La relajación de las formas lleva a la decadencia de las complejas fonologías y morfologías de algunas lenguas primitivas, y acabamos en las cinco vocales del español, o la gramática sencilla del inglés frente al anglosajón. La cuestión es que si bien hay en algunos terrenos una cierta congruencia entre los dos principios evolutivos, el de Darwin y el de Spencer, en otros aspectos parecerían contradecirse, o ser más opuestos que congruentes. En efecto, la lucha por la vida parece que requiere una cierta actividad, no exactamente la ley del mínimo esfuerzo, cosa más inerte. Ahora bien, bien mirados no son tan contrarios, una vez se entienden estos principios en términos generales (no pensando en un jaguar y un perezoso, por ejemplo). Parte del problema es que sean tan generales los principios, los hace a la vez explicativamente poderosos e insuficientes, necesitados de mayor especificidad. Darwin define aquí la selección natural de esta manera un tanto vaga: "La supervivencia o conservación de determinados términos favorecidos en la lucha por la vida es la selección natural" (El origen del hombre 116). Así el término se vuelve de general aplicación y a la vez pierde especificidad digamos ecológica.
Más sobre la teoría darwinista de la evolución del lenguaje puede leerse aquí: La evolución de las lenguas (las de carne y las otras). Pero ahora nos centraremos en la cuestión del concepto de selección natural y sus transformaciones.

En el caso de la lucha por la vida es distinta, por ejemplo, la manera en que lucha un animal, reaccionando a un entorno, construyendo una imagen del mismo, intentando modificarlo, etc... y la manera en que lo hace una planta. O la manera en que resulta naturalmente seleccionado un fenómeno en una determinada etapa de la evolución del cosmos, sólo en virtud de las leyes físicas imperantes. Podría decirse que incluso el jaguar sigue (como el quark a su manera) la ley del mínimo esfuerzo en el sentido de que busca obtener el máximo de proteína con el mínimo de esfuerzo, cazando un perezoso en lugar de un caimán. Pero el mínimo esfuerzo global puede requerir bastante esfuerzo físico puntual, a la vez que un esfuerzo intelectual de acecho, planificación, intención, etc. A veces trabajar poco requiere un gran esfuerzo.

Las dos leyes pues, aunque tentadoramente generales, deben especificarse según el tipo de fenómenos que pretenden explicar. Y la cuestión se complica notablemente una vez introducimos las mentes en la ecuación: las mentes que interpretan una situación, y seleccionan un plan, un objeto, una presa, un producto tecnológico...  La cuestión es que la selección efectuada a través de las mentes sigue siendo selección natural, según la definición de Darwin, y también ateniéndonos al hecho básico de que las mentes son, después de todo, productos y fenómenos naturales. Pero se producen interesantes efectos de retroalimentación cuando el producto de la selección natural (el cerebro, la cultura) efectúa a su vez una selección deliberada (y por tanto artificial, pero natural también). Lo cual nos deja alguna paradoja que no acaba de ser bien tratada por la teoría evolucionista—por ejemplo, cómo el hombre es en parte un ser autodiseñado, un self-made man, en mayor medida que otras criaturas, y precisamente por su capacidad intencional y su tendencia a la planificación. No es ello decir que el diseño del hombre sea un diseño inteligente: Ian Tattersall en Masters of the Planet, y también Gary Marcus en
Kluge: The Haphazard Construction of the Human Mind, enfatizan cómo somos el resultado acumulado de historias acumuladas, desvíos de función, reciclajes funcionales, exaptaciones y andamios que se volvieron estructuras permanentes: "Nuestros cerebros son estructuras provisionales, ensambladas de manera oportunista por la naturaleza a lo largo de cientos de millones de años, y en múltiples contextos ecológicos diferentes" (Masters of the Planet 228). 

Bueno, de los contextos recientes, y no tan recientes, la cultura y sociedad humana es sin duda uno muy influyente. Aquí Joseph Henrich habla en Edge sobre cómo la cultura humana ha sido un motor de la evolución, una huella cultural que se puede leer incluso en el diseño mismo del cuerpo humano. Viene a ser una manera de reintegrar la evolución cultural con la natural, y quizá un tipo de selección natural, la espontánea, con el otro tipo, con la otra selección natural, con la mediada por mentes, intenciones, estrategias y elecciones conscientes. Ya hablé algo al respecto, también, en el artículo sobre la manera en que la ideología interactúa con la evolución.

Habrá que seguir la pista a estas ideas sobre la construcción activa del entorno, y sobre la selección natural guiada por el hombre. Prometen abrir más campo para la interacción entre las ciencias y las humanidades (la tercera cultura ésa)— son ideas que merecen ser seleccionadas, naturalmente.



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