jueves, 27 de septiembre de 2012

El mundo, puro teatro

En mi nueva asignatura de teatro inglés estoy tomando como Leitmotiv o hilo conductor la analogía entre el mundo y el teatro, o la vida como representación dramática, y lo que sucede cuando el teatro de la vida pasa a representarse en el teatro del teatro. Entre los que han reflexionado sobre estas cuestiones, aparte de Shakespeare, me encuentro a Henry Fielding, que en Tom Jones (libro VII, cap. 1), ofrece una irónica

Comparación entre el mundo y el escenario

El mundo con frecuencia se ha comparado al teatro, y muchos escritores serios, además de los poetas, han considerado la vida humana como un gran drama, semejante casi en todo punto a las representaciones escénicas que según se dice fueron inventadas por Tespis, y que han sido siempre recibidas con tanta aprobación y deleite en todas los países civilizados.

Esta noción se ha llevado hasta tal extremo, y se ha extendido tanto, que algunas palabras que son propias del teatro, y que se aplicaban al principio al mundo de modo metafórico, ahora se usan indistinta y literalmente para ambos: así, escenario y escena se han hecho tan corrientes y familiares por su uso general, cuando hablamos de la vida en general, como cuando nos limitamos a las representaciones dramáticas; y cuando hablamos de lo que pasa entre bambalinas, es más probable que estemos pensando en St James [el centro de la vida social de la clase alta de Londres] antes que en el teatro de Drury Lane.

Puede parecer bastante sencillo explicar todo esto, si pensamos que la escena teatral no es sino una representación, o, como la llama Aristóteles, una imitación de lo que existe realmente; y de aquí se deriva quizás que podríamos en justicia alabar altamente a quienes por sus escritos o actuaciones han sido tan capaces de imitar la vida de modo tan capaz, que sus imágenes en cierto modo se funden o se confunden con el original.
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Pero, en realidad, no somos tan dados a prodigar alabanzas a estas gentes, a quienes con frecuencia tratamos igual que los niños a los instrumentos de su diversión; y obtenemos tanto placer al abuchearlos y darles bofetadas, como al admirar su excelencia. Hay muchas otras razones que nos han inducido a ver esta analogía entre el mundo y el teatro.

Algunos han contemplado a la mayor parte de la humanidad a la luz de los actores, como si interpretasen personajes que no son más suyos, y sobre los que no tienen de hecho mayor título de propiedad, del que tiene un actor para hacerse pasar seriamente por el rey o el emperador al que está representando. Así, puede decirse que el hipócrita es un actor, y de hecho los griegos los llamaban a los dos con la misma palabra exactamente.

La brevedad de la vida también ha dado lugar a esta comparación. Así el inmortal Shakespear.


—La vida es un mal actor
que atruena su hora y la pavonea por el escenario,
y luego ya no se oye más de él.

Cita muy sobada, por lo que compensaré al lector con otra muy noble, que creo que pocos han leído. Viene de un poema llamado La Deidad, publicado hace unos nueve años y enterrado en el olvido hace ya tiempo. Prueba de que los buenos no siempre viven más que los malos, ni entre los hombres ni entre los libros:


¡De tí [de la Deidad] viene la fuente de toda acción humana,
los imperios que se alzan, y la caída de los reyes!
!Ved cómo se muestra el vasto teatro del tiempo,
mientras un héroe tras otro va pisando el escenario!
¡Con pompa se suceden las deslumbrantes imágenes,
qué líderes triunfan, y qué monarcas se desangran!
Interpretan los papeles asignados por tu Providencia,
sus orgullos y sus pasiones tendentes son a tus fines:
un tiempo relucen a la luz del día,
y luego, con un gesto tuyo, desaparecen como fantasmas;
¡no queda ni rastro de todo el ajetreo de la escena,
a no ser el recuerdo, que dice que tales cosas han sido!

En todos estos, sin embargo, y en cualquier otra analogía entre la vida y el teatro, el parecido siempre se ha referido al escenario. Nadie, que yo recuerde, ha tomado en consideración el público de este gran drama.

Pero como la naturaleza a menudo exhibe algunas de sus mejores representaciones ante un teatro muy lleno, el comportamiento de los espectadores no menos que el de los actores se presta a la mencionada comparación. En este vasto teatro del tiempo están sentados el amigo y el crítico; hay aquí aplausos y gritos, abucheos y gruñidos de queja; en breve, todo lo que se haya podido ver u oír en el Teatro Real.

Examinemos esto con un caso: por ejemplo, en el comportamiento del gran público frente a la escena que la naturaleza se complació en mostrar en el capítulo 12 del Libro anterior a éste, cuando presentó a Jorge el Negro escapándose con las 500 libras de su amigo y benefactor.

Quienes estaban sentados en la galería superior del mundo [—los asientos más baratos—] trataron dicho incidente, estoy bien seguro, con sus vociferaciones habituales; y probablemente se dio suelta en dicha ocasión a todo tipo de vocabulario malsonante para reprobarlo.

Si hubiésemos descendido al siguiente orden de espectadores, habríamos encontrado un grado igual de aborrecimiento, aunque menor de ruido y malsonancia; y aun así las buenas mujeres le encomendaban a Jorge el Negro al diablo, y muchas esperaban que de un momento a otro vendría el caballero del pie hendido a buscar a quien le pertenecía por derecho propio.

La platea, como de costumbre, estaba sin duda dividida,: los que se complacen con la virtud heroica y el carácter perfecto pusieron objeciones a que se presentase semejante género de villanía sin darle un severo castigo por dar ejemplo. Algunos de los amigos del autor exclamaron—"Miren, caballeros, ese hombre es un canalla, pero es que la naturaleza es así". Y todos los jóvenes críticos del momento, los escribientes, aprendices, etc., lo llamaron de mal gusto, y se quedaron refunfuñando.

En cuanto a los palcos [—los asientos más caros, entonces y ahora—], se comportaron con su cortesía habitual. La mayoría estaban atendiendo a algún otro asunto. Algunos de los pocos que prestaron alguna atención a la escena declararon que era un hombre de mala clase; mientras que otros se negaron a dar su opinión hasta haber oído antes la de los mejores jueces.

Ahora bien, nosotros, que tenemos derecho a pasar entre las bambalinas de este gran teatro de la naturaleza (y ningún autor debería escribir otra cosa que diccionarios y libros de ortografía a menos que tenga este privilegio) podemos censurar la acción, sin por ello pasar a detestar absolutamente a la persona, a quien quizá la naturaleza no tenía pensado asignar un papel malo en sus dramas: porque en este caso la vída es igual punto por punto al escenario, ya que a menudo es la misma persona la que representa al villano y al héroe, y quien hoy se gana vuestra admiración, probablemente atraerá vuestro desprecio mañana. Al igual que Garrick, a quien considero en que en la tragedia es el mayor genio que haya dado jamás el mundo, a veces se aviene a hacer el papel de tonto; igual hicieron Escipión el Grande y Lelio el Sabio, según Horacio, hace muchos años: es más, Cicerón asegura que eran "increíblemente infantiles". —Éstos, ciertamente, hacían el tonto, como mi amigo Garrick, sólo en broma; pero varios eminentes personajes, en casos sin número de sus vidas, han hecho el tonto de modo egregio completamente en serio; hasta el punto de producir alguna duda sobre si predominaba en ellos la sabiduría o la estupidez; o si merecían más el aplauso o la censura, la admiración o el desprecio, el amor o el odio de la humanidad.

De hecho las personas que hayan pasado algún tiempo en las traseras del escenario de este gran teatro, y conozcan a fondo no sólo los diversos disfraces que allí se ponen, sino también el comportamiento fantasioso y caprichoso de las pasiones, que son los empresarios y directores de este teatro, (porque en lo tocante a la Razón, el titular del teatro, se sabe que es un individuo muy vago y que rara vez se esfuerza)—esas personas seguramente habrán aprendido a interpretar el famoso nil admirari de Horacio, o, dicho con la expresión inglesa, no mirar fijamente a nada (o no sorprenderse de nada).

Una única mala acción no hace a un villano en la vida, como no lo hace un único papel malo en el escenario. Las pasiones, como los empresarios de un teatro, a menudo les imponen los papeles a los hombres, sin consultar su criterio y a veces sin considerar para nada sus talentos. Así, el hombre, al igual que el actor, puede condenar aquello en lo que él mismo está actuando; aún más, es frecuente ver al vicio asentado en algunos hombres de modo tan postizo como lo estaría el carácter de Yago en el rostro honrado del sr. William Mills.

En conjunto, pues, el hombre sincero y con buen entendimiento nunca se apresura a condenar. Puede censurar una imperfección, o incluso un vicio, sin rabia hacia el culpable. En una palabra, son igualmente necios, igualmente infantiles, igualmente mal educados, e igualmente mal intencionados, los que levantan clamores y escándalos tanto en la vida como en el escenario. Los peores de los hombres normalmente tienen las palabras villano y canalla en la boca, igual que los sujetos más bajos son los primeros que gritan malo en la platea.



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