sábado, 25 de junio de 2011

Viendo el mundo con la mente

A principios del siglo XVIII, George Berkeley exponía en su obra An Essay towards a New Theory of Vision la noción de que los signos visuales no son inmediatamente transparentes, sino que deben ser procesados mentalmente para construir representaciones de los objetos: por ejemplo, relacionando la información visual con la información proviniente del tacto. Y que esto se realizaba mediante la experiencia. Terminaba su ensayo con una alusión a una persona que, ciega desde la infancia, había recuperado la vista, y proponía que se probase su teoría experimentalmente. También Diderot escribió al respecto en su Lettre sur les aveugles, coincidiendo con Molineux y Locke en que la relación entre visión y experiencia táctil debería aprenderse y no sería innata. Ahora vuelve a estar de actualidad el tema, confirmando las hipótesis de Berkeley en gran medida. Aquí hay un audio de la BBC, de Science in Action, donde después de un reportaje sobre el origen del lenguaje hablan sobre experimentos actuales que estudian el reconocimiento táctil de objetos comparado con la información visual, en personas que han adquirido la vista gracias a una operación. El estudio lo publican Richard Held y otros en Nature Neuroscience ("The Newly Sighted Fail to Match Seen with Felt"). Contra lo que se esperaba, el reconocimiento de los objetos relacionando vista y tacto es mucho menos intuitivo de lo que cabría esperar, y hay que esperar a una asociación de las impresiones basada en la experiencia. Por suerte, los sistemas cerebrales que asocian tacto y vista son plásticos aun en los adultos y se puede desarrollar una asociación de vista con otras experiencias de modo relativamente rápido.

Vamos, básicamente se confirma lo que decía Berkeley—que partiendo de las especulaciones de Molineux las desarrolló para sacar toda una teoría del conocimiento en la que el mundo no existe como tal sino que es organizado por la mente y la experiencia humana. Yo siempre le he tenido simpatía a su noción del inmaterialismo, que supone que el mundo que habitamos no es de naturleza física sino básicamente informacional o semiótica. Le veo grandes posibilidades de contacto con el constructivismo psicológico, y también cómo no con la fenomenología. Yendo más allá, nos sugiere Berkeley que el mundo es una construcción mental—que habitamos, sin sospecharlo, en una realidad virtual, o que no hay otra realidad que la realidad mental y la realidad virtual.

Podríamos sorprendernos de que tengan tantos puntos en común los mundos en que habitan los ciegos y los sordomudos—un mundo auditivo los unos, un mundo visual los otros—sin otro punto en común que la experiencia corporal y táctil. Pero, claro, el mundo en que habitamos todos los humanos es ante todo un mundo social, un mundo de relaciones y de comunicación—un orden imaginario y consensuado, pero que nos sirve para encontrar a local habitation and a name.


caraescorzo

Repasando la Carta sobre los ciegos, para uso de los que ven, de Diderot, me he encontrado con esta impresionante escena que describe la última conversación de Saunderson, el matemático ciego, tras decirles a sus visitantes que no entiende por qué el ha nacido sin vista y ellos con ella. Nacen seres malformados, dice, y la mayoría mueren, pero él ha sobrevivido...

"Conjeturo, pues, que en el origen, cuando la materia en su fermentación hacía eclosionar el universo, seres como yo eran muy frecuentes. Pero ¿por qué no habría de afirmar sobre los mundos lo que creo de los animales? Cuántos mundos tullidos, fracasados, se han disipado, se vuelven a formar y se disipan quizá a cada momento en los espacios alejados, los que yo no toco, y los que ustedes no ven, pero donde el movimiento continúa y continuará combinando masas de materia, hasta que hayan obtenido alguna combinación en la que puedan perseverar? ¡Oh, filósofos! Transportaos, pues, conmigo a los confines de este universo, más allá del punto que yo toco, y donde vosotros veis seres organizados; paseaos por ese nuevo océano, y buscad a lo largo y ancho de sus agitaciones irregulares, algún vestigio de ese ser inteligente cuya sabiduría admiráis aquí!

"Pero, ¿para qué extraeros de vuestro elemento? ¿Qué es este mundo, señor Holmes? Un compuesto sometido a revoluciones, que indican todas una tendencia continua a la destrucción; una sucesión rápida de seres que se suceden unos a otros, se empujan, y desaparecen; una simetría pasajera; un orden momentáneo. Os reprochaba ahora mismo estimar la perfección de las cosas por vuestra capacidad; y podría acusaros aquí de medir su duración ateniéndoos a la de vuestros días. Juzgáis la existencia sucesiva del mundo, como la mosca efímera juzga la vuestra. El mundo es eterno para vosotros, como vosotros lo sois para el ser que no vive más que un instante. Y aún el insecto es más razonable que vosotros. ¡Qué prodigiosa sucesión de generaciones de efímeras atestigua vuestra eternidad! ¡Qué inmensa tradición! Sin embargo, todos pasaremos, sin que se pueda asignar ni la extensión real que ocupábamos, ni el tiempo preciso que habremos durado. El tiempo, la materia y el espacio quizá no sean más que un punto."

Saunderson se excitó en esta conversación algo más de lo que le convenía a su estado; le sobrevino un acceso de delirios que duró algunas horas, y del cual sólo salió para exclamar: "¡Oh, Dios de Clarke y de Newton, apiádate de mí!  y para morir".


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Traduzco de Lettre sur les aveugles, en Diderot, Supplément au Voyage de Bougainville. Pensées Philosophiques. Lettre sur les aveugles. Ed. Antoine Adam.  París: Garnier Flammarion, 1972.
(GF 252). 1995. 105-6.

Para quien le asalte la duda, le aclararé que soy perfectamente consciente de que Arthur C. Clarke no era conocido en el siglo XVIII.





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