martes, 7 de septiembre de 2010

Para Ángel García, maestro de las montañas

angel garcía
Me envía esta nota de recuerdo a mi padre su amigo Joaquín Callabed, que guarda de él, como todos los que lo conocieron, un excelente recuerdo:

Para Angel García, maestro de las montañas

El Rincón de Prometeo de mi casa de Biescas, lugar de encuentros y tertulias junto a la chimenea, se ha quedado mudo y las palabras se congelan. Allí solo está tu recuerdo y tu presencia.

Mientras crepita el fuego, los bellos recuerdos se entrecruzan y compiten en salir. De tu bella biografía quiero destacar un pasaje que habla de tu latido humano y social: educador de los gitanos que vivían bajo el puente en Biescas y su posterior integración social. Ese fue tu alfa y tu omega. Se explica lo que se estudia y se enseña lo que se es. Ya venias de una noble saga de maestros muy queridos por todos los biesquenses. Después pasaron 40 años de magisterio impecable esculpiendo cada día las palabras educación, valores y solidaridad. Recuerdo cuando me presentaste para dar una conferencia en el Ayuntamiento. Un catedrático de la humildad. Florecieron en tu caminar los hijos, los nietos y los amigos. Los ancianos de Biescas y de la comarca también saben mucho de tu iniciativa y generosidad con la creación del Centro de Mayores. Eras un amigo especial con tu vibración positiva de cada día Machado diría “mas que un sabio al uso que conoce su doctrina es, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Recuerdo algunas ideas tuyas cuando decías que
“las personas hacen a las estructuras y no las estructuras a las personas”. También te recuerdo cuando sosegadamente indicabas que “no hay que confundir el nacionalismo con la descarga de adrenalina y la zafiedad”. “Y de las personas resultados que las palabras son baratas”. Eras militante de la honradez, la honestidad, la prudencia y la palabra justa.

Tengo cerca de mí la Odisea de Homero, una especie de Biblia de emociones humanas. Es el primer libro que se leyó públicamente en las ágoras griegas. Homero es un océano exquisito por recorrer. Es uno de los libros más respetables de la historia de la literatura. Quiero dedicarte un párrafo de este libro escrito para un hombre excepcional. Lo he leído aquí, en voz alta para ti:

“Entonces llegó tu madre del mar con las inmortales diosas marinas, después de oír la noticia y un lamento intenso se levantó en el Ponto. Te rodearon llorando las hijas del viejo mar y lamentándose se pusieron vestidos inmortales y cantaban alternativamente unos cantos funerarios con hermosa voz. En aquel momento no había ningún argivo sin lágrimas.

“Dieciocho noches te lloramos e igualmente de día los dioses inmortales y los mortales hombres. El día dieciocho te entregamos al fuego que te envolvió sobre tus vestiduras de dioses en abundante aceite y dulce miel. Muchos héroes aqueos circularon con sus armas alrededor de tu pira a pie y a caballo y se levantaba un gran estrépito. Al amanecer recogimos tus restos envolviéndolos en vino sin mezcla y en aceite pues tu madre nos donó un ánfora de oro. Y levantamos un monumento grande y perfecto. Así podrás ser visto de lejos, desde el mar, por los hombre que ahora viven y los que vivirán después”.


Adiós querido y admirado amigo. No sé decirte nada más.

Joaquín Callabed


Muchas gracias a Joaquín y a todos los que nos han acompañado en la despedida a mi padre. Una cierta despedida—porque la verdad es que a mí por lo menos me sigue haciendo mucha compañía. 

(Tras recibir la nota de Joaquín he soñado esta noche que me leía su libro El Rincón de Prometeo, en el que recoge una entrevista que le hizo a mi padre, y he soñado que lloraba un montón, que también es llorar. Ni dormidos nos libramos de eso. Pongo el texto de su nota que ha aparecido a finales de septiembre en Andalán. Me ha gustado ver la foto de mi padre coincidir en la misma página con la de Labordeta, por cierto, otra persona que ha dejado buen recuerdo de sí a mucha gente).

Lo que dice Joaquín de los gitanos, ahora que me acuerdo, me lo comentaba hace poco mi padre, recordando que allá por los años cincuenta no había costumbre ni de que los gitanos mandasen a sus hijos a la escuela, ni de que viviesen en una casa—debajo del puente estaban, en efecto, aunque no exactamente por vocación. Mi padre consiguió que el ayuntamiento les edificase una casa o especie de casa, por cierto con la oposición del cura, y cuidó de que los gitanos enviasen a sus niños y niñas a la escuela, año tras año, hablando a menudo con los padres con mucha paciencia, pues muchas veces el interés no existía ni por parte de los gitanos ni de nadie más por supuesto. Y aunque muy dados a los estudios nunca han salido los hijos de esas familias, por lo menos fueron escolarizados todos, y aprendieron a leer y a escribir muchos chavales, a veces con gran aplicación de ellos mismos, especialmente de las niñas, en un ambiente que no favorecía mucho el estudio, y donde la discriminación era más que palpable.

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