La Joven Prudente, María Dolz, reflexiona así sobre su modesta posición de segundona en los amores de Díaz-Varela:
No pertenezco yo a esa clase, a la de las creídas, la verdad es que no albergo esperanzas triunfantes, o las únicas que me permito pasan por que Díaz-Varela fracase con Luisa antes, y entonces, tal vez, con suerte, se quede junto a mí por no moverse, hasta los hombres más inquietos y diligentes o maquinadores pueden tornarse perezosos en algunas épocas, sobre todo tras una frustración o una derrota o una larga espera inútil. Sé que no me ofendería ser un sustitutivo, porque en realidad lo es todo el mundo siempre, inicialmente: lo sería Díaz-Varela para Luisa, a falta de su marido muerto; lo sería para mí Leopoldo, al que aún no he descartado pesea a gustarme sólo a medias —supongo que por si acaso— y con el que acababa de empezar a salir, qué oportuno, justo antes de encontrarme a Díaz-Varela en el Museo de Ciencias y de oírle hablar y hablar mirándole sin cesar los laboios como todavía sigo haciendo cada vez que estamos juntos, sólo puedo apartar de ellos la vista para llevarla hasta sus ojos nublados; quizá la propia Luisa lo fue para Deverne en su día, quién sabe, tras el primer matrimonio de aquel hombre tan agradable y risueño que no se entendería que nadie hubiera podido hacerle mal o dejarlo, y sin embargo ahí lo tenemos, cosido a navajazos por nada y en camino hacia el olvido.
Sí, todos somos remedos de gente que
casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la
vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al
cabo del tiempo y desapareció sin deja rastro o sólo la polvareda de
los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos
causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros,
o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las
sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con
eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan
las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la
casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los
fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir
junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó
en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios;
inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos
enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en
lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano...(Javier Marías, Los enamoramientos, 150-51).


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