miércoles, 11 de agosto de 2010

La Maestra

Este texto lo escribió mi padre para el libro Maestras (Zaragoza: Prames, 2004), un libro colectivo de relatos, recuerdos y notas sobre las maestras de los pueblos. En la portada de este libro aparece mi tía Angelines, su hermana, como maestra arquetípica, en la clásica foto rodeada de los niños de la escuela.

LA MAESTRA

(A Eusebia Pomar Guillén)


¿Un relato? ¿Una historieta? ¿Una historia? La realidad supera a la ficción. Allá va.

En un lugar del Pirineo, cuyo nombre tendrás tú que averiguar, bastante más de cien años ha nació una maestra. Y digo que nació maestra porque eso quiso ser desde que balbuceó sus primeras palabras, aunque al principio sólo lograba decir que quería ser ’maeta’. A ese fin dedicó todos sus afanes. Vosotros juzgaréis.

Su padre, Benito, agricultor en los Monegros, había hecho el servicio militar en Cuba y al regreso, cansado de ver sequías y deseoso de ver España, compró una galera y unas mulas y, junto con uno de sus hermanos, durante varios años, ése fue su menester.
maestras
Para sufragar los gastos compraban lo que más abundaba en el país que atravesaban e iban vendiéndolo a lo largo del camino. Naranjas en Valencia, mantas en Palencia... Decía su hija, la maestra, que contaba anécdotas de cualquier lugar de España donde llegase una carretera, de carro, lo mismo de Galicia como de Andalucía.

Pero todo tiene su término y a él se le acabó la carretera antes de llegar a Sallent de Gállego. Era lógico porque en aquél entonces estaban empezando a construirla. Y, cosa atípica, empezaron a construirla por el fin. En Sallent decían que que si se empezaba por el final siempre se encontraría presupuesto para llegar a enlazarla si éste se acababa. Como siempre, tenían sus buenas influencias y las emplearon.

Sallent estaba rebosante de obreros con dinero y sin tiendas donde comprar. Así pues, allí llegaron, aunque no me explico cómo, nuestros incansables viajeros y, encontrando un vacío comercial, montaron el primer comercio fijo del Valle de Tena de que tengo noticia. Eso fue hacia 1880-84.

Allí, con Dámasa, una sallentina vecina, fundaron su familia. Pero aquí no nació la maestra sino un hermano suyo. Valle abajo avanzó la carretera, con ella los obreros y la tienda tras ellos. En el pueblo de esta segunda tienda del Valle de Tena nació la maestra que nos ocupa.

Al bautizo no asistieron sus abuelos, tíos ni parientes de Sallent, porque aquel año, por Todos los Santos, cayó una gran nevada. Su madre tampoco fue a la iglesia, pues no era prudente salir de casa con esa gran nevada y un parto tan reciente. Pero sí tuvo una gran sorpresa:

—¿Sabes cómo se llama tu hija? —le preguntó la madrina al regresar de la iglesia.
María, como dijimos—contestó la madre.
—No; se llama Eusebia. El cura ha dicho que no se le debía quitar un nombre tan bonito como se ha traído.

Dos años más tarde, en 1892, finalizadas las obras de la carretera, comercio y familia se trasladaron a Biescas.

Aquí hicieron una gran amistad con dos maestros jóvenes que acababan de llegar y que pronto contrajeron matrimonio: D. Amadeo y Dª Maximina. Ambos influyeron grandemente en el destino de nuestra maestra.De los 6 a los 13 años Eusebia asistió a la escuela de Biescas con toda normalidad. Debe subrayarse, eso sí, su aplicación y sentido de la responsabilidad.

Por aquel entonces, no existía el Ministerio de Educación, ni con este nombre ni con los que sucesivamente se le van adjudicando, y los maestros, aunque conseguían su plaza por oposición, dependían económicamente del Ayuntamiento. Según costumbre recibían, al final del año, un canastillo lelno de duros, pesetas, perras gordas (10 céntimos), perras chicas (5 céntimos) y céntimos propiamente dichos (gordos y chicos).

Al comercio de Biescas acudían muchos clientes, siendo habituales los de Sallent, que no pasaban sin visitar a su paisana. El más destacado de todos, al menos por su estatura, era el Gigante de Sallent, que también era admirado por su fuerza. Los sacos que un hombre normal llevaba apurado en sus espaldas los llevaba él sin esfuerzo bajo el brazo, y no uno, sino dos. Cuando entraba en la cocina debía instalarse encogido, con la cabeza entre dos vigas. Tapaba con la punta del dedo pulgar un dur ode los "Amadeos" sin que pudiera verse nada en absoluto. Destacaba también por su carácter bonachón.

En 1903, cuando Eusebia contaba 13 años y sólo le quedaba uno de ir a la escuela, murió el Maestro, idóneo, o enseñante que se ocupaba de los niños de 4 a 6 años, y a D. Amadeo y Dª Maximina se les vino el cielo encima de pensar que sus nuevos alumnos ingresaran sin distinguir siquiera las vocales. He de aclarar que, por aquellas fechas, la matrícula normal en las escuelas de Biescas rondaba los 130 alumnos y otras tantas alumnas, atendidos por un maestro y una maestra. Se hicieron muchas gestiones para mantener la escuela de 4 a 6 años abierta, pero nadie en el pueblo quería hacerse cargo de esa tarea.

Como la alumna, Eusebia, de 13 años, era despierta, aplicada, responsable y tenía una indudable vocación de Maestra, D. Amadeo le propuso que se encargara de esa clase. Tras muchas dudas por parte de todos, pues había que buscar también un local, prepararon una sala grande en lo alto de la casa, y ayudada por su madre, que de tanto en tanto subía de la tienda para colaborar, empezó su tarea.

Cobraba una peseta al mes por cada niño. Esto lo pagaban los padres. Si el niño se constipaba o tenía el sarampión, se reducía la aportación a 80, 60, 40... céntimos.

Todo lo que ganaba lo dedicó, desde el primer momento, para sufragar sus estudios de maestra.

Sus estudios de Magisterio los hizo por libre, ayudada principalmente por Dª Maximina, su vecina y maestra y que, con el tiempo, llegaría a ser su cuñada. Pero con sus 130 alumnas, la casa, los hijos y preparando las labores de costura, que entonces se hacían en la escuela, quedaba muy poco tiempo. Así pues, tuvo que afrontar sus estudios casi sin ningún apoyo. La vida era sencilla y en las largas y oscuras tardes de invierno se juntaban las dos familias para contar los sucesos del día, narrar cuentos o leer historias del periódico, a la luz de la vela o de las teas, aunque, a partir de 1901, ya pudieron hacerlo a la luz de las bombillas. Cuando Eusebia acabó sus estudios, comenzó a preparar las oposiciones al Magisterio. El lugar más cercano para hacerlas era Zaragoza y ya debía haber tren, pues no recuerdo oírla hablar de ir en diligencia. Dª Maximina, en 1890, vino a Biescas, desde Huesca, en diligencia de caballos, haciendo noche en Santa María de la Peña.


Seis veces se presentó a las oposiciones, con sus correspondientes desilusiones, pero siempre fue tenaz y constante y al final, a sus 26 años, fue destinada a Otal. Hoy ahí no vive nadie. Llegó la lluvia amarilla.

Otal tenía entonces 16 hogares. Entre 100 y 120 habitantes en verano. En invierno, solamente quedaban en el pueblo los ancianos, las mujeres y los niños. Los hombres iban con el ganado a la tierra baja. Saliendo de Biescas, al este, tras una montaña cubierta de nieve la mitad del años, se encuentra Otal. Para llegar a Otal, que está a 1470 m. y es el pueblo más alto de toda la comarca, si se va andando, lo mejor es subir a Erata por Barbenuta y Espierre. Una vez en la punta, a 2005 m., ves el pueblo abajo en un valle muy solano. Esta es la ruta que eligieron Eusebia, sus padres, D. Amadeo y los acompañantes que desde Otal vinieron a buscarlos con caballerías.

Como siempre, con los machos cargados a tope, les costó 6 horas llegar al pueblo. Todos alabaron la valentía de la maestra, que sin descabalgar, había llegado al pueblo atravesando los tramos más peligrosos, donde era frecuente que las caballerías resbalasen e incluso cayesen. Había una explicación: la maestra iba aterrorizada y confiaba más en el instinto del animal que en sus propias fuerzas. Por otra parte, si se desmontaba, no había en todo el trayecto un punto donde volver a montarse en aquellas bestias enormes, tranquilas y sensatas.

Todo esto aconteció el día de San Ramón, 31 de agosto de 1916, en plena Primera Guerra Europea. Cuando llegaron ahí, sólo se escuchaban la bandurria, guitarra y acordeón, usuales en las fiestas de los pueblos en aquél entonces, y qes que ese día se celebraba la fiesta en Otal. Del sol de la montaña llegó roja y quemada, y, visto el panorama de aislamiento y soledad que le esperaba, le entró tal llantina que, a pesar de la fiesta, los halagos de todos y su natural comedido, no se pudo contener. A esto habían venido a parar todas sus ilusiones, todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, estudiando después de las horas de clase, incluso a la luz de la luna, ahorrando peseta a peseta, céntimo a céntimo, para poder desplazarse a Zaragoza a unas oposiciones tantas veces fallidas.

Ya más calmada, pues, eso sí, sabía sobreponerse a las situaciones más adversas, se hizo cargo de la situación y resolvió que tenía que aceptar la realidad por dura que le pareciese. Para consolarla, los vecinos le explicaron que en invierno, durante muchos días, a veces meses, no se abría la escuela a causa de las nevadas y las ventiscas que envolvían las puertas de nieve y por lo tanto no tendría que ir a trabajar.

"¿Ve Vd. esa borda? Pues cuando nieva en invierno todo se queda parejo y los terneros, cuando salen a beber, se pasean por el tejado lo mismo que por la calle".

A Eusebia, que ante todo estaba allí para ser maestra y no concebía pasarse el invierno sin trabajar, no le gustó la perspectiva, así que, cuando llegaron las grandes nevadas, consiguió que le abrieran camino hasta la escuela, adonde iba a veces por trincheras de nieve más altas que ella, y no era pequeña.

En las Navidades y Pascuas, las únicas salidas que hacía durante el curso, el paso a través de la montaña de Erata, con la nieve, estaba impracticable. Hacían el viaje por Escartín, Ainielle, Berbusa, Oliván, Orós Bajo y Orós Alto, con paradas en las casas de familiares y conocidos de los acompañantes, lo cual, unido al paso seguro pero cansino de las caballerías, hacía que empleasen todo el día.

Llorando entró y llorando se marcó de Otal, tras seis años de estancia. Todo el pueblo salió a despedirla. Allí djaba, enterrado en el pequeño cementerio, a su padre, que la acompañó en sus últimos años y que, tras haber recorrido todas las carreteras habidas, vino a terminar sus días en un pueblo en el que ni siquiera llega, hoy en día, una pista forestal.

Por concurso salió destinada a Belber de Cinca, un pueblo ya mayor y con mejores comunicaciones, de donde recordaba las grandes celebraciones que hacían para la fiesta del árbol.

Durante su estancia en Belber, contrajo matrimonio con Ángel, hermano de sus antiguos maestros y vecinos, con los cuales seguía teniendo una estrecha relación. Era el amor de su vida.

Fue ahí donde se le presentó un gran dilema: debía escoger entre marchar a vivir a Escuer (hoy Escuer Alto), sin carretera, y abandonando la profesión que tanto esfuerzo le había costado, o bien continuar en Belber, separada de su marido. Sin dudarlo, pero con gran duelo, optó por lo primero.

En el año 1930, en un concurso de traslados, consiguió la escuela de Biescas, que además acababa de estrenar edificio. Todo iba de frente.

Su marido, Ángel, animó al Ayuntamiento, y tras muchas gestiones en Madrid habían conseguido trasladar el pueblo de Escuer, muchas de cuyas casas presentaban grietas por corrimientos de tierras, al actual emplazamiento junto a la carretera. Muchos de sus vecinos, que trabajaban en las obras de los barrancos de Arás y Arratiecho, vieron acortada sensiblemente la distancia al trabajo, y él mismo podía desplazarse y vivir en Biescas. Pero eso es otra historia, y larga: sigamos con la Maestra.

Y llegó la guerra. A los quince días de comenzar ésta, cuando aún nadie sabía muy bien por dónde venían los tiros, Eusebia se enteró bien de dónde iban a parar. Su marido fue la primera víctima de toda la comarca.

Llorando, sin consuelo posible, comprobó que perdía la vista. No podría dar clases. Era viuda y con tres hijos a su cargo. Tomó la determinación de no llorar más. Se hizo a sí misma un pacto silencioso de silencio. Ese tema era tabú y nadie quiso en adelante provocar más llantos.

Respetaremos el pacto. Pasarmos por alto los momentos y escenas más tristes, y nos ceñiremos en lo posible a los aspectos más profesionales.

Toda Maestra lleva en su interior un instinto de segunda madre. Muchas de las maestras, durante la guerra, tuvieron, bien a su pesar, que ejercerlo a tope.

A ifn de sacar a los niños de los peligros del frente, se crearon las Colonias Escolares. A una de ellas, en las Vilas del Turbón (Huesca) fueron a parar los niños y maestras de Biescas. Allí la dedicación a los alumnos era exclusiva, incondicional e ineludible. Día y noche. 24 horas.

Era la supervivencia. Era suplir a cada madre, que estaría llorando y que sólo tenían el pequeño consuelo de pensar que sus hijos estaban en manos de personas en las que siempre habían confiado y que no los abandonarían. Pero era la guerra...

Fueron maestras y madres de día y de noche, con los enfermos y con los díscolos, procurando sufrir la falta de amor maternal y los momentos tristes que a veces embargaban sobre todo a los más pequeños. Nadie estaba seguro de que volviesen a ver a sus padres y eso los niños instintivamente lo percibían.

Como premio a esta gran labor, al reincorporarse con sus alumnos a la zona llamada nacional, fueron suspendidas de empleo y sueldo, probablemente por haber ejercido su profesión en el bando contrario.

Esta situación duró varios meses. El dinero ya no valía, pues había una nueva moneda, los ahorros se acababan y su situación no se resolvía. Así pues Eusebia, que como maestra siempre había impartido la justicia entre sus alumnos, creyó que aquella nueva sociedad no podía funcionar sin, al menos, un atisbo de justicia. Se armó de valor y junto con Maximina, su antigua maestra y ahora inseparable compañera de desgracias, ésta no muy convencida, solicitaron una entrevista con el entonces Director General de Enseñanza Primaria.

Hasta el año 1959 ejerció su labor en Biescas, luchando tenazmente por que sus hijos alcanzasen al menos los mismos estudios que ella. No era tarea fácil. En primer lugar, sólo había un Instituto Oficial en Huesca y en aquellos tiempos de racionamiento ya era un logro conseguir la supervivencia. Para desplazarse a Huesca se necesitaba un salvoconducto de fronteras cuyo costo venía a ser bastante más de la mitad de un jornal y sólo valía, cuando más, para 15 días.

Jamás profirió Eusebia una palabra de odio o venganza. Fue cristiana en el sentido más profundo de la palabra. No concebía la mentira ni como broma.

Entre 1929 y 1959, junto con su cuñada que ejerció cincuenta años, todos ellos en Biescas, fueron maestras de abuelas, hijas y madres de toda esta villa. En total, desde 1903 hasta 1960, fecha en que se jubiló a los setenta años, transcurrieron cincuenta y siete, todos dedicados a la enseñanza. Quizá vosotros sepáis de otros récords.

Tras una permuta, acabó su carrera en Saqués, y justamente aquel día, tras un gran temporal de lluvias se cortó, en el Zoque, la carretera que construían cuando nació. Hoy, desde el pueblo en que nació hasta el que finalizó su profesión (quién iba entonces a pensarlo), como dice la Ronda de Boltaña, puede uno desplazarse en un barquito de vela. Pero esta vez de verdad.

Sirvan estas líneas de homenaje, aunque breve, para estas dos y en general todas las maestras que, muchas veces incomprendidas, han dejado su vida y su alma esparcida por los yermos, como decía, no hace tanto, una de ellas.

Tres han sido los motivos que me han llevado a escoger a esta maestra.
1) La conocía muy bien.

2) No tengo noticia de nadie que haya dedicado más tiempo a la enseñanza.
3) Era, y seguirá siendo siempre, mi madre y maestra.


Ángel García Pomar
Biescas (Huesca)
marzo 2004



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PS: Mi padre
abrió su blog Biescas2121 poco antes de su muerte en agosto de 2010. Aunque no pudo continuarlo, quería poner en él este texto. Por fin hoy he localizado la clave y puedo hacerlo. Así que con este homenaje a las maestras y maestros pongo allí este artículo para terminar su blog en recuerdo suyo pues un gran maestro fue, igual que él quiso recordar a su madre al final de su vida.



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PS (2015): En el libro de Enrique Satué Niños del Frente se habla de la estancia de mi abuela en las colonias de guerra en Vilas del Turbón.

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