martes, 4 de marzo de 2025

Balmes, Unamuno, y la paradoja de la fe cristiana

¿Es la fe cristiana delirio demente o sentido común? La paradoja la sintió agudamente Miguel de Unamuno, oscilando vertiginosamente entre la fe desesperada y la desesperación del descreimiento, pero sin duda también la sintió Jaime Balmes, el que Unamuno consideraba un pedestre filósofo del sentido común biempensante, incapaz de inquietarse ante la duda y la paradoja... eso nos lleva a pensar la propia descripción que da Balmes del panorama de horror que le despierta la posibilidad concebible y amenazante de que toda la escatología del cristianismo sea una ensoñación o patología del deseo...

Así comenta Unamuno la visión de Balmes del mundo sin Dios y sin la otra vida:

 

"El sentido común tiene, sin duda, su campo, que no es precisamente el filosófico; pero la paradoja tiene también el suyo. Y si aquél es lo colectivo, lo común éste es es o empieza por ser lo individual, lo propio. La paradoja es el más genuino producto del sentido propio. Y es, por tanto, el más eficaz elemento del progreso, ya que por lo individual se progresa. El cambio es siempre de origen individual; una masa, en cuanto masa, no cambia sino de posición respecto a otras masas. 

La historia toda del pensamiento humano podría reducirse al conflicto y juego mutuo entre el sentido común y el propio, entre la perogrullada y la paradoja, entre el instinto práctico y la razón especulativa.

Y hay también una paradoja crítica o moral. Y si el cristianismo fue un escándalo para los paganos, según San Pablo, es porque fue una enorme paradoja. Y a medida que ha ido desparadojizándose, acomodándose al sentido común moral, ha ido descristianizándose, como lo vio muy bien aquel terrible danés que se llamó en vida Kierkegaard.

Muchas veces se ha hecho notar lo profundamente paradójico del cristianismo. Y sin entrar en lo de credo, quia absurdum, en el mero campo moral es muy exacta la observación del profesor Bossuet, de Gottinga, de que no entenderemos bien ciertas palabras de Jesús mientras no nos demos cuenta de que, tomadas unilateralmente, a la letra, son paradójicas. ¿Qué sino paradoja es aquello de que si el ojo derecho te hace tropezar, te lo saques? ¿Y lo de presentar la otra mejilla al que nos golpeare en una? ¿Y lo de ser más difícil entrar un rico en el reino de los cielos que hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, o enhebrar por éste un calabrote (según se traduzca)? ¿Y aquello otro de que no puede ser discípulo de Cristo el que no odie a su padre y a su madre y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas? 

El honrado padre Scio, en las notas que puso a su traducción castellana de la Biblia, dice, al llegar a este último pasaje (Lucas, XIV, 26), que "aborrecer a sus parientes no quiere decir quererlos mal, sino detestar sus máximas y su conducta cuando son opuestas al Evangelio." Nota henchida, sin duda, de sentido común, pero en la que no resplandece, ciertamente, una gran comprensión del terrible sentido de las palabras de Jesús, pronunciadas cuando se esperaba el próximo fin del mundo. Y la terribilidad de ese sentido es una terribilidad permanente, porque el fin del mundo está de continuo inminente para cada uno de nosotros. De donde el principio de no apegarnos a los afectos de la carne, los que la muerte rompe. 

¿Adónde me ha traído el comentario de Balmes? El cual, por cierto, jamás se dejó llevar a semejantes terribilidades. Su fuerte dosis de sentido común, práctico catalán, le apartó de todo misticismo. No había en él la estofa de un San Juan de la Cruz, el castellano. Vich no es Fontiveros. No hay sino leer, en el capítulo XXVIII de la ética de su Filosofía elemental, las páginas que dedica a la inmortalidad del alma y los premios y penas de la otra vida. Todo es del más sosegado sentido común: falta el soplo del misterio.  Es una disertación retórica y hasta elocuente. "La inmortalidad nos encanta", dice, con encantadora sencillez. Oídle: 

"Y este deseo inmenso que vuela a través de los siglos, que se dilata por las profundidades de la eternidad, que nos consuela en el infortunio y nos alienta en el abatimiento; este deseo que levanta nuestros ojos hacia un nuevo mundo, y nos inspira desdén por lo perecedero, ¿sólo se nos habría dado como una bella ilusión, como una mentira cruel, para dormirnos en brazos de la muerte y no despertar jamás? No, esto no es posible: esto contradice a la bondad y sabiduría de Dios; esto conduciría a negar la Providencia, y de allí al ateísmo." 

Ved en este párrafo, que no carece de una cierta elocuencia vulgar y de lugares comunes—los propios del sentido común—, el instinto sustituido a la razón para servir a las necesidades prácticas del orden moral. Se busca consuelo más que verdad. 

El hombre, al tratar de esto, se exalta. 

"¿Quién nos mece con tantas esperanzas, si no hay para nosotros otro destino que la lobreguez de la tumba? ¡Ay, qué triste fuera entonces el haber visto la luz del día, y el sol inflamando el firmamento, y la luna despidiendo su luz plácida y tranquila, y las estrellas tachonando la bóveda celeste como los blandones de un inmenso festín; si al deshacerse nuestra frágil organización no hay para nosotros nada, y se nos echa de este sublime espectáculo para arrojarnos a un abismo donde durmamos para siempre! ... Entonces el mundo no sería una belleza, no el cosmos de los antiguos, sino el caos: una especie de fragua donde se elaboran, en confusa mezcla, los placeres y los dolores; donde un ímpetu ciego lo lleva todo en revuelto torbellino; donde se han reservado para el ser más noble, para el ser más inteligente y libre, mayor cúmulo de males, sin compensación ninguna; donde se han reunido, en síntesis, todas las contradicciones: deseo de luz y eternas tinieblas; expansión ilimitada y silencio eterno; apego a la vida y muerte absoluta; amor al bien, a lo bello, a lo grande y el destino a la nada; esperanza sin fin, y, por dicha final, un puñado de polvo dispersado por el viento."

Y acaba estas nobles páginas últimas de su ética, henchidas de la elocuencia del sentido común, diciéndonos que la existencia de otra vida la enseña la razón—lo que es dudoso—, nos lo dice el corazón—lo que es muy cierto—, lo manifiesta la sana filosofía—¿cuál es la sana?—, lo proclama la religión, y así lo ha creído siempre el género humano. Esto último, que debe de ser lo de más fuerza para un filósofo de sentido común, es algo que la Historia desmiente. 

¡Pero con qué íntima y recogida emoción, con qué palpitaciones de corazón y de espíritu, leía yo estas elocuentes consolaciones allá, en los melancólicos albores de mi mocedad, en este mismo cuarto en que ahora escribo estas líneas!


Subraya Unamuno, con el contraste de la retrospección, la pérdida de la fe o la mayor claridad de visión que lo separa del cristiano ingenuo o voluntarioso que fue en su juventud.... Y sin embargo su misma filosofía del "sentimiento trágico de la vida" muestra que el Unamuno adulto no ha superado del todo en su filosofía y en su religión la dolorosas antinomias que señala Balmes, sino que más bien se ha instalado en ellas... También se deja adivinar, en la misma elocuencia de Balmes que impresionaba a Unamuno, que Balmes tampoco estaba tan lejos de él como él piensa, en cuanto a sus sospechas, inquietudes y sentimientos paradójicos con respecto a sus "creencias"...  —aunque la opción cauta y conservadora tomada por Balmes sea el (in)sensato sentido común, el credo quia credunt.


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