miércoles, 6 de febrero de 2013

Viendo AMOR de Haneke


Últimamente le he perdido la fe, o las ganas, que fe no sé si nunca he tenido mucha, a hacer reseñas de cine ni comentarios de las películas que veo. Las dejo estar en sus propios términos, y a correr. Pero haré una pequeña observación sobre un efecto cinematográfico en Amour, de Haneke. Aquí una reseña para quien no sepa de qué va. En sustancia, va de un tema desagradable, la vejez y el fin de la vida, el momento en que se descompone la vida cotidiana y la serie de rutinas que la sostienen, y se entra en la cuarta edad, la antesala de la muerte, y lo que pasa allí. Ya sabía al ir a verla que es un poco meterse en una experiencia molesta por no decir dura, algo así como un viaje al futuro que nos espera a todos dentro de veinte, treinta, cuarenta años, yo qué sé. Tan recomendable es ahorrarse el viaje como hacerlo—igual que tan recomendable es ahorrarse la vejez como hacerla, aquello de "muere joven y deja un cadáver bonito", aunque cadáveres bonitos he visto pocos. Bien, en sustancia, una pareja de ancianos cultos, antiguos músicos, Anna y Georges, se ven sorprendidos por un derrame cerebral que primero le causa alguna ausencia a Anna, y luego la deja semiparalizada, y pronto totalmente paralizada y desconocida, sin poder apenas comunicarse excepto para decir "duele, duele, duele". Georges la cuida pacientemente durante varios meses, aislándose de médicos y de hospitales y de su hija que hace como que se preocupa por ellos, y está más interesada en la casa al parecer. Al final, en medio de una de las pacientes conversaciones con Anna, que ya casi son monólogos, y sin previo aviso, Georges de repente la asfixia con una almohada, al estilo Desdémona. Aunque claro, es una eutanasia piadosa (y favorablemente evaluada por el sistema de valores de la película). Anna se debate mínimamente pero muere según previsto. Luego Georges sella la habitación con cinta aislante, dejándola vestida de luto en la cama. Y sigue una escena que rememora las ausencias amnésicas de Anna antes en la película, cuando no se acuerda de cosas que acaban de pasar en la cocina con su marido. Ahora es Georges el que se despierta, al día siguiente de matar a Anna, y descubre para sorpresa suya que está ella fregando en la cocina y que van a salir... seguramente a un concierto como el que veían al principio de la película. Georges reacciona estupefacto, y la sigue, "Ponte el abrigo", le dice ella, y él sale con el abrigo y poco menos que el pijama debajo... seguramente a perderse como un clochard en París, aunque esta parte de la película se presta a más interpretaciones supongo.  Una última escena nos muestra a la hija, Isabelle Huppert, paseándose días después por el piso, ahora vacío por fin. Toda la película ha tenido lugar en el piso, en plan claustrofóbico; una escena simbolizante muestra una paloma que se colaba en el piso y que Georges capturaba y luego liberaba, analogía de su esposa. "Tampoco fue tan difícil", dice sobre la captura de la paloma. La película comenzaba con la policía entrando a la fuerza en la casa, y descubriendo el cadáver de Anna. No quería ir a hospitales Anna, y supongo que a tanatorios tampoco tenía gran interés (yo tampoco); le hizo prometer a su marido que no la llevaría a un hospital, promesa que él no hizo pero que cumplió (de ahí el amor del título, y de otras cosas). El asunto cinematográfico que quería comentar, más allá de las escenas alzheimer-subjetivas del final, que son las únicas que escapan al estricto realismo estilo documental, es el siguiente. El siguiente asunto. Tras la escena inicial de la policía, toda la película hasta la escena final de Huppert es un extenso flashback, que narra la enfermedad y muerte de Anna. El flashback comienza en el final de un concierto al que asisten Georges y Anna, perdidos en el público los descubrimos (quienes vayan avisados como yo). Es una larga escena que muestra el momento de los aplausos, larga para como son las cosas en el cine, el efecto es suficiente para que te dé la impresión de que te has equivocado de película y has ido a parar a una proyección de Infinite Jest de David Foster Wallace, o más exactamente de The Joke: Se recomienda encarecidamente que no afloje Vd. dinero para ver esta películadirigida por J. O. Incandenza. Una proyección del público filmado de frente, aplaudiendo (de sala de conciertos en la película, de cine el que miramos). Como dos espectáculos enfrentados uno a otro, el público aplaudiendo al público que lo mira un tanto molesto de que le muestren tanto público. Esa escena nos sitúa en tanto que habitantes potenciales del mundo de la pantalla. Somos como ellos, burgueses moderadamente cultos que van a espectáculos culturales—aunque pronto perderemos gradualmente el interés en la cultura; es amarga la visita a casa que les hace el concertista más adelante. Y otra cosa más: al cine se va frecuentemente en pareja, incluso a ver las de Haneke, a pasar un rato agradable. A las de Haneke, parejas cultas de cierta edad, no digo que tan mayores como la pareja que protagoniza Amor. Con nuestra pareja se nos ve en conciertos y películas, y con nuestra pareja se nos ve entre bambalinas después del espectáculo público; eso es lo que sucede al volver a casa, donde transcurre la totalidad de esta película; la vida cotidiana sin gracia ni misterio, hasta que se descompone el orden de sus rutinas y rituales. Y entonces nos espera la aventura última con nuestra pareja, porque es nuestra pareja (cuando la hay), y si no nuestra familia, quien nos acompaña hasta el último hospital, cuando nos llevan allí; en este caso no. Y a veces, cada vez más (es un drama occidental típico de hoy) es nuestra pareja la que tiene que decidir cuándo matarnos, por ahorrarnos el sufrimiento, si la película dura demasiado.  El acierto de Haneke es mostrarles a las parejas que van al cine este pedazo de su vida futura, si no real, que aún no ha sucedido nada, y estamos yendo al cine y a conciertos, sí potencial. No es que vayamos a tirar de almohada todos, ni siquiera muchos, pero a muchos de los que están sentados lado a lado viendo el espectáculo les va a tocar decidir sobre la vida y la muerte de su vecino de asiento. 
Cuándo desenchufarnos. Y ese es un pensamiento duro para las parejas y para las familias; es parte de la letra pequeña del contrato matrimonial, tan pequeña que preferimos no leerla, o no nos llega la vista sin más, porque ya empezamos a tener la vista cansada.


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