viernes, 10 de junio de 2016

Dos maneras de mirar por el rabillo del ojo


No sólo miramos con los ojos—miramos con el cuerpo, y con la mente. La mirada corporal es visible. La mirada mental es la mirada invisible.

Las expresiones "mirar de reojo" o "mirar por el rabillo del ojo" son en cierto sentido bastante claras, y se entienden bien en el sentido de mirar algo disimuladamente, o no directamente, sin fijarlo directamente con la mirada; es lo contrario de mirar algo de frente y abiertamente. Así por ejemplo, si estoy sentado en el bar, entra una chica y la miro por el rabillo del ojo, es lo contrario de lanzarle una mirada descarada, una mirada que vaya a ser vista—o mirada.

posible3Ahora bien, hay una cierta ambigüedad en la expresión, ambigüedad que deriva de dos maneras que hay de mirar por el rabillo del ojo. Y, yendo más allá, la ambigüedad proviene de una ambigüedad latente en el significado de "ver" —ambigüedad que a su vez nos remite a dos tipos de experiencias perceptivas relacionadas con la vista, o con la interacción entre mirada y cerebro.

El primer tipo de mirada de reojo consiste en volver la mirada, pero no el rostro, hacia el objeto o mujer-objeto que se mira. Cabría distinguir una subcategoría, o tercera manera de mirar de reojo, consistente en volver (ligeramente) el rostro hacia el objeto de la mirada, pero sin volver los hombros ni ponerse de frente. El diccionario de la RAE contempla ambas posibilidades, en su primera acepción:

reojo (mirar de). n. Mirar disimuladamente dirigiendo la vista por encima del hombro, o hacia un lado y sin volver la cabeza.

Si ya giro la cintura hacia la moza, aunque no despegue los pies del suelo, mal puede decirse que la estoy mirando de reojo.

Concentrándonos en el primer tipo nombrado (el segundo de la RAE) como el que más propiamente cuenta como mirar de reojo o mirar por el rabo del ojo (para el DRAE la acepción literal de "mirar por el ángulo del ojo" aparece en este caso como la segunda—las otras acepciones se refieren a mirar con desconfianza o no fiarse de alguien, acepción interesante pero que no comentaremos aquí). De todos modos, ya se echa de ver que la mirada no es una cosa sólo referida a los ojos, sino que también se "mira" con el cuerpo.  Hay estudios evolucionistas que dan gran importancia al desarrollo del blanco de los ojos, revelador de la dirección de la mirada, como una característica del desarrollo de la sociabilidad humana. Empleamos la mirada y su orientación de modo interaccional, como una señal comunicativa. El hecho de mirar se convierte en signo explícito destinado a ser visto, en la interacción compleja humana, y de ahí deja su huella en la misma anatomía del ojo.

El segundo tipo de mirada de reojo es todavía más disimulado, y se presta menos a ser identificado por la dirección de la mirada, y por el blanco de los ojos. Es la mirada de reojo elevada a la perfección y a la invisibilidad, mediante el uso de unos mecanismos cerebrales similares a los que permiten el desarrollo de la visión de rayos X.

Este tipo de mirada de reojo ni siquiera se presta a ser expresada con propiedad por la expresión "mirar por el rabillo del ojo", porque no conlleva movimiento ni direccionalidad del ojo. Incluso decir que "miramos de reojo" es en este caso algo figurativo. El segundo tipo de mirada de reojo es una pura función de la atención. Y la atención es un fenómeno de la consciencia que tiene gran interés, y al que sugerimos prestar más atención de la que se ha venido prestándole.

La fóvea es una parte de la anatomía ocular contraria al punto ciego: está hecha para seleccionar un objeto de atención en el campo visual. Podemos decir que es una estructura anatómica relacionada con determinadas modalidades de atención y de uso de la mirada—atención corporeizada, por así decirlo. Pero todo elemento corporal es reutilizable, o utilizable a un nivel secundario de complejidad (por ejemplo, igual que la actividad sexual se utiliza en el ser humano no sólo como instrumento de reproducción sino como socializador, emparejador y marcador afectivo). Así, la fóvea, que lleva la atención visual "de oficio" por así decirlo, inscrita en ella, puede sin embargo disociarse de ella, o más bien la atención puede disociarse de la fóvea, y fijarse (sin desviar la mirada) en otro punto del campo visual. Así podemos "mirar" algo "sin mirarlo", no por el mero hecho de verlo, sino por fijar en ese algo, o esa alga, nuestra atención visual. Con una mirada invisible.

Es ésta, por tanto, la segunda modalidad de mirada de reojo: la que tiene lugar únicamente mediante la selección de la atención. Es una modalidad de mirada de reojo que no es un acto social. O, si todo acto humano es un acto social, es mucho menos directamente social que la primera mirada de reojo. Una mirada detectable, que se deja mirar, que se proyecta como una señal, casi pide una respuesta, o se presta mucho más a ella. La mirada invisible, en cambio, es una mirada que permite al sujeto ocultarse tras las gafas negras de sus propios ojos inexpresivos. Proporciona, en ese sentido, una posición de topsight o perspectiva dominante relativa, guardando al sujeto de la detección en el juego de la interacción estratégica

Cabe pensar que, aunque la agudeza visual es mucho menor en el área periférica, comparativamente a la fóvea, la mera atención puede permitir modularla en alguna medida. Quizá no en términos de agudeza físicamente definida, pero sí en el sentido de que sobre el objeto al que prestamos atención—sin mirarlo—se ha posado una especie de fóvea mental; está más disponible para la percepción y para la acción del sujeto, dentro de la gradación minimalista a la que nos estamos refiriendo. Aquí, como en otros ámbitos, la atención es una modalidad de la acción, y una modulación del entorno.

A este respecto puede venir a cuento la concepción de la atención como un elemento crucial en una ecología interaccionalista, concebida por G. H. Mead como un proceso activo de creación del entorno por parte del viviente, por medio de la respuesta selectiva. Traduzco:


Spencer concebía el sistema nervioso central como constantemente afectado por estímulos que establecían determinadas vías, de modo que era el entorno el que daba forma a la estructura. 
    Los fenómenos de la atención, sin embargo, nos dan una imagen diferente de la conducta. El animal humano es un animal atento, y su atención puede dirigirse a estímulos que son relativamente tenues. Uno puede distinguir sonidos a cierta distancia. Todo el proceso de nuestra inteligencia parece reposar sobre la atención selectiva a determinados tipos de estímulo. Otros estímulos que bombardean el sistema en cierto modo son desviados. Prestamos atención a una cosa en concreto. No sólo abrimos la puerta a determinados estímulos y la cerramos a otros, sino que nuestra atención es un proceso organizador, además de selectivo. Cuando prestamos atención a lo que vamos a hacer seleccionamos todo el grupo de estímulos que representan la actividad sucesiva. Nuestra atención nos capacita para organizar el campo en el que vamos a actuar. Aquí tenemos al organismo como algo que actúa y que ddetermina su entorno. No es simplemente un conjunto de sentidos pasivos sobre los que actúan estímulos llegados de fuera. el organismo sale y determina aquéllo a lo que va a responder, y organiza ese mundo. (G. H. Mead, Mind, Self, and Society, 25)




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