miércoles, 16 de marzo de 2011

La UZ se abre (un poquitín...) a las redes sociales


Nos comunican que se abre un blog para la biblioteca de la Universidad de Zaragoza, llamado Tirabuzón, aquí: http://blog.biblioteca.unizar.es/.

Así que lo inauguro poniéndole este comentario:

Enhorabuena al primer blog institucional de la Universidad de Zaragoza (si no me equivoco). Llevamos mucho retraso en estas cuestiones. Otras universidades tienen sus propios servicios de blogs para la comunidad, y han adelantado el establecimiento de redes sociales. Esperemos que vayamos también a más en la nuestra. Aquí pongo el enlace a un artículo al respecto que puse hace años en la web de la universidad (desde entonces cerrada). No tuvo ningún eco. Y seguimos estando prácticamente igual: lo malo es que, desde entonces, el mundo se ha movido. http://garciala.blogia.com/2008/022401-asalto-a-unizar-2008.php

Empecé a hacer una lista de blogs de gente de la Facultad de Filosofía y Letras y de la universidad; nunca han salido muchos a la luz: Facebooks me imagino en cambio que habrá miles, pero a esos espacios cerrados y mayormente inanes me interesa menos seguirles la pista (aunque parece que el futuro va por allí). Blog de la Facultad como tal, o de los departamentos, o de la universidad, no los hay—bueno, ahora ha salido éste blog de la biblioteca. En mi página de enlaces sigo poniendo los blogs (interesantes) que descubro asociados a la Universidad de Zaragoza, a mi centro o a mi departamento. Aquí hay algunos más. Más interesantes que éste, aún no he encontrado ninguno.



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PS, 2021— Diez años después hay algún Facebook institucional y público en la Universidad de Zaragoza. En el que puedes poner comentarios, y en de mi Facultad hasta proponer artículos que van a una discreta página interior. Por alguna extraña razón, parezco ser el usuario número uno, con más participación yo que el resto de la comunidad universitaria juntos. A base de la inacción ambiental, me voy a hacer yo una reputación, totalmente inmerecida, de hiperactividad.





Riojana 3


Riojana 3, originally uploaded by JoseAngelGarciaLanda.

martes, 15 de marzo de 2011

Árbol complejo


Árbol complejo, originally uploaded by JoseAngelGarciaLanda.

Went to See the Gypsy



Una canción de New Morning de Dylan, allá hará unos cuarenta años:










Horrendos Mupis 2


Horrendos Mupis 2, originally uploaded by JoseAngelGarciaLanda.

Pantallas terminológicas

 

La noción de "pantallas terminológicas", o "terministic screens", la expone Kenneth Burke en el capítulo 3 de su libro Language as Symbolic Action (1966). Está directamente relacionada con su noción pragmatista del lenguaje y de la significación como una modalidad de acción, antes que de representación—lo que él llama su "teoría dramatística" del lenguaje, de "drama" en el sentido de "actuar". Es interesante la manera en que estas ideas de Burke han influido sobre Erving Goffman y sobre muchos otros (ver aquí su Wikipedia). El enfoque dramatístico sobre el lenguaje y la comunicación enfatiza, pues, la interacción, antes que la referencia. Lo podríamos situar en el marco de otras teorías sobre las funciones del lenguaje, como las de Bühler o Jakobson—en Burke, veríamos la función "apelativa" o "conativa" de estos autores como la dominante, inflada e hipertrofiada de manera irreconocible, dejando ver en ella detalles y complejidades que escapan a esas otras teorías.  Comentaré un poquito el capítulo de Burke sobre las pantallas terminológicas: es una noción que se sitúa en la intersección de otras primas hermanas suyas, como los "juegos lingüísticos" de Wittgenstein, los "discursos" de Foucault, y de modo más general la teoría de las disciplinas o la teoría de las ideologías. 

En última instancia, veremos, la noción de pantallas terminológicas se emparenta con la noción idealista o estructuralista que entiende la realidad humana como una construcción conceptual, lingüística, o semiológica.


I. Dirigiendo la atención

Empieza Burke dirigiendo nuestra atención hacia la cuestión de dirigir la atención. Es un tema que ya nos ha ocupado antes aquí, a cuenta del libro de Boyd sobre poética evolucionaria On the Origin of Stories ("Atención a la atención"). El enfoque "cientifista" del lenguaje lo concibe Burke como esencialmente referencial, pues se ocupa de cuestiones de nombrar, de definir, de significar y describir. Para Burke, esta capacidad o uso del lenguaje es un derivado, y se fundamenta sobre una función más básica del lenguaje, la que pretende resaltar su concepción dramatística: según ésta, el lenguaje ante todo es acción, y es una manera de dirigir la atención.

No se pronuncia Burke sobre la manera en que apareció el lenguaje, que considera "misteriosa", aunque casi nos da la respuesta él mismo: "las diversas hablas tribales incuestionablemente se desarrollan mediante su uso como instrumentos en la forma de vida de la tribu". Nos remite al uso práctico del simbolismo, según Malinowski, en un contexto de situación. (A lo que voy es que no veo sino una continuidad entre origen y desarrollo del lenguaje, allí donde Burke mantiene las dos cuestiones separadas). Bien, una teoría del origen del lenguaje no completamente satisfactoria pero que sí tiene en cuenta el papel básico y originario del lenguaje como una manera de dirigir u orientar la atención puede encontrarse articulada en el libro y blog de Edmund Blair Bolles Babel's Dawn.

La teoría de Burke es notablemente autorreflexiva, pues observa que el hecho mismo de definir (básico en el enfoque "cientifista") es un acto simbólico, es acción dramatística—y que el hecho mismo de que él distinga estas distinciones es una actuación simbólica. Es decir, hablar es actuar, y la ciencia es, a un determinado nivel, pragmática comunicativa—especializada, si se quiere.

El enfoque cientifista empieza por cuestiones de definición ("es" o "no es") y culmina en concepciones como la lógica simbólica (es, podríamos decir, el ideal de lenguaje científico tal como fue definido para su uso por la Royal Society por Thomas Sprat, ya en el siglo XVII).

Por contra, el enfoque dramatístico enfatiza según Burke las cuestiones hortatorias (apelativas, diría Bühler): harás esto, o no harás tal y cual...  Culmina en la literatura con su interés ético, en la oratoria, el uso retórico o pragmático del lenguaje, y la filosofía clásica (aunque yo diría que mucha filosofía se ha concebido a sí misma como "cientifista"). Esto me recuerda también las direcciones señaladas por las tres Críticas de Kant—y Burke no deja de proponer una solución "filosófica" en esta línea crítica, aunque el propio proyecto metafilosófico de Kant parece concebirse a sí mismo como definitorio o cientifista antes que como práctico. Para Burke, en todo caso, hasta la ciencia más taxonómica tiene una naturaleza en última instancia persuasiva o apelativa; dramática.

Todo sistema cognitivo, disciplina, teoría o terminología es un sistema de representación de la realidad—aceptado. Pero representar requiere seleccionar, y por tanto orientar la atención hacia determinados aspectos de lo que se representa. Por tanto la teoría mimética del simbolismo, y la dramatística, no están reñidas:

"Aun si cualquier terminología dada es un reflejo de la realidad, por su propia naturaleza en tanto que terminología, debe ser una selección de la realidad; y en esta misma medida ha de funcionar también como una desviación de la realidad." (45)


La expresión "dirigir la atención" la adapta Burke de un doublethink jesuítico que se llamaba "dirigir la intención", para lograr el efecto deseado sin pasar intencionalmente por las pecaminosos caminos que llevaban a él (lo satirizaba Pascal en las Provinciales). Pero esto es un excurso: a lo que se refiere Burke es a que "cualquier nomenclatura" (y podríamos añadir, cualquier discurso, teoría, disciplina, ciencia... ) "dirige la atención por ciertos canales antes que por otros" (45). Es, decíamos, la base misma del lenguaje: una palabra dirige la intención hacia algo determinado. Obvio, pero no tan obvio, dice Burke.  Una primera aproximación intuitiva a la cuestión de las pantallas terminológicas nos lo da el dicho de que "todo es del color del cristal con que se mira"—o del filtro fotográfico que usamos, en el ejemplo de Burke. Lo mismo las teorías para interpretar sueños: un mismo sueño significa diferentes cosas para un psiconalista freudiano, adleriano, etc. O recordemos la fábula de los ciegos y el elefante (aunque en esa fábula se presupone que hay unos videntes mirando también, que sí saben lo que es un elefante...)


II. Observaciones implícitas en los términos

O, dicho de otro modo, nuestro lenguaje, nuestra teoría, condiciona la naturaleza de los hechos que son observables a través de él. Una observación que podríamos relacionar con aquella hipótesis Sapir-Whorf, aunque Burke no está pensando en un condicionamiento estrictamente gramatical o léxico. En todo caso, "muchas de las 'observaciones' no son sino implicaciones de la terminología particular en términos de la cual se hacen las observaciones" (46). Por ejemplo, una vez sentado el término "Dios" como un concepto clave, las explicaciones religiosas del mundo siguen caminos digamos que predecibles. En cambio, una terminología o sistema epistemológico que no incluya ese término, sino otros, hará sus explicaciones... en esos otros términos. Observa Burke que a veces los términos no se introducen inicialmente sino solapadamente, o por la puerta de atrás. Así, algunas metafísicas acaban en "teologías tímidas", al ir introduciendo términos teológicos sin justificación lógica.

Aquí remite Burke a la llamada teoría de las ficciones de Jeremy Bentham: según este utilitarista, todos los términos que designan estados mentales, relaciones sociopolíticas, etc., son ficciones en el sentido de que estos conceptos referidos a intangibles se desarrollan a partir de conceptos de cosas físicas. Había algo parecido en Emerson, pero en una versión "tierna" o diríamos ahora "light": las ideas valorativas o espirituales encuentran su analogía o expresión metafórica en objetos y relaciones del mundo material: una línea recta como emblema de la rectitud, etc. Ahora bien, la teoría de Bentham (según Burke) es una versión más "dura" de lo mismo: "nuestras palabras para decir 'recto', 'equivocado', 'espíritu', etc., son 'ficciones' desplazadas a partir de su uso estrictamente literal en el ámbito de las sensaciones físicas" (47). Observemos que esta noción metafórica del lenguaje está de plena actualidad, como puede verse en los escritos de lingüística cognitiva de Pinker o de Turner. Y que, remontándonos a antes de Burke, entronca con la primera teoría evolucionista propiamente dicha de la cultura: la de Vico. Según la Ciencia Nueva, los objetos e instituciones culturales elaborados se edifican sobre la base de otros más simples o inmediatos, y así el lenguaje es inherentemente metafórico en su origen y crece por desplazamiento metafórico. Lo que Bentham pretendía con su teoría de las ficciones era racionalizar el lenguaje y descontar de nuestro uso de los términos el ingrediente "ficticio" que contenían. (Ignoro por cierto si los actuales propugnadores de la fusión conceptual como Turner y Fauconnier han vuelto a examinar la teoría de Bentham en estos términos cognitivistas).

Burke extiende esta noción de las ficciones para explicar todo tipo de conocimiento. Lo hace con una formulación "literal" de este principio que encuentra en la teología cristiana: "Crede, ut intelligas": "cree, para que puedas entender"—o sea, hay que sentar algún tipo de base o terminología para poder a continuación desenvolver esos presupuestos en un sistema de interpretaciones de la realidad. En La retórica de la religión, Burke llamaba "logología" a este análisis de los términos teológicos desde el punto de vista semiótico o semántico. Hablar de Dios es en última instancia hablar sobre palabras (y Burke nos recuerda muy adecuadamente el comienzo del Evangelio de San Juan: "En el principio estaba la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios"—es decir, todo sentido y comprensión humana, todo el universo humano en sentido amplio se asienta en última instancia en la palabra). "La 'logología' sería un estudio puramente empírico de la acción simbólica" (Language as Symbolic Action 47). Y Burke se cuida bien de decir que esta reducción de la teología a "palabrería" o a "filología" fuese a tener consecuencia alguna para la religión—pero bien podemos imaginar que la religión no acepta concebirse a sí misma en estos términos, y menos cuanto más literalista sea. (En el cristianismo parece haber mucho espacio para teólogos logólogos e incluso ateos, pero el Islam tiene mucho terreno que andar en este sentido).  En suma, ampliando la teoría de la fe como axioma inicial, tenemos que

"El equivalente 'logológico' o 'terminológico' de 'Cree' en esa fórmula sería: Elige algún tipo de nomenclatura, alguna pantalla terminológica. Y en lugar de "para que puedas entender", el equivalente sería: 'Para que puedas proceder a seguirle la pista a los tipos de observaciones que están implícitas en la terminología que has elegido, ya fuese deliberada o espontánea tu elección de esos términos'." (47)




III. Ejemplos


La realidad humana tiene para Burke un carácter imaginativo, semiótico o construido mediante símbolos. Como decíamos en otro momento ("La caverna del cerebro: el lenguaje como realidad virtual") habitamos una realidad no preexistente a nosotros—un universo cultural que es un nicho ecológico construido por las sociedades humanas para habitarlo, como las termitas construyen sus galerías acondicionadas. El lenguaje es la argamasa que regurgitamos.

Este fragmento clave y repetido está retomado del capítulo I de Language as Symbolic action:

"¿Podemos siquiera llegar a darnos cuenta de la inmensa medida en que lo que denominamos 'la realidad' se nos ha construido usando nada que no sea nuestros sistemas simbólicos? Que nos quiten nuestros libros, y qué poco sabemos de historia, de biografía, incluso de algo tan 'sólido' como la posición relativa de mares y continentes? ¿Qué es nuestra 'realidad' de hoy (más allá de la línea, delgada como el papel, de nuestras propias vidas) sino esta acumulación de símbolos sobre el pasado, combinados con unas cosas u otras que conocemos a través de mapas, revistas, periódicos, y lo mismo pasa con el presente? En la escuela, al pasar de un curso a otro, los estudiantes pasan de un lenguaje a otro. Las diversas asignaturas del currículum no son de hecho sino otras tantas terminologías. Y por muy importante que sea para nosotros la pequeña astilla de realidad que hemos experimentado de primera mano, el conjunto del 'cuadro' no es sino un constructo de nuestros sistemas simbólicos. Meditar sobre este hecho hasta que uno ve sus implicaciones es en gran medida como asomarse al borde de las cosas para mirar a un abismo final. Y sin duda ésa es una razón por la cual, aunque el hombre es característicamente el animal que usa símbolos, se aferra a una especie de realismo verbal ingenuo que se niega a dejarle darse cuenta del auténtico papel y dimensión de lo simbólico en sus nociones de la realidad." (48)

Borges decía algo parecido, en uno de sus ensayos: "Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra." El mismo universo, o nuestra noción de él, es concebible por la existencia de la palabra universo— pero el universo en sí es algo mucho más carente de forma—no existe para uso humano al margen de su ordenación simbólica. Y así la realidad que habitamos es real en un sentido, pero en otro tiene la realidad de una ficción mantenida colectivamente.

Es inquietante en la cita anterior de Burke la resistencia casi instintiva que tenemos a examinar la naturaleza de lo simbólico (o, por decirlo de otra manera, la naturaleza simbólica de la realidad). Por eso quizá tanta gente cree en Dios como un ente antropomorfo, y no como un símbolo.  Examinar la naturaleza de los símbolos es desconstruir la realidad, y mirar directamente al sol. Y sin embargo a un nivel también lo hacemos constantemente: gran parte de nuestra conversación es análisis del lenguaje—y al sol lo vemos continuamente de refilón, si bien no de frente.

Es una falacia, nos dice Burke, creer que nuestra experiencia, aun la de estar en un sitio determinado, por ejemplo, es una experiencia directa. Viene mediatizada por toda una serie de protocolos culturales, presuposiciones, esquemas de comportamiento, planes interaccionalmente establecidos, etc. Quizá, de hecho, nuestra mayor aproximación a la experiencia directa está en la inconsciencia de todas estas condicionantes, volviéndolas inconscientes, y centrándonos en un aspecto diminuto de la situación, una sensación, un objetivo a alcanzar... aunque eso no quiere decir que por no estar siendo consciente de las condicionantes, éstas dejen de existir. La inmersión en la experiencia, el sentimiento de estar en la acción, diría—pero no propiamente, porque no es un sentimiento reflexivo en absoluto, sino un desaparecer de la consciencia para centrar la atención en algo, en otra persona, en la actividad realizada, etc.— esa inmersión, digo, es lo contrario de la alienación reflexiva y analítica que requiere la semiótica.  Y se da o bien en cuando "desaparecemos" en nuestro entorno, en soledad, por ejemplo en un paseo en la naturaleza, o descansando en nuestra habitación, o, conversamente, también puede darse como un ejercicio de atención concentrada, ya sea en un objeto o actividad, o en una atención a la otra persona con quien interactuamos, o en el seno de un grupo atento a lo mismo, shared attention.  Pero, en suma, la capacidad de perderse en una inmersión en lo "inmediato" es ella misma una situación interaccional especial, y no quiere decir que la realidad humana no esté organizada y estructurada de modo complejo, semiótico e interactivo.

Burke mismo señala en su artículo que ni siquiera podemos hablar del comportamiento (de éste o de cualquier otro) de una manera neutra. A la hora de describirlo, estaremos utilizando una terminología, una pantalla terminológica, ya sea una teoría behaviorista, psicologista, etc. (contrasta los vocabularios usados por John B. Watson, John Bowlby, y San Agustín): "En breve, 'el comportamiento' no es algo que se pueda observar sin más: incluso algo que está tan 'objetivamente allí' como el comportamiento debe observarse a través de un tipo u otro de pantalla terminológica, que dirige la atención de modo acorde con su naturaleza" (49).  Habría que señalar que esta pantalla por una parte selecciona qué datos son los relevantes para la observación, de entre todos los posibles (es decir, establece qué es un dato y qué no lo es)—y por otra proporciona maneras preferentes de interpretar y relacionar esos datos.

Los términos de estas terminologías, dice Burke, hacen dos operaciones diferentes: unir cosas, o separarlas—cosas, personas, conceptos, representaciones... Es lo que podríamos llamar síntesis y análisis, o el establecimiento de similaridades o diferencias, redibujando los marcos conceptuales que organizan el mundo. Los propios instrumentos científicos, y las operaciones científicas, son instrumentales simbólicos según Burke, ocupados en establecer nuevas diferencias o nuevas similaridades en los fenómenos observados. Composición y división, los momentos básicos que distinguía Sócrates en la dialéctica.

"A menudo esto se muestra como una distinción entre las pantallas terminológicas que establecen diferencias de grado y las que establecen diferencias de naturaleza" (50)—por ejemplo, el Darwinismo plantea una diferencia de grado entre el hombre y los demás animales; un teólogo plantea una diferencia de naturaleza, enfatizando la discontinuidad. Para Burke, Darwin sobreenfatizó la continuidad entre el hombre y los animales, en el sentido de que dijo muy poco sobre las capacidades del hombre como usuario de símbolos—pues es todo lo derivado del uso de símbolos lo que lo diferencia de los (demás) animales y lo convierte en un caso especial.


IV. Más ejemplos. En resumen,

"Tenemos que usar pantallas terminológicas, ya que no podemos decir nada sin usar términos; sean cuales sean los términos que utilicemos, por necesidad constituyen una clase de pantalla, y cualquier pantalla semejante dirige la atención a un ámbito antes que a otro. En ese ámbito puede haber diferentes pantallas, cada cual con sus propias maneras de dirigir la atención y de dar forma a la gama de observaciones que están implícitas en la terminología dada. Todas las terminologías, sea de modo explícito o implícito, representan elecciones entre el principio de continuidad y el de discontinuidad." (50)

Más sobre continuidad y discontinuidad: cada operación cognitiva determinada, o bien establecerá analogías entre fenómenos, o bien verá diferencias entre ellos los subdividirá.

(Podríamos ver en estas operaciones que señala Burke también unos principios básicos que actúan a la hora de delimitar nuestro discurso crítico de otro discurso objeto de comentario: el discurso crítico o metadiscurso puede partir de una identidad fundamental con el discurso objeto, o discurso criticado—con lo cual tenemos lo que llamamos crítica amistosa o hermenéutica de la comprensión—o bien nuestro discurso crítico puede diferenciarse del discurso objeto, y señalar discontinuidades entre ambos, o en el seno del discurso objeto: es la crítica antipática, crítica crítica, o hermenéutica de la sospecha. Por cierto—se acaba de publicar la versión inglesa de mi artículo sobre la crítica crítica, en el libro Con/Texts of Persuasion, Reichenberger, 2011).

En política, las "pantallas terminológicas" actúan de igual manera para establecer identidades o diferencias. Un ejemplo que se me ocurre, de estos días: la identidad o diferencia entre la primera y segunda intervención aliada en Irak—o entre la intervención en Irak y la intervención en Libia. Burke observa cómo se usan los términos para crear comunidades ("comunidades imaginarias", podríamos decir) o para establecer diferencias entre grupos—a veces se une a un grupo mostrando su identidad frente a un chivo expiatorio, o a un enemigo común.  Las identidades sociales, pues, dependen también de las pantallas terminológicas que utilicemos para representarlas.

Y más ejemplos. Una disciplina como el psicoanálisis es una pantalla terminológica que favorece ver determinados tipos de problemas—por ejemplo, liga la dificultad de reconocer algo conscientemente al efecto de la represión. Y por eso puede iluminar algún tipo de relaciones, y oscurecer otras—porque tenderá a presentar en términos de represión cuestiones para las que no sea relevante ese enfoque. Por ejemplo, un objeto "remoto" no lo vemos claramente, pero no porque esté "reprimido". Así sucede también con otras cuestiones intelectuales.

Una disciplina tiende pues a plantear el análisis de un objeto en sus propios términos, y por tanto a distorsionarlo (distorsión terminológica, podríamos decir, o terministic bias). La sociología, por ejemplo, sobresocializa las acciones humanas, como señaló (acertadamente) Wrong. Y Burke señala que en filología conviene distinguir los términos apropiados para la poética de los que sean apropiados para el lenguaje en general. Una terminología especializada necesariamente limita el ámbito de observación. Y se plantea entonces el problema:

"En la medida en que todas las terminologías científicas, por el papel mismo que desempeñan en disciplinas especializadas, están pensadas para enfocar la atención en uno u otro campo determinado de observación, no sería acaso técnicamente imposible que cualquiera de esas terminologías especializadas proporcionase una definición adecuada para la discusión del hombre en general? Cada una podría servir para arrojar luz sobre uno u otro aspecto de las motivaciones humanas. Pero la definición del hombre en general sería formalmente posible sólo para una terminología de motivos filosófica (en la medida en que la filosofía es el ámbito adecuado para los pensamientos sobre el hombre en general). Cualquier definición del hombre en términos de nomenclaturas científicas especializadas estaría necesariamente 'sobresocializada', o 'sobrebiologizada' o 'sobrefisicalizada' o 'sobrepoetizada', y así sucesivamente, según cuál fuese la pantalla terminológica que estuviésemos estirando de más para cubrir no sólo su campo específico sino también una área más amplia". (51-52)

Esto sucedería, me parece, no sólo con "el hombre" sino con cualquier problema más concreto, de hecho. Y así se plantea Burke la necesidad de alguna disciplina que contemple esta problemática en general (es en lo que está él, desarrollando su semiótica de la acción).

V. Nuestro intento de evitar el mero relativismo

Estrictamente hablando, el mundo humano es perspectivístico ("Tot homines, tot sententiae") y habrá tantos puntos de vista como personas haya. Cada cual es "su propio tirano", imponiéndose a sí mismo la perspectiva que le proporciona la combinación única de experiencias que ha acumulado. (Estamos haciendo aquí lo que Burke decía antes, diferenciar al máximo entre personas con sus perspectivas—pero ahora nuestra pantalla terminológica también requiere crear una comunidad— que vendrá dada por la común naturaleza simbólica de la humanidad—todos hacen lo mismo).

"En el otro extremo, cada uno de nosotros comparte con todos los otros miembros de nuestra clase (la a menudo inhumana especie humana) el hecho fatal de que, comoquiera que haya sucedido, todos los miembros de nuestra especie conciben la realidad de modo un tanto indirecto, a través de diversos medios de naturaleza simbólica" (52)

—y estos medios a la vez nos separan unos de otros, pero nos unen si desde un nivel de consciencia superior vemos que todos comparten una naturaleza simbólica. Privilegio, o calamidad, o una mezcla de ambos, esta naturaleza simbólica de nuestras actividades y perspectivas sirve de base para una definición general o filosófica de "este animal", dice Burke. ¿Será esta definición simbólica, esta semiótica de la realidad humana, una pantalla más? ¿O puede reclamar un status especial? No como invento del propio Burke, nos dice, sino en tanto que está basada en una consciencia general de este hecho, en una revelación colectiva de la naturaleza simbólica de la actividad humana—la distinción básica y de naturaleza pragmática, que se da en todas partes, entre personas y cosas.

Para Burke, esta distinción es universal: distinguimos entre las acciones (intencionales) de las personas, y el movimiento (carente de mente o intenciones) de las cosas.  Pero me temo que, por muy extendida que esté la distinción,  el propio Burke nos señala algunos puntos flojos de la misma.

Para empezar, el animismo— el pensamiento primitivo que atribuye intencionalidad a las cosas, fuerzas de la naturaleza, etc. Dicho pensamiento primitivo no es tan primitivo—quiero decir que, aunque lo sea, sigue más que vigente, en las creencias religiosas sobre el destino, la voluntad de los dioses, el creacionismo y la "finalidad del universo" o de la vida, etc. Señala el propio Burke que "si un objeto está asociado con una persona a la que conocemos íntimamente, fácilmente se imbuye de la identidad de esa persona" (53). Es lo que creo yo que sucede con el universo en que vivimos—asociado a la vida humana, por tanto, y casi imperceptiblemente humanizado hasta el punto de que la frontera entre "personas" y "cosas" que señala Burke no es en absoluto clara, sino fuzzy. Llegando hasta el extremo de que en última instancia todo el universo en que habitamos está impregnado de intenciones y humanidad—aunque así no lo pensemos nosotros en concreto, por el hecho de que muchas personas que nos rodean sí lo piensan, y lo impregnan.

El propio Burke admite que "quizá sólo seamos cosas en movimiento"—pero sostiene que no podemos evitar interpretar nuestras acciones como acciones intencionales hechas por personas. Eso es cierto, hasta cierto punto. (Hoy en día, el estudio científico de las motivaciones, a nivel genético y neurológico, está contribuyendo seriamente a replantear conceptos como los de decisión, consciencia, responsabilidad... y otros elementos muy necesarios para la consideración de las personas como personas. Estos científicos del comportamiento humano son los equivalentes actuales, claro, de los "behavioristas" a los que alude Burke, esos que en otros contextos tienen que tratar a sus colegas al modo tradicional, como personas con intenciones y responsabilidades). Pero, aparte de la psicología behaviorista, hay otros muchos contextos en los que las intenciones y acciones de las personas, individualmente intencionales, se vuelven en su conjunto como una masa de materia en movimiento, como una ola. Por ejemplo, para intentar escapar de una ola, de una catástrofe. O los movimientos de la Bolsa—resultados de decisiones intencionales, y así reconocidos por los analistas, pero a la vez observables como un fenómeno incontrolable, a la manera de una subida de temperaturas o de mareas.

La distinción de Burke sin embargo es relevante en su propio ámbito. Nos recuerda, por cierto, a la que establecía Bajtín entre las disciplinas que han de interpretar textos (las humanidades) y las disciplinas de las otras ciencias (ver "El problema del texto". Y más allá, a la oposición de Dilthey entre las ciencias humanas, que son hermenéuticas, y otras ciencias. Para Burke, esta distinción la hacemos de modo natural y tiene raíces universales. Burke reconoce que la distinción entre cosas y personas puede ser en sí una ilusión, pero que es una ilusión necesaria para los humanos, y la única manera en que la raza humana puede concebirse a sí misma. (Y si no la única, sí una muy importante, admitamos). En cierto modo pues, todos participamos de esta perspectiva simbólica, intencionalista o (como la llama Burke) dramatística. Y de ello concluye que

"una pantalla Dramatística posee el carácter filosófico adecuado para discutir al hombre en general, en contraposición al tipo de conocimiento que resulta de la aplicación de terminologías científicas especiales" (53)

Lo que propone Burke, pues, es una filosofía de la acción simbólica—o sea, una semiótica de las acciones, comportamientos, culturas y representaciones humanas. Y quiere verla, a un nivel "religioso-místico" digamos, como algo que entronca con la "revelación colectiva" que ha dado lugar a creencias y "conceptos clave como tao, karma, dike, energeia, hodos, actus—que son todos palabras que significan acción (a las cuales podríamos añadirles Islam, nombre de una actitud de sumisión con sus propias posibilidades obviamente activas)" (54).

Todos los idiomas, mitologías, etc., dan un lugar prominente a la acción. También las teorías sociológicas contemporáneas—transacciones, cooperaciones, teorías de "juegos", etc. (o, podríamos añadir, "interacciones" como las del interaccionismo simbólico de G. H. Mead o Herbert Blumer, o la sociología también dramatística de Erving Goffman).

"Básicamente, la pantalla Dramatística supone un seguimiento metódico de las implicaciones que tiene la idea de acción simbólica, y del hombre como el tipo de ser que está distinguido particularmente por una aptitud para este tipo de acción" (54).

La definición de Webster's, inspirada en Burke, es como sigue. El dramatismo es "Una técnica para el análisis del lenguaje y el pensamiento considerados básicamente como modalidades de acción, antes que como medios de transmitir información". (54)

Le vuelve a Burke, sin embargo, a modo de retorno de un pensamiento molesto, la idea de que con frecuencia se puede reducir a las personas a términos de masas que se mueven—ejércitos masacrados, por ejemplo: y de hecho cuenta cómo la noticia de una masacre tal, cómo se podía tratar a los soldados como oleadas de carne para reventar minas, fue lo que le convirtió en un pensador, allá por los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Y así también reconoce una cadena de asociaciones deprimente:

"Si acción ha de ser nuestro término clave, entonces hay drama, porque el drama es la forma culminativa de la acción (...) Pero si hay drama, entonces hay conflicto, y si hay conflicto, entonces hay victimización. El dramatismo siempre está al borde de este problema irritante, que culmina en la tragedia, o sea en la canción sobre el chivo expiatorio". (55)

Quizá por compensar, deberíamos recordar otras direcciones posibles de la acción, aparte de hacia el drama y el conflicto: la acción lleva a la creación (como en el Génesis que nos recuerda Burke, o en la propia composición de tragedias)—y la creación centra la atención de la comunidad. Por tanto, la creatividad que potencia la comunicación y la atención colectiva, y la cooperación, es otra dirección y resultado del enfoque dramatístico.

Burke también pone un acento final en el optimismo, terminando su reflexión con un himno Platónico, que señala las implicaciones filosóficas y místicas de su pensamiento. Así explica esta transición hacia un optimismo filosófico:

"en la medida en que el hombre es el animal que usa símbolos, su mundo está necesariamente imbuido del espíritu de lo Simbólico, de la Palabra, del Logos—a través del cual lo concibe".

Más sobre el papel constitutivo del lenguaje en el mundo humano, a cuenta de Burke y de Eliot, puede leerse en mi nota "De la experiencia al lenguaje".

Quizá al Himno del Dialéctico de Burke, que cierra el artículo, podría apostillársele un énfasis demasiado unitario en el Logos—mientras que vemos que lo que nos rodea son logoi—o sea, palabras, no "La Palabra". Toda revelación es parcial y limitada, no llega a ser Revelación... y en esa misma medida, la Pantalla Dramatística, erigiendo su metalenguaje, su "Palabra-sobre-las-Palabras— / y por encima de ésta, una Palabra-sobre-las-Palabras-sobre-las Palabras", es a la vez es una noble ambición, y está sin embargo sumida en la palabrería humana, un discurso más entre otros, que como ellos aspira a la Verdad, pero que no tiene posibilidades de ser una Palabra más verdadera que las demás—excepto para quien la sepa escuchar, claro. Lege atque cogita, ut intelligas.





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Dos niñas dibujando


Dos niñas dibujando, originally uploaded by JoseAngelGarciaLanda.

lunes, 14 de marzo de 2011

En el Valle de Elah


Es ésta una película antibelicista, o quizá más bien antimilitarista, combinada con investigación de un crimen. En general, la estructura del thriller detectivesco se adapta bien a combinarla con un trasfondo "de mensaje", pongamos por ejemplo en Silver City de John Sayles, película contra la corrupción e intereses societarios ocultos tras la política—o en esta película, El Valle de Elah, en la que también se investiga una muerte. En este caso es el asesinato de un soldado, Mike Deerfield, recién vuelto de Irak a su base en USA. La investigación la llevan un poquito y de mala gana los militares, un poco más una voluntariosa agente de policía con problemas en el trabajo (Charlize Theron), y sobre todo la lleva adelante el padre del soldado, Hank (Tommy Lee Jones), investigador militar retirado, que se encabezona en seguir pistas que a los demás no les parecían tales.

Es una película un poquito "con sorpresa" pero a la manera clásica: la de esos thrillers provenientes de la antigüedad, como Edipo Rey. Al igual que allí el rey detective descubre que él mismo era el criminal que andaba buscando, aquí el viejo soldado descubre que es él quien ha enviado a su hijo a la muerte. Bueno, en cierto modo ya lo sabía (y por si acaso quisiera olvidarlo, se lo recuerda su mujer), pero a lo largo de la película se van viendo las implicaciones profundas de los valores y la personalidad del padre, que había hecho seguir a sus dos hijos sus pasos en el ejército (el anterior también había muerto años antes).

Lo que va descubriendo el padre no es sólo su propia implicación, sino también cosas desagradables sobre su hijo que hubiera preferido no saber, pero a las cuales quiere enfrentarse por conocer la verdad (una actitud prefigurada cuando le aconsejan que no vea los restos destrozados y carbonizados de su hijo, pero los mira, y también permite que los vea su esposa, y maldito el bien que les hará....).  El argumento nos hace suponer que hay algún trapo sucio de las autoridades, pero al final el trapo sucio acaba siendo el ejército como tal. El asesinado Mike, hijo ejemplar, llevaba en el ejército una vida brutal y estúpida, de puterío, drogas y borrachera, y se había convertido en un auténtico sádico (lo llamaban "Doc" porque en Irak se divertía hurgando en las heridas de los prisioneros haciendo ver que los curaba). Esto como quien no quiere la cosa, en un ambiente de chavalotes gamberros al borde del nazismo. Y es, para la película, el ambiente habitual y normal de la soldadesca en tiempo de guerra.  El padre lo va redescubriendo fragmentariamente en los vídeos que van reconstruyendo del teléfono móvil de Tommy. En sus tiempos, al parecer, el ejército no era así, y eso que éste debió de pasar por Vietnam. En todo caso, su investigación le lleva claramente más allá de donde pretendía llegar—pero el personaje no reacciona por ello, es impávido—a lo más que llega es a comprender lo que hay, y a colgar la bandera americana al revés en señal de desesperación.  Pero el mensaje va dirigido al espectador más bien que al protagonista.

Lo del Valle de Elah es un tanto indirecto, pero da (cómo no) la clave de la película. Se refiere a David derrotando a Goliath en el valle de Elah, lección de valor y sangre fría, etc.— Es una fábula que le contaba Hank a su hijo, para su formación militar, y que aquí le cuenta una noche al hijo de la detective, un niño que anda a la búsqueda de role model o figura paterna. El niño pronto pide una honda—y la detective comenta "por lo menos no es una escopeta de pistones", ya resignada al mundo violento y americano en el que le va a tocar crecer. El propio Hank no parece que capte del todo las limitaciones de su fábula del Valle de Elah (pues a Estados Unidos mal le sienta el papel de pequeño David frente al Goliath iraquí). O al menos no le queda a Hank margen de acción para remediar el pasado, ni el futuro. 


No es una película esperanzada, y en ese sentido está vacía de militarismo patriotero: como sucede en Full Metal Jacket, de Kubrick, en el ejército no aprendes aquí a hacerte hombre y a descubrir la humanidad con tus compañeros, a través del sufrimiento—la lección de tantas películas bélicas... No: en Full Metal Jacket o en El Valle de Elah aprendes tan sólo a embrutecerte, toda una educación mal encarada. Lo peorcito del barrio va al ejército—al final vemos en ésta alistarse al tarado cazurro que les sacaba los ojos a las gallinas en la granja, y seguro que se adapta a las mil maravillas al grupo homosocial de reclutas. 

Uno de los colegas de Mike (los que lo asesinaron en una pelea tonta) recomienda como solución al problema de Irak sencillamente volatilizar el país. Y bueno, Bush casi lo hace. Esta es una película contra esta clase de América, y revela detrás de la gente de orden y disciplina del ejército, y del patriotismo de escaparate y bandera (encarnados en lo que ha sido Hank) el embrutecimiento moral de las vidas de los soldados, y las consecuencias de esta estructura de la sensibilidad a la hora de ir a hacer de policía del mundo.

In the Valley of Elah.
Dir. Paul Haggis. Screenplay by Paul Haggis, based on a story by Mark Boal. Cast: Tommy Lee Jones, Charlize Theron, Jason Patrik, Susan Sarandon, James Franco, Josh Brolin, Wes Chatham, Jake McLaughlin, Jonathan Tucker, Wayne Duvall, Victor Wolf, Brent Briscoe. USA: Warner Independent Pictures / NALA Films / Summit, 2007.





Expansión de la bibliografía

domingo, 13 de marzo de 2011

Hereafter (Más allá de la vida)

 

De esta película de Clint Eastwood, Hereafter, traducida como Más allá de la vida, está uno tentado de quedarse con la impresión inicial—que las escenas primeras, las del tsunami, son increíbles, de lo mejor que se puede ver en cine, y que la película decae a continuación. Creo que era Roger Ebert el que dijo que cuenta como un fallo de estructura comenzar con un tsunami y poner la escena culminante en una feria del libro.

Es especialmente fuerte la impresión que produce la escena inicial después de ver en la televisión lo que ha pasado en Japón hace un par de días, el terremoto seguido por un maremoto que arrasaba con coches, casas y gente como si fueran basura o colillas depositadas en la esquina de la calle a las que se les echa un cubo de agua. La película hace una recreación realmente pasmosa de la experiencia de la periodista Marie Lelay (Cécile de France) al llevársela una ola gigante en un pueblo de vacaciones, mientras compraba en un mercadillo; también vemos el panorama desde el punto de vista de su compañero Didier que ve la panorámica, horrorizado, desde la relativa seguridad de un piso alto de su hotel. Marie "muere" golpeada y ahogada, y un estúpido osito de peluche blanco es lo último que ve, flotando hacia ella en el agua.

Pero hay muertos que están mal muertos, así que luego "resucita" Marie, rescatada del agua, y vuelve aparentemente a lo que dejó. Pero la experiencia del "más allá" que ha tenido la llevará a descentrarse profesionalmente, a incumplir su contrato de escribir un libro sobre Mitterrand, y a romper con Didier que es ateo materialista—y tiene en la película, previsiblemente, el papel de asshole (suelen ser cincuentones con barba). La película va así sobre un cambio de pareja a mejor, Marie reuniéndose al final con el vidente George Lonegan (Matt Damon) que huye de su don de poder hablar con los muertos—y se promete un romance en una visión prospectiva. 

Es una resolución por vía erótica que no conjuga adecuadamente los temas planteados en la película: la existencia de una vida después de la muerte, el más allá, etc.—es como un gambito lateral que si quiere decir algo parece que sólo quiere decir que los creyentes tienen que buscar a otros creyentes y evitar a los ateos materialistas, que tienen una perspectiva limitada y torcida sobre el mundo, y les impiden realizarse como personas. Así pues, es una película, considérenla fantástica o seria, que se basa en la existencia del más allá y de los médiums que pueden verlo (Aquí le falla la interpretación a Roger Ebert, cuando arguye que la película no se pronuncia al respecto, pues está claro que Lonegan sí se nos presenta como un médium auténtico, que o bien contacta con el más allá o bien les lee la mente a sus pacientes con poderes sobrenaturales).

Sea hipótesis estética o convencimiento religioso de los autores, la película, desde luego, se coloca sin dudas ni matices del lado de quienes creen en la inmortalidad del alma y la persistencia de los muertos —no en nuestros recuerdos, imaginación, etc., sino como sujetos individuales y flotantes que están en un más allá viviendo otra vida de la cual nada sabemos. En fin, precisamente lo que no son y donde no están, qué quieren que les diga. Que son creencias mayormente americanas, y residualmente europeas, aquí llevadas con cierta mala conciencia.  Y que la película, a pesar de hacerlas suyas, lo hace también con una especie de falta de convencimiento o falta de seriedad fundamental, a pesar de la propia sustancia de la historia, que requeriría tomarse su tema en serio—pues en tanto que película no sabe muy bien cómo resolver luego el tema planteado. 

Sí sugiere a los creyentes que no deberían dejarse acogotar por el escepticismo ambiental, y defender lo que consideran como un "hecho probado" con "demostraciones científicas". Pues hala, adelante, pierdan la vergüenza, que desde luego por lo que se ve hay más creyentes que no creyentes, siempre los ha habido y probablemente siempre los habrá. No es extraño que alguna película con ribetes religiosos salga, por tanto; raro es que no haya más, y ahí le doy la razón—pero es que muchos supuestos creyentes en realidad se sospechan lo que todos de hecho sabemos a un nivel u otro, y por eso guardan sus creencias en el armario, dado que ventilarlas demasiado no les hace ningún bien ni a ellos ni a ellas.

Por supuesto sí hay elementos aprovechables en la película, de hecho todo menos el guión—e incluso en el guión, por ejemplo, la historia de los dos gemelos Marcus y Jason separados por la muerte cuando atropellan a uno. Se nos ha mostrado a los chavales protegiendo a su madre drogadicta, haciendo los deberes, yendo mano a mano, y echándose por la noche—y es desgarrador ver luego a Marcus solo, en su cuarto de las dos camas, mirando la urna con las cenizas de Jason. 
 
El chaval irá a la caza de videntes que le permitan hablar con su hermano—y aquí está la mala fe de la película, en que después de mostrar todos los fraudes, explotadores y cantamañanas que pueblan este mundo, nos propone que sí hay auténticos videntes, que se trata de localizarlos... 
 
La película está bien al mostrar cómo muchas veces la gente desea o cree desesperadamente que quienes murieron sigan vivos de alguna manera, pero es errónea al dar pruebas de esa vida o presentarlo como un hecho demostrable. Realmente creo que al guionista Peter Morgan le patina una neurona con esta cuestión (será creyente, piensa uno), o que aquí le ha fallado el toque. Si es cierto como dicen que el guionista en realidad no cree en el más allá, la empanada implausible que le ha salido es buena fe de que no se pueden manejar estas cuestiones a la ligera, en una mitad de camino indefinida, entre la fe en la otra vida, la sinceridad fingida y el género thriller parapsicológico. 
 
O peor aún, pasa la película a situarse al nivel de las consolaciones fraudulentas que retrata y parodia.

En fin, que Marcus persigue al vidente George Lonegan hasta que consigue hablar con su hermano a través de él, y despedirse de él. Y se utiliza esta historia como puente para unir a George y a Marie, con unas casualidades no sólo implausibles sino también innecesarias, unas pasarelas endebles que son la mejor prueba de que aquí el guión falla seriamente y no sabe a dónde va.  

Como digo, hay elementos bonitos en estas historias—la historia de Lonegan y su compañera de clase de cocina, romance incipiente que fracasa al llegar a saber demasiado él de los traumas infantiles de ella; o la despedida de los gemelos, primero en el accidente y el funeral, y luego la necesidad de Marcus de tener una despedida formal—siempre hace falta un ritual de despedida, o público, o privado, o los dos... Pero la película es simplista, claro, o falsa, al convertir esa despedida simbólica en una despedida literal. Es lo malo de las películas sobre el más allá de siluetas y luces blancas y voces a los médiums: que ignoran la auténtica naturaleza del más allá, cuando deberían situarlo más acá. Vamos, que hay otros mundos, pero están en éste. Y relaciones con los muertos las tenemos constantemente, pero no vayan a buscar médiums en Google para mejorarlas—that way madness (and) lies.

 

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Hereafter. Dir. Clint Eastwood. Written by Peter Morgan. Cast: Cécile de France (Marie Lelay), Thierry Neuvic (Didier), Matt Damon (George Lonegan), Frankie McLaren and George McLaren (Marcus / Jason), Bryce Dallas Howard (Melanie), Marthe Keller (Dr. Rousseau), Derek Jacobi (himself), Jay Mohr (Billy), Richard Kind (Christos). Music by Clint Eastwood. Photog. Tom Stern. Ed. Joel Cox, and Gary Roach. Prod. des. James J. Murakami. Art dir. Patrick M. Sullivan. Sets by Gary Fettis. Exec. prod. Frank Marshall, Tim Moore, Peter Morgan, Steven Spielberg. Prod. Clint Eastwood, Kathleen Kennedy, Robert Lorenz. USA: Malpaso / Amblin, 2010.*




 
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Cosiendo y leyendo


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sábado, 12 de marzo de 2011

Dos cruces, dos


On the air:







Catafalco de juegos 3

Under Capricorn: Simbolismo, autoimagen y afloramiento traumático

Nos vemos esta película (en español Atormentada la llaman) situada en un ambiente poco hitchcockiano—la Australia colonial de los años 1830. Según la Dra. Penas, es un pastiche revuelto de Jane Eyre, Cumbres Borrascosas, Rebecca, y otras ficciones románticas, y es cierto que gustará a los amantes de ellas. De hecho es un cóctel muy acertado de todas ellas, y de alguna más, mezclando bien todos los ingredientes de traumas del pasado, castigos de la vida, rivalidades femeninas, hipersensibilidad clasista, etc. Puede verse entera, por cierto, en el Archivo de Internet, por ejemplo en su página del IMDB.

Es una historia de irlandeses exiliados en Australia: un matrimonio socialmente ostracizado, los Flusky, recibe en su casa al buscador de fortunas recién llegado (y primo del gobernador) Charles Adare. Charles redescubre en Lady Flusky a una vieja conocida de su familia, hace muchos años, que se fugó con el mozo de cuadras. El pasado oscuro que ocultan se redondea con una historia de asesinato: Flusky fue condenado por disparar "accidentalmente" y matar al hermano de su esposa, y por eso está en Australia, donde ha hecho fortuna—pero Lady Flusky le confiesa a Adare que fue ella quien disparó, y que Flusky la protegió y le hizo jurar que guardaría el secreto.

Ahora se apunta un romance entre Adare y Lady Flusky, que tras años de soledad en Australia está deprimida, borracha, y arrinconada en su propia casa por la intrigante ama de llaves, Milly, prima hermana de la Sra. Danvers de Rebecca— que ayudada por la dejadez de Flusky, mantiene a su esposa en un estado de atontamiento alcohólico, y aspira a sustituirla. Bien, tras un enfrentamiento entre el marido y el aspirante a amante, éste recibe un disparo. Y Flusky está amenazado con la horca, por reincidente. Su esposa intenta salvarlo rompiendo su juramento y contando a las autoridades que Flusky era inocente de su primer crimen. Pero Flusky se niega a corroborar la declaración. Adare salva la situación declarando galantemente que el disparo que recibió de Flusky era accidental—y a continuación deja Australia, y vuelve a su país pues "se le hace pequeño el territorio" según dice. 

Lo despiden el matrimonio agradecido, que llevan camino de reconstruir su relación amorosa tras el incidente pasional—aunque es presumible que la señora Flusky seguirá siendo tan paria social como lo llevaba siendo. Entretanto la malvada Milly ha sido despedida, tras haber intentado volver loca a Lady Flusky alimentando sus delirios, drogándola y luego ya directamente envenenándola. 



 

Es una película que juega  con la figura del cicisbeo o galán consentido de la esposa, el papel de Adare, hasta que se corre riesgo real de adulterio (y de pelea con el marido, por las maledicencias no del todo mal encaminadas de Milly). El "romance" con Adare ayuda a Lady Flusky a salir de su sopor y a desalcoholizarse—me gusta la escena en la que Adare le devuelve su autoimagen, que estaba por los suelos, convirtiendo una puerta de cristal en un espejo: pone su chaqueta tras ella, y se ve allí la señora reflejada por primera vez en muchos años, pues había mandado tirar todos los espejos de la casa por odio a lo que veía en ellos: ahora se ve a través de los ojos del enamorado Adare, y le gusta lo que ve.

Otro plano típicamente hitchcockiano, de esos que se han vuelto clásicos pero que eran raros en él, es un travelling que nos lleva de la pareja Adare/Lady Flusky, enfrascados en su conversación ilusionada sobre futuros proyectos, a la figura de Flusky que se aleja por un pasillo cabizbajo y preocupado—pasando antes por unos buenos segundos de desplazamiento de la cámara por la habitación y por el mobiliario sin figuras humanas, con las voces de ellos hablando continuadamente en el sonido de fondo.

Bien, como se ve, el tema de la clase pesa mucho: estamos en un ambiente hiperbritánico, máxime siendo que estamos entre irlandeses (británicos de segunda, aunque sean angloirlandeses) y en las colonias australes: en el otro extremo del mundo hay que dejar aún más claras las barreras de clase que hacen a cada cual lo que es. El gobernador no recibe a Flusky, por muy rico que sea y muy señorial que sea su casa, pues es un ex-presidiario: la colonia está habitada por muchas clases de gente, pero hay líneas especialmente importantes que separan no sólo a ricos y pobres, sino también administradores y administrados, y hombres libres y hombres con antecedentes. Cuando Flusky invita a unos socios de negocios a una cena, todas sus esposas se encuentran indispuestas y no pueden acudir, para marcar la distancia entre la respetabilidad de ellas (que ni siquiera son aristócratas) y la escandalosa Lady Flusky, que se saltó a la torera las barreras de clase y decencia.

Bien, sólo un detalle más. Lady Flusky, con toques de histeria, creía ver ratas en su habitación, y Milly alimenta esos horrores quizá entendiendo que vienen de fuentes profundas, y que puede volverla loca. En la escena climática, coloca un objeto de horror entre las sábanas de su cama, quizá aludiendo al trauma erótico que ha marcado su vida. El objeto en cuestión es una cabeza humana disecada—trabajo de los aborígenes, y probablemente cabeza de un aborígen.  (En una escena anterior vemos cómo un mercachifle intenta vendérsela a Flusky, y éste lo rechaza indignado).  Observemos que es la única aparición de los aborígenes en la película: ni se les nombra, ni se les muestra—como por otra parte no aparece ningún inglés, pues al parecer aquí han dejado la administración de los márgenes del imperio a los irlandeses, ciudadanos de segunda. La película dibuja muchas líneas sociales y solidaridades de grupo diferentes, pero siempre dentro de la esfera colonial británica: lo que hay fuera de esa esfera está separado por una barrera social tan enorme que sólo puede aparecer dentro de la película a modo de afloramiento traumático del inconsciente—como objeto de horror innombrable y asociado a lo que está totalmente fuera de lugar, como la rata entre las sábanas.

Pero en fin, la intrigante Milly, sin ser psicoanalista, sabía muy bien lo que vale un símbolo—y los autores de la película por supuesto también. En una película sobre la respetabilidad y la identidad social, hay distancias sociales e identidades de grupo que sólo pueden figurarse de modo traumático, como retorno de lo reprimido. 

Cine australiano clásico, en este sentido, donde las ansiedades frente al aborígen, y la abyección de éste, encuentran una formulación modélica. Es curioso que aquí lo reprimido innombrable, objeto de represión política y colectiva, sirva de símbolo o señal excesiva de lo reprimido individual, la traumática historia personal que sí acaba saliendo a la luz y siendo asimilada por los personajes. La historia del aborigen convertido en souvenir de espanto tendrá que esperar, sin embargo, a otras películas y a otra tradición fílmica.

 

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Under Capricorn (Atormentada). Dir. Alfred Hitchcock. Screenplay by James Bridie, based on the novel by Helen Simpson. Cast: Ingrid Bergman, Joseph Cotten, Michael Wilding, Margaret Leighton, Jack Watling, Cecil Parker. Photog. Jack Cardiff and Paul Beeson. 1949. Spanish DVD. (Hitchcock Gold Collection). Barcelona: RBA / Suevia Films, 2008.




Niños entubados


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viernes, 11 de marzo de 2011

Perhaps love

En tiempos no me gustaba especialmente esta canción de John Denver. Pero todo va y viene con el tiempo. Aquí está la recomendable versión a dúo entre John Denver y Plácido Domingo. La mía la toco hoy por primera vez, ya me perdonarán, perhaps.







Muy azul


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jueves, 10 de marzo de 2011

The Phantom of the Opera

Oía en un cassette (sí, cassette) esta canción, y me arranco a imitar a Sarah Brightman. Realmente en este blog tienen ustedes la exclusiva de mis primeras versiones sin ensayar—esta canción es la primerita vez que la toco, aquí y ahora.  Con una semana de ensayo y unos coros y una sinfónica y una discográfica, y una soprano, esto quedaría mucho más apañado, pero aquí estamos en un blog. Algunos dirán que por lo menos tenemos al fantasma, claro...





Segunda versión: más ensayada, pero el techo del do de pecho está bajo, y no hay quien lo suba:








Belated Indian Summer

The Constant Gardener

 


 

Hoy en clase de máster, comentando Crash (la del todavía por entonces cienciólogo Paul Haggis),  y The Constant Gardener, dirigida por Fernando Meirelles, y basada en la novela de John Le Carré.

Unas reseñas sobre esta última en IMDb: http://www.imdb.com/title/tt0387131/externalreviews

Observo que es una película que apela (como Crash, por otra parte) a la mala conciencia racial del Occidente blanco, esta vez con respecto al África negra; aquí es explotada África, cuando no directamente envenenada, por las compañías farmacéuticas que "simulan" aportar ayuda ... claro que habría que ver cuántas películas de éxito similar se han hecho sobre ONGs que de verdad ayuden a los africanos, supongo que las habrá—aunque hay quien critica y rechaza la idea misma de dar ayuda, que convierte a los africanos en dependientes—lo cual coloca a los occidentales en una situación de no poder acertar en modo alguno.

En cualquier caso, no faltan actitudes prepotentes y postcoloniales hacia Africa, a veces en buen entendimiento o excelente colaboración con los poderes africanos locales—y en eso se centra el meritorio mensaje-denuncia de esta película. Ofrece "una solución imaginaria a males reales", en el sentido de que el malvado Bernard Pellegrin (o sea el delicioso Billy Nighy) es públicamente desacreditado y sus maniobras corruptas para favorecer a las poderosas multinacionales, ocultar sus desmanes, y entenderse con la élite local, se ven expuestas. "Ganan los buenos"—aunque el protagonista Justin Quayle (Ralph Fiennes) muere siguiendo los pasos de su esposa, la activista oenegera Tessa (Rachel Weisz), tras completar su misión de denuncia. Aquí hay pues un doble final, malo y bueno, con el malo muy presente (e incluso reordenado cronológicamente, tras el bueno, que es el funeral de Justin) para maximizar el impacto emocional de la historia. 

La película está muy hábilmente filmada combinando escenarios reales y construidos en su parte africana, y es espectacular en su colorido y movimiento. Y sin embargo falla por el guión, donde tantas películas: allí se revelan las costuras que tan bien ocultas quedan en la factura técnica de la fotografía, en el engarce de escenas, en las actuaciones tan sobresalientes, en la ambientación memorable. El guión, en el que se muestra la voluntad de la película de torcer la realidad a la medida de su deseo.

Dos detalles. Me desagradó, ya la primera vez que la ví, el final "buenista" pacifista, en el que Quayle espera pacientemente a que vengan los sicarios que lo van a matar—e incluso tira el cargador de su arma, para que quede bien claro que no tiene ninguna intención ni de suicidarse, ni de resistirse, ni de luchar contra ellos. Los considera, acertadamente, instrumentos—pero oiga, ¿no iba esto de que todos tenemos nuestra parte de responsabilidad, incluso los instrumentos? A los sicarios hay que recibirlos a tiros, hombre, no poner la nuca. Es un final de un buenismo pestosiño; creo que Tessa era más luchadora que esto, o al menos lo parecía. La película nos muestra a Justin, diplomático convencional, sacando los pies del tiesto y convirtiéndose en un seguidor de la causa de su esposa: una elección ética. Pero va un poquito demasiado más allá, y comete Justin lo que otros llaman un "suicidio", y razón no les acaba de faltar—tiene Justin una falta de resistencia muy activa, y una querencia desagradable a la hora de buscar su propia muerte. ¿Que es que se va a reunir con Tessa? Ah—aquí topamos con el "más allá" o el otromundo de la película, pero estas dimensiones religiosas, que el personaje puede tener como parte de su relación emocional privada con su esposa, está feo que se nos presenten como la postura ética tomada por la propia película. A la orilla del lago Turkuana, donde empezó la humanidad, Justin se sienta y mira el horizonte, sin atender a los sicarios que le dicen "¡Mister Quayle!" (quizá para cerciorarse de que no matan a otro, hasta los sicarios africanos pueden ser mínimamente prudentes). Me parece en suma un programa derrotista allí el de Quayle, demasiado paciente inglés, y la película lo presenta casi como una invitación a que el espectador ponga su propia nuca llegado el caso.

Como dicen, y digo, Quayle ha buscado la situación, y lo hace de manera imposible en términos realistas. Había visitado al doctor Lorbeer (Peter Postlethwaite) en Sudán, siguiendo la pista de las farmacéuticas (era este doctor el inventor del Dypraxa, el medicamento venenoso, y ahora se muestra arrepentido). Hay que suponer que será Lorbeer el que denuncie dónde han apeado a Quayle, igual que señaló dónde estaba su esposa para que le enviasen los sicarios. Sólo que ahora Lorbeer lo sabe, sabe el destino que espera a Quayle si dice algo de él, lo cual hace un tanto incomprensible su personaje. Pero aún peor: la idea de Quayle de "apearse" en Turkuana (aparte de totalmente implausible en términos prácticos: convenza usted a un piloto que no ha querido salvar a una nenita de los guerrilleros, llevándosela en su avión—ni por 800 dólares, para ponérselo más difícil)—como digo, la idea de Quayle de apearse le ha sobrevenido en el avión mismo— pero al poco rato de estar en Turkuana, échenle un día si quieren, ya tiene ahí a los sicarios.  Esto es señal de que en Africa hay algunas cosas que por lo menos sí funcionan bien—pero como digo es totalmente implausible, funciona sólo en términos de intensificar el toque paranoico de la película, la vigilancia constante a que está sometido Quayle, aunque se tire en paracaídas en medio de Sudán. Como digo, las farmacéuticas serán bordes a veces, pero les aseguro yo que así no funcionan. Se ve el dedazo del guionista apretando la balanza, fuerte, para abajo. Más desagradable todavía es que Quayle dé por hecho que sí funcionan así, y que se apee allí eligiendo el lugar de su muerte. Y fiándose de dejar el mensaje que contiene la razón de su lucha... en el correo.  Unas prioridades bastante mal puestas, para el personaje, y para la película que nos vende su perspectiva como plausible y no delirante. Aquí estamos en un guión delirante en la manera en que tira de causa y efecto para fines específicos—decía yo en clase que estas películas, que a primera vista parecen casi documentales, o hiperrealistas, examinadas de cerca no son menos artificiosas o extravagantes que la ópera china, o el teatro Nô.

Otra escena que redondea el delirio del deseo es la inmediatamente anterior. Hay un funeral en Westminster Abbey, solemne, por el alma de Quayle—el funeral donde el primo de Tessa va a leer la carta incriminadora que demuestra el mal hacer de diplomáticos y multinacionales. Primero habla el falsario Pellegrine / Billy Nighy, presentando como un suicidio la muerte de Quayle. Luego el primo, leyendo la "epístola no canónica", dice, que hace que Pellegrine se levante y salga desacreditado de la iglesia (antes de llegar a leer el nombre del firmante incluso). Pero es bastante implausible que haya una versión oficial de la muerte de Quayle que sea inconsistente con el estado de su cuerpo tiroteado. Y más implausible todavía es que los primos, colegas y cuñados asistentes al funeral, que no han estado viendo la película, vean de qué va la misa, y perciban algún tipo de sentido, desacreditador o no, en la carta de Pellegrine que les lee el primo de Tessa. Esta escena, por cierto, tiene ciertas reminiscencias de la que ofreció el hermano de Diana de Gales recriminando a la familia real británica en el funeral de la princesa... aunque aquí la princesa activista es Quayle, no su esposa, hay un cierto desplazamiento. A lo que voy: es una escena imposible en la realidad, únicamente posible en el cine, pues mezcla el público del funeral con el público cinematográfico como si fuesen el mismo. Está dictada por la lógica del guión (lógica carente de lógica, o lógica autogenerada)—una vez más, ni las farmacéuticas ni los diplomáticos de Su Majestad caen así ni son vulnerables a estos golpes de teatro.

Y un detalle más que incrimina a la película, dentro de su mensaje "pro-africanista" y políticamente correcto. Es la historia de un matrimonio primero incongruente (de diplomático con activista), luego distante ("un matrimonio de conveniencia" cree oír Quayle decir a Tessa, y es lo que él piensa que ella piensa, cuando están atravesando su crisis tras la muerte del bebé—pero ella se refería al matrimonio entre multinacionales y farmacéuticas). Y por último un matrimonio recuperado cuando Quayle se desmelena y sigue, contra todo consejo, las investigaciones que ella ha dejado inconclusas. Quayle sospechaba que ella le era infiel con su colega (negro) de la oenegé, el médico activista Arnold Bluhm (Hubert Koundé). Y esto se mantiene como el posible objeto de horror de toda la película, no plausible en realidad para el espectador, pues no se enfatiza (y en ese sentido está bien llevado) pero sí plausible para el punto de vista de Quayle. Lo peor que podía haber hecho Tessa, y que sí que la desacreditaría, era acostarse con un negro... pero el negro era gay, por tanto no se acostó con él. También esta explicación es de un simplismo simple, como si no hubiera negros bisexuales. En fin, que siendo la historia la historia del ennegrecimiento de Tessa como mujer posiblemente incontrolable y frívola, y de su blanqueo como activista eficaz y certera, y esposa fiel e impoluta, queda un tanto desagradablemente ubicada en el infierno de la película la posibilidad remota de que ella se enrollase con un colega negro. Pero es sabido que el negro siempre muere. Como castigo imaginario, quizá, digo castigo muy real pero imaginario castigo en el nivel fantasmático de la película, el colega negro es brutalmente mutilado y crucificado por los sicarios—siempre están éstos a sueldo de Occidente.



The Constant Gardener. Dir. Fernando Meirelles. Written by Jeffrey Caine, based on the novel by John Le Carré. Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Hubert Koundé, Danny Huston, Daniele Harford, Bill Nighy, Archie Panjabi, Pete Postlethwaite, Keith Pearson, Nick Reading. Photog. César Charlone. Music by Alberto Iglesias. Prod des. Mark Tildesley. Art dir. Christian Schaefer and Denis Schnegg. Ed. Claire Simpson. Exec. prod. Gail Egan, Robert Jones, Donal Ranvaud, Jeff Aberley and Julia Blackman. Co-prod. Tracey Seaward, Henning Molfenter, Thierry Potok. Prod. Simon Channing Williams. UK/Germany: Focus Features / UK Film Council / A Potboiler Production / Scion Films, 2005.


 
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