Aparecía hoy en el
New York Times un interesante reportaje de Benedict Carey sobre psicología narrativa:
"This Is Your Life (and How You Tell It)", que refiere conclusiones de la investigación de Lisa Libby (Ohio State U), Ethan Kross, y otros.
La idea es que la teoría narrativa (y esto ya lo decía más y mejor Kerby en
Narrative and the Self) no va sobre personajes de ficción, o sobre textos verbalizados. Somos narraciones
in fieri,
y vivimos en narraciones. Entre otras cosas, porque creemos que vivimos
en narraciones—entendemos nuestra vida y su trascurrir no como una
sucesión informe de momentos, sino como un proceso estructurado,
organizado de modo argumental.
"Every
American may be working on a screenplay, but we are also continually
updating a treatment of our own life — and the way in which we
visualize each scene not only shapes how we think about ourselves, but
how we behave, new studies find. By better understanding how life
stories are built, this work suggests, people may be able to alter
their own narrative, in small ways and perhaps large ones."
El artículo va sobre psicoterapia, así que perdonen el tufillo de
autoayuda.... Y también hay que perdonar eso de "every American", como
si los americanos fuesen seres de otra especie, narrativamente
hablando. Y hay que perdonarlo porque en cierto modo lo son—quiero
decir, que esta experiencia narrativa del yo admite variaciones
culturales, e intensificaciones seguramente en culturas altamente
conscientes del trayecto vital personal, como es la sociedad
norteamericana (o la occidental avanzada, pongamos). Con su
ego-psicología, claro. El formato seguido aquí es el de entrevistas a
sujetos, con sub-entrevistas realizadas por controladores infiltrados,
haciéndoles narrar de modo controlado o "espontáneo" su vida.
"During
a standard life-story interview, people describe phases of their lives
as if they were outlining chapters, from the sandlot years through
adolescence and middle age. They also describe several crucial scenes
in detail, including high points (the graduation speech, complete with
verbal drum roll); low points (the college nervous breakdown, complete
with the list of witnesses); and turning points. The entire two-hour
session is recorded and transcribed."
Y en este artículo
apenas lo mencionan, pero hay obviamente una narración especialmente
cara a los occidentales: la narración erótica del yo. La estructuración
argumental del propio yo erótico —que, al decir de Giddens, es la
versión de la interioridad del alma en la cultura occidental moderna—
da por supuesto para muchas historias. Mencionan en el artículo las
historias gays sobre la salida del armario—ok, eso es un antes y un
después digno de un buen argumento. Pero también lo son "la primera vez
que me enamoré", "la primera vez que me casé", o "la primera vez".
(Expresión esta última que parece darle la razón a Giddens). Hay varios
tipos de historias posibles, claro: familiares, laborales,
religiosas... y quizá
la historia
sea en realidad la historia del peso relativo de estos argumentos y los
avatares de su avance multiargumental, su entrelazamiento y su llegada
a clímaxes (—ahh...aaaaahhh!!) y conclusiones (—kaputt). Especialmente
interesantes son los momentos interesantes: giros vitales, cambios de
trayecto, crisis y conversiones. "Yo era un buen cristiano hasta
que"—etc.
O narraciones sobre la propia ideología política:
"cómo me convertí a la democracia". O sobre la propia raza. Me leía
esta semana en
The Best American Essays
un ensayo excelente de un ensayista negro americano, Shelby Steele, "On
Being Black and Middle Class". Habla sobre cómo se liberó del ritual
que siguió mucho tiempo de "hacerse el negro", de aceptar como la
expresión auténtica de "lo negro" las maneras, ideas y valores del
lumpen urbano de los barrios negros, autovictimizándose de una manera
falsa, hasta que aprendió a tener una relación más auténtica no sólo
con su clase social media acomodada, sino también con su raza. Y
consigo mismo. Toda una historia del descubrimiento del
auténtico yo...
donde menos se lo esperaba, quizá (o sea, delante de las narices)
después de ir tan desesperadamente a la caza de la autenticidad que le
vendían a uno.
En clase suelo explicar que muchísimas
ficciones novelísticas británicas se refieren a esta búsqueda de la
autenticidad propia, escapando a los compromisos sociales preimpuestos,
a las presiones del grupo social, la clase, la familia... En realidad,
cuanto más en detalle se examinen las historias vitales personales y
las ficcionalizadas, más elementos comunes se descubrirán.
Refieren los investigadores la diferencia entre historias vitales
narradas en primera y tercera persona: cuando los sujetos hablan de sus
propias experiencias en tercera persona, se observa en ellos más
desvinculación de esa fase de la experiencia que se narra, y más
capacidad de dominarla reflexivamente. Así por ejemplo en las
narraciones de situaciones molestas o comprometedoras por las que se
había pasado:
"The
third-person perspective allowed people to reflect on the meaning of
their social miscues, the authors suggest, and thus to perceive more
psychological growth."
Y naturalmente (no digo que anden
desencaminados) sugieren los psicoterapeutas investigadores que su
propia función es narrativamente beneficiosa:
"The
findings suggest that psychotherapy, when it is effective, gives people
who are feeling helpless a sense of their own power, in effect altering
their life story even as they work to disarm their own demons, Mr.
Adler said."
La historia personal, plausiblemente, no
existe al principio. Se va gestando, adquiere forma, primero indecisa o
variable, luego tiende a la estabilidad... hasta que una crisis
importante o peripecia vital le imprime un giro espectacular. Este todo
que se constituye es modificado por las aportaciones de la experiencia,
pero a la vez proporciona un marco interpretativo en el que se sitúa y
orienta la experiencia personal, que adquiere sentido por referencia a
esa narración personal. No aparece la idea en el artículo original,
pero es la idea del círculo hermenéutico del tiempo la que aquí se
apunta: nuestros momentos se relacionan con nuestra vida como una parte
a un todo que es modificado por la parte—como un texto en desarrollo
que es modificado por la nueva frase, a la vez que proporciona el
cotexto para su interpretación:
"Taken
together, these findings suggest a kind of give and take between life
stories and individual memories, between the larger screenplay and the
individual scenes. The way people replay and recast memories, day by
day, deepens and reshapes their larger life story. And as it evolves,
that larger story in turn colors the interpretation of the scenes."
"But
the new research is giving narrative psychologists something they did
not have before: a coherent story to tell. Seeing oneself as acting in
a movie or a play is not merely fantasy or indulgence; it is
fundamental to how people work out who it is they are, and may become."
Bueno, esta historia de narraciones personales, y la intervención en
las mismas mediante el análisis y la actuación simbólica y ritual ya
está discutiéndose al menos desde los ochenta en la ego-psicología
americana; eso si descontamos las especulaciones lacanianas más oscuras
o vaporosas sobre la cuestión.
Hayden White decía en
Metahistory
que los historiadores podían ser trágicos, cómicos, románticos o
irónicos (ateniéndose a los principales tipos de argumento literario
descritos por Frye). Ahora parece que también nuestra propia narración
interna sigue moldes un tanto prefijados—role models, esquemas
argumentales, difundidos mediante géneros narrativos literarios. Que
para eso sirve la literatura: para dar forma a la vida, y para inventar
gente, y para reinventarse a uno mismo.
Ideas para futuro
desarrollo: la narración personal analizada al modo Lotmaniano, como
adquisición y pérdida de rasgos: análisis ideológico, direccionalidad
del movimiento semántico, tipos de fronteras ideológicas cruzadas,
semas adquiridos, transformación personal.... Y evaluación. Quién
evalúa, y qué supone esa evaluación en la propia narrativa vital del
evaluador.
Otro ejemplo norteamericano (que es lo que se lleva
hoy). Hoy comentaba en clase el relato de Hemingway: "Hills Like White
Elephants". En tercera persona, con el estilo minimalista, con
perspectiva externa, típico de Hemingway. Se nos invita sutilmente a
colocarnos en la posición del hombre que está presionando a su chica
para que aborte. Lo cual es una experiencia desagradable, pues si bien
ella acepta la manipulación, es él quien peor evaluado queda
implícitamente, con sus argumentos de mala fe en evidencia sangrante
ante el lector. Este personaje, el "americano", es evidentemente una
versión del propio Hemingway, que escribió la historia cuando estaba de
viaje de bodas con su segunda esposa. Había tenido hace poco un hijo
con la primera esposa. La separación estaba cerca. El relato es
interpretado por muchos como el relato del primer momento de desamor de
la chica, cuando se decide la ruptura. La narración en tercera persona
proporciona distancia (quizá seguridad), pero también hay
autocrítica—quizá sólo posible por ese distanciamiento "en tercera
persona". No sabemos (no sé) si Hemingway presionó a su primera esposa
para que abortase, o si simplemente le pasó la idea por la cabeza, o en
qué medida estaba retratando modalidades de relación manipulativa que
reconocía en su propia experiencia. Pero que algo de eso hay en el
relato...
it would take a New Critic to disregard it. También que en el relato se adopta una distancia autocrítica con respecto a esa actitud pasada.
Quizá sólo con la edad nos volvamos capaces de narrarnos en tercera
persona, de decir que aquel él—yo. lo llamábamos— es otra persona. Y,
de modo más general, la edad, y las crisis, y las quebradas en la
trayectoria vital, hacen salir (con la perspectiva, con la
retrospección) la cualidad narrativa de la propia vida. Esa cualidad
narrativa que va permeando la propia vida, y convirtiéndola en una
ceremonia de la
apofenia,
es, quizá la experiencia que retrata Vladimir Nabokov en su relato
sobre un viejo matrimonio, "Signs and Symbols." Todo en nuestra vida
transcurrida, y en las fotos viejas que miramos, es un símbolo—de sí
mismo, y de lo que llegaría a ser, y no se sabía aún. Reflexión sobre
la retrospección imposible para ese alter ego que nos mira desde la
foto. Contemplamos irónicamente al que fuimos, pues no conocía el
futuro. No nos conocía a nosotros, y así pues no se conocía a sí mismo.
Tampoco ahora sabemos nada, o tan poco.
La juventud romántica
cree en la posibilidad de la autotransformación, mira al yo como un
potencial de desarrollo y transformación—Véanse a este respecto los
Monólogos
de Schleiermacher. Es la era, y la edad, del self-fashioning, de la
automodelación sin límites. La ironía romántica nos hace quemar viejos
yoes y abrir paso a la nueva fase de madurez que se abre. A veces nueva
de modo ilusorio, porque lo nuevo, lo realmente nuevo, viene con la
vejez. Cuando nos encontramos que ya hemos quemado
all our yesterdays, todos
nuestros ayeres—e intuimos ya cuál será el final del argumento, y la
versión definitiva de nuestra narración. Cuando coinciden por fin
nuestro carácter y la trayectoria de nuestras acciones.
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