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sábado, 6 de enero de 2024

The Present Is Pregnant with the Future

And the past can be read in the present. According to Kurt Gödel:

In the letter from 6 October 1961, Gödel expounds his position: ‘The idea that everything in the world has meaning is, by the way, the exact analogue of the principle that everything has a cause on which the whole of science is based.’ Gödel – just like Gottfried Wilhelm Leibniz, whom he idolised – believed that everything in the world has a reason for its being so and not otherwise (in philosophical jargon: it accords with the principle of sufficient reason). As Leibniz puts it poetically in his Principles of Nature and Grace, Based on Reason (1714): ‘[T]he present is pregnant with the future; the future can be read in the past; the distant is expressed in the proximate.’ When seeking meaning, we find that the world is legible to us. And when paying attention, we find patterns of regularity that allow us to predict the future. For Gödel, reason was evident in the world because this order is discoverable.

 

                                                        From:

Alexander T. Englert (Institute for Advanced Study, Princeton, NJ). "We'll Meet Again: The intrepid logician Kurt Gödel believed in the afterlife. In four heartfelt letters to his mother he explained why." Aeon 2 Jan. 2024.*

         https://aeon.co/essays/kurt-godel-his-mother-and-the-argument-for-life-after-death

         2023


 

This brings to mind T,S, Eliot, who must also have read Leibniz:

 

Time present and time past 

Are both perhaps present in time future, 

And time future contained in time past. 

If all time is eternally present 

All time is unredeemable. 

What might have been is an abstraction 

Remaining a perpetual possibility 

Only in a world of speculation. 

What might have been and what has been 

Point to one end, which is always present. 


(T.S. Eliot, "Burnt Norton", Four Quartets)

 

 

 

 


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viernes, 21 de junio de 2019

viernes, 15 de febrero de 2019

sábado, 5 de enero de 2019

Alcanzando el estatuto de los muertos


"He comprado, después de muchas indecisiones, una silla de despacho en el Hipercor, y [mi hijo] me la ha montado. Ya soy incapaz de montar nada. Nunca entiendo las instrucciones. Me cabreo, me descompongo y acabo tirándolo todo por la ventana. He intentado tener una conversación con [mi hijjo]. Le he hablado del futuro, de que tendrá que tomar decisiones. Él tiene un futuro, y yo no.

"He recordado cuando yo lo tuve, cuando yo tuve un futuro.

"Es la sensación más preciosa de la vida, cuando nada ha comenzado aún. Cuando el telón aún no se ha levantado, ese momento.

"Yo sé que hay personas a las que ya no veré jamás, personas que fueron importantes en mi vida, y a quienes ya no volveré a ver no porque hayan muerto sino porque la vida tiene leyes sociales, culturales, no sé, en realidad son leyes políticas, son leyes atávicas, leyes que ayudaron a montar esto que llamamos civilización.

"Así funcionamos los seres humanos: hay personas a quienes, aun estando vivas, no volveremos a tratar nunca más y alcanzan así el mismo estatuto que los muertos.

"Todavía hay un grado mayor de dolor: saber que ya estás pensando en un vivo como si estuviera muerto. Me pasó con mi tía Reme: no iba a visitarla nunca. No podía ir a verla; me sentía culpable. Si iba a verla, me sentiría culpable; si no iba a verla, también, pero era más cómodo no ir a verla..."


(Manuel Vilas, Ordesa).


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domingo, 21 de enero de 2018

Retropost #1969 (21 de enero de 2008): El proceso de las nostalgias


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Estoy leyendo, y disfrutando, la tercera parte de la novela de Javier Marías Tu rostro mañana (3. Veneno y sombra y adiós). Aquí hay un fragmento lúcido, proustiano y despiadado sobre la nostalgia de las personas que perdemos por el camino. Y sobre la distorsión retrospectiva:

Es extraño e incongruente el proceso de las nostalgias, o del echar de menos, tanto si es por ausencia como por abandono o por muerte. Uno cree al principio que no puede vivir sin alguien o alejado de alguien, la pena inicial es tan afilada y constante que se siente como un hundimiento sin límite o como una lanza interminable que avanza, porque cada minuto de privación cuenta y pesa, se hace notar y se nos atraganta, y uno sólo espera que pasen las horas del día a sabiendas de que su pasar no nos llevará a nada nuevo sino a más espera de más espera. Cada mañana abre uno los ojos —si se ha beneficiado del sueño que no permite olvidar del todo, pero que confunde—con el mismo pensamiento que lo oprimió antes de cerrarlos, 'Ella no está y no va a volver', por ejemplo (sea volver a mí o de la muerte), y se dispone no a atravesar la jornada fatigosamente, pues ni siquiera es capaz de mirar tan lejos ni de diferenciarlas, sino los siguientes cinco minutos y luego otros cinco fatigosamente, y así seguirá de cinco en cinco si es que no de uno en uno, enredándose en todos y a lo sumo tratando de distraerse durante dos o tres de su conciencia, o de su parálisis cavilatoria. No será por su voluntad si esto sucede, sino por algún azar bendito: una noticia curiosa en el telediario, el rato de completar o de empezar un crucigrama, la llamada irritante o solícita de alguien a quien no soportamos, la botella que se nos cae al suelo y nos obliga a recoger los añicos para no cortarnos cuando por pereza andamos descalzos, la infame serie de televisión a la que le vemos la gracia —o es simplemente que nos acostumbramos a la primera a ella, de golpe— y a la que nos entregamos con inexplicable consuelo hasta los títulos de crédito concluyentes, deseando que se iniciara al instante otro episodio que nos permitiera aferrarnos a un estúpido hilo de continuidad hallado. Son las rutinas halladas las que nos sostienen, lo que a la vida le sobra, lo tonto inocuo, lo que no entusiasma ni nos pide participación ni esfuerzo, el relleno que despreciamos cuando todo está en orden y nosotros activos y sin tiempo para añorar a nadie, ni siquiera a los que ya se han muerto (aprovechamos esos periodos para sacudírnoslos de nuestras espaldas, de hecho, aunque eso sirva sólo temporalmente, porque los muertos se empeñan en seguir muertos y siempre vuelven más tarde, para hacernos sentir la punzada de su alfiler en el pecho y caer como plomo sobre nuestras almas).

Pasa entonces el tiempo, y a partir de un día difuso volvemos a dormir sin sobresaltos y sin recordar el sueño, y a afeitarnos no ya al azar ni a deshoras sino por la mañana; ninguna botella se rompe ni nos irrita ninguna llamada, prescindimos del culebrón, del crucigrama, de las salvadoras rutinas sobrevenidas que observamos con extrañeza en la despedida porque ya casi ni comprendemos que nos hicieran falta, y hasta de las personas pacientes que nos entretuvieron y nos escucharon durante nuestra temporada de luto, monótona y obsesiva. Alzamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor de nuevo, y aunque no haya nada promisorio ni llamativo, ni que sustituya a lo añorado y perdido, empieza a costarnos mantener esa añoranza y nos preguntamos si de verdad perdimos. Aparece una pereza retrospectiva respecto al tiempo en que amábamos o nos desvivíamos o nos exaltábamos o nos angustiábamos, uno se siente incapaz de volver a prestar tanta atención a alguien, de tratar de complacerla y de velar su sueño y de ocultarle lo ocultable o lo que le haría daño, y en la asentada ausencia de alerta halla uno un enorme descanso. 'Fui abandonado', piensa 'por la amante, el amigo o el muerto, tanto da, todos se fueron, el resultado es el mismo, me quedé a lo mío. Acabarán lamentándolo, porque gusta sentirse querido y entristece saberse olvidado y yo ahora los voy olvidando, y el que se muere, más o menos, también sabe lo que le espera. Yo hice cuanto pude, aguanté a pie firme, y aun así se me apartaron'. Cita uno entonces para sus adentros: 'La memoria es un dedo tembloroso'. Y añade luego de su cosecha: 'Y no siempre atina a señalarnos'. Descubrimos que nuestro dedo ya no atina, o que lo logra cada vez menos, y que quienes nos absorbieron la mente noche y día y noche y día, y estaban fijos en ella como un clavo martillado y hundido, se desprenden poco a poco y comienzan a no importarnos; se tornan borrosos, temblorosos ellos mismos, y hasta se puede dudar de su existencia como si fueran una mancha de sangre ya frotada, lavada y limpiada, o de la que sólo queda el cerco, lo que más tarda en quitarse, y ese cerco ya va cediendo.

Pasa entonces más tiempo y llega un día, antes de que desaparezca el rastro, en el que la mera idea de acercarse a ellos nos representa de pronto una carga. Aunque no vivamos contentos y todavía los echemos en falta, aunque aún suframos por su lejanía o su pérdida en alguna ocasión suelta —una noche miramos desde la cama nuestros zapatos solos, dejados al pie de una silla, y nos invade la pesadumbre al acordarnos de los de tacón de ella que solían ponerse a su lado año tras año, subrayando que éramos dos hasta en el sueño, en la ausencia—, resulta que quienes más quisimos, aún queremos, se han convertido en gente de otra época, o perdida por el camino —el nuestro, a cada uno le cuenta el suyo—, en seres casi pretéritos a los que no apetece volver porque ya nos son consabidos, y el hilo de la continuidad se ha roto con ellos. Miramos siempre el pasado con un sentimiento de superioridad soberbio, hacia él y hacia sus contenidos, así sea nuestro presente más bajo o más desdichado o enfermo, y el futuro no nos augure mejoría de ningún tipo. Por brillante y feliz que fuera, lo pasado se nos aparece contaminado de ingenuidad, de ignorancia, en parte de tontería: en ello nunca sabíamos lo que vendría después y ahora sabemos, y en ese sentido sí es inferior, objetiva y efectivamente; por eso lleva consigo siempre un elemento de irremediable tontuna, y nos hace sentir vergüenza por haber permanecido en Babia, por haber creído en su tiempo lo que hoy nos consta que era falso, o quizá no lo era entonces, pero ha dejado también de ser cierto, al no haber resistido o perseverado. El amor que parecía firme, la amistad de la que no dudábamos, el vivo con el que contábamos como vivo eterno porque sin él era inconcebible el mundo o que el mundo fuera aún tal mundo, y no otro sitio. A nuestro muerto más querido no podemos evitar mirarlo un poco de arriba abajo, más al cabo del más tiempo que va haciéndolo más caduco, no sólo con pena sino con lástima, sabedores de que no se ha enterado —oh, fue un iluso— de cuanto sucedió tras su marcha, mientras que nosotros sí estamos al tanto. Asistimos a su entierro y oímos lo que allí se decía, también lo que se murmuraba entre dientes, como si los que hablaban temieran que él aún pudiera escucharlos, y vivmos a sus dañadores presumir de íntimos suyos y fingir que lo lloraban. Él no vio ni oyó nada. Murió en el engaño, como todo el mundo, sin saber nunca lo bastante, y es eso precisamente lo que nos lleva a compadecerlos a todos y a considerarlos pobres hombres y pobres mujeres, pobres niños adultos, pobres diablos.

Tampoco saben ya de nosotros los que dejamos atrás o se fueron de nuestro lado, para nosotros han quedado fijos e inamovibles igual que los muertos, y la sola perspectiva de volver a encontrarlos y tener que contarles y oírles se nos hace muy cuesta arriba, en parte porque nos parece que ni ellos ni nosotros querríamos contar ni oírnos nada. 'Qué pereza', pensamos, 'esa persona no ha asistido a mis días durante demasiado tiempo. Solía saberlo casi todo de mí, o lo principal al menos, y ahora se le ha hecho un hueco que no podría ser colmado, aunque yo le relatara con todo detalle lo habido sin su conocimiento inmediato. Qué pereza tratarse de nuevo, y explicarse, y qué trastorno reconocer al instante las viejas reacciones y los viejos vicios y las viejas zozobras y los viejos tonos, los míos con ella y los suyos conmigo; y hasta los mismos celos mordidos y las mismas pasiones, sólo que acalladas.  Ya nunca podré verla como a alguien nuevo, tampoco como a mi ser cotidiano, me resultará gastada a la vez que ajena. Iré a casa a ver a Luisa, y a los niños, y tras estar largo rato con ellos y empezar a reacostumbrarlos, me sentaré al lado de ella otro rato más corto, quizá antes de salir a cenar a un restaurante, mientras esperamos a la canguro que tarda, en el sofá compartido durante tantos años pero ahora como una visita extraña, de confianza y desconfianza, y no sabremos cómo comportarnos. Habrá pausas y carraspeos, y frases estúpidas e inauditas estando los dos cara a cara, como "Bueno, ¿qué tal te va?" o "Te veo con muy buen aspecto". Y entonces nos daremos cuenta de que no podemos estar juntos sin estarlo de veras, y de que además no lo queremos. No habrá entera naturalidad ni artificialidad completa, no se puede ser superficial con quien conocemos profundamente y desde siempre, tampoco hondo con quien nos ha perdido el rastro y escondido el suyo, y tanto ignora. Y al cabo de media hora, tal vez de una, de dos a lo sumo, a los postres, consideramos que ya está, y lo que será más raro, que con esa vez basta y me sobrarán trece días. Y aunque impensablemente cayéramos el uno en brazos del otro y ella me dijera lo que llevo tanto tiempo deseando oírle, "Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado. No he ahuyentado tu fantasma, esta almohada es aún la tuya y no había sabido verte. Ven y abrázame. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre"; aunque en vista de eso yo cerrara mi apartamento de Londres y me despidiera de Tupra y de Pérez Nuix, de Mulryan y Rendel y aun de Wheeler, e iniciara la tarea rauda de convertirlos en un largo paréntesis —pero hasta los interminables se cierran y luego puede uno saltárselos—, y regresara a Madrid entonces con ella —y no digo que no lo hiciera si hubiera esa oportunidad, si me la diera—, lo haría sabiendo que lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes y un después nunca se sueldan.'

Es curioso, un tanto escheriano, el uso de las comillas. Claro que es muy adecuado en un texto donde el narrador presenta su experiencia posible (o real) como paradigma y ejemplo del trayecto que siguen todas las almas.




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domingo, 12 de febrero de 2017

Retropost #1368 (12 de febrero de 2007): Plus d'autrefois


Empieza a aparecer por YouTube algún vídeo de Juliette Gréco, y por primera vez la puedo ver en grabaciones antiguas cantando algunas de mis canciones favoritas. Por ejemplo, ésta: "Il n'y a plus d'après":




La canción es de Guy Béart, y expresa a la perfección cómo a la vez nos reconocemos y no nos reconocemos en los viejos amigos, o los viejos amores, de quienes nos separa el espacio y el tiempo. Encontrarnos, saliéndonos de nuestro circuito habitual, es creerse rejuvenecidos por un momento, sólo yendo a los sitios a donde solíamos ir, viajamos en el tiempo; es volver al pasado, pero es encontrar que no es realmente habitable. "Il n’y a plus d’autrefois": el pasado ya no existe. "Il n’y a plus d’autre fois": no habrá una segunda vez, y es inútil intentar repetirlo. Durante un momento se vive la ilusión de que en el presente del encuentro se recupera lo que ya no hay, pero... un presente separado de un futuro en el que se vaya instalando con naturalidad, un presente en el que sólo podemos fingir que somos los que éramos—o confesar que ya no los somos—nos deja sin posibilidad de habitarlo de un modo creíble. Tampoco la siguiente vez (si la hay) volveremos a ser los que éramos, porque ya no lo somos. No hay un día a día, no hay un mañana, no hay un luego... Y qué cambiada está la ciudad. En el vídeo aparecen Sartre y Simone de Beauvoir, aparte de Juliette. La que era años antes, y la que era cuando se grabó la canción—sólo en el cine hay autrefois.

 
Maintenant que tu vis
A l’autre bout d’Paris
Quand tu veux changer d’âge
Tu t’offres un long voyage
Tu viens me dire bonjour
Au coin d’la rue Dufour
Tu viens me visiter
A Saint-Germain-des-Prés

Il n’y a plus d’après
A Saint-Germain-des-Prés
Plus d’après-demain
Plus d’après-midi
Il n’y a qu’aujourd’hui
Quand je te reverrai
A Saint-Germain-des-Prés
Ce n’sera plus toi
Ce n’sera plus moi
Il n’y a plus d’autrefois

Tu me dis "Comme tout change!"
Les rues te semblent étranges
Même les cafés-crème
N’ont plus le goût qu’tu aimes
C’est que tu es un autre
C’est que je suis une autre
Nous sommes étrangers
A Saint-Germain-des-Prés

Il n’y a plus d’après
A Saint-Germain-des-Prés
Plus d’après-demain
Plus d’après-midi
Il n’y a qu’aujourd’hui
Quand je te reverrai
A Saint-Germain-des-Prés
Ce n’sera plus toi
Ce n’sera plus moi
Il n’y a plus d’autrefois

A vivre au jour le jour
Le moindre des amours
Prenait dans ces ruelles
Des allures éternelles
Mais à la nuit la nuit
C’était bientôt fini
Voici l’éternité
De Saint-Germain-des-Prés

Il n’y a plus d’après
A Saint-Germain-des-Prés
Plus d’après-demain
Plus d’après-midi
Il n’y a qu’aujourd’hui
Quand je te reverrai
A Saint-Germain-des-Prés
Ce n’sera plus toi
Ce n’sera plus moi
Il n’y a plus d’autrefois
 
 


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miércoles, 12 de octubre de 2016

Retropost #1175 (12 de octubre de 2006): Nuevas antigüedades

Nuevas antigüedades

Publicado en Personales. com. José Ángel García Landa

Después de varios años de decirlo, hoy hemos ido por fin al monasterio de San Pelay. Está en el Paco de Gavín, cruzando el río Sia desde Biescas, en una pequeña llanada con prados que hay en el monte, y que debió ser despejada originalmente por los propios monjes, hace mil años. Pero luego el monasterio se abandonó, y desapareció del mapa y de la memoria, aunque algún documento creo que aludía a él. Cuando yo vivía en Biescas nadie sospechaba su existencia. Hace unos años lo descubrieron, y ahora está a medio excavar. Quién sabe qué otras antigüedades están alrededor, o más bien estarán en el futuro cuando se descubran. Y es que Biescas siempre ha sido un pueblo con culo de mal asiento, cambia perpetuamente a toda velocidad, no sólo en el presente (con una urbanización nueva cada vez que vas) sino también en el pasado. Todo fluye. Ni siquiera el pasado es lo que era. Nada cambia tanto como lo escrito en el Libro de la Historia. Si al menos el futuro se estuviese quieto hasta llegar... pero ni por esas, tampoco el futuro es lo que solía ser, ni en Biescas ni en ninguna parte.





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lunes, 8 de agosto de 2016

Retropost #1099 (8 de agosto de 2006): Nos habremos ido


En mNos habremos ido

Publicado en Recuerdos. com. José Ángel García Landa


En medio de la noche, saliendo del river of dreams voy a otros paisajes que sólo se visitan a esas horas: al pasado. Abriendo los ojos a la oscuridad se vuelven a ver cosas que no veíamos desde hace tiempo. Esta noche se me aparece aquella buhardilla con la estufa de leña recién instalada; la carica de mi novia (the girl from the north country) cuando venía a esperarme a la estación de autobuses en Huesca. Tantas tardes juntos, hace veinte años. Y las reuniones con los amigos. Amigos de mi novia, serían, pues hace muchos años que no los veo, tras la separación. Pero aún los echo de menos. También de esto hace veinte años, me acuerdo que entre los juegos de salón para entretener las veladas en pandilla estaba el de componer un par de versos e intentar adivinar de cuál de los presentes eran. Una medianoche a oscuras alrededor de una mesita del salón, recuerdo que aparecieron unos versos tal que así (resultaron ser de María, la amiga de mi novia):

Mañana quedarán los cercos de los vasos en la mesa
Nada se oirá en la casa: nos habremos ido.

Qué plan sobrehumano, qué esfuerzo no se requeriría para volver a reunir a las mismas personas a quien la vida ha separado, alrededor de una misma mesa—ya no digo de la misma mesa—o para volver a encender aquella estufa que a saber cuántos años llevará apagada. Y así, cada momento nos rodean unas personas a las que apenas prestamos atención, pero de las que unos años más tarde no quedarán ni los cercos de sus vasos en la mesa. Y sería inútil intentar volver a reunirnos con ellas; sería como pretender revertir la marcha del tiempo. I wish I wish I wish in vain, que decía Bob Dylan. Nunca sucederá lo que ya sucedió: nos habremos ido, a saber a dónde. Y sólo el río de los sueños, o las noches de insomnio, nos llevarán otra vez, cuando venga el día de mañana, hasta lo que ahora tenemos delante de los ojos, abiertos o cerrados.



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jueves, 8 de agosto de 2013

Hace 25 años (l'écoulement du temps)

Recuelgo la defensa de mi tesis doctoral, que la terminaba de escribir hace 25 años, en estado casi demencial, con larga barba de graduate student y gafas de pasta, a punto de salir para mi estancia en América... Si se miran las fotos de ese tiempo, es difícil de creer, en efecto todo ese pasado es alquimia, como decía Aute. Hoy le sacan un disco de homenaje a Aute a quien oíamos y que como nosotros aún vive, aún—"qué terriblemente absurdo es estar vivo / sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido / sin tu latido..."

.. Un lyrisme envahissant risque de nous envahir.

Y es que veinticinco años no es nada. Este pasaje me leía esta madrugada oyendo las gaviotas, ahora que estoy con el libro de Bayard Comment améliorer les œuvres ratées? El pasado no hay quien lo mejore. Por entonces también leía yo a Maupassant, a quien comenta aquí Bayard:

L'écriture de l'hallucination ne se laisse pas la plupart du temps analyser dans les termes aussi directs d'une inscription excessive du sujet. C'est souvent un ton général qui est en cause, un manque de distance avec le récit, un lyrisme envahissant. Un exemple caractéristique est, nous l'avons vu, Fort comme la mort, œuvre à l'écriture mélodramatique où l'outrance contamine toutes les formes d'expression. Maupassant est un écrivain qui se prête bien à ce travail de l'amélioration, car certains thèmes se répètent d'une œuvre à l'autre avec suffisamment d'insistance pour permettre des confrontations. Il n'est pas sans intérêt, par exemple, de comparer Fort comme la mort avec la nouvelle "Fini", pour mieux comprendre en quoi Maupassant a échoué dans sa tentative pour trouver une écriture apte à exprimer l'écoulement du temps.

[Note 6. Le héros de "Fini" reçoit un matin une lettre écrite par une femme aimée ving-cinq ans plus tôt, qui l'invite à dîner le soir même. Toute la nouvelle est organisée autour du passage du temps, lequel se marque d'un coup au moment de la rencontre avec le visage méconnaissable de l'être d'autrefois:

Il s'assit et attendit. Une porte s'ouvrit enfin derrière lui; il se dressa brusquement et, se retournant, aperçut une vieille dame en cheveux blancs qui lui tendait les deux mains.
Il les saisit, les baisa l'une après l'autre, longtemps; puis relevant la tête il regarda son amie.
Oui, c'était une vieille dame, une vieille dame inconnue qui avait envie de pleurer et qui souriait cependant.
Il ne put s'empêcher de murmurer:
"C'est vous, Lise?" (Contes et nouvelles, Gallimard, Pléiade, II, p. 516).

Comme dans "Adieu" (Ibid. I., p. 1246), autre nouvelle consacrée au passage du temps, la non-reconnaissance est complète. La formule "C'est vous, Lise?" vient à la place d'une description absente. La technique a le mérite d'éviter toutes les descriptions réalistes de Fort comme la mort. Elle est d'ailleurs plus rigoureuse phénoménologiquement: dans l'expérience concrète, le temps ne passe pas, il est passé. Elle présente un inconvénient majeur: elle induit une forme narrative brève. Il est difficile de construire tout un roman pour raconter qu'un personnage se découvre vieux.



 
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sábado, 15 de enero de 2011

El Gran Diseño y Hacedor de Estrellas (4): Historias alternativas


En el capítulo 4 de
The Grand Design, Hawking y Mlodinow equiparan el comportamiento del universo al de un sistema subatómico regido por leyes cuánticas.

La física cuántica nos presenta un panorama extraño sobre el comportamiento de la naturaleza a escala atómica y subatómica. Por ejemplo, el famoso experimento de las dos ranuras lelvado a cabo por Davisson y Germer, del que parece deducirse que cada partícula puede interferir consigo misma, y pasar por las dos ranuras a la vez... O el principio de incertidumbre de Heisenberg, que formula la imposibilidad de medir simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula.

"La física cuántica parecería socavar la idea de que la naturaleza está gobernada por leyes, pero no es así. En vez de eso, nos lleva a aceptar un nuevo tipo de determinismo: Dado el estado de un sistema en algún momento dado, las leyes de la naturaleza determinan las probabilidadesw de varios futuros y pasados, en lugar de determinar el futuro y el pasado con certidumbre". (72).


Estas probabilidades cuánticas revelan la estructura aleatoria de la realidad—por mucho que nuestra "realidad aparente" sea menos aleatoria. Lo subyacente pocos lo entendemos—nadie entiende la mecánica cuántica, dijo Feynman, supongo que incluyéndose a sí mismo.  Feynman sin embargo explicó cómo un mundo de apariencia newtoniana (o sea, "de andar por casa") puede surgir a partir de un universo regido por leyes cuánticas.

En el caso de la partícula que pasa por las dos ranuras, decía Feynman, lo que sucede es que las partículas siguen todos los trayectos, y los siguen simultáneamente:

"Suena a ciencia ficción, pero no lo es. Feynman formuló una expresión matemática (la suma de historias de Feynman) que refleja esta idea y que reproduce todas las leyes de la física cuántica. En la teoría de Feynman las matemáticas y la representación física son diferentes de la formulación original de la física cuántica, pero las predicciones son las mismas" (75).


En sustancia, aunque las partículas individuales tienen este comportamiento pongamos que impredecible, "para los objetos grandes, las trayectorias muy similares a la trayectoria predicha por Newton tendrán fases similares y se sumarán para dar un resultado cuya contribución a la suma es la mayor con gran diferencia, así el único destino que tiene una probabilidad efectivamente mayor que cero es el destino predicho por la teoría newtoniana, y ese destino tiene una probabilidad que es casi de uno. De ahí que los objetos grandes se muevan igual que predice que lo van a hacer la teoría de Newton." (79).

Esto parece una manera razonable de reducir la mecánica newtoniana a mecánica cuántica. Lo que parece más dudoso (y contradictorio) es la suposición continuada que se insinúa en este libro de que cualquier sistema es en principio igualmente azaroso, sea subatómico o no. Por ejemplo cuando se dice que

"Feynman mostró que, para un sistema general, la probabilidad de cualquier observación se construye de todas las historias posibles que podrían haber llevado a esa observación. Por eso su método se llama la formulación de 'suma de historias' o de 'historias alternativas' de la física cuántica" (80).
 



Insistamos sólo en que la observación de objetos grandes no es lo mismo que la de partículas subatómicas, y que por tanto la relevancia de esas historias alternativas es proporcionalmente tanto menos relevante en un ámbito que en otro. Más confusión puede surgir todavía si la noción de "pasado" definido en términos físicos, de física cuántica, se extiende indebidamente a la construcción del pasado en otros ámbitos o disciplinas—además de otras escalas. Por tanto, cuando Hawking/Mlodinow reescriben el pasado newtoniano, habría que ser muy prudentes y no extenderlo indebidamente del modo que decimos:

"Esta idea [las historias alternativas de Feynman] tiene importantes implicaciones para nuestro concepto del 'pasado' En teoría newtoniana, se presupone que el pasado existe como una serie definida de acontecimientos. (...) La física cuántica nos dice que por muy exhaustiva que sea nuestra observación del presente, el pasado (no observado), como el futuro, es indefinido, y existe sólo como un espectro de posibilidades. El universo, según la física cuántica, no tiene un único pasado, o una única historia" (82)

Perdón: pero yo diría más bien que sí tiene una sola historia a gran escala, aunque sea borrosa, o un jardín de senderos que se bifurcan, a pequeña escala.

"En este capítulo hemos ilustrado la física cuántica empleando el experimento de la doble ranura. En lo que sigue aplicaremos la formulación de Feynman de la mecánica cuántica al universo en su conjunto. Veremos que, como una partícula, el universo no tiene una única historia, sino todas las historias posibles, cada una con su propia probabilidad; y nuestras observaciones de su estado actual afectan a su pasado y determinan las diferentes historias del universo, igual que las observaciones de las partículas en el experimento de la doble ranura afectan al pasado de las partículas. Ese análisis mostrará cómo las leyes de la naturaleza surgieron del Big Bang". (83)

Cada una con su propia probabilidad: la desigualdad de probabilidades es aquí crucial, y sus implicaciones podrían pasar desapercibidas en la formulación de Hawking/M, que peca un tanto de matematizar la cuestión en exceso (cosa no sorprendente, claro, viniendo de un matemático). El Universo no es un entorno subatómico, y no lo conocemos del mismo modo que a las partículas. Aquí el peligro sería pasar alegremente a presuponer que todos los universos imaginables existen al mismo título
—como en Star Maker de Stapledon—, y al mismo tiempo, sólo que estamos en uno de ellos nada más—una biblioteca de Babel de tiempos diferentes e historias entrecruzadas. Mientras que la conclusión más correcta quizá sea la opuesta: que el pasado no existe (en el sentido en el que existe el presente). La indeterminabilidad del nivel subatómico no implica, ni mucho menos, la existencia cierta de muchas líneas de pasado y futuro en la evolución del universo macroscópico—más bien muy al contrario. Para más detalles sobre la no existencia del pasado, y del futuro, encuentro conveniente remitir a la Filosofía del Presente de George Herbert Mead.  Puesto que el pasado no existe (ya), habrá que construirlo, constantemente—pero ese pasado construido existe en tanto que operación cognitiva en unos agregados macroscópicos llamados astros, cuerpos, seres vivos, humanos, etc.  Por supuesto reconstrucciones de ésas habrá muchas y alternativas—incluso las hechas por científicos, cuando se topan con la imposibilidad de determinar el nivel subatómico. Como se ve, es compleja la cuestión de a qué nivel y en qué medida existe el pasado, y en qué muchos sentidos puede decirse que es un espectro de posibilidades según a qué nivel de abstracción hagamos el corte. Y en una teoría física, cuántica o no, no cabe una epistemología, ni una hermenéutica. La cuestión del pasado no quedará otra solución que tratarla al nivel macroscópico o microscópico adecuado para cada circunstancia y necesidad, y disciplina.  O, lo que es lo mismo, con los instrumentos cognitivos apropiados para cada uno de los fenómenos emergentes que se dan a los distintos niveles de escala física.

 
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