La novela de Evelyn Waugh
Oficiales
y Caballeros
tiene una traducción española de Carlos Villar Flor acompañada de una
excelente introducción crítica y notas. Me llama especialmente la
atención la relación tan cercana que observa Villar Flor entre los
diarios de Waugh, con sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial, y
la versión literaria de esas experiencias transmutada en la trilogía
que incluye a
Oficiales y Caballeros
(trilogía
toda editada por Villar Flor en Cátedra). Y un tema metaficcional que
se apunta, relativo a la supresión de testimonios de actos vergonzosos.
La novela, mayormente satírica y desmitificadora, en la línea de Waugh,
viene a narrarnos la progresiva desilusión del protagonista Guy
Crouchback con respecto a la dinámica y motivaciones de la guerra, y
con respecto a su implicación personal en ella. Una crónica de
desilusión y deshonor (narra una derrota) que a la vez señala a más
desilusión y deshonor de los que muestra directamente. Esa es la
relación entre los diarios y la novela, o lo que podríamos llamar
también la huella que deja en la novela lo que se borra, y no se cuenta
ni en ella ni en los diarios. Es una dimensión metaficcioinal de la
novela, pues señala a la convencionalidad de la ficción que se nos
presenta, y a su ambivalente relación con lo testimonial y con las
maniobras de autojustificación y de evasión y disimulo del autor. Para
entenderlas, convendrá tener en mente una cuestión poco resaltada en el
comentario:
el esnobismo terminal de
Waugh,
su conciencia de clase y de la primacía de la solidaridad entre los Old
Boys por encima de cualquier consideración práctica o idealista.
Podríamos decir que es casi un
identity-theme,
de donde extrae Waugh la energía vital que anima su persona y su
sátira. Esta participa del clasismo de los personajes a la vez que los
satiriza (es decir, lo satiriza desde dentro)—como puede verse de modo
ejemplar en la actitud de frivolidad dandy de los personajes del
capítulo primero, poco impresionados por los bombardeos alemanes del
Blitz, que al decir de Waugh mismo
eran, "como todo lo alemán, exagerados".
Así comenta Villar Flor el tema crucial de la indignidad y la
desilusión en la ideología de la novela:
Si el anterior enfoque temático se
concretaba en la indignidad de oficiales concretos, al extrapolar tal
inadecuación a todo el bloque aliado podemos vislumbrar la lectura
política que Waugh propone con esta novela. Ya en la introducción a
HA [Hombres en Armas]
se reflexiona sobre esta materia (véase págs. 81-84). A pesar de obvias
diferencias de matiz, se puede considerar que Guy actúa a lo largo de
la trilogía como portavoz de las ideas de su autor; y para Waugh la
honorabilidad de la contienda sufrió un revés irreparable con la
alianza entre la URSS y Gran Bretaña. A partir de ese momento entra en
crisis el concepto de
guerra justa,
que para Guy/Waugh era el motivo que legitimaba el esfuerzo bélico de
su país. En
HA
Buy se plantea la pregunta de "para qué estamos luchando" a partir del
cuestionario del MIM, número 31 (véase págs. 313-319). Su respuesta
entonces es optimista, acaso ingenua: los aliados ganarán la guerra
porque la suya es una causa justa. Al final de
OC, sin embargo, su espejismo
idealista se ha disuelto:
Fue también
un día mediterráneo soleado y oreado dos años atrás cuando leyó acerca
de la alianza ruso-germana, cuando parecía que una década vergonzosa
finalizaba en luz y razón, cuando el enemigo se presentaba claramente a
la vista, enorme y odioso, despojado de todo disfraz; la era moderna en
armas.
Ahora esa alucinación se había disuelto (...) y
había regresado, tras una peregrinación de dos escasos años en una
ilusoria Tierra Santa, al viejo mundo ambiguo, donde los sacerdotes
eran espías y los gallardos amigos [Ivor
Claire, por ejemplo, huyendo de Creta sin sus tropas] resultaban
traidores, y su país se conducía dando tumbos hacia el deshonor (pág.
415).
Como hemos señalado, Guy se endurece aún más en su aislamiento cuando
comprueba que las personas de su entorno celebran con satisfacción la
nueva alianza con Rusia. Y poco después realiza un acto simbólico
destruir en el incinerador la libreta donde apuntó los detalles de la
batalla de Creta. No tiene ya sentido comprometer el futuro de un
antiguo amigo y compañero cuando la indignidad se extiende a los
dirigentes del país. (71-72)
Así narra Waugh este episodio en la novela, una vez Guy se ha
recuperado en un hospital tras huir de Creta en un bote hacinado, y
sufrir penalidades y visiones en la travesía hasta Alejandría:
El equipo de Guy le
había seguido —si bien mermado por el pillaje— del campamento al
hospital. También estaba el fardo que contenía los harapos, lavados y
planchados, que había llevado en Creta, y un ordenado envoltorio de las
posesiones sacadas de sus bolsillos y su mochila; junto al disco rojo
de identidad estaba su manumisión por parte de Chatty Corner y la
libreta en la que había tomado las notas para el diario de guerra. No
estaba la goma elástica. Las tapas tenían jirones, se habían
reblandecido, arrugado y estropeado, algunas páginas se habían pegado.
Guy las separó cuidadosamente con una navaja. Todo estaba allí. Sobre
el papel cuadriculado separado de manchas podía seguir, en el deterioro
de su escritura, las sucesivas fases de agotamiento. A medida que se
debilitaba había escrito con letra más grande y pesada. La última
entrada era un profundo garabato que ocupaba una hoja en el que
registraba la aparición de un aeroplano sobre el bote. Ésta era su
contribución a la Historia; ésta, quizá la evidencia en un notorio
juicio.
Guy se tumbó en la cama, demasiado conmocionado por
los acontecimientos físicos del día para concentrarse en las cuestiones
morales. Para Julia Stitch no había dilema. Un viejo amigo estaba en
apuros. Todos debemos cooperar. Tommy tenía su constante guía en el
precepto "nunca hay que causar problemas excepto cuando supongan una
predominante ventaja positiva." En el frente, si Ivor o cualquier otro
hubiera puesto en peligro una posición, Tommy no habría tenido
escrúpulos en fusilarle sin más. Pero ésta era otra cuestón. Nadie
estaba en peligro salvo la reputación de un solo hombre. Ivor se había
comportado abominablemente, pero no había herido a nadie salvo a sí
mismo. Ahora estaba quitado de en medio. Tommy se encargaría de que
nunca volviera a estar en situación de comportarse como en Creta.
También su tropa estaba quitada de enmedio hasta el fin de la guerra.
No importaba mucho, en lo que respectaba a ganar la guerra, lo que se
comentara en un campo de prisioneros. Quizá al cabo de los años, cuando
Tommy se encontrara con Ivor en el Bellamy's, sería una pizca menos
cordial que antaño. Pero instigar un consejo de guerra por un delito
capital era inconcebible; en sentido estricto causaría interminables
molestias y retrasos profesionales; en conjunto, beneficiaría al
enemigo.
Guy carecía de estas sencillas normas de conducta.
Ya no conservaba su antiguo afecto hacia Ivor, ni siquiera aprecio,
pues el hombre que había sido su amigo resultó ser una ilusión. También
tenía conciencia de que toda guerra consistía en crear problemas sin
apenas esperanza de sacar nada en limpio. ¿Por qué estaba él en el
sótano de la señora Stitch, por qué estaban Eddie y Bertie en prisión,
por qué el joven soldado yacía aún insepulto en el pueblo abandonado de
Creta, si no era por la Justicia?
Así, permaneció acostado meditando hasta que la señora Stitch le convocó al aperitivo. (413)
La última frase resume la resolución ética que adopta Guy (y Waugh):
aparcar las meditaciones, adoptar "estas sencillas normas de conducta"
que engrasan la vida social y sus tomas y dacas, aceptar la propia
implicación en la corrupción del sistema, y hacer lo más conveniente
desde un punto de vista oportunista, no lo legal ni lo éticamente
correcto. Podemos decir que a estas alturas el meditabundo Guy es aún
inocente, pero accede al punto de vista cínico de su autor cuando
decide callar y quemar las pruebas de sus anotaciones. Tras el párrafo
citado por Villar Flor, "Ahora esa alucinación se había disuelto (...)
hacia el deshonor", sigue así:
Esa tarde llevó su libreta al
incinerador del patio exterior y la arrojó dentro. Fue un acto
simbólico; como el del soldado de Skafia que desmembrara su
ametralladora y arrojara las partes una a una por el puerto, chapoteo
tras chapoteo, entre los residuos. (415)
Los dos son actos simbólicos a un nivel, pero reales a otro. Y el
simbolismo que los identifica es engañoso, cosa que ni Guy el
focalizador ni el narrador comentan, pues ambos son ahora solidarios en
su visión cínica de los actos de Guy (for good reason). Lo que hay que
matizar es lo siguiente: el ver a un soldado destrozar su ametralladora
y dispersar las piezas es sólo aparentemente un acto de indignidad. En
un heroísmo de tebeo, el soldado (abandonado en la playa de Creta por
su plana mayor en retirada, no lo olvidemos) hubiera esperado a los
alemanes y hubiera muerto ametrallándolos, llevándose unos cuandos por
delante. Pero no eran esas sus órdenes, sino las más realistas de
rendirse a los alemanes. Y el soldado destroza su arma no como acto
simbólico que exprese su cobardía y oportunismo, sino como una
contribución real al esfuerzo de guerra: impedir que los alemanes se
hagan con armamento que podrían reutilizar. En cambio, la
"ametralladora" de Guy, las notas comprometedoras que destroza, caerían
en manos no precisamente de los alemanes, sino de alguien
ajeno al círculo de amistades y contactos
de la clase alta,
alguien que no tendría reparos en llevar a Ivor a un consejo de guerra,
porque sería lo legal. Guy elige pasarse al enemigo, en cierto, modo,
pero el enemigo es a la vez su propio bando, al que pertenece o intenta
pertenecer, la "casta" superior que usa la maquinaria de guerra, y de
hecho todas las instituciones públicas, en beneficio propio. Así, Guy a
la vez admite y reconoce su propia corrupción, su propia implicación en
el sistema, y profundiza en ella con este acto cuyos efectos reales son
tan notables como los simbólicos.
Villar Flor observa la manera en que en el paso de los diarios de
guerra de Waugh a la trilogía novelesca, y en particular a
Oficiales y Caballeros, la
ficcionalización modera o desvía las indignidades y vergüencillas de la
guerra, y desvía la responsabilidad de las personas concretas con
quienes trató Waugh. Ahora bien, vemos aquí a Guy destruyendo unas
notas
previas a su diario de guerra,
con lo cual se nos anuncia un nivel más de atemperación o autocensura:
aun si toda la realidad observada, con sus miserias, pasó a las notas
del natural tomadas por estos testigos, esos datos pasan al olvido, o
quedan para la discreción de la memoria personal. El diario que
producirá Guy en el mundo ficticio, y Waugh en el real, es ya una
producción "ficticia", conscientemente amañada, de hecho, para encubrir
la verdad y ocultarla bajo una apariencia de documento. Una ficción que
a su vez se reelaborará en el caso de Waugh en otra ficción, esta vez
explícita, la de la trilogía
Men at
Arms que incluye como pieza central a
Oficiales y Caballeros. Allí Guy
sale relativamente indemne en su honorabilidad (aunque una frase
críptica y contradictoria, repetidamente sopesada por Villar Flor,
sugiere que en el día de la desbandada en Creta, Guy "perdió buena
parte de su hombría"). Es Ivor, el admirado 'buddy' símbolo de la
elegancia y rectitud inglesa para Guy, quien resulta tener pies de
barro. La ficción señala, sin embargo, a una supresión presente tanto
en los diarios como en ella misma, de modo paradójico, como un tachón
sobre un borrón.
Una doble envoltura de distorsión o de ficcionalización. Y sin
embargo es a través de esta ficción, por vía interpuesta de su
ficcionalizado representante Guy, como Waugh deja entrever que hay
cosas que es mejor no contar, que no pasen a los diarios –posiblemente
cosas a las que sólo se puede señalar como algo que se ha borrado. La
intensidad de la desilusión de Guy, así como su elección final de la
vida social y los contactos por encima de la honorabilidad, me hacen
pensar que no es sólo en la traición de otros, o la de su país, en la
que está pensando Waugh, sino en su propia traición a los ideales, y su
desilusión consigo mismo, mostrada aquí por vía interpuesta. Es más
fácil justificarse a sí mismo si es todo el país el que se envilece, y
si hay quien lo ha hecho más visiblemente. Pero hay también una
honestidad en el hecho de dejar visible el borrón, debajo del tachón, o en incluir
estos hilos conductores y alusiones por las cuales quien lo desee
puede, si no extraer el ovillo de lo que en realidad se ventila en la
novela, sí intuir que hay un ovillo, o que lo hubo antes de que se
escamotease y dejase esta especie de huellas en el texto. Que deviene
en cierto modo, en lo que se refiere a su relación con la realidad de
la experiencia del autor, un
self-consuming
artifact, que a la vez expresa y ocultan la desilusión del autor
con sus propios ideales y consigo mismo, la desilusión vivida desde dentro.
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