Mostrando entradas con la etiqueta Colaboracionismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboracionismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de junio de 2019

Querella criminal contra Zapatero



El PSOE se indigna por la querella. (Vamos, que cierra filas con ZP y no con los querellantes). Pero miren los comentarios a su tuit.








lunes, 17 de abril de 2017

Retropost #1569 (17 de abril de 2007): Somos la peste


Me acabo de empezar a leer el último premio Goncourt, Les Bienveillantes, de Jonathan Littell, una impresionante novela sobre el genocidio nazi, y la participación en él del narrador, viejo nazi y genocida, buen burgués discreto, y jamás represaliado. Viene a sacar las últimas consecuencias de lo que Hannah Arendt llamaba "la banalidad del mal" en su libro Eichmann en Jerusalén. Ya no es sólo que Eichmann fuese un tipo vulgar, en lugar de un demente psicópata; lo malo es que a fuerza de vulgaridad, todos somos como Eichmann. Que Eichmann es, como su nombre indica...—Everyman. Lo terrible, nos muestra la novela, no son tanto los asesinos locos, como el de la Universidad de Virginia de ayer, sino la gente de orden que sigue la corriente, y que yendo donde va la gente, acaba cometiendo las mayores atrocidades: por inercia, por disciplina, por indiferencia, por cobardía, por interés, por comodidad, por autoengaño, por seguidismo... Por no sacar los pies del tiesto, básicamente. Ya no digo los que seguían a Hitler, sino los que siguen a Bush en sus guerras preventivas, o a los terroristas en sus "procesos de paz", o a Ibarreche camino de su roble, o al cacique de turno... El madera de psicópata o el líder iluminado al frente, los borregos detrás, o quizá los borregos aupando al psicópata por el proceso natural de las cosas. Y así pasa siempre lo que pasa. Pocos se libran, o nadie. Hasta Hannah Arendt fue amante primero, y amiga íntima siempre, del rector nazi Heidegger.

Se abre la novela con una autojustificación inicial, bastante escalofriante, en la que el narrador nos pide a todos ("hermanos humanos" nos llama este individuo) que no lo juzguemos precipitadamente como una bestia abyecta—pues no es ni mejor ni peor que nosotros. Para ser un unreliable narrator, un narrador poco fiable, nos deja bastante poco satisfechos. No podemos fiarnos ni de su poca fiabilidad—vamos, que argumenta que todos somos tan poco fiables como él. Que él es un tipo normal, que es como nosotros, sin más. Y nos deja casi convencidos de que en efecto es así.... Qué digo casi. A mí me deja convencido de que soy la peste.
Adivino vuestros pensamientos: He aquí un hombre bien malvado, os decís, un mal hombre, abreviando, un tipo sucio se mire como se mire, que debería pudrirse en la cárcel mejor que endosarnos su filosofía confusa de viejo fascista medio arrepentido. En lo de fascismo, no confundamos todas las cosas, y en lo que se refiere a mi responsabilidad penal, no prejuzguéis, aún no he contado mi historia; en cuanto a la cuestión de mi responsabilidad moral, permitidme algunas consideraciones. Los filósofos políticos han observado a menudo que en tiempos de guerra el ciudadano, varón al menos, pierde uno de sus derechos más elementales, el derecho a vivir, y eso desde la Revolución Francesa y la invención del reclutamiento obligatorio, principio ahora universalmente admitido, o casi. Pero rara vez han observado que ese ciudadano pierde a la vez otro derecho, igual de elemental y para él quizá todavía más vital, en lo referente a la idea que se hace de sí mismo como persona civilizada: el derecho a no matar. Nadie te pide tu opinión. El hombre que está de pie sobre la fosa común, en la mayor parte de los casos, no ha pedido estar ahí—igual que no lo ha pedido el que está tumbado, muerto o agonizante, en el fondo de esa misma fosa. Me objetaréis que matar a otro militar en combate no es la misma cosa que matar a un civil desarmado; las leyes de la guerra permiten una cosa y la otra no; la moral corriente lo mismo. Un buen argumento en abstracto, ciertamente, pero que en absoluto tiene en cuenta las condiciones del conflicto en cuestión. La distinción completamente arbitraria establecida después de la guerra entre las "operaciones militares" por una parte, equivalentes a las de cualquier otro conflicto, y las "atrocidades" por otro, llevadas a cabo por una minoría de sádicos y de chiflados, es, como espero mostrar, una fantasía consoladora de los vencedores—de los vencedores occidentales, debería especificar, puesto que los soviéticos, con toda su retórica, siempre entendieron de qué iba la cosa: Stalin, después de mayo de 1945 y pasados ya los primeros gestos para la galería, se mofaba infinitamente de una "justicia" ilusoria; quería mano dura, lo concreto, esclavos y material para levantar y reconstruir, no remordimientos ni lamentaciones, porque sabía tan bien como nosotros que los difuntos no oyen el llanto, y que los remordimientos no ponen judías en el puchero. al enemigoNo invocaré a la Befehlnotstand, la obediencia debida a las órdenes tan apreciada por nuestros buenos abogados alemanes. Lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, pensando que se trataba de mi deber y que era necesario que se hiciese, por desagradable y miserable que fuese. La guerra total es eso también: el civil ya no existe, y entre el niño judío gaseado o fusilado y el niño alemán muerto bajo las bombas incendiarias, no hay sino una diferencia de medios: esas dos muertes eran igualmente vanas, ninguna de las dos abrevió la guerra ni un segundo; pero en los dos casos, el hombre o los hombres que los mataron creían que era justo y necesario; si se equivocaron, ¿a quién hay que culpar? Lo que digo sigue siendo cierto aunque se distinga artificialmente de la guerra eso que el abogado judío Lempkin ha bautizado como el genocidio, haciendo notar que en nuestro siglo al menos no ha habido nunca un genocidio sin guerra, que el genocidio no existe fuera de la guerra, y que como la guerra, se trata de un fenómeno colectivo: el genocidio moderno es un proceso infligido a las masas, por las masas, y para las masas. Es también, en el caso que nos ocupa, un proceso segmentado por las exigencias de los métodos industriales. Del mismo modo que, según Marx, el obrero está alienado con respecto al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su foma moderna, el ejecutor está alienado con respecto al producto de su acción. Esto vale incluso en el caso en el que un hombre coloca un fusil contra la cabeza de otro hombre y acciona el gatillo. Porque la víctima ha sido traída allí por otros hombres, su muerte ha sido decidida por otros más, y el tirador también sabe que no es sino el último eslabón de una cadena muy larga, y que no tiene que hacerse más preguntas de las que se hace un miembro de un peloton que en la vida civil ejecuta a un hombre debidamente condenado por las leyes. El tirador sabe que es el azar el que hace que sea él quien dispare, que su camarada esté de centinela, y que un tercero conduzca el camión. Todo lo más podrá intentar cambiar su puesto con el guarda o el chófer. Otro ejemplo, sacado de la abundante literatura histórica y no de mi experiencia personal: el del programa de exterminación de los discapacitados severos y de los enfermos mentales alemanes, conocido como programa "Eutanasia" o "T-4", llevado a efecto dos años antes del programa "Solución final". Aquí, los enfermos seleccionados en el marco de un dispositivo legal eran acogidos en un edificio por enfermeras profesionales, que los apuntaban en el registro y los desnudaban; había médicos que los examinaban y los conducían a un cuarto cerrado; un obrero administraba el gas; otros limpiaban; un policía extendía el certificado de defunción. Interrogada tras la guerra, cada una de esas personas dice: ¿Culpable, yo? La enfermera no mató a nadie; no ha hecho más que desnudar y calmar a los enfermos, gestos ordinarios de su profesión. El médico tampoco ha matado, simplemente confirmó un diagnóstico según criterios establecidos por otras instancias. El encargado que abre el grifo del gas, el que está por tanto más cercano al asesinato en el tiempo y el espacio, efectúa una función técnica bajo el control de sus superiores y de los médicos. Los obreros que vacían la cámara proporcionan una labor necesaria de saneamiento, que además es bastante repugnante. El policía sigue su procedimiento, que es constatar un fallecimiento y dejar constancia de que ha tenido lugar sin violación de las leyes vigentes. ¿Quién es culpable, pues? ¿Todos, o ninguno? ¿Por qué el obrero asignado al gas habría de ser más culpable que el obrero asignado a las calderas, al jardín, a los vehículos? Lo mismo sucede con todas las facetas de esta inmensa empresa. El guardaagujas del ferrocarril, por ejemplo, ¿es culpable de la muerte de los judíos que él dirige hacia un campo de concentración? Ese operario es un funcionario, hace el mismo trabajo desde hace veinte años, cambia las agujas de la vía según un plan, no tiene por qué saber lo que hay dentro. No es por su culpa si se transporta a esos judíos, vía su cambio de agujas, de un punto A a un punto B, donde los matan. Y sin embargo ese guardaagujas juega un papel crucial en el trabajo de exterminación: sin él, el tren de judíos no puede llegar al punto B. Lo mismo el funcionario encargado de requisar apartamentos para los siniestrados por los bombardeos, el impresor que prepara los carteles de deportación, el suministrador que vende cemento armado o alambre de espino a las SS, el suboficial de intendencia que hace el reparto de gasolina a un Teilkommando de la SP, y Dios en las alturas que permite todo esto. Claro, se pueden establecer niveles de responsabilidad penal relativamente precisos, que permiten condenar a unos y de dejar a todos los otros a su conciencia propia, a poco que la tengan; tanto más fácil cuanto que se dictan las leyes tras los hechos, como en Nuremberg. Pero incluso allí hicieron más o menos lo primero que salió. ¿Por qué colgar a Streicher, ese mierda impotente, pero no al siniestro von dem Bach-Zelewski? ¿Por qué colgaron a mi superior, Rudolf Brandt, y no al de él, Wolff? ¿Por qué colgar al ministro Frick y no a su subordinado Stuckart, que le hacía todo el trabajo? Un hombre con suerte, este Stuckart, que nunca se manchó las manos más que con tinta, nunca con sangre. Repito, aclarando: no intento decir que no soy culpable de tal o cual acción. Soy culpable, vosotros no—vale. Pero deberíais sin embargo ser capaces de deciros que lo que he hecho yo, también vosotros lo habríais hecho. Quizá con menos celo, pero quizá también con menos desesperación, sea como sea lo habríais hecho de un modo u otro. Creo que se me puede permitir concluir como un hecho establecido por la historia moderna que todo el mundo, o casi, en un conjunto de circunstancias dado, hace lo que le dicen, y, con perdón, hay pocas probabilidades de que usted sea la excepción, como no lo fui yo. Si usted ha nacido en un país o en una época donde no sólo no viene nadie a matar a vuestra esposa, a vuestros hijos, sino que además nadie viene a pedirle a usted que mate a las esposas o hijos de otros, bendiga Vd. al Señor y váyase en paz. Pero quédese siempre con este pensamiento en el espíritu: quizá haya tenido usted más suerte que yo, pero no es usted mejor. Porque si tiene usted la arrogancia de pensar que sí lo es, allí empieza el peligro. Se acostumbra a oponer el Estado, totalitario o no, al hombre ordinario—chinche o junco. Pero se olvida entonces que el Estado está compuesto de hombres, todos más o menos ordinarios, cada uno con su vida, su historia, la serie de casualidades que han hecho que un día se encontró en el lado bueno del fusil o de la hoja de papel mientras que otros se encuentran en el malo. Este recorrido muy rara vez es objeto de una elección, ni siquiera de una predisposición. Las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, no fueron torturadas o asesinadas porque fuesen buenos; del mismo modo, sus verdugos no los atormentaron porque ellos fuesen malos. Sería un poco ingenuo creer eso, y basta con estar familiarizado con cualquier burocracia, incluso la de la Cruz Roja, para convencerse. Stalin, por cierto, proporcionó una demostración elocuente de esto que digo, tranformando a cada generación de verdugos en víctimas de la generación siguiente, sin que por eso llegasen a faltarle jamás verdugos. Pues bien, la maquinaria del Estado está hecha de la misma aglomeración de arena frágil que lo que va moliendo grano a grano. Existe porque todo el mundo está de acuerdo para que exista, incluso (a menudo hasta el último minuto) sus víctimas. Sin los Höss, los Eichmann, los Goglidze, los Vychinski, pero también sin los guardaagujas de los trenes, los fabricantes de cemento armado y los contables de los ministerios, un Stalin o un Hitler no son más que un odre inflado de odio y de terrores impotentes. Decir que la amplia mayoría de los gestores de los procesos de exterminación no eran sádicos o anormales es ahora casi un lugar común. Sádicos, pirados, los hubo, claro, como en todas las guerras, y cometieron atrocidades sin nombre, es cierto. También es cierto que las SS podrían haber intensificado sus esfuerzos por controlar a esta gente, aunque hizo más de los que se suele pensar; y eso no es evidente: id a preguntarles a los generales franceses, buenos problemas que les daban, en Argelia, sus alcohólicos, sus violadores, sus asesinos de oficiales. Pero el problema no está allí. Chiflados los hay por todas partes, a todas horas. Por nuestros pacíficos barrios residenciales pululan los pedófilos y los psicópatas, por nuestros refugios nocturnos, los locos furiosos megalómanos; algunos de hecho se convierten en un problema, matan a dos, a tres, a diez, incluso a cincuenta personas—luego, ese mismo Estado que los utilizaría sin pestañear en caso de guerra, los aplasta como mosquitos inflados de sangre. Esos hombres enfermos no son nada. Pero los hombres ordinarios que constituyen el Estado—sobre todo en tiempos inestables—esos son el auténtico peligro. El auténtico peligro para el hombre soy yo, es usted. Y si no le convence esto, es inútil que siga leyendo. No entenderá usted nada, y se enfadará, sin provecho para usted ni para mí.




—oOo—

martes, 30 de agosto de 2016

Retropost #1121 (30 de agosto de 2006): Suite française

Irène Némirovsky, SUITE FRANÇAISE

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa


Muy recomendado viene este libro desde que le dieron el Prix Renaudot en 2004; tiene su historia excepcional, pues se escribió en 1942, poco antes de que deportasen a su autora, judía rusa exiliada en Francia, a la cámara de gas. Su marido corrió la misma suerte; sus hijas se salvaron con la asistenta, y guardaron el manuscrito durante años hasta su reciente edición. Tiene delito que quienes la arrestasen para su deportación fuesen los gendarmes franceses, que también buscaron a sus hijas sin éxito. Y casi aún más delito tiene que la madre de Irène, personaje frívolo y egoísta hasta decir vale, se negase a recibir a sus nietas en su pisazo de Niza; murió en 1989 a los 102 años de edad. Había hostilidad entre madre e hija, y parte del sarcasmo frío de la Suite française y de otras obras de Némirovsky va dirigido contra personajes de la clase y actitudes de su madre. Incluso se han intentado buscar elementos antisemitas en su obra... por ejemplo lo intentó su marido, con la vana esperanza de defenderla ante los nazis como una conversa cristiana (que lo era, técnicamente) enemiga de los judíos (que evidentemente no lo era).

La Suite Française está inacabada; consta de dos partes de las cinco que iba a tener, si bien las notas de Némirovsky dejan claro que el argumento de conjunto apenas estaba esbozado, y que iba improvisando conforme escribía. Tenemos lo que le dio tiempo a hacer antes de su deportación: una primera parte llamada Tempête en juin, que narra la huiída de París de grandes y pequeños burgueses ante el temor de la llegada de los alemanes en 1940; y una segunda parte llamada Dolce, sólo levemente conectada con la primera, centrada en la estancia de las tropas alemanas en un pueblo de la Francia ocupada, y en las reacciones de los vecinos a lo largo de los tres meses que dura su convivencia. En las dos partes, la voz narrativa no se explaya por cuenta propia en reflexiones ni interpretaciones, sino que más bien se atiene a reflejar los pensamientos e impresiones de diversas clases de personajes: en sus notas muestra Némirovsky una voluntad de estilo muy modernista de mostraren lugar de decir. Lo más que se permite es poner en evidencia irónica la mezquindad, egoísmo e hipocresía de los ricachones que intentan ante todo conservar sus bienes y privilegios, mejor que ayudar a sus vecinos en apuros. Aunque de todo hay: la primera parte es una panorámica de diversos personajes y escenas, y también hay comentaristas fiables (al menos moralmente rectos) de la situación., como el matrimonio de bancarios que no consiguen huir de París y son despedidos por el típico patrón avaro Corbin (posbilemente una caricatura judaica de las que se solían achacar a Némirovsky). La mayoría de los personajes de esta primera parte pertenecen a una familia adinerada que es contemplada con bastante ironía fría, aunque varios de sus miembros mueren durante la invasión alemana. La segunda parte se centra en Lucile angellier, una joven dama en un sofocante ambiente de provincias, esposa de un prisionero de guerra al que no ama, y que vive con su suegra en un caserón, pendiente del ausente; y su amistad romántica, casi amores, con el oficial alemán que les asignan para alojamiento. Termina esta parte con los alemanes retirándose cantando a la lejanía, partiendo hacia las batallas de Rusia, y sin que ni el conflicto ni el amor hayan llegado a los extremos que eran de temer o de desear. Casi se les va a echar de menos...

Así pues, la obra, fuese a ser lo que fuese en tanto que novela organizada, no nos queda sino como dos fragmentos autónomos, cuyo mayor valor está en mostrar desde dentro la psicología e impresiones del tiempo de la ocupación. Lo realmente curioso de leer la Suite Française tal como se ha publicado actualmente es que a la vez que tenemos la visión de los personajes controlados por la autora, tenemos las notas de la novelista que muestran otra narración de guerra, la de su propia escritura, con reflexiones sobre cómo limitarse a retratar y crear sensaciones, comentando sobre los alemanes que su marido y ella tuvieron que alojar en el pueblo de Issy-l'Évêque donde estuvieron entre 1941 y 1942, y después las cartas desesperadas de su pobre marido buscando ayuda para liberar a su esposa, intentando demostrar su antibolchevismo, antijudaísmo... (en vano, claro; pronto sería gaseado él mismo). Las dos historias no coinciden totalmente. Por supuesto, una es ficción, con personajes inventados, etc., y la otra no, pero me refiero a que las prioridades no parecen ser las mismas. En la Suite française, los alemanes aparecen vistos un tanto exteriormente; apenas unos ejércitos que pasan en la primera parte, y unas disciplinadas tropas de ocupación en la segunda. Los malos, o los personajes caricaturizados o expuestos a la ironía de la autora, no son nunca los alemanes; siempre los franceses, sobre todo los de las clases más pudientes y más dispuestos al colaboracionismo tras el primer sofoco de terror al invasor. Los que alaban a Pétain y barren para casa mientras moralizan a los demás, o los denuncian, como hace la vizcondesa de Montmort en Dolce. Por supuesto, era prudente para la autora no criticar abiertamente a los alemanes por si se encontraba su manuscrito. Y sin embargo, he aquí que los alemanes aparecen en exceso bien parados. Poco imaginativos, en todo caso dados a un romanticismo educado; guapos, bien perfilados, pulcros, disciplinados, gente de orden, educados, cordiales con los invadidos, si bien de una cordialidad ligeramente siniestra a veces, basada como está en la fuerza que no se muestra. Hay amenazas de ejecuciones, etc., pero las únicas muertes violentas e injustas son los franceses quienes las llevan a cabo, y no los más admirables. En este sentido la novela recuerda mucho a la célebre de Vercors, Le Silence de la mer, de la misma época, donde un culto y educado oficial alemán de las fuerzas de ocupación se encontraba con el muro de silencio y el rechazo gélido que le ofrecen una joven y su padre en la casa donde se aloja. No es el caso aquí, donde Lucile casi casi es seducida por el alemán, aunque no puede vencer su rechazo interno al final, y hasta ayuda a ocultar al vecino que ha matado al alemán que le alojaban a él en casa (a traición, un gesto feo). Pero, como digo, la novela es casi germanófila, triste paradoja. Con estos encantadores alemanes, la colaboración no parece sino una conveniencia sin apenas contrapartida moral, algo más que sorprendente aunque ciertamente sí ayuda a entender la percepción y la ambivalencia de tantos franceses de entonces... Pero ni un pensamiento dedicado jamás por nadie a las políticas brutales del Reich, o a las opresiones mentales del nazismo. Podría decirse, tristemente, que es un libro desbordado por la historia, que se concentra en las pequeñas mezquindades y pasa por alto los grandes crímenes... Hasta el asesinato del alemán Bonnet se diluye convirtiéndolo en cuestión más de celos que de guerra o política. Así pues, mal puede ser ésta la gran novela de Francia en la segunda guerra mundial. La cosa que más llama la atención en la ficción la ausencia total de referencias a las persecuciones de los judíos—algo que desde luego ocupa un primerísimo plano en las notas y cartas de la autora y su marido, la novela detrás de la novela. Expulsados de París, fichados, despedidos de su empleo... y ni una la menor alusión a las "desventajas" de la política judía del Reich en la ficción. ¿Prudencia también? ¿Incredulidad, o inconsciencia, de hasta dónde podían llegar las cosas? Es curioso que el "tema judío" sólo aparezca en las notas de la autora cuando se refiere a su vida cotidiana, nunca a sus planes para la escritura. Y el desagradable Corbin sí parece ser judío... Así que, aunque la Suite française es un relato apreciable, lo es tanto más como síntoma de los tiempos, por lo que no cuenta y quizás no podía contar, y por las extrañas prioridades que muestra en lo que sí cuenta. Requiere, en todo caso, ser leída como parte de la historia y destino de su autora, pues lo que aparece en el texto marginal es tan indicativo, y tan trágico, como la novela que se premió. ¿O quizá se premió el conjunto de novela inacabada, culminando en muerte trágica de la autora? Así, inhabitualmente, en la edición de Folio se ha elegido un retrato de la autora para la portada. Es, en todo caso, un fenómeno literario de poco habitual de conjunción, y contraste, entre vida y obra.

 PS: comentario que pongo a una reseña poco positiva de Suite française en solodelibros:
Veo que te ha chocado lo mismo que a mí: lo suavísimo que es el libro con los alemanes, que poco después iban a exterminar a Némirovsky y a su marido y su comunidad; aunque de antisemitismo no hay ni palabra en el libro: todos los alemanes son idealistas, correctos, guapos… y son los franceses los que son falsos y vendidos y rastreros la mayoría, que seguramente sí lo eran. Supongo que la intención de Némirovsky era publicar su libro… si vivía, y malamente podía poner de vuelta y media a los alemanes. Triste ironía, que ahora se celebre como un retrato ajustado de la situación un libro hecho para publicarse en condiciones de tiranía asesina y opresión. Y que sin embargo, como dices, se deja leer… pero ojo con él. Saludos.  

Mi fotoblog

Mi fotoblog
se puede ver haciendo clic en la foto ésta de Termineitor. Y hay más enlaces a cosas mías al pie de esta página.