Jonathan Gottschall tiene un un blog titulado así, The Storytelling Animal,
y también un libro del mismo título y temática publicado este año
por Houghton Mifflin, y que voy leyendo. Es un título que viene de Waterland, de Graham Swift, que señala cómo vamos llenando la vida y el mundo de historias. Mi post lo titulo el animal que hace historias en lugar de el animal que cuenta historias
por matizar: pues como muestra el propio Gottschall muchas de las
historias que hacemos no las contamos, aunque muchas contamos, sino que
en todo caso nos las contamos a nosotros mismos, o las vivimos
directamente.
De esto iba una de mis últimas publicaciones en papel, "Out of Character",
que habla de la vida entendida como una estructura narrativa y
argumental. Somos historias y habitamos historias, como decía Emerson
de los símbolos.
Acabo de subir al SSRN un viejo articulillo o charla de los 80, "Los conceptos básicos de la narratología",
que aunque es de planteamiento básicamente literario y estructuralista,
ya observa esta tendencia postestructuralista a ver en la narración una
modalidad de conocimiento o de organización mental, más allá de un
género literario. Una cita que me gusta mucho a este respecto
aparece en los Essais sur le roman de Michel Butor, un clásico moderno, y cabeza estructuralista donde las haya:
Le roman est une forme particulière du récit.
Celui-ci
est un phénomène qui dépasse considérablement le domaine de la
littérature ; il est un des constituants essentiels de notre
appréhension de la réalité. Jusqu'à notre mort, et depuis que nous
comprenons des paroles, nous sommes perpétuellement entourés de récits,
dans notre famille tout d'abourd, puis à l´ècole, puis à travers les
rencontres et les lectures. ("Le roman comme recherche", 7)
Muchas de las historias que vivimos sin contarlas están en los sueños.
Gottschall tiene una teoría de los sueños como entrenamiento
subconsciente para la mente: están demasiado llenos de problemas,
huídas, desencuentros y amenazas, desproporcionadamente con respecto a
lo que sucede en la vida real. Las partes aburridas se las ha saltado
la mente soñadora, y va al meollo del conflicto, que es, precisamente,
el conflicto—ya lo decía Aristóteles, las historias giran alrededor de
un conflicto. Gottschall ve la mente narrativa como
característicamente humana, claro, —pero eso no quiere decir que sea
cien por cien buena; la tendencia narrativizante con frecuencia se
desboca y da lugar a teorías de la conspiración, paranoias, apofenias y
confabulaciones, fenómenos que le interesan especialmente al
autor. La mente narrativa busca frenéticamente imponer un orden
en una realidad a menudo desorganizada—y si no hay una historia
evidente, la proyecta y se la inventa. Para ello echa mano Gottschall
de un concepto neurológico-cognitivo muy útil que desarrolló Gazzaniga:
el intérprete. Nuestro
intérprete cerebral es un organizador de la realidad que tiene una
pronunciada tendencia narrativizante. Vivimos en una especie de Matrix
cerebral generada no por ocultas máquinas externas sino por una máquina
interna, que nos va pasando una película viviente que llamamos la
realidad (ya decía Einstein que lo que llamamos realidad también es una
ilusión, sólo que es una ilusión muy persistente).
Los narradores, cómo no, tienen este sistema cerebral estructurado de
modo... particular, pongamos. Igual que los poetas viven las cosas y
las palabras de otra manera, más poética; podemos decir que todos somos
narradores y poetas pero que los narradores y poetas lo son más. A
veces más y mejor. Pero una de las cosas que más me han llamado la
atención en el libro de Gottschall, lleno de abundantes referencias a
estudios neurológicos y psicológicos:
"La
psicóloga Kay Refield Jamison, que ha escrito de modo conmovedor sobre
su propia lucha contra el síndrome bipolar, sostiene que hay una fuerte
conexión entre la enfermedad mental y la creatividad literaria en su
clásico libro Tocados por el fuego.
En estudios de escritores ya muertos (basados en sus cartas,
historiales médicos, y biografías publicadas) y en estudios de
escritores vivos de talento, abunda la enfermedad mental. Por ejemplo,
los autores de ficción narrativa tienen nada menos que diez veces más
probabilidades de ser bipolares que la media de la población, y los
poetas son, de modo pasmoso, cuarenta veces más propensos a vérselas
con el síndrome. Basándose en estadísticas como estas, el psicólogo
Daniel Nettle escribe que 'es difícil evitar la conclusión de que la
mayor parte del canon de la cultura occidental fue producido por gente
con un toque de locura'. (...) En el gigantesco estudio de enfermedad
mental y creatividad del psiquiatra Arnold Ludwig, El precio de la grandeza, encontró
una tasa de 87% de desórdenes psíquicos entretre los poetas eminentes,
y un 77% entre los novelistas eminentes—mucho más altas de las que
encontró entre quienes destacaban en campos no artísticos como los
negocios, la ciencia, la política y el ejército. Incluso los
universitarios que se apuntan a seminarios de escritura de poesía
tienen más rasgos bipolares que los universitarios en general" (92-93)...
—y los líderes religiosos, ¿qué? Visionarios, de los que oyen voces que
los demás no oyen y ven una realidad que no es la que nos rodea. Lo
curioso es lo bien que estos narradores nos han vendido las historias
que ven o inventan, deliberadamente o porque así les sale. Los demás
seremos menos bipolares, quizá, pero la cultura vive de historias, paga
por ellas, y se deja arrastrar por las ficciones grandes y pequeñas.
Las historias que narramos y nos narran nos dan modelos de la realidad
para organizarla, para entenderla y para evaluarla, saber quién es el
bueno, quién es el malo, y quién nos puso aquí, y a dónde vamos. A
todos nos han contado algo que pasó hace mucho, mucho tiempo... y que aún nos lleva a vueltas. Son historias que nos hacen ser los que somos.
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