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Hegel y el egotismo intelectual. Siempre me llamó la atención en el
sistema filosófico de Hegel su lado megalómano. Es un proyecto
intelectual ciertamente ambicioso e interesante, el de ver todas las
producciones intelectuales y culturales del ser humano como un
gigantesco proceso necesario, en el que las fases anteriores son
imperfectas realizaciones del conocimiento, y éste sólo llega a su
culminación al final de la historia. Representa un paso conceptual
crucial, el ver otros sistemas, religiones, ideologías, etc., no como
errores sino como fases necesarias del desarrollo espiritual, que sin
embargo han de ser superados en el proceso de un conocimiento más
totalizante. Abre una vía muy interesante esta concepción para una
teoría evolucionaria o emergentista de la cultura y la
consciencia—ciertamente ya muy trabajada en Vico—en el que una fase
avanzada de la cultura o del conocimiento no puede surgir de modo
gratuito sino siempre "a hombros de gigantes", como fenómeno emergente
de una fase anterior. El problema que me llamaba la atención, como
digo, es que por pura lógica y de modo bien argumentado, semejante
sistema tenía un fallo que amenazaba con desacreditarlo: el hecho de
colocarse a sí mismo, y a la mente de Hegel por tanto, como la
culminación del proceso cósmico del Espíritu, y ápice de la historia de
la materia pensante. Conclusión que si bien no era descartable, también
tenía su lado cómico.
Bien, pues he aquí cómo Hegel se enfrenta (elegantemente) a la objeción que podría plantearle el argumento del egotismo intelectual o
de la historia del pensamiento entendida como un concurso de cráneos
privilegiados. Es el párrafo ochenta de la memorable introducción a la Fenomenología del Espíritu, sobre el proceso y fin del conocimiento:
"Pero su objetivo
queda fijo para el conocimiento de modo tan necesario como la
progresión secuencial; es el punto en el que el conocimiento ya no
necesita ir más allá de sí mismo, en el que el conocimiento se
encuentra a sí mismo, en el que la Noción corresponde al objeto y el
objeto a la Noción. Por tanto, el progreso hacia esta meta también es
incesante, y en tanto no se llega a ella no se encuentra satisfacción
en ninguna etapa del camino. Cualquier cosa que quede confinada en los
límites de una vida natural no puede por su propio esfuerzo ir más allá
de su existencia inmediata; pero algo distinto la empuja más allá, y
este desenraizamiento conlleva su muerte. La consciencia, sin embargo,
es algo que va más allá de los límites, y puesto que estos límites son
los suyos propios, es algo que va más allá de sí. Con el
establecimiento de una simple particularidad queda también establecido
el más allá para la consciencia, aun si sólo se halla juntamente
con el objeto así limitado, como en el caso de la intuición espacial.
Así, la consciencia sufre esta violencia a manos de sí misma; estropea
hasta su propia satisfacción limitada. Cuando la consciencia siente
esta violencia, bien puede ser que su angustia la haga retraerse de la
verdad, y esforzarse por mantenerse apegada a lo que se encuentra en
peligro de perder. Pero no puede hallar la paz. Si desea mantenerse en
un estado de inercia irreflexiva, entonces el pensamiento turba ese
mismo rechazo al pensamiento, y su propia inquietud altera su inercia.
O, si se atrinchera en el sentimentalismo, que nos asegura que
encuentra todas las cosas buenas en su género, entonces esta
certidumbre también sufre violencia a manos de la Razón, porque
precisamente en tanto que algo es meramente un género, la Razón
encuentra que no es bueno. O, también puede ser, su temor a
la verdad puede llevar a la consciencia a esconderse a sí misma, y a
esconderse a los demás, tras el fingimiento de que su ardiente celo por
la verdad hace que sea difícil o incluso imposible encontrar otra
verdad que no sea la verdad única de la vanidad—la de ser uno por lo
menos más listo que cualquier pensamiento que uno pueda obtener de sí
mismo o de los demás. Este engreimiento que entiende cómo empequeñecer
cualquier verdad, para volverla contra sí misma y regocijarse sobre la
propia capacidad de comprensión—que sabe disolver todo pensamiento y
encontrar siempre el mismo Ego estéril en lugar de contenido
alguno—ésta es una satisfacción que habremos de dejar a sí misma, pues
huye de lo universal, y busca sólo encerrarse en sí misma." (51-52).
Lo
cual, si no es una refutación total de la vanidad—pues admite su
existencia y sus efectos en el discurso filosófico—sí señala que lo
filosóficamente importante y debatible se halla al margen del elemento
de egotismo que en este y otros discursos se pueda encontrar.
Por
cierto, ahora que estamos con la vanidad a vueltas, me pasa José Luis
Gamboa un meme que pide explicar el nombre de mi blog. Mi blog tiene
muchos nombres, y creo que esa multiplicidad se explica por el carácter
cambiante y evolutivo y multiforme del género en sí. Podría explicarlos
todos, pero me llevaría una jornada. Así que me centraré en explicar el
nombre más estable que tiene mi blog en su edición de Blogia, “Vanity
Fea”. Me parece autoexplicativo, pero quizá no sobre aclararlo.
Es
un título irónico, una versión Spanglish del título de la revista
“Vanity Fair”. “Fair” quiere decir cosa bonita, hermosa, pero
curiosamente su homófono español, “Fea”, es todo lo contrario. Y es que
encuentro esa misma ambivalencia en el carácter personal de los blogs,
tanto ventajas que ofrece ese centrarse en el propio universo, como
inconvenientes. Por supuesto es un título que apunta a la condición de
blog de lo titulado: una especie de versión pobrecita y ególatra de lo
que sería una revista de cultura y sociedad como Vanity Fair, pero
reducida al estrecho círculo de uno mismo y sus limitaciones. Y siendo
muy consciente de ello, y haciendo gala de ello (vanidosamente) en la
justa medida espero. Por otra parte hay que señalar que el título de la
revista americana es ya él mismo una alusión, a la irónica novela de
Thackeray (hace poco una vistosa película con Reese Witherspoon), y más
allá al origen de la cita, al relato alegórico de John Bunyan Pilgrim’s Progress
(siglo XVII), que presenta la vida humana como el viaje de un peregrino
que va pasando distintas etapas y visitando paisajes tan alegóricos
como él mismo. Uno de esos sitios es la Feria de las Vanidades, donde
se podría decir que estamos cada vez que elegimos presentarnos en
público ante los demás y ofrecer una imagen favorable, y cultivar así
el ego. Es un ingrediente inescapable en los blogs, como en la
filosofía de Hegel. Pero sería un error limitarnos a ese componente.
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