Un hilo de Daniel Ari, con la versión alternativa a la de TVE y La Sexta y La Cope:
1/ Os voy a contar lo que pienso de UCRANIA. O, más bien, del tratamiento que el tema Ucrania está recibiendo. En la era del pensamiento único, las visiones polarizadas, y las consignas de digestión fácil para consumo de masas.
El curso de los hechos desde 1996 ha dado la razón a Huntington ("El choque de civilizaciones"), no a Fukuyama ("El fin de la Historia"). Mi artículo: https://t.co/wLkTwTrNeS
Buena película (aquí resumen) del género "horrores y temores de la guerra", en la línea de películas sobre la Segunda Guerra mundial como La Delgada Línea Roja,o la del Soldado Ryan
del propio productor Spielberg. Esta vez con muy pocas heroicidades y
pocas posibilidades de identificación con los protagonistas, pues se nos
presenta la acción desde el punto de vista del enemigo, no como en la
película compañera de ésta, Banderas de nuestros padres,
también dirigida por Clint Eastwood. Las dos son críticas con el
patriotismo comecocos que manda a la gente marcando el paso a la muerte.
Pero en este caso al esfuerzo militarista de la guerra se suma la
crítica a unas estructuras de pensamiento y actitudes sociales poco
menos que medievales todavía...
Entre estos soldados enemigos
los hay más y menos ilustrados, y fanatizados, y la película juega a
mostrar un abanico de actitudes que se pueden tomar una vez se ve uno
encerrado en una ratonera absurda, en la que la propia mentalidad planta
la mitad de los barrotes. Así pues, poca empatía se fomenta entre el
público (al menos este público) y el mundo retratado en la
película. Aviso, de entrada, que hay pocas cosas en el mundo que me
repugnen más que el feudalismo Mishima y su conclusión lógica, el
harakiri, y ese es el trasfondo ideológico del mundo que aquí vemos
retratado; de él participan hasta los personajes más humanos, como los
tres protagonistas, el general, el jinete olímpico y el panadero Saigo.
En la película los malos son los que (por un problema de carácter, se
ve) se crecen en semejante ambiente, y acogotan a los demás poniéndolos
firmes y haciéndoles gritar las consignas patrióticas con voz que les
sale falsa; algunos personajes tanáticos no dudan en ir a la muerte de
cabeza pero llevándose primero por delante a todos los subordinados que
puedan. Los buenos son los que dudan, los que intentan vivir y dejar
vivir, los que interpretan de modo benevolente el reglamento, los que
dan opciones a los demás.
En última instancia, la película es
una defensa del individualismo liberal, y una condena del feudalismo,
fascismo y autoritarismo. Y aun presentando todas las actitudes en un
contexto histórico y cultural, también deja claras, por tanto, las
responsabilidades individuales. El totalitarismo como un problema de
carácter, vamos, tanto de carácter nacional como individual. Y el
tratamiento elegido es poco hollywoodiense; hasta el color apagado, casi
blanco y negro, contribuye a ello. Sin escapar a la marca de la casa
(que todo lo devora), casi vemos aquí un caso de lo que Bordwell llama
la estética del materialismo histórico, como si lo hubiese filmado
Kozintsev.
Hay sin embargo, a pesar de la multiplicidad de
líneas y la apariencia de acción colectiva, una historia claramente
recortada: es la historia de una pistola, en cierto modo. Se la
regalaron a Kuribayashi sus amigos americanos, y sí es cierto que su
estancia en América, si bien no le resquebraja sus valores patrióticos,
contribuye a hacerlo más comprensivo y humano. La pistola la empleará no
para matar americanos, como temía en broma y serio una señora durante
la cena en la que se la dan, sino para matarse a sí mismo, acción de
dudoso gusto moral. En lugar de aceptar la derrota y volver a casa a
reformar el suelo de la cocina... bueno, casi lo comprendo. Pero
Kuribayashi se mata tras haberle dado al panadero-soldado raso Saigo una
salida de la ratonera del honor: le exime del suicidio, y le dice:
quédate a quemar mis papeles (y que te cojan prisionero los americanos,
que es lo mejor que te puede pasar). Y lo es. Algún yankinazi también
hay, pero la bondad general de los individuos y del sistema americanos
se demuestra al final. El panadero Saigo ve la pistola de Kuribayashi en
el cinto de un americano que la ha encontrado, y pierde el oremus, les
ataca, casi opta de nuevo por el suicidio (esta vez por cuestión de
fidelidad a su amigo, no al Emperador). Pero los americanos, en lugar de
darle un tiro, lo tranquilizan de un mamporro, y lo devuelven a su
familia. Como al país entero, parece decirnos la película.
Por
otra parte, puede leerse todo esto en clave iraquí. El asalto a la isla
es la Tormenta del Desierto tecnológica, y la mentalidad de turbante
prieto de los orientales es en cualquier caso el máximo obstáculo. De
ahí la importancia de mostrar cómo es necesario liberarlos primero de sí
mismos, y de los paraísos imaginarios que les prometen, y de la
mentalidad gregaria que les hace preferir volarse por los aires a quedar
mal con los compañeros de trabajo. Los ataques suicidas eran en mis
años mozos una excepción al orden de las cosas en la que sólo incurrían
los kamikazes: desde entonces ha proliferado lo del cinturón de
explosivos, y una de las finalidades de esta película es desautorizar la
ideología que lleva a esas abominaciones. Pocas escenas hay más
patéticas y abyectas que esa en la que el grupo de fanatizados se van
volando por los aires uno tras otro, llorando de miedo pero adelante, no
me vayan a criticar estos colegas. El mensaje es el mismo a japoneses y
sunitas: "Os habéis metido con un enemigo contra el que no podéis.
Habéis llegado lejos, a base de echarle mucha fe y mucha estupidez
colectiva, con un coste personal desproporcionado, y gracias a una
ideología oficial que desprecia a la vida propia y ajena. Pero el
destino de esa ideología es desaparecer, y vuestro destino ser
derrotados. Lo mejor que le puede pasar a Japón, y a Irak, es que
América le invada y le libre de sus actitudes y voceros más patrióticos,
pues no son sólo peligrosos para los demás, sino autodestructivos: es
triste decirlo, pero sois una vía muerta en la evolución de la mente
humana. Así que mamporro y vuélvete a casa con tu familia, hijo, luego
nos darás las gracias. Ya te pondremos tele, y películas americanas;
hasta en japonés si hace falta te las pondremos. Y tus jefes, oye, por
mí como si se hacen el harakiri, allá ellos, pero que nos dejen en paz a
los demás. La verdad es que creíamos que estaba la cosa más avanzada,
pero bueno... por lo que parece les hace falta a estos valientes
samurais y jihadistas un poquito más de exposición a los valores de
Occidente".
Hoy vamos a verElysium, la última del sudafricano Neill Blomkamp.
Y sigue en efecto la línea cyberpunk de Distrito 9,
que también nos gustó mucho. Excelente, igualmente, en cuanto a
efectos especiales. Los niños no han quedado decepcionados con las simulaciones de
cuerpos explotando, espectáculo occidental muy de nuestros días.
El guión, también de Blomkamp, se parece a Distrito 9 en la temática del apartheid,
ciudadanos con dos tipos de derechos, y es también una historia de
liberación, con el colapso del sistema opresor en la falsa utopía
Elysium, construida en una estación espacial fuera de la Tierra
superpoblada. Las lecturas a que invita no son sólo los condominiums
sudafricanos, norteamericanos y cada vez más también europeos, áreas
residenciales a salvo de intrusos, sino más generalmente el contraste
entre haves y have nots,
quizá con un énfasis en el contraste entre Occidente y el Tercer Mundo,
la historia de las vallas fronterizas y pateras como la que tenemos en
España, vista en un espejo distorsionador del futuro. Demasiado cercano
a veces a la actualidad, el espejo, como para que resulte una ficción
tranquilizadora.
Elysium, queda claro, está construido sobre la explotación capitalista
de la mayoría de la población, confinada a una Tierra sin recursos y
sumida en la pobreza, con derechos laborales nulos, y donde el crimen y
las mafias gobiernan el día a día, con ocasionales intervenciones de la
Isal Flotante (esa Laputa opresora la inventó Swift, hay que
recordarlo) cuando sus intereses se ven amenazados, o no se comportan
los de abajo. Sale Occidente bien retratado: las cloacas del Estado
envueltas en intrigas y golpes políticos para reconducir la situación,
los mercenarios entre marginales y protegidos para trabajos sucios, la
burocracia europea aparentemente bienpensante e idealista, pero regida
por intereses que apenas quieren reconocer, y pelele en última
instancia de los intereses del gran capital. Que si bien funciona como
una máquina, y es controlado por máquinas en buena medida, siempre
tiene una clase ociosa flotando como nata blanca por encima, y esos no
son máquinas, aunque a veces lo parecen. La ministra del interior,
Jodie Foster, es una francesa nazi, vestida de blanco inmaculado pero
pringándose más de lo que querría. Se enreda en sus maniobras sucias cuando intenta cambiar el código para
que sea la alianza de Lobbies Armamentísticos y Aristocracia
Capitalista la que rija Elysium, dejándose ya los legalismos y
zarandajas de los burócratas de Bruselas, o de la ONU.
El ritmo de la película, endiablado como requieren los tiempos, es lo
que más la abre a críticas, pues le lleva a enseñar las costuras cuando
necesita acelerar aceleradamente algún proceso, ya sea informático o
médico, para pasar a la siguiente escena. Lo tomamos fácilmente como
una convención del género, OK, pero es que si todo lo pasamos por
convenciones del género todo vale. El final trágico / feliz, pongamos.
Matt Damon se sacrifica y visto que va a morir, muere por un ideal de
entrega, para salvar a la hija de su chica, y ¿acabar con Elysium? Eso
sugiere la película, pero lo que vemos es una revolución o la toma del
poder por los comunistas—en este caso por Spider, el hacker mafioso que
organizaba viajes en patera voladora. No parece muy de fiar como
gobernante, y tampoco lo fueron Lenin y Stalin, rompiendo los huevos a
la clase dominante y a millones de súbditos, para instaurar un régimen
de miseria para todos... menos para ellos. Un vistazo a la historia no
le augura mejor futuro a la revolución ésta que nos permite cerrar la
película con final feliz.
Sí, la pareja protagonista se regía por el ideal de la Tierra como
planeta azul, planeta ecológico donde todos somos responsables de
todos, y del cual no se puede o no se debe huir a empíreos de
privilegio. (Es una monja la que le enseña el ideal de la Tierra
solidaria, por cierto). Pero al final de la película si la Tierra hace
algún gesto de solidaridad, no es más azul que antes, ni promete serlo.
Cierto, que un planeta corresponsable tiene mejores razones para no
degradarse, y por eso el planeta debería ser socialista-ecologista o no
será.... pero quién sabe lo que será.
Me recuerda esta historia de gueux asaltando la Île de la Cité al musical que se hizo sobre Notre-Dame de Paris de Victor Hugo, o a la reciente película de Los Miserables
si se quiere también, historias de revoluciones, allí fallidas (aunque
triufaba el ideal virtualmente), aquí realizadas... pero con un
oportuno corte a tiempo, y comieron perdices. A los Occidentales de
Elysium, que vamos al cine a pagar entretenimiento caro, nos gusta
además que éste haga gestos solidarios y muestre el colapso de nuestro
sistema de privilegios, somos así de viciosos.
En serio, muchas de las
imágenes de la película, con Los Angeles convertido en un Tercer Mundo
decadente, rascacielos invadidos de chabolas, etc., son inquietantes y
casi valen tanto como la película en su conjunto. Pero no son
originales, claro, estas ficciones de crisis están a la orden del día,
y más que estarán, a medida que apriete la superpoblación y la escasez
de recursos. Hablaba hace poco de Inferno de Dan Brown,
a costa de esto, también proponiendo soluciones imaginarias a problemas
reales, como buena ficción ideológica. Ha dado allí Dan Brown con un
problema importante como base para su argumento, un acierto, y lo mismo
podemos decir de Elysium, a pesar del tratamiento ambivalente que se da a las cuestiones ideológicas en estos productos de gran tirada.
La gran contradicción de Elysium—la pongo en dos palabras, porque se
vea bien el meollo de la cuestión. El argumento opone egoísmo y
altruismo, el egoísmo de protección mutua de las redes de contactos e
influencias de Elysium, frente al altruismo del protagonista, que da su
vida por salvar a la chica de su chica. Pero Matt Damon también se
movía por egoísmo—los intereses de supervivencia propia dictan muchas
de sus elecciones, y el altruismo frente a su moza es sólo
accidentalmente altruista para con los demás habitantes del planeta.
Los motivos de los personajes van dictados por el máximo beneficio para
sí, su grupo o su proyecto—Spider se arriesga a ir a Elysium en lugar
de controlar su mafia tranquilamente porque así se colocará a la cabeza
del cotarro, luego ya veremos qué hace con él. La mamá / chica de Damon
piensa en su hija, y no tenemos noticias de que le preocupe el resto de
la humanidad excepto como apéndice unido a su hija.
Y en sustancia, si
hay un Elysium es porque cada cual lucha por la vida y procura
rentabilizar sus posibilidades de medrar uno mismo y los que define
como los suyos. Y esto se hace frente a otros grupos. En este caso, el
saqueo de la utopía de Elysium es una fuente de recursos, pero no
parece que la calidad de la sanidad privada de Elysium vaya a
extenderse a todo el planeta, a pesar de la tendenciosa escena final de
los hospitales aterrizando (será la Seguridad Social de Obama, o algo
así, lo que se sugiere).
En fin, que también hay tela aquí para
discutir lo de la privatización y los recortes sanitarios. De
decisiones egoístas, y de revoluciones superficialmente altruistas,
está hecho ya el mundo que
vemos al principio de la película. Es el mundo que construye la acción
humana ejercida sin control, y ya vemos en el robot-JohnnyTaxi que el
control total informatizado tampoco es bueno ni utópico.
Así que ésta es mi crítica: que la utopía construida al final de la película
está construida, como la estrella flotante de Elysium, sobre bases
engañosas o falaces. Y es tan poco sostenible como la Isla Flotante.
Occidente, créanme, no va a elevar a su nivel de vida al resto del
mundo. Y dentro del altruismo que guía las revoluciones se esconde, de
nuevo, el gusanillo del interés—propio o tribal—que ha llevado al
planeta a donde está ahora, y que lo seguirá llevando de conflicto en
conflicto mientras haya recursos que repartir y bacalao que cortar, o
mientras quede en pie el último árbol, como en Rapa Nui.
A pesar de las reformas de cada viernes, de los recortes
de partidas, la pérdida de derechos laborales, de la prima de riesgo
subida a la parra y demás, no acabamos de aterrizar en la realidad,
mientras la crisis se recarga con nuevos nubarrones en lugar de ir
aminorando. Van a cerrar más negocios, van a ir a la calle más gente de
los bancos, sin prejubilaciones sustanciosas (excepto quizá los
directivos, que las malas costumbres seguirán, y siempre se lo van a
llevar crudo y a manos llenas). Lo mismo las universidades y las
televisiones autonómicas—a redimensionar. A los funcionarios les van a
bajar el sueldo si no pasan evaluaciones, como nos pasa ya en la Uni. Nos van a cobrar hasta por pasar por la carretera,
y ya puestos en harina casi ni nos extraña. Mientras hacen amnistías
fiscales a los delincuentes, a los demás nos suben el IBI, el IVA, y
los demás impuestos, hasta a los que no fumamos. Pero entretanto, otra de gambas, frase que se va a hacer más proverbial que el vuelva usted mañana de
Larra. Las autonomías, nos las van a minimizar cuando el garito se
hunda en firme, y quedarán como Estados Asociados sólo Cataluña y el
País Vasco, como si estuviésemos en la crisis de los 30. Pero en
Andalucía, Grecia de España, reeligen a Griñán—nada menos que a Griñán,
que nos propone el Modelo Socialista— y seguirán los cantes y los
bailes hasta que lleguen los Agentes Smith de alguna intervención
bancaria foránea, a quitarles el Per y el paro. En China creo que no
cobran tanto paro, y el sistema chino es lo que nos espera si hay
justicia en el mundo (que, convengo, es dudoso, amén de indeseable para Occidente). No quiero decir que me
agrade la perspectiva, pero esta crisis va enlazar con la crisis del la energía y la
curva descendente del Pico del Petróleo—descendente en producción, ascendente en precios y demanda.
Entretanto, no acabamos de aterrizar en la realidad. Los negros sí, me piden dinero por la calle, "¡Está mu hodido, mu hodido en España!" El país se va
hundiendo como un rascacielos en el fango, pero como está calculado por
los ingenieros el ritmo de hundimiento, aún suben los precios de
alquiler de algunos pisos. Entretanto. Ya habrá quien recoja las
ganancias a tiempo y se mude a otra torre down the track,
de hecho ya están en ello si Urdangarín sabe algo de fuga de capitales.
El PP y el PSOE están interesados por igual en mantener el chiringuito
rodando, tocándolo lo menos posible, mientras aguante occidente—que los
griegos aún nos llevan ventaja. Y así seguimos con la ficción de que
aquí se va a recuperar el empleo mientras no haya una reforma laboral
que deje chiquita a la vista hasta ahora, y un recorte del gasto
público que nos deje temblando. Aún más paro y recortes, hasta que se
junte la economía sumergida con la real, en el mismo lodo todos manoseaos, y
el sistema funcione como funciona... Rusia, y nos den la bienvenida al
desierto de lo Real. Y me temo que llegará todo esto. Pero de momento
seguimos todos haciendo como si no—que para eso hemos elegido a Rajoy,
que hace como que sí.