Un artículo sobre la reticulación social
ubicua y sobre Facebook, vistos como una intervención radical sobre las
redes sociales elitistas que estuvieron en el origen de la intervención
genial de Zuckerberg sobre la comunicación mediada por ordenador y sobre
la presentación social del sujeto. Todo ello por medio de una crítica
al film de David Fincher La Red Social, basado en los pleitos que
rodearon a la autoría de la aplicación. Trascendiendo la sociabilidad
elitista de Harvard, Facebook supuso una reelaboración radical de los
espacios en red y de la blogosfera, amén de una metamorfosis de la
identidad personal de Zuckerberg, de sus círculos sociales y de su
proyecto vital.
A paper on Facebook and
ubicuous online social networking as a radical intervention on the
elitist social networks which were at the origin of Zuckerberg's stroke
of genius in computer-mediated communication and in social
self-presentation. This is done by way of a critique of David Fincher's
film The Social Network, based on the lawsuits attending the authorship
of the network. The elitist Ivy-League Harvard sociality was
transcended into a radical reworking of personal online spaces and of
the blogosphere, as well as a metamorphosis of Zuckerberg's personal
identity, his social circles, and his priorities and agenda.
Keywords: Facebook, Fincher, Zuckerberg, Social networking, Elitism, Sociality, Computer-mediated communication
Suggested Citation:
Garcia Landa, Jose Angel, La Red Social (Una Red para Atraparlos a
Todos) (The Social Network (A Network to Net Them All)) (October 24,
2010). Ibercampus (Nov. 2, 2010), Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3718003
_____. "La red social (Una Red para
Atraparlos a Todos)." Rev. of
David Fincher's film. In García Landa, Vanity
Fea 24 October 2010.*
Película que, dicen, está basada en un
cuento de
Scott Fitzgerald, aunque esa base es muy escasa, y el tono y
la
intención cambian por completo. Igual podía estar
basada
en Time's Arrow
de Martin
Amis, con la misma justicia—hay todo un género de
narraciones de tiempo invertido de las que ya hablé
aquí—"Backwards".
Aquí hay una
buena reseña de James Berardinelli.Para
quien opine que la película no funciona, mejor
estará la
reseña de Roger Ebert, o la del San
Francisco Chronicle, muy
certera con sus puntos débiles si nos ponemos en plan duro.
Pero no queremos: como decía
Aristóteles, no hay
que pedirle a la tragedia todos los tipos de placer sino
sólo el
que le es más propio, y desde luego esta película
sí que tiene muchos valores propios para recomendarla.
Siendo una película de ambientación
histórica y
que requiere mucha habilidad en trucaje, hay que decir que destaca por
su manera de llevarlo adelante, con recreaciones de ambientes y
personajes acertadísimas desde el punto de vista
técnico
(irreprochable desde el maquillaje al CGA)
y
estilístico—con imitaciones de cine antiguo muy
bien
tratadas, que son un gusto de ver y le dan un toque elaborado y
sofisticado a la película, a la vez irónico y
melancólico, y todo con gran soltura. El detalle
está
mimado, algo que no agradecen bastante esos críticos crueles.
Es una película muy rica en escenas y situaciones, y su
planteamiento básico da para pensar, o para dejar que las
emociones se asocien en muy diversas direcciones, según
quién la esté viendo. En parte esto
sucede por la
imposibilidad del planteamiento, claro, que nos lleva a buscar posibles
sentidos a una historia en la que el tiempo se mueve hacia
atrás, y sin embargo y como no podía ser menos,
también hacia adelante. Las reacciones de los espectadores a
este kit de posibilidades parecen ser muy diversas, desde la
repugnancia y las denuncias de falsedad y tongo, hasta las
declaraciones de que es una experiencia conmovedora y misteriosamente
inexplicable.
Parte de las quejas se deben a que Benjamin Button "no hace nada
especial", que lleva una vida normal. No, nada, sólo se
recorre
el mundo en moto, y hunde un submarino alemán que acababa de
torpedear a un transporte de tropas americano. Bueno, hay que decir que
el recorrido del mundo suena mucho a postal panorámica de la
vida de un tío ideal (ya Brad Pitt en sus buenos
años por
entonces), y que el hundimiento del submarino se debe más
bien
al patrono del remolcador en que trabaja Benjamin, un marinero artista
de los tatuajes que aborrecía su remolcador y así
se lo
lleva al fondo. Pero a lo que voy es que no hace falta que
Benjamin haga nada especial: la película se basa en los
encuentros periódicos con Daisy (Cate Blanchett) de
niña
a anciana, y en la dinámica de esa relación
imposible.
Otros temas interesantes son el asunto interracial, pues el monstruoso
bebé Benjamin es adoptado por una familia negra, y
allí
se cría, en la residencia de ancianos donde trabajaba su
madre.
"Al principio", dice, "no sabía que era un niño,
creía que era como todos los demás", como los
alzheimer
inválidos que iban muriendo día sí
día no.
Pero va mejorando de salud y cogiendo fuerza, y de "septuagenario"
conoce a su padre, propietario de una fábrica de botones,
que lo
había abandonado horrorizado tras intentar tirarlo a un
canal.
Está arrepentido, pero no le dice que es su padre (y le pasa
el
negocio) hasta más tarde, con lo cual Benjamin es Button
sólo la segunda mitad de su vida. Hay una buena escena en la
que
aprende a andar, saliendo de la silla de ruedas a instancias de un
predicador baptista milagrero, entre cantos de espirituales y alabanzas
a Dios—con la ironía de que en el mismo momento
cae
fulminado el predicador por un síncope. Es una escena
más
de las muchas que hay en ambientes de época, todas
ambientadas
con talento, de tal modo que la película se queda en la
mente de
algunos como una colección episódica de escenas,
que
también lo es. Decía Aristóteles que
el argumento
episódico es malo pues le falta unidad: no basta la unidad
de
protagonista sino que hace falta unidad de
acción—y para
eso está la relación con Daisy. Que es
seguramente
insuficiente de por sí, pero que queda compensada por la
dinámica propia que tiene el rejuvenecimiento gradual de
Benjamin, toda una historia que se mueve hacia atrás, contra
la
corriente de la gente que conoce, hasta que vemos a Brad Pitt juvenil
como cuando empezó su carrera, y luego a un niño
y luego
a un bebé de los que nos dicen que son Benjamin, aunque
ellos ya
no lo saben, pues tienen Alzheimer.
Es una de las cosas que da la película, un cambio de
perspectiva
sobre la dependencia de la infancia y de la senilidad, hasta las
conmovedoras escenas, breves y bien llevadas, de Daisy anciana paseando
al pequeño Benjamin, que se está olvidando de
cómo
hablar y de cómo andar, hasta que muere como el
bebé
perfecto que nunca fue al nacer. Bueno, perfecto no: tiene una
pequeña vieja cicatriz de Brad Pitt, bajo el ojo,
última
alusión al cuerpo estelar, y sus ojitos por supuesto.
Puede subestimarse, en el logro precario de la película, el
acierto de las elecciones que se toman para sacar la historia adelante,
precisamente no eligiendo mucho entre dos posibilidades que
serían las Escila y Caribdis de esta historia: se evitan las
inconsecuencias de mostrarnos a un anciano con mente infantil, y luego
de mostrarnos un chaval que sea una persona hecha y modelada por la
vida. Porque evidentemente en nuestro caso el cuerpo y el alma
envejecen a la vez—pero aquí se esquivan los
aspectos
más grotescos del cuento de Fitzgerald, gracias a un uso
hábil de un problema hoy muy visible como es el Alzheimer.
Al
principio Benjamin es un anciano extremo, pero también es
como
un niño. Y aprende pronto, pero está aislado de
los
demás niños—su relación con
Daisy es como la
complicidad con un abuelete que ya pasa de todo. Luego, es un chaval
(anciano) que tiene su centro del mundo y su seguridad en la
residencia, nunca tratando con otros niños, aunque juegue a
los
soldaditos o lea Ivanhoe. Y su entrada en el mundo laboral es
gradual, como una jubilación al revés. Todo esto
está muy bien llevado, como también su
maduración
inversa... viéndolo en sentido contrario, Benjamin crece
como un bebé y un niño en un asilo, y se va
haciendo
mayor mientras todos rejuvenecen a su alrededor: es criado por Daisy,
que le parece extremadamente anciana, y volverá tras
años
de separación para encontrar que es una señora
mayor con
la que puede tener una aventura erótica, pero es
sólo en
la madurez cuando la diferencia de edad no importa... y tras
los
años mozos de él recorriendo el mundo en plan
turista sin
raíces, se establece, y funda una familia, y se separa... y
lleva una vida de negociante, y acaba jubilado y decrépito
en
una residencia, adoptado por una familia negra, y jugando con Daisy
como quien juega con su nieta.
Dos frases se repiten en la película, dos actitudes hacia el
tiempo: una, que la vida está hecha de momentos (los famosos
episodios) y es cierto, la película está
también
hecha de ellos, pero también queda claro que tienen (tanto
la
vida como la película) una estructura narrativa—y
es la
peculiaridad de la de Benjamin la que desfamiliariza la estructura
narrativa de las demás vidas. Todos vivimos en momentos
flotantes, fuera de la dirección de nuestras vidas, pero
también somos conscientes del río en el que
estamos. La
segunda frase es que "nadie sabe lo que le espera"—the future is not ours to see,
una cosa sí que sabemos, que moriremos, pero ni siquiera
sabemos
si lo sabremos entonces—por no hablar del cuándo y
el
cómo. Mientras tanto, enjoy
the ride—aunque no sea perfecta, nobody's perfect. Y
es el caso de muchos, no tan curioso en realidad, ese de "no soy tan viejo como parezco".
La película
tiene una especie
de prólogo, la historia de un relojero ciego (the blind
watchmaker, quizá) que hace un reloj que funciona al
revés. Ha perdido a su hijo en las trincheras de la Primera
Guerra Mundial, y hace el reloj que marcha hacia atrás como
un
homenaje y un deseo de volver el tiempo atrás y sacar de sus
tumbas a los que no debieron morir entonces ("Por eso he hecho que mi
reloj funcione hacia atrás. Ruego me disculpen si a alguien
he
ofendido"). La noche de la victoria nace Benjamin Button, y su vida
durará lo que dure ese reloj, inaugurado ante Teddy
Roosevelt,
que se descubre ante el relojero... Cuando lo descuelgan de la
estación de Nueva Orleans a finales del siglo XX, muere
Benjamin; pero el reloj queda aparcado en un sótano, que se
inunda durante el huracán Katrina. Es entonces cuando
está agonizando Daisy en un hospital, y cuenta a su hija,
hija
de Benjamin, la historia del que fue su verdadero padre. Este aspecto
de la relación con la hija es un tanto forzado, pues el
personaje de ésta no queda desarrollado de modo
significativo.
El sótano se inunda con el Katrina y la película
termina
con el reloj que se va cubriendo de agua y se pone a funcionar de
nuevo. Por una parte, todo esto subraya la dimensión que
tiene
Benjamin Button de "crónica americana", pasando por
experiencias
comunes a diversas generaciones de americanos. Esta
dimensión
colectiva resuena más en América que
aquí,
supongo. También el reloj que arranca de nuevo, como los
colibríes, es un símbolo de trascendencia, esta
vez
quizá la trascendencia de las vidas que se cuentan. Porque
por
otra parte, la imagen del reloj que va hacia atrás es, por
naturaleza, un icono metafílmico. Toda película
es como
Benjamin Button en cierto sentido, moviéndose en cuenta
atrás hasta un nacimiento que también es una
muerte.
Porque toda narración tiene su nacimiento en su final, en la
perspectiva retrospectiva que la organiza, y que sienta cúal
es
la historia que interesa contar, y cuál es su
principio—y
tras pasar por ese principio, se alcanza el final a sí mismo.
También hay una escena de reflexión sobre la
causalidad:
Daisy es bailarina, pero es atropellada por un coche y un accidente
acaba con su vida de estrella disipada—y la reúne
con
Benjamin. Y la película muestra la conjunción de
circunstancias contingentes que llevaron a ese accidente, a la vez
evitable e inevitable. Todo está atado en la vida, como en
una
película, aunque sólo retroactivamente veremos, y
siempre
oscuramente, cuál es el argumento en el que nos hemos visto
inmersos. Una película con una significativa
dimensión
retroactiva, como es ésta de Benjamin Button, nos hace
pensar en
la narratividad inherente a la vida. Nuestras vidas son relatos, que
van a dar a la muerte, que es el principio del relato de lo que (ahora
ya se ve, por fin) fue nuestra vida.
The Curious Case of Benjamin Button. Dir. David Fincher. Written by
Eric Roth, based on
a short story by F. Scott Fitzgerald. Cast: Benjamin Button: Brad Pitt;
Daisy: Cate Blanchett; Caroline: Julia Ormond; Elizabeth Abbott: Tilda
Swinton; Monsieur Devereux: Elias Koteas; Queenie: Taraji P. Henson;
Thomas Button Jason Flemyng. Paramount Pictures, 2008.
Mucho más me gustó en conjunto Se7en, aunque digan que esta Zodiac es la mejor película de Fincher hasta la fecha. Conste que Zodiac
está muy bien hecha en muchos aspectos, pero es una película demasiado
larga para llegar a donde llega, sin resolver mucho, y con notables
fallos de tensión. Deja al espectador insatisfecho, no tanto por la no
resolución del caso, sino por haberle dedicado tanto tiempo y esfuerzo
y detalle a algo que va a parar en nada. Durante la propia proyección
de la película, la gente olvida y se hace vieja y pasa a otras cosas. Y
hasta los asesinos en serie se aburren—ciertamente sería un tormento
obligarles a ver todas las películas que se han hecho sobre Zodiac, es
como para desanimar a un copycat killer que fuese razonable. Pero no lo
son, claro, ni ellos ni los directores de cine, y vuelven
incansablemente al mismo asunto. Esta vez las faltas de hortografía de
las cartas que escribe el asesino son tan gordas y aparecen tan en
primera línea que le quitan todo el glamur intelectual al quíler
semianalfabeto éste. Tipos tan cutres no merecen semejante inversión de
atención, dinero y personal, y menos volver a recrear la California de
los años sesenta con todo detalle—que es lo mejor de la película en
realidad, en el día a día, aunque también se dan el lujo de mostrarnos
la pirámide de San Francisco creciendo en versión digitalizada para
mostrar el paso del tiempo. La película falla por un argumento que a
base de buscar contar diversos aspectos de la historia de la
investigación se pierde constantemente en líneas muertas: quizá el cine
no está hecho, o al menos esta película no lo está, para contar una
realidad que se resiste a ser narrativizada. Comenzamos con un
argumento de ética periodística, pero esos personajes desaparecen, se
pierde el foco en ellos. En los asesinados no digamos, porque ninguna
de las víctimas interesa al espectador. Los policías encargados del
caso, y sobre todo Toschi, se ven frustrados, ninguneados por las
autoridades y luego por la película, pues sus investigaciones rozan al
culpable sin llegar a demostrar nada. Y el protagonista en cuyo libro
se basa la película nos desorienta al principio, no interviene en la
historia hasta el final, también en direcciones erráticas (como
requiere un caso sin solución) con lo cual el efecto sobre el
espectador es más de irritación y frustración que de otra cosa. Es el
fallo de optar por (o ir a parar a) una forma imitativa del hecho
narrado: investigación larga y frustrante, sin solución, que da lugar a
película larga y frustrante, sin solución. Y se ha de recurrir a muchas
explicaciones finales en títulos de crédito, casi un certificado de
estructura narrativa fallida. El fracaso familiar del
novelista-guionista viene casi a avisarnos de que esta película se basa
en una obsesión poco recomendable, de crucigramista o sudokista plasta.
Seguirle los pasos hasta tal punto al asesino durante años viene a ser
casi jugar su juego—algo que parecen no poder evitar hacer los medios,
y el público. El asesino en serie tipo Zodiac es el terrorista propio
del suelo americano: busca atención, su crimen no es un fin, sino un
medio para publicitarse, y acongojar a toda la sociedad en espera del
siguiente. Busca ser el mejor caso. Pero paradójicamente, un buen caso,
uno llamativo, es un caso resuelto; el vuelo del asesino en serie es
efímero y necesita del topetazo final. Que aquí no hay propiamente. No
creo que esta vez el marasmo patético de irresolución en que acaba Zodiac
invite a ningún copión a plantar pistas para ser capturado. Y si aquí
se cita a Harry el Sucio y se nos recuerda la invitación de Zodiac a
hacer una buena película sobre él, creo que por fin ha encontrado lo
que merece, y esta película no volverá a ser citada intertextualmente
en Otra vez no, por favor: El Regreso de Zodiac.
Pues este final que no lleva a nada no lo quiere ni el propio asesino,
que busca, como cualquier otro agente narrativo, una clausura más
espectacular. Sea como sea, les dedicamos demasiado tiempo y atención a
esta gente, cuando lo que necesitan es quizá lo contrario, una caja
oscura donde meterlos.
A algunos decepcionará la película dirigida por David Fincher, porque no es una película sobre el papel de Facebook como red social, sino una película sobre intrigas empresariales y demandas judiciales, en torno al origen y crecimiento de la empresa Facebook. Pero está muy bien llevada y desde luego yo recomiendo verla a todo el que tenga un Facebook (que a fecha de la salida de la película eran más de 500 millones de personas, y vete a saber si ya serán el doble).
Una noche de otoño de 2003, Mark Zuckerberg, estudiante en Harvard y genio de la programación, se sienta ante su ordenador y comienza a trabajar febrilmente en una idea nueva. En un arrebato de blogueo y programación, lo que empieza en el dormitorio de su residencia estudiantil pronto se convierte en una red social global y en una revolución en las comunicaciones. Tan sólo seis años, y 500 millones de amigos, más tarde, Mark Zuckerberg es el multimillonario más joven de la historia... pero a este empresario el éxito le conduce a complicaciones tanto personales como legales.(Resumen en IMDb).
Recomiendo continuar con la reseña de Roger Ebert. Termina éste llamando la atención sobre lo absorto que parecía el público mirando esta película—que con una historia no especialmente trepidante nos da una experiencia trepidante. Y es que seguramente todo el que la va a ver tiene un interés directo en ella, porque tiene un Facebook. También lo tienen, seguro, los actores de la película, y los protagonistas, empezando por Mark Zuckerberg. Que por cierto no se hace eco público de la película en su Facebook.
Siendo una película sobre personajes reales (al menos la mayoría de ellos), ha creado inevitablemente polémica—pues no es una película "oficial" de Facebook, más bien todo lo contrario. El propio director se manifestó diciendo que no le gusta Facebook porque crea relaciones falsas entre las personas. Zuckerberg declaró que la película es exacta en algunos detalles insignificantes y falsa en su perspectiva general—pues básicamente le presenta a él como un geek inadaptado que no consigue ligar y que compensa sus frustraciones con un gigantesco montaje de una red social que le permita ser popular entre las chicas. Y rico y famoso. Se presenta a Zuckerberg como frustrado por no pertenecer a la élite social de Harvard, sin poder obtener acceso a sus clubs de contactos exclusivos—y su triunfo empresarial es la venganza de un judío despechado. La película termina sin embargo con un tono sarcástico, con Zuckerberg intentando que lo acepte como amigo en Facebook la chica que lo llama jilipollas en la primera escena (por su obsesión con el exclusivismo social). Mientras, suena la canción de los Beatles Baby You're a Rich Man:
How does it feel to be
One of the beautiful people?
Now that you know who you are
What do you want to be?
And have you travelled very far?
Far as the eye can see.
How does it feel to be
One of the beautiful people?
How often have you been there?
Often enough to know.
What did you see, when you were there?
Nothing that doesn't show.
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man too.
You keep all your money in a big brown bag inside a zoo.
What a thing to do.
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man too.
How does it feel to be
One of the beautiful people?
Tuned to a natural E
Happy to be that way.
Now that you've found another key
What are you going to play?
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man too.
You keep all your money in a big brown bag inside a zoo.
What a thing to do.
Baby you're a rich man...
La respuesta de Zuckerberg a sus críticos insistía en que sus móviles principales al diseñar Facebook eran un deseo creativo—el de desarrollar una herramienta que permitiese mejorar la comunicación entre las personas—y en la película ciertamente se ven ambas cosas, las frustraciones personales del personaje y su motivación creativa para hacer cosas que no se habían hecho antes, cosas que le fascinan y que tiran de él y adquieren su propia dinámica. Facebook explota como fenómeno global, haciéndole a su autor llevar un camino que por una parte quizá colme sus aspiraciones, pero que por otra lo arrastra y le hace escapar a su propio control, transforma sus prioridades, y le lleva a dejarse atrás a sí mismo y a sus viejos amigos y a sus viejos planteamientos.
La película está estructurada en torno a ese contraste entre el presente (Zuckerberg forrado, con forro polar, y rodeado de abogados) y el pasado reciente, hace tan poco, cuando era un friki de mal asiento en Harvard. De hecho, siendo una película medianamente hostil hacia Zuckerberg, su fuente parece estar en los documentos de las demandas judiciales, y por tanto en el punto de vista de sus demandantes. Los flashbacks zumban adelante y atrás, entre el desarrollo de la idea de la red social, antes, y después—el momento unas reuniones previas a la vista judicial, reuniones en las que Zuckerberg acabará pactando con las partes contrarias.
Hay dos pleitos con los que vérselas, de antiguos asociados suyos: uno, la demanda de los gemelos posh Winklevoss, que lo habían contratado para desarrollar una red social en Harvard—se puede decir que Zuckerberg les robó parte de la idea, o no, porque los gemelos querían precisamente restringir el acceso a contactos de Harvard, exactamente lo contrario de lo que hace Facebook—era una idea elitista en una universidad elitista. (Ahora Harvard tiene por supuesto sus propias páginas en Facebook, como todo quisque... yo también veo a veces allí el grupo de Brown University, que era mi universidad elitista de la Ivy League). La película presenta en parte el logro de Zuckerberg como una manera de volar por los aires ese elitismo. Zuckerberg podrá quizá entrar en aquellos clubs exclusivos, pero no es eso lo relevante, sino el hecho de la revolución en las comunicaciones que ha tenido lugar. La película termina con una nota irónica, con Zuckerberg reducido al papel de un mero usuario de Facebook, intentando ver si la chica que cortó con él lo acepta como amigo de Facebook. Si creemos a los rumores, esta escena sería imposible porque Zuckerberg se ha autoreservado un lugar especial de modo que nadie pueda rechazarlo como amigo. Bueno, puede que no sean rumores sino malas lenguas.
La historia de esta chica en la película es reveladora: corta con Zuckerberg al principio llamándolo gilipollas por su obsesión con las élites, y luego reaparece como becaria del despacho de abogados de la parte contraria. Le aconseja a Zuckerberg pactar, cosa que hará, y se despide diciéndole "no eres un gilipollas, aunque lo intentas mucho". Lo tiene rendido, parece, pero este episodio, siendo ficticio, es uno de esos momentos clave en los que la película se separa de los hechos para añadir, y dar una interpretación algo tendenciosa. También es uno de los elementos que ayudan a crear clausura narrativa y un argumento más peliculero, con ida y vuelta. La ironía sería que Zuckerberg tiene ahora todos los amigos de Facebook que quiere, pero por sus deficiencias personales y sus prioridades erróneas sigue sin acceder a las auténticas amistades y al amor—y he ahí la lectura del director, al efecto de que Facebook crea una ilusión de relaciones. Lo que sucede para Zuckerberg es que falsifica la única relación realmente amistosa que tenía, con su compañero Eduardo, que comienza como inversor y asesor financiero, y es pronto desbordado por el crecimiento de la compañía, y expulsado de ella. Su lugar lo ocupa Sean Parker (el otro golden kid que había pasado ya por el triunfo súbito, creando Napster y hundiendo con ello a la industria de la música). Parker aparece aquí como un desaprensivo yuppie dispuesto a trepar y a inflar la empresa por encima de toda consideración ética. Con mucho más olfato comercial que Zuckerberg y que Eduardo, eso sí.
La otra demanda a la que se enfrenta Zuckerberg es la interpuesta por Eduardo, a quien se dejó atrás con malas artes al expandir la empresa. Es la historia con más "interés humano" de la película, porque es allí donde se confrontan éxito y fidelidad a uno mismo. Evidentemente Zuckerberg elige ser fiel al que va a ser, no al que ha sido—y con frecuencia luce una vena arrogante que no le va mal del todo al personaje. A Eduardo lo echa fuera presentándole un contrato con letra pequeña, como para demostrarle que es tan nulo como director financiero que no sabe ni cuidar sus propios intereses leyendo entre líneas el riesgo que había allí para él. Y en el juicio, aunque pactará, les espeta en la cara a sus demandantes que la situación es tautológica—"si alguna de estas personas hubiese sabido fundar Facebook, habría fundado Facebook", posición en la que está él y no otro... pero ay, toda idea consta de ingredientes, debe algo a alguien, y Zuckerberg encontrará prudente pactar por una "calderilla" de millones y cerrar las demandas a tiempo. Otra salida buena es cuando le dice al abogado de los Winklevoss que no puede prestarle sino parte de su atención, porque en esta sala se está hablando de cosas que nadie más que yo entiende ni es capaz de hacer—y menos que nadie, sus dos clientes (refiriéndose a los gemelos de alto standing). A ese lado genial e insolente del personaje también se le hace justicia, aunque el énfasis final queda un tanto injustamente en el frustradillo que quiere ligar por Facebook.
A lo largo de la película vemos cómo evoluciona la idea, a través del pequeño mundo obsesivo de Harvard, basado en los contactos, y la observación y vigilancia mutuas. De ahí tuvo que surgir Facebook—y allí estaban los "facebooks" originales, los álbumes de miembros de las distintas fraternidades y residencias (álbumes impresos en origen, y en red después), que utiliza Zuckerberg primero para hacer un programa machista (para "comparar qué tía está más buena", despechado con las chicas). Luego vemos cómo se difunde la plantilla para crear páginas individuales y enlaces, cómo Parker sugiere reducir "The Facebook" a "Facebook", como aparece "el muro"... pero tampoco vemos mucho más sobre aplicaciones y desarrollos. Es un historia de ética de los negocios, como digo, un poco la contraria a la que vemos en In Good Company, más que una historia sobre redes sociales. (En In Good Company, un yuppie tiburoncillo de la empresa maduraba y descubría los valores humanos; aquí vemos cómo un chaval de greñas y forros polares se convierte en un magnate despiadado).
De hecho en algunas cosas de las más obvias Zuckerberg iba a tientas: es un hacha de la programación, y de las soluciones ingeniosas combinando órdenes de código, pero a veces le cuesta ver qué es lo que quiere la gente, o qué le interesa. La idea de los contactos y su valor se la inspiran los elitistas Winklevoss; la idea de incluir el "estado civil" libre o con pareja, sale en una conversación por casualidad.
En suma, que Facebook surge como conjunción del desarrollo tecnológico que lo pedía, de unas capacidades personales de su autor, y de un ambiente social muy concreto (los contactos entre universitarios), donde se mezcla la protección del pequeño mundo universitario con el deseo de darse a conocer y arriegarse un poco a enseñar la cara. Los blogs se habían popularizado desde hacía unos años, pero no habían llegado a arrancar al modo masivo en que lo hizo Facebook. Es en origen, básicamente, un blog con una plantilla muy rígida, un blog un poco para gente que si no le obligasen sus amigos no haría un blog—y pensado para constantes provocaciones al intercambio y a la comunicación en un pequeño círculo. Está pensado también para crecer a modo de efecto dominó, con unos contactos llevando a otros, haciéndose el sistema publicidad a sí mismo y asegurándose el desarrollo a través de sus usuarios que enganchan a sus amistades.
Está claro que la gente necesitaba un espacio fijo en la red, identificable con ellos, donde presentarse, comentar su día a día con los amigos, compartir textos, fotos, vídeos, etc., —un espacio un poco más cerrado que los blogs, tan abiertos ellos a trolls malevolentes. Sobre todo, la gente necesitaba una moda, quizá, y la moda acabó surgiendo explosivamente cuando la tecnología ya iba muy por delante del uso limitado que estaba haciendo la gente de ella, por una actitud un tanto timorata o ignorante. Había que acercar la red a la red social de las personas, hacerla más usable (aún más usable que un blog, aún más fácil)—y eso es lo que ha logrado hasta ahora Facebook, con tres o cuatro aplicaciones más. Skype, sobre todo, que es lo que le falta integrar a Facebook: el videochat, que parece que le gusta mucho al personal. Seguramente será en Facebook donde se haga la conjunción tecnológica final del espacio en red e instrumento comunicativo multimedia total, porque se ha extendido en el momento adecuado para convertirse en el estándar. Y sin embargo quién sabe—porque quién sabía nada de Facebook hace cinco años. A mi facebook va, automáticamente, todo lo que pongo en el blog, pues esa función de absorber o recopilar contenido es una de las más útiles que tiene.
Me lo abrí ya hace bastantes años, uno de estos Facebooks, cuando sólo estaba de moda entre estudiantes americanos. Y me quedé durante años solo, esperando a que se uniese el resto del personal. Que mientras se hacían de Tuenti y de otras historias. Hace poco más de un año fue la gran explosión de Facebooks en España, o al menos en mi círculo, y de repente todo el mundo tenía uno. Aparte lo uso relativamente poco, sigo centrado en el blog, que da más cancha a la escritura por extenso, y menos a la interacción, que por lo que se ve no me interesa tanto como parecía. Por cierto, este post ya dura demasiado.
____________
The Social Network. Dir. David Fincher Written by Aaron Sorkin, based on the book The Accidental Billionaires by Ben Mezrich. Cast: Jesse Eisenberg (Mark Zuckerberg), Rooney Mara (Erica Albright), Bryan Barter (Billy Olsen), Brenda Song (Christy Lee), Armie Hammer (Cameron Winklevoss / Tyler Winklevoss), Joseph Mazello (Dustin Moskovitz), Patrick Mapel (Chris Hughes), Max Minghella (Divya Narendra), Andrew Garfield (Eduardo Saverin), Calvin Dean (Mr Edwards), Cedric Sanders (Reggie), Justin Timberlake (Sean Parker), Dakota Johnson (Amelia Ritter). Music by Trent Reznor and Atticus Ross. Cinemat. Jeff Cronenweth. Ed. Kirk Baxter and Angus Wall. Prod. des. Donald Graham Burt. Art dir. Curt Beech, Keith P. Cunningham and Robyn Paiba. Exec. prod. Aaron Sorkin and Kevin Spacey. Prod. Dana Brunetti, Ceán Chaffin, Michael De Luca and Scott Rudin. Columbia Pictures, 2010.