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lunes, 3 de febrero de 2025

Tristes, Tristes

Tristes las chicas, y tristes los hombres nacionales.  "Relationships have all been bad," decía Bob Dylan, "mine have been like Verlaine and Rimbaud's"...

Tristes, Tristes 

Los hombres no sé, pero las mujeres están de que no. En Occidente. Una Lisistratación generalizada, Nivel Dios como se dice ahora, o de magnitud deriva continental. Es un fenómeno que se comenta demasiado poco para lo obvios que son sus efectos.  

Qué sociedad tan hipócrita.

Los trans e intersexuales hacen lo que pueden, que poco es, pero los hombres y mujeres están como dice la canción "Ça marche": 

L'homme est un animal

Qu'on dit civilisé

Pour qui tout est parade

et mondanité.

Entre mâles et femelles

C'est une espèce en voie  de

Disparité...

 

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domingo, 7 de abril de 2024

Unamuno y el yo relacional

La teoría del yo relacional, que así la bauticé para uso propio observando ciertas propensiones de mi propia personalidad y ciertas patologías del comportamiento mío y de otros, vendría a consistir en lo siguiente (llevada a la caricatura extrema): no tenemos una personalidad propiamente dicha, sino un sistema de relaciones sociales que resultan en una apariencia de personalidad. Somos nuestras relaciones sociales; somos la gente con quienes nos relacionamos y la resultante de nuestras diversas relaciones con diversas personas, en diversas modalidades e intensidades, personas que a su vez son una ficción de personalidad y una resultante de sus relaciones con nosotros y con otras personas.

Que somos ligeramente distintos (o no ligeramente) con cada persona, en cada interacción concreta, es sólo una consecuencia obvia o inevitable de este estado de cosas. (Que somos cada uno todo un baile de máscaras podría ser otra manera algo caricaturesca de decirlo).


 

Es una teoría que puede formularse de maneras menos caricaturescas y ponerse en relación con otras teorías de la psicología social que me interesan especialmente, como el dramatismo de Goffman. 

En fin, que lo del yo relacional no lo he inventado yo, aunque sí le puse este nombre; y pueden encontrarse abundantes ejemplos o intuiciones al respecto en la literatura, la científica, la acientífica y la mediopensionista. Hoy traemos a colación a Miguel de Unamuno, amante de la paradoja y de la psicología paradójica, que nos presenta en algunos artículos suyos penetrantes observaciones sobre la naturaleza relacional del yo (y del tú, hypocrite lecteur). 

Ésta en concreto viene del principio de su muy recomendable artículo "El secreto en la vida":

Hace tiempo, mi más querido amigo, que el corazón me pedía que te escribiese. Ni él ni yo sabíamos sobre qué, pues no era sino un vehementísimo anhelo de hablar confidencialmente contigo y no con otro.

Muchas veces me has oído decir que, cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida, nos perfecciona y enriquece, más aún que por lo que de él mismo nos da, por lo que de nosotros mismos nos descubre. Hay en cada uno de nosotros cabos sueltos espirituales, , rincones del alma, escondrijos y recovecos de la conciencia que yacen inactivos e inertes, y acaso nos morimos sin que se nos muestren a nosotros mismos, a falta de las personas que mediante ellos comulguen en espíritu con nosotros y que merced a esta comunión nos lo revelen. Llevamos todos ideas y sentimientos potenciales que sólo pasarán de la potencia al acto si llega el que nos los despierte, cada cual lleva en sí un Lázaro que sólo necesita de un Cristo que lo resucite, y ¡ay de los pobres Lázaros que acaban bajo el sol su carrera de amores y dolores aparenciales sin haber topado con el Cristo que les diga: "Levántate"!

Y así como hay regiones de nuestro espíritu que más florecen y fructifican bajo la mirada de tal o cual espíritu que viene de la región eterna a que ellas en el tiempo pertenecen, así cuando esa mirada nos está por la ausencia velada, esas tierras la anhelan como anhela toda tierra el sol para arrojar plantas de lor y de fruto. Y los pegujares de mi  espíritu, que dejaron de ser yermos cuando te conocí y me los fecundaste con tu palabra, esos pegujares están hace tiempo queriendo producir. Y he aquí por qué anhelaba escribirte, sin saber bien sobre qué. (Ensayos, 829-31)

Este ensayo deriva hacia la importancia del secreto, de lo no dicho ni reconocido, en la formación de la personalidad. Pero el secreto está en cierto modo a la vista, pues constituye a la personalidad por limitación externa y así viene a estar relacionado con esta cuestión del yo relacional. Pues el meollo de lo secreto en la personalidad viene a ser, al decir de Unamuno, el siguiente, que es un secreto casi a voces—una dimensión un tanto expansionista o inquieta de nuestra personalidad por crecer relacionalmente, por ser lo que no es todavía—a la vez que paradójicamente se desea que esa expansión no nos cambie sino que nos mantenga en lo que somos, de lo que hemos sido y aún somos, y que ya no seríamos de llevarse a cabo esa expansión:

Y el secreto de la vida humana, el general, el secreto raíz de que todos los demás brotan, es el ansia de más vida, es el furioso e insaciable anhelo de ser todo lo demás sin dejar de ser nosotros mismos, de adueñarme del Universo entero sin que el Universo se adueñe de nosotros y nos absorba: es el deseo de ser otro sin dejar de ser yo, y seguir siendo yo siendo a la vez otro; es, en una palabra, el apetito de divinidad, el hambre de Dios. (841-42).

Por así decirlo, en lenguaje unamuniano o religioso. (Una amiga mía lo ponía en otro lenguaje, el del horóscopo, y me decía que estas cosas me pasaban a mí porque era géminis, y tenía así dos personalidades; pero de hecho vemos que sería la manifestación de un síndrome más general anejo a toda personalidad, no tanto el duplicarse sino el multiplicarse en infinitos agentes Smith, o más bien Smyth, Smythe, Schmitt, Shmidt, Schmidt, etc.). 

Bien, se ve la relación de todo esto con el yo relacional, pero por aquí nos vamos del tema, y quiero volver a otra alusión que hace Unamuno al yo relacional a cuenta de otros fenómenos psicológicos o características de personalidad: el ser coherente consigo mismo, consecuente, firme, no cambiante, o el ser variable. En el ensayo "Sobre la consecuencia, la sinceridad", observa cómo no podemos tenerlo todo, si somos sinceros a veces seremos inconsecuentes. (Unamuno también reclamaba para sí, como los hippies, el derecho a la contradicción y a la incoherencia. O, como Whitman, el derecho a contener multitudes, al menos potenciales, como decíamos). 

En fin, que los demás nos piden coherencia, y que el sujeto social fiable necesita ser coherente, o más bien los demás, "la sociedad", necesitan que él sea coherente, vamos, necesitan que sea él, porque si no, si empieza a actuar de modo incoherente, no saben a qué atenerse, y a ver a quién le vamos a pasar las facturas o los plazos de la hipoteca. Y así nos forjamos con los demás una persona, una personalidad coherente, un crédito social (y también comenta Unamuno la creciente importancia de vivir a crédito, en sentido económico y de economía personal....):

Vivimos de crédito, de autoridad y de confianza, y por eso pedimos consecuencia al prójimo: para que no nos engañe, es decir, para que no engañe la idea que de él tenemos. Queremos que el prójimo se mantenga fiel al concepto que de él nos hemos formado, y hasta que se haga esclavo de esta nuestra representación de él. Y he aquí por qué predicamos consecuencia.... en los demás. ("Sobre la consecuencia, la sinceridad", 344)

Obsérvese que la consecuencia queda inevitable y al menos parcialmente comprometida por la relacionalidad del yo, así como por su variabilidad caleidoscópica a la vez que pasa por distintas situaciones y relaciones a lo largo del tiempo. A ver quién es el majo que es plenamente coherente; pues ya se echa de ver que lo de plenamente hay que tomarlo cum grano salis.

Pasa Unamuno a hablar de la inconsecuencia que se da a veces en las ideas a la vez que se mantiene una consecuencia en la personalidad, un poco a la manera del Teatro del Tío Gabriel... o viceversa, ideas consecuentes o inflexibles que, imponiéndose a la realidad de las relaciones personales y de la vida cotidiana, distorsionan a la larga la personalidad.

Pero esto ya nos lleva a otros derroteros—por ejemplo nos lleva más directamente a más dramatismo, a más vida como teatro, y allí lo llevamos, y aquí lo dejamos, pues sólo quería apuntar aquí cómo Unamuno participa al menos a veces, o en parte, de mi teoría del yo relacional. O participo yo de la suya.



El yo relacional

 


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martes, 24 de octubre de 2023

Ghosting & Breadcrumbing

 

García Penas, Óscar. "Una Revisión Sistemática sobre las Causas y Consecuencias del Ghosting." TFG dir. María del Mar Sánchez Fuentes. Universidad de Zaragoza, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de Teruel, 2022.*

         https://deposita.unizar.es/record/70508?ln=es

         2023


Duñabeitia, Jon Andoni. "¿Ha sufrido breadcrumbing? Descubra lo que son las migajas emocionales." The Conversation 23 Oct. 2023.*

         https://theconversation.com/ha-sufrido-breadcrumbing-descubra-que-son-las-migajas-emocionales-215944

         2023

Aguayo, Catalina. "Qué es el contacto cero y cómo se aplica." Psicología Online 4 Aug. 2022.*

         https://www.psicologia-online.com/que-es-el-contacto-cero-y-como-se-aplica-5582.html

         2023

 

 

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viernes, 7 de agosto de 2020

Object-Relation Mapping


Me citan en este artículo sobre mapas conceptuales de acción y de relaciones en videojuegos:


Banks, Jaime (West Virginia U). "Object-Relation Mapping: A Method for Analyzing Phenomenal Assemblages of Play." Paper presented at the Annual Convention of the International Communication Association, 2014. Online at Academia.*
         2020


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martes, 18 de junio de 2019

I & We

martes, 19 de febrero de 2019

Retropost (19 de febrero de 2009): Neurological analysis of narrative experience


"Readers build vivid mental simulations of narrative situations, brain scans suggest." News about developments in the study of brain reactions of readers of stories, through Emma Kafalenos on the Narrative-L. Some answers:


Michael Kimmel: 
The reference to cognitive linguistically inspired experimental research is highly relevant, yet it seems that most empirical work still needs to be done on literary simulation. I'd just like to touch on a few issues in this exciting field and mention how multifaceted I think the notion of simulation is.
   There is an important difference between simulations of figurative language (as in much of Gibbs' own work), of more abstract notions (e.g., protagonist emotions and introspections) and of simple action descriptions, as in this important fMRI study. All of these need to be addressed in specific studies. In addition, along the gamut from words/ phrases to whole scenes we need to understand experimentally what in a text makes readers simulate most vividly (cue structures, personal interest, etc.).
    Another open issue concerns whether reading activates quasi-percepts in all relevant respects, or only some. If I remember correctly, experiments by Rolf Zwaan and his colleagues with very simple narratives indicate that spatial storyworld "tracks" are not as obligatorily encoded as causality and intentionality. I wonder how these perhaps more abstract aspects of narrative would relate to changes in a scene's objects , if one would expect less vividness under some conditions, but not others, or if fMRI would be sensitive to any of this.
   I've recently begun working a bit on the simulation of causality scaffolds (via conceptual metaphors) as well as on the phenomenological differences between textual simulation cues, and would appreciate getting a discussion started with colleagues who share an interest in either of these topics.

Tony Jackson's commentary: there's substantial evidence that when we see others doing certain kinds of actions, we have brain activity that in a way mirrors that activity, which is to say that our motor centers are activated as if we were doing the action. Typically the observer's brain activity does not produce actual action, though there is the effect of almost taking action upon seeing for instance an engrossing action scene in a film or in a sports event, and also the tendency to yawn when others yawn, etc. in fact some cognitive psychologist types claim that this built-in imitative-ness is fundamental to human being, to the point that it has to be repressed in order to become a regular kind of mind (infants imitate other's faces within 48 hours of daring to come into our world).
—so this research on reading is leading to the idea that alphabetic signs can induce brain activity of a similar kind? interesting if true (though i confess with some relief that i never read in such conditions as these guys used to get the data), especially because it does not involve actually looking at an action. evidently just the concept communicated verbally can produce a similar kind of brain activity?
—now  I wonder what literary types might do with such knowledge?

J. A. García Landa—
Thinking about these narrato-neurological studies of "brain activity that in a way mirrors that activity, which is to say that our motor centers are activated as if we were doing the action. Typically the observer's brain activity does not produce actual action, though there is the effect of almost taking action"....
---This sounds to me like the experimental confirmation of what I. A. Richards called "attitudes", as a cornerstone of his materialist psychology in Principles of Literary Criticism (1924)---"imaginal and incipient activities and tendencies to action"; "imaginal action and incipient action which does not go so far as actual muscular movement are more important than overt action in the well-developed human being" (84-85).

It's great to know about the experimental confirmation, but for some of the aesthetic consequences waiting to be drawn out, perhaps Richards and others "been there, done that"!

(Not to mention Aristotle on the mimetic nature of man....)

—and finally a great post by Don Larsson (after a skeptical post by Peggy Phelan on the difficulty of  "reading" the brain and on the problematic hermeneutic moves in assigning meanings to those brain scans):


It seems to me that a common element in all of the various directions of this conversation is the brain's propensity to seek and use patterns (or models or templates, etc.--yes, those are metaphors too!), which would logically derive from an evolutionary necessity for survival.  If one could not "read" certain signs in nature--animal tracks, rock formations, cloud patterns, etc.--or "read" facial expressions and "body language"--of animals or humans--then one was less likely to survive.  Millions of people around the world still practice such "reading" every day, but in the modern era daily survival is less of an issue (or at least a different kind of issue) than it was thousands or millions of years ago.

Inherent in the recognition of patterns is the formation of links between cause and effect.  If I continually see tracks of a certain size and shape, I will assume the presence of some animal in the vicinity.  If I have encounters with those animals, I learn (or am taught by someone) to recognize the tracks as signs of a particular animal and as a threat of danger, a promise of dinner, etc.  Superstition (or religion, if you prefer) stems in part from such causal links.  The scientific method arose in part as a way to verify cause-effect relationships with greater certainty, but science also depends a great deal on different forms of pattern recognition.  With the proper training, one learns to "read" brain scans, infer the existence of sub-atomic particles, detect tumors, etc.  There can be social and political dimensions to such readings.  If one learns to read only certain patterns, one may not detect, say, certain kinds of tumors that tend to appear in X-rays of women.  !
 If one insists on a particular historical narrative as a model, one assumes that aerial photographs follow the detection of the V-1 and V-2 rockets and the discovery of ICBMs in Cuba and extrapolates that they prove that Saddam Hussein harbors weapons of mass destruction.

My own simplistic way of thinking about the "evolution" of literature and of brain activity suggests to me that literary criticism has also "evolved" in its own right as a way of creating new forms of pattern recognition, whether that pattern is formal, aesthetic, social, psychoanalytic, etc.  As this conversation has suggested, those patterns may mirror the actions of the brain and the physical self (a possibly fundamental evolutionary function), but reading also recognizes the patterns and models of literature itself and of the many sources of information that inform literature.  And this is why there are literature departments and majors!  At the heart of all our critical debates and culture wars lies the question, What kind of patterns, what kinds of models do we and our students need in order to live in this world? (however you care to interpret the question).

Literary criticism as pattern recognition... a promising notion, that one.  Although in some cases I would settle for literary criticism as APOPHENIA.




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martes, 24 de julio de 2018

Retropost (24 de julio de 2008): Raíces hegelianas de ciertas dicotomías estructuralistas



La Fenomenología del Espíritu de Hegel traza el camino recorrido por el conocimiento y la consciencia, desde las formas más elementales hasta las más complejas. En su primer capítulo trata de la certeza sensorial, y en el segundo de la percepción ("Percepción: o la cosa y el engaño"). El engaño viene a ser que la consciencia (la humana al menos) no puede darse por satisfecha con la percepción como forma de conocimiento—la consciencia niega siempre la simplicidad evidente de lo que los sentidos ofrecen, para ir más allá e introducir un elemento reflexivo—descubrir que desde el momento que se reflexiona sobre la percepción ya se está en una fase de conocimiento superior. Y así avanza el sistema dieléctico de la epistemología hegeliana, con la reflexividad de la consciencia como base.
Bien, pues en su análisis de la percepción y de su objeto, vemos desarrolladas con gran sutileza cuestiones que, en una forma más simplificada y una aplicación más local, pasarán más adelante por grandes innovaciones del pensamiento estructuralista. En concreto, se trata del análisis saussureano del signo como algo que adquiere una identidad positiva sólo merced a una negatividad que lo constituye. En semiología, recordamos, sólo hay diferencias, no hay términos positivos (algo a lo que Derrida le sacará gran partido)—o cuando menos, los términos positivos sólo son posibles mediante una consitución diferencial previa de los sistemas de signos. El signo está diferenciado de otros signos por relaciones in praesentia (sintagmáticas) que lo diferencian de otros signos de la misma cadena, y relaciones in absentia, paradigmáticas o asociativas, que constituyen su entidad diferencialmente con respecto a otras posibilidades de sentido. Por ejemplo, un fonema es una amalgama de rasgos (oclusivo, sordo, etc.) superpuestos; en tanto que tal opone su entidad a la de otros fonemas que no es, otras características que no tiene— y a la vez esos rasgos son tales únicamente porque los ha generado un sistema de sentido que otorga un valor semiótico a determinadas características físicas (por ejemplo la sonoridad frente a la no sonoridad).
Este análisis del signo tiene un paralelismo muy cercano en el análisis hegeliano del objeto percibido. No del signo lingüístico, sino de cualquier objeto— con lo cual Hegel sienta las bases, avant la lettre, de una semiología general mucho más universal que cualquiera propuesta por Saussure.

La percepción simple de un objeto es un modo de conocimiento aparentemente simple, pero que en seguida nos llevará más allá, una vez embarcados en la reflexión hegeliana. Un objeto es percibido como podría serlo otro, y así la objetualidad es un "medio abstracto universal", que podemos llamar la "cosidad" o la "esencia pura". ¿En qué consiste? Pues en la simple presencia conjunta de una pluralidad de características: en la percepción de la sal, por ejemplo, la blancura, la textura, el peso, el sabor... propiedades que en su coexistencia acumulada constituyen la sal como objeto. Pero estas cualidades son de por sí independientes: comprendemos que la blancura no afecta a la forma cristalina, ni al sabor, etc.: cada una de estas cualidades aquí superpuestas es de por sí un universal distinto, meramente conectados en una acumulación (un "Además") que es la cosa—y, como modo de existencia, la cosidad en general (Fenomenología § 113).  Traduzco ahora el párrafo 114:


En la relación que ha emergido de este modo sólo es el carácter de la universalidad positiva el que al principio se observa y se desarrolla; pero otro aspecto se presenta que también merece consideración. A saber, que si las muchas propiedades determinantes [del objeto] fuesen estrictamente indiferentes una a otra, si estuviesen simple y únicamente relacionadas consigo mismas, no serían determinadas—puesto que son determinadas en la medida en que se diferencian una de otra, y se relacionan con otras que les son opuestas. Y sin embargo: en tanto que opuestas así una a otra no pueden estar juntas en la simple unidad de su medio, unidad que les es no menos esencial que la negación; la diferenciación de sus propiedades, en la medida en que no es una diferenciación indiferente sino que es exclusiva (con cada propiedad negando a las otras) cae pues más allá de este simple medio; y el medio, por tanto, no es meramente un "Además", una unidad indiferente, sino también un Uno, una unidad que excluye a otra. El Uno es el momento de la negación; es en sí mismo simplemente una relación de lo mismo a lo mismo y excluye lo otro; y es aquéllo por lo cual la "cosidad" queda determinada como una Cosa. La negación es inherente a una propiedad en tanto que determinación que es inmediatamente una con la inmediatez del ser, una inmediatez que, a través de esta unidad con la negación, es una universalidad. En tanto que Uno, sin embargo, la determinación queda liberada de esta unidad con su opuesto, y existe en y por sí misma.

En términos saussurianos (derridizados) diríamos: la presencia está penetrada de ausencia; no hay términos positivos sin una negatividad estructural previa. Y esta naturaleza diferencial del signo subyace no sólo al lenguaje, sino a toda la realidad, cuya naturaleza es por tanto semiótica. Y sujeta a la reflexividad de la mente que la conoce y se conoce—que es el punto a donde quería llegar Hegel, y donde nos estaba esperando.

(Lástima no tener a mano: "The Pit and the Pyramid: Introduction to Hegel’s Semiology", en Jacques Derrida, Margins of Philosophy. Chicago: U of Chicago P, 1982. 69-108).






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domingo, 21 de enero de 2018

Retropost #1969 (21 de enero de 2008): El proceso de las nostalgias


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Estoy leyendo, y disfrutando, la tercera parte de la novela de Javier Marías Tu rostro mañana (3. Veneno y sombra y adiós). Aquí hay un fragmento lúcido, proustiano y despiadado sobre la nostalgia de las personas que perdemos por el camino. Y sobre la distorsión retrospectiva:

Es extraño e incongruente el proceso de las nostalgias, o del echar de menos, tanto si es por ausencia como por abandono o por muerte. Uno cree al principio que no puede vivir sin alguien o alejado de alguien, la pena inicial es tan afilada y constante que se siente como un hundimiento sin límite o como una lanza interminable que avanza, porque cada minuto de privación cuenta y pesa, se hace notar y se nos atraganta, y uno sólo espera que pasen las horas del día a sabiendas de que su pasar no nos llevará a nada nuevo sino a más espera de más espera. Cada mañana abre uno los ojos —si se ha beneficiado del sueño que no permite olvidar del todo, pero que confunde—con el mismo pensamiento que lo oprimió antes de cerrarlos, 'Ella no está y no va a volver', por ejemplo (sea volver a mí o de la muerte), y se dispone no a atravesar la jornada fatigosamente, pues ni siquiera es capaz de mirar tan lejos ni de diferenciarlas, sino los siguientes cinco minutos y luego otros cinco fatigosamente, y así seguirá de cinco en cinco si es que no de uno en uno, enredándose en todos y a lo sumo tratando de distraerse durante dos o tres de su conciencia, o de su parálisis cavilatoria. No será por su voluntad si esto sucede, sino por algún azar bendito: una noticia curiosa en el telediario, el rato de completar o de empezar un crucigrama, la llamada irritante o solícita de alguien a quien no soportamos, la botella que se nos cae al suelo y nos obliga a recoger los añicos para no cortarnos cuando por pereza andamos descalzos, la infame serie de televisión a la que le vemos la gracia —o es simplemente que nos acostumbramos a la primera a ella, de golpe— y a la que nos entregamos con inexplicable consuelo hasta los títulos de crédito concluyentes, deseando que se iniciara al instante otro episodio que nos permitiera aferrarnos a un estúpido hilo de continuidad hallado. Son las rutinas halladas las que nos sostienen, lo que a la vida le sobra, lo tonto inocuo, lo que no entusiasma ni nos pide participación ni esfuerzo, el relleno que despreciamos cuando todo está en orden y nosotros activos y sin tiempo para añorar a nadie, ni siquiera a los que ya se han muerto (aprovechamos esos periodos para sacudírnoslos de nuestras espaldas, de hecho, aunque eso sirva sólo temporalmente, porque los muertos se empeñan en seguir muertos y siempre vuelven más tarde, para hacernos sentir la punzada de su alfiler en el pecho y caer como plomo sobre nuestras almas).

Pasa entonces el tiempo, y a partir de un día difuso volvemos a dormir sin sobresaltos y sin recordar el sueño, y a afeitarnos no ya al azar ni a deshoras sino por la mañana; ninguna botella se rompe ni nos irrita ninguna llamada, prescindimos del culebrón, del crucigrama, de las salvadoras rutinas sobrevenidas que observamos con extrañeza en la despedida porque ya casi ni comprendemos que nos hicieran falta, y hasta de las personas pacientes que nos entretuvieron y nos escucharon durante nuestra temporada de luto, monótona y obsesiva. Alzamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor de nuevo, y aunque no haya nada promisorio ni llamativo, ni que sustituya a lo añorado y perdido, empieza a costarnos mantener esa añoranza y nos preguntamos si de verdad perdimos. Aparece una pereza retrospectiva respecto al tiempo en que amábamos o nos desvivíamos o nos exaltábamos o nos angustiábamos, uno se siente incapaz de volver a prestar tanta atención a alguien, de tratar de complacerla y de velar su sueño y de ocultarle lo ocultable o lo que le haría daño, y en la asentada ausencia de alerta halla uno un enorme descanso. 'Fui abandonado', piensa 'por la amante, el amigo o el muerto, tanto da, todos se fueron, el resultado es el mismo, me quedé a lo mío. Acabarán lamentándolo, porque gusta sentirse querido y entristece saberse olvidado y yo ahora los voy olvidando, y el que se muere, más o menos, también sabe lo que le espera. Yo hice cuanto pude, aguanté a pie firme, y aun así se me apartaron'. Cita uno entonces para sus adentros: 'La memoria es un dedo tembloroso'. Y añade luego de su cosecha: 'Y no siempre atina a señalarnos'. Descubrimos que nuestro dedo ya no atina, o que lo logra cada vez menos, y que quienes nos absorbieron la mente noche y día y noche y día, y estaban fijos en ella como un clavo martillado y hundido, se desprenden poco a poco y comienzan a no importarnos; se tornan borrosos, temblorosos ellos mismos, y hasta se puede dudar de su existencia como si fueran una mancha de sangre ya frotada, lavada y limpiada, o de la que sólo queda el cerco, lo que más tarda en quitarse, y ese cerco ya va cediendo.

Pasa entonces más tiempo y llega un día, antes de que desaparezca el rastro, en el que la mera idea de acercarse a ellos nos representa de pronto una carga. Aunque no vivamos contentos y todavía los echemos en falta, aunque aún suframos por su lejanía o su pérdida en alguna ocasión suelta —una noche miramos desde la cama nuestros zapatos solos, dejados al pie de una silla, y nos invade la pesadumbre al acordarnos de los de tacón de ella que solían ponerse a su lado año tras año, subrayando que éramos dos hasta en el sueño, en la ausencia—, resulta que quienes más quisimos, aún queremos, se han convertido en gente de otra época, o perdida por el camino —el nuestro, a cada uno le cuenta el suyo—, en seres casi pretéritos a los que no apetece volver porque ya nos son consabidos, y el hilo de la continuidad se ha roto con ellos. Miramos siempre el pasado con un sentimiento de superioridad soberbio, hacia él y hacia sus contenidos, así sea nuestro presente más bajo o más desdichado o enfermo, y el futuro no nos augure mejoría de ningún tipo. Por brillante y feliz que fuera, lo pasado se nos aparece contaminado de ingenuidad, de ignorancia, en parte de tontería: en ello nunca sabíamos lo que vendría después y ahora sabemos, y en ese sentido sí es inferior, objetiva y efectivamente; por eso lleva consigo siempre un elemento de irremediable tontuna, y nos hace sentir vergüenza por haber permanecido en Babia, por haber creído en su tiempo lo que hoy nos consta que era falso, o quizá no lo era entonces, pero ha dejado también de ser cierto, al no haber resistido o perseverado. El amor que parecía firme, la amistad de la que no dudábamos, el vivo con el que contábamos como vivo eterno porque sin él era inconcebible el mundo o que el mundo fuera aún tal mundo, y no otro sitio. A nuestro muerto más querido no podemos evitar mirarlo un poco de arriba abajo, más al cabo del más tiempo que va haciéndolo más caduco, no sólo con pena sino con lástima, sabedores de que no se ha enterado —oh, fue un iluso— de cuanto sucedió tras su marcha, mientras que nosotros sí estamos al tanto. Asistimos a su entierro y oímos lo que allí se decía, también lo que se murmuraba entre dientes, como si los que hablaban temieran que él aún pudiera escucharlos, y vivmos a sus dañadores presumir de íntimos suyos y fingir que lo lloraban. Él no vio ni oyó nada. Murió en el engaño, como todo el mundo, sin saber nunca lo bastante, y es eso precisamente lo que nos lleva a compadecerlos a todos y a considerarlos pobres hombres y pobres mujeres, pobres niños adultos, pobres diablos.

Tampoco saben ya de nosotros los que dejamos atrás o se fueron de nuestro lado, para nosotros han quedado fijos e inamovibles igual que los muertos, y la sola perspectiva de volver a encontrarlos y tener que contarles y oírles se nos hace muy cuesta arriba, en parte porque nos parece que ni ellos ni nosotros querríamos contar ni oírnos nada. 'Qué pereza', pensamos, 'esa persona no ha asistido a mis días durante demasiado tiempo. Solía saberlo casi todo de mí, o lo principal al menos, y ahora se le ha hecho un hueco que no podría ser colmado, aunque yo le relatara con todo detalle lo habido sin su conocimiento inmediato. Qué pereza tratarse de nuevo, y explicarse, y qué trastorno reconocer al instante las viejas reacciones y los viejos vicios y las viejas zozobras y los viejos tonos, los míos con ella y los suyos conmigo; y hasta los mismos celos mordidos y las mismas pasiones, sólo que acalladas.  Ya nunca podré verla como a alguien nuevo, tampoco como a mi ser cotidiano, me resultará gastada a la vez que ajena. Iré a casa a ver a Luisa, y a los niños, y tras estar largo rato con ellos y empezar a reacostumbrarlos, me sentaré al lado de ella otro rato más corto, quizá antes de salir a cenar a un restaurante, mientras esperamos a la canguro que tarda, en el sofá compartido durante tantos años pero ahora como una visita extraña, de confianza y desconfianza, y no sabremos cómo comportarnos. Habrá pausas y carraspeos, y frases estúpidas e inauditas estando los dos cara a cara, como "Bueno, ¿qué tal te va?" o "Te veo con muy buen aspecto". Y entonces nos daremos cuenta de que no podemos estar juntos sin estarlo de veras, y de que además no lo queremos. No habrá entera naturalidad ni artificialidad completa, no se puede ser superficial con quien conocemos profundamente y desde siempre, tampoco hondo con quien nos ha perdido el rastro y escondido el suyo, y tanto ignora. Y al cabo de media hora, tal vez de una, de dos a lo sumo, a los postres, consideramos que ya está, y lo que será más raro, que con esa vez basta y me sobrarán trece días. Y aunque impensablemente cayéramos el uno en brazos del otro y ella me dijera lo que llevo tanto tiempo deseando oírle, "Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado. No he ahuyentado tu fantasma, esta almohada es aún la tuya y no había sabido verte. Ven y abrázame. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre"; aunque en vista de eso yo cerrara mi apartamento de Londres y me despidiera de Tupra y de Pérez Nuix, de Mulryan y Rendel y aun de Wheeler, e iniciara la tarea rauda de convertirlos en un largo paréntesis —pero hasta los interminables se cierran y luego puede uno saltárselos—, y regresara a Madrid entonces con ella —y no digo que no lo hiciera si hubiera esa oportunidad, si me la diera—, lo haría sabiendo que lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes y un después nunca se sueldan.'

Es curioso, un tanto escheriano, el uso de las comillas. Claro que es muy adecuado en un texto donde el narrador presenta su experiencia posible (o real) como paradigma y ejemplo del trayecto que siguen todas las almas.




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jueves, 26 de mayo de 2016

'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas ('How Things Hang Together': The Connection of Everything)

Exponemos las nociones filosóficas de symploké y conectivismo, en su relación con (1) los sistemas naturales y las máquinas mentales, los mapas cognitivos y los modelos; (2) la estilística cognitiva y la integración conceptual, y (3) la noción de consiliencia del saber propuesta por E. O. Wilson (1998). En los ensayos filosóficos sobre la historia de la ciencia de Adam Smith vemos un importante precursor de la teoría cognitivista de mapas y modelos, y del ideal de consiliencia en la filosofía de la ciencia.


  José Angel García Landa


Universidad de Zaragoza

May 24, 2016

Ibercampus, May 21, 2016



English abstract: 

'How Things Hang Together': The Connection of Everything

This paper deals with the philosophical notions of symploké and connectionism, as they relate to 1) natural systems and mental machines, cognitive maps and models; 2) cognitive stylistics and conceptual integration; and 3) to E. O. Wilson's (1998) notion of consilience. Adam Smith's philosophical essays on the history of science are seen here as an important precursor of the cognitivist theory of maps and models, and of the ideal of consilience among philosophers of science.

Note: Downloadable document is in Spanish.
 
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Keywords: Adam Smith, Philosophy, Consilience, Connections, Conceptual integration, Cognition, Maps, Models, Theories, Knowledge, Science, Theory of Science





_____. "La conexión de todas las cosas." Ibercampus 21 May 2016.*

         http://www.ibercampus.es/la-conexion-de-todas-las-cosas-33023.htm

         2006

_____. "'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas ('How Things Hang Together': The Connection of Everything)." Social Science Research Network 24 May 2016.*

         http://ssrn.com/abstract=2782797

         2016

_____. "'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas (How Things Hang Together: The Connection of Everything)." In García Landa, Vanity Fea 26 May 2016.*

         http://vanityfea.blogspot.com.es/2016/05/how-things-hang-together-la-conexion-de.html

         2016

_____. "How Things Hang Together." In García Landa, Vanity Fea 18 May 2016.*

         http://vanityfea.blogspot.com.es/2016/05/how-things-hang-together.html

         2016

_____. "'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas." Academia 25 May 2017.*

         https://www.academia.edu/33190494

         2017

_____. "'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas." ResearchGate 26 May 2017.*

         https://www.researchgate.net/publication/317170343

         2017

_____. "'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas." Net Sight de José Angel García Landa 5 Jan. 2023.*

         https://personal.unizar.es/garciala/publicaciones/conexiondetodas.pdf

         2023

_____. "'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas." Knowledge Commons Works 5 May 2026.*

         https://doi.org/10.17613/r32ff-9r196

         https://works.hcommons.org/records/r32ff-9r196

         2026






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domingo, 6 de abril de 2014

Mover cosas con la mente



La filosofía de Alfred Schütz tiene mucho en común con el interaccionismo simbólico. Aquí un pasaje sobre su concepción de la acción (de Investigaciones fenomenológicas sobre el origen del mundo social, de M. Carmen López Sáenz):



Husserl distinguía una intencionalidad longitudinal (las vivencias en su desarrollo o vivencias pre-fenomenales, es decir, no tematizadas) y una intencionalidad transversal (la reflexión posterior sobre dichas vivencias). Partiendo de estas definiciones, Schütz comprende que la acción en curso no es objetivable para el actor mientras que sí lo es la acción cumplida.

Ésta es la que investiga el sociólogo; puede ser observada y, además, los seres que la ejecutan tienen su propio mundo preinterpretado, se autoobservan; son semejantes. Este objeto es una construcción de segundo grado y la Verstehen [comprensión] sirve para asimilar su plena realidad subjetiva. Comprender el mundo social significa, pues, comprender el modo en que los hombres definen su situación. Definir quiere decir actuar, porque interpretar el mundo es un modo primordial de actuar sobre él.

Pero las cosas no son tan simples, ya que puedo definir la misma situación de forma totalmente distinta a como lo hacen los otros; además no existen acciones aisladas, sino que tienen sus horizontes de relacionalidad con la realidad social; ningún objeto es percibido aisladamente, sino dentro de un horizonte. (178)


(Esto último lo relaciono con la perspectiva de Shibutani sobre las perspectivas). Y pongo el énfasis en interpretar el mundo es un modo primordial de actuar sobre él. Quizá convenga recalcarlo, ya que yo mismo me dedico en gran medida a mover cosas con la mente. 

Este pasaje es una defensa de la filosofía, y una refutación de aquel famoso dicho de Marx según el cual "hasta ahora los filósofos han interpretado el mundo; lo que hay que hacer es transformarlo." Siendo el mundo humano un mundo simbólico, social y mental, una realidad virtual por así decirlo, interpretar el mundo ya es transformarlo. Presentar una nueva perspectiva sobre las cosas, comprender el mundo de manera diferente y mejor, es alterar el mundo, cambiar las relaciones entre los elementos que los componen, mover cosas con el pensamiento: reconstruir, o construir, el mundo, que está hecho no sólo de objetos físicos, sino de objetos mentales y de esos otros objetos mentales más elusivos, las relaciones entre las cosas del mundo que le dan forma al mundo y de hecho hacen que las cosas sean lo que son.



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sábado, 15 de diciembre de 2012

Filosofía de las relaciones

Conferencia de Gustavo Bueno:


 


Interesante la crítica que hace Bueno a la cosmología como ambiciosa ciencia del universo, ciencia frustrada e imposible según Bueno. Aquí disiento—aun estando de acuerdo con él en su crítica a las cosmologías variables y gratuitas. Tenemos que partir de una ciencia de la realidad humana (incluyendo las relaciones humanas) y fundar sobre esa ciencia el conocimiento del universo o los universos que la rodean. La realidad inmediata es la realidad fundamental. Pero sobre ella sí se funda una ciencia global del universo, y una ciencia de las distintas maneras de pensar el universo, y de la ubicación de los mundos imaginarios humanos en relación unos a otros.

Es bueno Bueno señalando contradicciones e incoherencias, pero hay que pasar por alto sus propios maximalismos y contradicciones. O apreciaciones selectivas. Por ejemplo, la idea monista de Parménides es contradictoria, pero esto no lo dice Bueno. Si el Ser es uno y uniforme, y no relacional, no puede tener forma de esfera—ni forma alguna, de hecho—cosa que parece evidente, aunque no a Parménides. (Y a Bueno... ¡según le dé el viento!).



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