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domingo, 13 de diciembre de 2015

Adam Smith sobre la autoestima


Traduzco de la Teoría de los Sentimientos Morales:

El principio de la autoestima puede ser demasiado alto, y también puede ser demasiado bajo. Es tan agradable tener una elevada idea de nosotros mismos, y es tan desagradable tener una baja autoestima, que, para la persona en cuestión, no se puede dudar que cualquier grado de exceso en la autoestima habrá de ser mucho menos desagradable que cualquier grado de defecto. Pero para el espectador imparcial, quizá pueda pensarse que las cosas aparecerán de manera muy distinta, y que para él el defecto ha de ser siempre menos desagradable que el exceso. Y en nuestros compañeros, sin duda, nos quejamos mucho más de lo segundo que de lo primero. Cuando adoptan aires de superioridad, o se sitúan por encima de nosotros, su autoestima mortifica la nuestra. Nuestro propio orgullo y vanidad nos impelen a acusarles de orgullo y de vanidad, y dejamos de ser espectadores imparciales de su conducta. Cuando los mismos compañeros, sin embargo, toleran que algún otro hombre adopte frente a ellos un aire de superioridad que no le corresponde, no sólo los culpamos, sino que a menudo los despreciamos considerándolos apocados. Ciuando, por el contrario, entre otras personas, se empujan un poquito al frente, y se disputan por obtener una elevación desproporcionada (según nos parece) a sus méritos, aunque no podamos aprobar completamente su conducta, a menudo más bien nos divierte, y cuando no se mezcla la envidia en el caso, casi siempre nos disgustamos con ellos mucho menos de lo que lo habríamos hecho si se hubiesen dejado hundir por debajo del puesto que les corresponde.

Al hacer una estimación de nuestro propio mérito, al juzgar nuestro propio carácter y conducta, hay dos estándares diferentes con los que podemos compararlos de modo natural. Uno es la idea de la propiedad y perfección exactas, en la medida en que cada uno de nosotros seamos capaces de comprender esa idea. El otro es el grado de aproximación a esta idea que se suele alcanzar corrientemente en el mundo, y al que pueden haber llegado de hecho la mayoría de nuestros amigos y compañeros, y de nuestros rivales y competidores. Muy rara vez (casi diría que nunca) intentamos juzgarnos a nosotros mismos sin prestar mayor o menor atención tanto a uno como a otro de estos dos estándares diferentes. Pero la atención de hombres diferentes, e incluso del mismo hombre en momentos diferentes, se reparte de manera muy desigual entre ellos; y a veces se dirige de manera principal hacia uno, a veces hacia el otro.

En tanto en cuanto nuestra atención se dirige al primero de los estándares, el más sabio y el mejor de nosotros no puede ver en su propio carácter y conducta sino debilidades e imperfecciones; no puede hallar base alguna para la arrogancia y la presunción, pero mucha para la humildad y el arrepentimiento. En la medida en que dirigimos nuestra atención al segundo, podemos vernos afectados de una manera u otra, ya sea realmente por encima, o realmente por debajo, del estándar con el cual nos comparamos.BEKmerkel

El hombre sabio y virtuoso dirige su atención principal al primer estándar; la idea de la propiedad exacta y de la perfección. Existe en la mente de cada hombre una idea de este tipo, formada gradualmente a partir de sus observaciones del carácter y de la conducta tanto propios como de otras personas. Es la obra lenta, gradual y progresiva del gran semidios que hay en nuestro pecho, el gran juez y árbitro de la conducta. Esta idea está dibujada con mayor o menor exactitud en cada hombre, su colorido es más o menos preciso, sus contornos están mejor o peor dibujados, según la delicadeza y agudeza de la sensibilidad con la que se hicieron estas observaciones, y según el cuidado y atención empleados al hacerlas. En el hombre sabio y virtuoso pueden haberse hecho con la sensibilidad más aguda y delicada, y pueden haberse empleado el cuidado y atención máximos al hacerlas. Cada día se mejora algún rasgo; cada día se corrige algún defecto. Ha estudiado esta idea más que las demás personas, la comprende de manera más distinta, se ha formado de ella una imagen mucho más correcta, y está mucho más profundamente enamorado de su belleza exquisita y divina. Procura lo mejor que puede asimilar su propio carácter a este arquetipo de perfección. Pero imita la obra de un artista divino, que nunca puede igualarse. Siente lo imperfecto del éxito de sus mejores intentos, y ve, dolorido y afligido, en cuántos rasgos diferentes la copia mortal se queda por detrás del original inmortal. Recuerda, con preocupación y con humillación, cuántas veces, por falta de atención, por falta de juicio, por falta de temperamenteo, ha violado, tanto con las palabras como con las acciones, tanto con su conducta como en la conversación, las reglas exactas de la propiedad perfecta; y se ha separado tanto del modelo según el cual quiere dar forma a su carácter y a su conducta. Cuando dirige su atención hacia el segundo estándar, de hecho, hacia el grado de excelencia que sus amigos y conocidos suelen haber llegado, puede ser consciente de su propia superioridad. Pero, como su atención principal siempre se dirige hacia el primer estándar, queda necesariamente mucho más humillado por la primera comparación, de lo que pueda jamás sentirse elevado por la segunda. Nunca está tan ensoberbecido como para despreciar de modo insolente ni siquiera a los que realmente se encuentran por debajo de él. Siente tanto su propia imperfección, conoce tan bien las dificultades con las que ha alcanzado su propia aproximación distante a la rectitud, que no puede mirar con desprecio la imperfección todavía mayor de otras personas. Lejos de tratar insultantemente la inferioridad de ellos, la contempla con la lástima más indulgente, y, con sus consejos así como con su ejemplo, está siempre listo a ayudarles a progresar. Si en alguna capacidad concreta resultan ser superiores a él (porque ¿quién es tan perfecto como para no tener superiores en muchas cualificaciones?), lejos de envidiar la superioridad de ellos, él, que sabe lo difícil que es destacar, estima y honra la excelencia de ellos, y nunca deja de concederle todo el aplauso que se merece. En suma, toda su mente está impresa, y todo su comportamiento y actitudes están claramente marcados con el carácter de la auténtica modestia; con el de una estimación muy moderada de sus propios méritos, y, a la vez, un sentido pleno de los méritos de otras personas.

En todas las artes liberales y del ingenio, en la pintura, en la poesía, en la música, en la elocuencia, en la filosofía, el gran artista siempre siente vivamente la imperfección real de sus obras, incluso de las mejores, y es más consciente que nadie de lo lejos que quedan de esa perfección ideal de la que se ha hecho una idea, que imita lo mejor que puede, pero que desespera de alcanzar jamás. Sólo el artista inferior está siempre perfectamente satisfecho con sus propios logros. Tiene poca idea de esta perfección ideal, a la que ha dedicado poco sus pensamientos, y es sobre todo con las obras de otros artistas, quizá con los de una categoría todavía inferior, con los que se digna comparar sus propias obras.


("Sobre el carácter de la virtud")





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miércoles, 26 de febrero de 2014

Ventajas de la autoestima




La autoestima, incluso en su versión fuerte manifestada en autoengaño, es adaptativa. Es bueno tener una opinión excelente de lo nuestro, aunque no esté justificada. Así lo explican Juan Luis Arsuaga y Manuel Martín-Loeches en esta sección de su libro La Huella Indeleble, "Yo y mis circunstancias":


La "personalidad", la "persona", el "individuo" o el "yo"; con estos términos vive y lucha día a día el ser humano. Un juego entre el "yo" y los demás, y a veces contra sí mismo. Esta lucha se centra muchas veces en conseguir que los demás tengan una buena imagen de uno mismo. Buscamos que nos admiren, que nos hagan "alabanzas", y evitamos los "vituperios". Cómo nos vean los demás influye en sus comportamientos hacia nosotros. Pero también influye en cómo nos vemos a nosotros mismos, lo que a su vez repercute en nuestro propio comportamiento. Por esta razón hay una gran relación entre la autoestima y el rendimiento, algo que probablemente sea exclusivo del ser humano. Una autoestima elevada puede conseguir vencer dificultades enormes, otorgar fuerzas suplementarias. Y, por supuesto, hacer que nos sintamos satisfechos y, por consiguiente, con mejor estado de ánimo. Hay abundante evidencia experimental que indica que el buen estado de ánimo nos vuelve más flexibles e inventivos y más placenteros para los demás, lo que a su vez mejoraría la imagen que ellos tienen de nosotors, con su consiguiente efecto en nuestra autoestima. Caben pocas dudas, por tanto, de que tener una buena autoestima resulta muy adaptativo para el ser humano.

Pero muchas veces no se conseguiría una buena autoestima si no fuera por una serie de mecanismos mentales que utilizamos para defendernos a nosotros mismos. Lo que hacen estos mecanismos, en general, es buscar justificación para todos nuestros actos, pero con el fin de que siempre salgamos airosos—si funcionan bien—. Intentaremos creernos responsables de lo bueno y sin culpa de lo malo. Esta es quizá una de las aportaciones más valiosas de Sigmund Freud y que aún se respeta desde el ámbito científico. Él los llamó, precisamente, los mecanismos de defensa. Acciones mentales como echar la culpa a otros o a las circunstancias, o bien ignorar determinadas cosas o darles excesivo peso a otras, son algunos de los mecanismos que nuestra mente utiliza para mantener íntegra y en buenas condiciones la idea que nos hacemos de nosotros mismos. Está en juego nuestra autoestima. Quien se encargaría de estas funciones según Michael Gazzaniga no podía ser otro que el intérprete del hemisferio cerebral izquierdo. Para este autor, la cuestión esencial aquí es que los seres humanos estamos motivados para pensar racionalmente, pero—cuidado—no para llegar a la verdad; lo realmente importante sería salir bien situados socialmente. Por lo tanto, el cerebro sería antes una máquina para ganar discusiones que para encontrar la verdad. La competencia dentro del grupo aparece una vez más como una fuerza moldeadora del comportamiento humano.






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miércoles, 26 de diciembre de 2012

La preciosa estimación del yo


Un artículo de Pío Moa en Dichos, Actos y Hechos, sobre "el yo y la vida humana", relevante para el tema de la Vanidad y la Autoestima:

La interesante discusión en el blog  sobre el artículo de los tres niveles, se centró en el problema de la evolución, aunque este era solo derivado. Y no fue muy acertado por mi parte hablar de tres niveles  de la vida humana, pues más bien se trataba de la condición humana o de la psique humana, o algo así. La vida humana es otra cosa, se manifiesta en dos vertientes: la vida de cada persona en particular, o biografía,  y la conjunta de las diversas sociedades y naciones, incluso la del total de la humanidad, o historia.

Sobre la primera,  la vida transcurre como un rosario de avatares, accidentes y casualidades, mil  sucesos que solo muy parcialmente responden al designio o voluntad del individuo. Por lo común, el yo se maneja en esos sucesos como el tripulante que intenta llevar una barca a algún sitio, unas veces con el mar en calma, otras con viento favorable y otras con borrascas.  Pero la embarcación le viene dada, no la ha hecho él a su gusto, salvo en muy pequeña medida,  pues se compone de las cualidades físicas, intelectuales y psíquicas, los “dones de los dioses”,  o de los genes, que lo limitan o excluyen de ciertas navegaciones y en cierto grado le impulsan a otras. Y lo mismo pasa con su orientación: con frecuencia, sobre todo en la juventud,  nos hacemos un proyecto ideal de vida que luego la vida misma se encarga de modificar, trastocar o desbaratar por completo: los naufragios vitales no son cosa rara.

A veces suponemos el yo como simple resultado de los “tres niveles” de que hablaba, o meramente de las condiciones y presiones sociales, pero fácilmente vemos que no es así o, mejor dicho, solo lo es hasta cierto punto. Casi nadie está del todo satisfecho  con los dones que ha recibido al nacer, le parecen escasos para sus merecimientos u objetivos, y  el sentimiento más o menos acentuado de frustración está muy difundido. En sus memorias, Lerroux cuenta esta anécdota: En el periódico donde trabajaba de joven había un poeta llamado Luna, jorobado. Un día discutían de la existencia de Dios, y alguien dijo: “Vamos a ver, el poeta señor Luna, ¿qué piensa usted de Dios?” El garabato humano saltó de la silla al suelo, se enderezó tanto como pudo, sacó de debajo de la mesa la navaja cabritera y clavándola con gesto de fiereza sobre el tablero, contestó… soltando redonda blasfemia. El gusano se levantaba iracundo contra el Creador, que había permitido que un alma altiva y ambiciosa se alojase en un cuerpo miserable y ridículo. Creyentes y ateos sintieron cruzado su rostro por el trallazo de la grosería y por el grito de Satanás rebelándose contra la injusticia divina. Por donde el blasfemo resultaba el más poseído de los deístas, confesor de la divinidad a la que injuriaba”. Casi todo el mundo tiene una idea elevada de sí mismo, sea más o menos acertada o equivocada, y lo que menos tolera es el desprecio a su persona. Una persona que se siente menospreciada o tratada con injusticia puede llegar a enfermar psíquicamente o a cometer actos inesperados, crímenes o suicidio.

En cuanto a la presión social solo moldea parcialmente a las personas. La historia muestra la gran frecuencia con que diversos individuos  se rebelan contra su circunstancia social, tanto en un sentido colectivista (tratan de cambiar la sociedad) como personal, rechazando las convenciones o las leyes. Así, el yo resulta hasta cierto punto independiente tanto de los condicionantes sociales como de los condicionantes biológicos, sin que unos y otros sean desdeñables.

Es más, el yo se siente por lo general independiente en alguna medida de su propia vida.  He aquí una frase genial, cuyo autor ignoro, creo que era francés, por lo sutil: “¿Quién no es mejor que su propia biografía?”. O, mejor “¿Quién no se siente superior a su propia biografía?”. La navegación vital incluye numerosos errores, o actos que nos avergüenzan, o humillaciones que nos parecen intolerables y que debemos dejar pasar.  De ahí el gran esfuerzo psíquico por justificar  de mil modos esos pequeños o grandes  desastres, a fin de mantener la preciosa estimación del yo, sin la cual la vida se hace insoportable.

La necesidad de autoestima puede ser exagerada hasta la estupidez, pero existe siempre. Incluso los esclavos la tenían y a menudo trataban de vengarse de sus amos o de burlarlos, como muestran, por ejemplo, algunas obras de Plauto; o como aquel que en la terribles minas de plata de Laurion dejó escrita su jactancia de ser el mejor en el tajo. Algún autor romano, no recuerdo cual, escribió “tantos enemigos tienes como esclavos” o algo así. Pero, en fin, la cuestión es esta:  puesto que el yo se autoconsidera por encima de los condicionantes sociales y biológicos, ¿de dónde sale  él y su autoestima, sea  razonable o deformada, sin la cual la vida le parece indigna o repugnante?


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—Un argumento muy parecido sobre el imporatante papel de la autoestima y de la autoevaluación del yo en las motivaciones lo hace Mark Twain en What Is Man?


 
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miércoles, 7 de septiembre de 2011

El mercado de la atención, al alza

Sobre la importancia de la atención para comprender la naturaleza humana, y las dinámicas de organización social y cultural, ya hemos hablado antes por aquí (Atención a la atención). Muy interesante en esta línea es el artículo de LUIS GÓMEZ-JACINTO, "COMPARACIÓN SOCIAL Y AUTOEVALUACIÓN DESDE UN ENFOQUE EVOLUCIONISTA" (PDF). 

Nos comportamos en sociedad de maneras que potencien nuestra autoestima, eligiendo las estrategias adecuadas para ello. Algo en esta línea había argumentado Mark Twain en su sarcástico ensayo What Is Man? —pero ahora los sarcasmos de Twain parece que tienen respaldo científico en la psicología evolucionista.

Y, prosiguiendo en el desarrollo evolutivo de la comunicación y la interacción social, stos razonamientos sobre la dinámica social de la autoimagen habría que aplicarlos también a la netiqueta y al comportamiento en Facebook.

 



Según su abstract,


"Este trabajo analiza el impulso de evaluación
de las propias opiniones y capacidades desde una
perspectiva evolucionista. El proceso social que permite
la autoevaluación es la comparación social. Se propone
que el origen del proceso de comparación social y
autoevaluación se deriva de la competición social a través
de dos autoconceptos: los potenciales de posesión
de recursos y de posesión de atención social. El equivalente
psicológico de estos dos conceptos es el de la
autoestima. La autoestima evolucionó como un sociómetro
que permite al Homo Sapiens calibrar su grado
de pertenencia social/exclusión social en los grupos de
referencia. Las personas se motivan para comportarse
de tal modo que conserven su autoestima, puesto que
las conductas de mantenimiento de la autoestima suelen
reducir la posibilidad de ser ignorado, evitado o
excluido por los demás. Esta autoevaluación es más
sensible a la exclusión de las personas íntimas que al
rechazo de personas alejadas del círculo más cercano.
Esta sensibilidad está relacionada con el nivel de intimidad
que se mantiene con los otros miembros del
grupo, con los dominios de desempeño y con la relevancia
para el yo. Este modelo de mantenimiento de la
autoevaluación es un mecanismo que resuelve un problema
evolutivo al que hubo de enfrentarse el Homo
Sapiens en algún momento clave de su evolución."


Habla de estrategias de gestión de la atención social, cosa que se hace evitando la confrontación con adversarios más potentes y rivalizando con los que se perciben como más débiles. En los seres humanos, la confrontación física, directa o violenta ha cedido en importancia ante la seducción y el desarrollo de atractivo, en una competición por beneficios sociales que llevan ya su cuota de atención y privilegio incorporado—incluyendo, pero no sólo, posición social, profesión, cualificaciones y capacidades, gustos y aficiones, etc.
Y dentro del círculo social o la profesión, el éxito relativo de cada individuo o profesional comparado con los demás. 

"Ser elegido por los demás en un cortejo, en un equipo de fútbol, en la búsqueda de empleo o haciendo amigos son buenos ejemplos de lo que puede suponer esta motivación por ser y, sobre todo, parecer atractivos a los ojos de los otros." (8)

Podríamos decir que las profesiones, titulaciones, etc., son mecanismos sociales para gestionar el mercado de la atención: atención empaquetada y en bloque, podríamos decir, igual que el dinero es trabajo de los demás simbolizado, acumulado y hecho portátil y transferible. El dinero es poder social en metálico ("Money doesn't talk, it swears" decía Bob Dylan), y una titulación o un puesto de trabajo son una modalidad de reconocimiento social "gramaticalizado", indiscutible a un nivel. 

Somos seres sociales y simbólicos, y todos nuestros esfuerzos se dirigen hacia empresas y objetivos más o menos simbólicos. (De ahí que el fútbol, o la ficción, puro simbolismo vacío de contacto con la realidad del sujeto, gratuidad pura, me parezcan algunas de las esferas en las que la naturaleza humana se manifiesta de manera más pura como la pura nada que es).

"La especie Homo Sapiens se decanta por otra manera
menos peligrosa de probar las fuerzas con los adversarios,
en lo que Paul Gilbert y sus colaboradores denominan
potencial de posesión de atención social. Este
potencial se refiere a la cantidad de atención que los
demás le prestan a una determinada persona. En esas
condiciones se compite con los congéneres por la atención
y la valoración de los demás miembros del grupo.
Quien gana en esta competición incrementa notablemente
su estatus, y cae en las regiones del destierro social
quien es ignorado por sus contemporáneos del grupo.
Desde este punto de vista la posición social que uno
ocupa dentro del grupo no procede de la capacidad de
amenazar y luchar, sino de la atención que le proporcionan
los demás (Buss, 2004). Y los demás suelen otorgar
ese interés a las personas que desempeñan una tarea o
función valiosa. Un médico que atiende a un enfermo
recibe automáticamente la mejor de las atenciones por
parte del enfermo y de sus familiares. Los seres humanos
compiten por ser concesionarios de los beneficios de los
demás y así incrementar su potencial de posesión de
atención social. El fracaso en esta tarea conlleva la pérdida
de recursos y de la atención prestada por los otros."

Como digo, Gómez-Jacinto no está pensando precisamente en las redes sociales virtuales o en red, pero merecería repensarse su artículo aplicándolo en este nuevo entorno social—donde resulta, creo, especialmente explicativo.

"Si algo importa al Homo Sapiens es el tema de la pertenencia
social y
lo doloroso que le resulta la exclusión social de cualquier
grupo que considere importante." (....) "La formación de
coaliciones y de alianzas amistosas son otros de los espacios en
los que se pone en juego la autoestima del individuo."


La autoestima funciona, concluyen los evolucionistas comentados por el autor, como un sociómetro que asegura la supervivencia del individuo mediante su integración adecuada en el grupo. Cuando detectamos señales de rechazo, ajustamos nuestro comportamiento para maximizar la aceptación social y la autoestima.

El análisis de la autoestima no sólo es útil para la teorizadores de la evolución o de las relaciones sociales: también es interesantísimo para hacer observaciones aplicadas de nuestro grupo social, o de nuestro propio comportamiento (especialmente al pelo viene en un blog llamado Vanity Fea). Y también, se me ocurre, podrían derivarse de aquí interesantes líneas de análisis del discurso (desarrollando la politeness theory de Goffman, Brown y Levinson, o Leech) y de análisis narrativo—viendo cómo los creadores de ficciones y narraciones interpretan y gestionan por su parte los procesos de autoestima en sus mundos sociales inventados y representados.



 
 
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