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lunes, 16 de abril de 2018

Retropost #2107 (16 de abril de 2008): Torbellinos de éxito y dinero



Más sobre escritores y ganancias y fama sacra fames. Hay un excelente artículo, de PP Cervera en Retiario, "¿A quién pertenece Harry Potter?"—contra el uso abusivo de los derechos de autor en el caso de obras que devienen mitos populares.

Observa Cervera que no es justo que Rowling quiera reservarse los derechos exclusivos de uso y cobro de su personaje, pues éste ha sido apropiado por el público, que también ha invertido en él dinero, esfuerzo creativo y emociones.

"y sin embargo", comento, "aquí la fiesta cada cual la va a ver según le vaya. Productos como Harry Potter, Star Wars, etc., son resultado no sólo de la excelencia de sus creadores (que a algún nivel la tienen) sino de un efecto dominó, un torbellino de información producido por la globalización mediática. Pero en la cuestión de los derechos se actúa como si el autor y su genio fuesen los únicos responsables de esa explosión mediática. Las obras que se han visto favorecidas (o desquiciadas) por ese torbellino caótico tienen un eco y dan unos ingresos desproporcionados en relación a otras muy similares. Aplicarles la misma ley sin más es interesado, pero siempre hay intereses en juego. Es comprensible que el autor barra para casa; menos, que los jueces le den la razón."

lo dijo JoseAngel · 16 Abril 2008 | 12:03 PM

La lógica de la larga cola también se aplica a la generación de estos torbellinos:




 Los best-sellers se suceden con regularidad implacable; las bonitas historias del paso de la oscuridad a la celebridad también. Todos siguen una lógica estadística implacable. Las ventas del extremo izquierdo o cabeza del gráfico de la larga cola son cada vez más espectaculares, y también hay más libros que se venden en grandes cantidades, aunque por efecto de la globalización la curva del gráfico esté cada vez más pegada a las asíntotas.

El resultado final desde un punto de vista idealmente matemático es que habrá un libro que todo el mundo ha leído, y luego una larga cola de libros o blogs autopublicados que sólo tienen un único lector: su propio autor. Mucho ha de llover hasta que ese ideal matemático se realice.

Entretanto, los torbellinos caóticos propulsarán al pódium del gráfico a un libro mediocre tras otro—no tanto a los auténticamente geniales, aunque éstos lleguen a vender bien. Los mediocres de gran éxito son imprescindibles, inevitables, porque para poder ser leídos masivamente no pueden ser demasiado originales ni llamativos ni extravagantes. Mediocres geniales, podríamos llamarlos—eficaces obreros de las letras que, al margen de su oficio, han de contar con el impulso caótico que se genere en las redes de lectores.

Porque por supuesto las editoriales calculan los lanzamientos, pero también compiten y no pueden asegurar (aunque ya querrían) que su bombazo de rigor vaya a ser el gran bombazo de este año. En esto, como en todo, estamos en manos de la contingencia y el azar.

(Más sobre Rowling aquí en ifBook).


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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Retropost #1856 (8 de noviembre de 2007): Massive Shirt-Loss for Precipitant Investors

Massive Shirt-loss for Precipitant Investors

Publicado en Sin tema. com. José Ángel García Landa

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Estoy leyéndome a pequeñas dosis Infinite Jest, la monumental novela de David Foster Wallace (1996), una especie de cóctel entre Pynchon y Barthelme sólo apto para ciertos paladares especializados (como el mío). Abstenerse de recomendarlo a amantes de la literatura así en general—aunque algunos sí apreciarán su creatividad lingüística y su ironía despiadada.

La acción tiene lugar en un futuro/presente alternativo, una postmodernidad que ya gira en vacío produciendo sus complots y fenómenos paraculturales de modo incontrolado, donde un mundo conectado por un InterLace informático/televisivo va consumiendo ficciones indistinguibles de la realidad. La infinite jest comienza desde la página de copyright, que nos avisa de que "Any apparent similarity to real persons is not intended by the author and is either a coincidence or the product of your own troubled imagination"—bien, también me tomaré un poco a broma la prohibición de reproducir fragmentos, porque quiero llamar la atención sobre un excurso que anuncia la burbuja de las empresas en red en 2000, o "the dotcom bubble" como se la viene conociendo, y otras burbujas que sin duda nos esperan en el presente, pasado y futuro indistinguibles. Profecía, profecía, pero basada naturalmente en la observación.

Bien, el caso ficcionalizado en la novela es el desarrollo de la videotelefonía. Resulta que tras un desarrollo espectacular de los videoteléfonos, se hunde el negocio cuando la gente descubre que le horrorizaba la manera en que aparecía en la pantalla ante los demás, con caras de memo, distorsionadas (ver aquí), caras poco gustables. Y se desarrolló un comercio de máscaras idealizadas primero, para hablar por teléfono, luego de imágenes retocadas, etc.—que a su vez llevaban luego a avergonzarse del propio aspecto en los encuentros en directo—hasta que por fin quebró todo y la gente se dio cuenta de que ofrecía mejor imagen de sí en la vieja telefonía sonora sin más, mejor que en la llamada videophony (de phony). De ahí que el mundo de Infinite Jest mezcle aspectos futuristas con otros retro. Bueno, pues esta es la lección sobre el mercado tecnológico que extrae el narrador, profetizando como digo la crisis de las dotcom... para quien se hubiese leído el libro, y se lo aplicase. Volveremos a repetir la misma maniobra, supongo, esta vez con las empresas dospuntocero, y otras que vendrán.

But there's some sort of revealing lesson here in the beyond-short-term viability-curve of advances in consumer technology. The career of videophony conforms neatly to this curve's classically annular shape: first there's some sort of terrific, sci-fi like advance in consumer tech—like from aural to video phoning—which advance always, however, has certain unforeseen disadvantages for the consumer; and then but the market-niches created by those disadvantages—like people's stressfully vain repulsion at their own videophonic appearance—are ingeniously filled via sheer entrepreneurial verve; and yet the very disadvantages of these ingenious disadvantage-compensations seem all too often to undercut the original high-tech advance, resulting in consumer-recidivism and curve-closure and massive shirt-loss for precipitant investors. In the present case, the stress-and-vanity-compensations' own evolution saw video-callers rejecting first their own faces and then even their own heavily masked and enhanced physical likeness and finally covering the video-cameras altogether and transmitting attractively stylized static Tableaux to one another's TPs. And, behind these lens-cap dioramas and transmitted Tableaux, callers of course found that they were once again stresslessly invisible, unvainly makeup- and toupeeless and baggy-eyed behind their celebrity-dioramas, once again free—since once again unseen—to doodle, blemish-scan, manicure, crease-check—while on their screen, the attractive, intensely attentive face of the well-appointed celebrity on the other end's Tableau reassured them that they were the objects of a concentrated attention they themselves didn't have to exert.
And of course but these advantages were nothing other than the once-lost and now-appreciated advantages of good old Bell-era blind aural-only telephoning, with its 6 and (62) pinholes. The only difference was that now these expensive silly unreal stylized Tableaux were being transmitted between TPs on high-priced video-fiber lines. How much time, after this realization sank in and spread among consumers (mostly via phone, interestingly), would any micro-econometrist expect to need to pass before high-tech visual videophony was mostly abandoned, then, a return to good old telephoning not only dictated by common consumer sense but actually after a while culturally approved of as a kind of chic integrity, not Ludditism but a kind or retrograde transcendence of sci-fi-ish high-tech for its own sake, a transcendence of the vanity and slavery to high-tech fashion that people view as so unattractive in one another. In other words a return to aural-only telephony became, at the closed curve's end, a kind of status-symbol of anti-vanity, such that only callers utterly lacking in self-awareness continued to use videophony and Tableaux, to say nothing of masks, and these tacky facsimile-using people became ironic cultural symbols of tacky vain slavery to corporate PR and high-tech novelty, became the Subsidized Era's tacky equivalents of people with leisure suits, black velvet paintings, sweater-vests for their poodles, electronic zirconium jewelry, NoCoat LinguaScrapers, and c. Most communications consumers put their Tableaux-dioramas at the back of a knick-knack shelf and covered their cameras with standard black lens-caps and now used their phone consoles' little mask-hooks to hang these new little plasticene address-and-phone diaries specially made with a little receptacle at the top of the binding for convenient hanging from former mask-hooks. Even then, of course, the bulk of U.S. consumers remained verifiably reluctant to leave home and teleputer and to interface personally, though this phenomenon's endurance can't be attributed to the videophony-fad per se, and anyway the new panagoraphobia served to open huge new entrepreneurial teleputerized markets for home-shopping and -delivery, and didn't cause much industry concern. (Infinite Jest, 1996, 150-51)

Veo desde aquí el fin de la era de los blogs, estos dioramas idealizados o máscaras retocadas que nos ponemos... O que algunos ponen encima de una cara vacía de maniquí, para crear sujetos virtuales que nunca pisarán las calles. Una vez estalle la blogosfera como una globosfera demasiado inflacionada, será el momento de los espacios personales tipo facebook, accesibles vía teléfono móvil. Mientras duren.

Bueno, pues avisados van todos los que invierten demasiado en estas cuestiones de tecnología de la imagen y la comunicación. Y no sólo dinero, sino también tiempo y energías y esperanzas.


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PS (2009): Comparar las irónicas reflexiones de Foster Wallace con los gráficos que describen el Hype Cycle según los analistas de Gartner. También especialmente aplicable a las nuevas tecnologías y gadgets.




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jueves, 13 de abril de 2017

Retropost #1563 (13 de abril de 2007): Todo contexto y ritual



Me ha gustado esta historia de un experimento periodístico en USA; el Washington Post convenció a un genio del violín a que tocase en el metro en plan músico callejero, por ver cuánta gente le hacía caso y si recaudaba más dinero de lo habitual... y nada. La gente pasaba a cientos, casi ninguno se paraba, alguno echaba una monedilla... como a todo quisque, aunque el músico era Joshua Bell con un Stradivarius.

Aunque en sentido inverso (es casi su imagen simétrica) me ha recordado a ese otro experimento reciente, la periodista que coló en ARCO un cuadro pintado por un colegio de párvulos, y arrancaba sesudas interpretaciones (y fuertes estimaciones de precio) a los espectadores y críticos. Pollock tampoco lo hacía mucho mejor, es cierto.

Se podría decir lo de margaritas a los cerdos, pero creo que la auténtica lección es otra. El texto (artístico o intelectual), sin su contexto, es nada o muy poco. Los protocolos de recepción, la actitud reverente preestablecida en un contexto socialmente respetable (una universidad, una sala de conciertos, un museo...), es la mitad del efecto del arte; el resto lo hace la  obra, pero ni siquiera ese cincuenta por ciento se deja oír fuera de contexto. Un genio tocando en el contexto de un músico callejero se vuelve un músico callejero.

Están equivocados quienes trabajan el texto y creen que con eso basta. Lo esencial es el ritual completo de la comunicación, y todo ritual necesita su catedral y sus fieles devotos. Hay que trabajar el contexto de recepción: aparecer en un contexto reconocido, o crear un torbellino de atención en torno a la obra de uno. Y eso no lo hace la obra (a no ser por azar); eso lo hace una red de comunicación, distribución y relaciones de poder e influencia. Ni siquiera el informe a ciegas sobre el texto es garantía: esas cegueras tienen muchos agujeros, y la retórica local lo es casi todo. Que se lo pregunten a Sokal... 

Es una insensatez publicar nada en un blog sin eco mediático (siquiera sea blogosférico). Como siempre, la diferencia no estará en el medio (cualquier medio es bueno o malo o muy poco en sí) sino en su ubicación en la red de comunicaciones. Claro que siempre podemos consolarnos pensando que lo nuestro es un Stradivarius.


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viernes, 16 de mayo de 2014

Explicación de la moda, y de la moda femenina

La Teoría de la Clase Ociosa de Thorstein Veblen es una semiótica social avant la lettre, y una teoría materialista de la distinción social y del valor simbólico avant Bourdieu. Para Veblen, la moda y sus cambios se explican con la teoría del derroche ostentoso. En la sociedad nada tiene un sentido literal, sino que es un símbolo de la posición social del sujeto. 

Es decir, la moda nada tiene que ver con lo bonito o lo práctico (eso son consideraciones secundarias, o a veces efectos colaterales), sino que su finalidad es dar una imagen social adecuada del portador. "Así, no es en modo alguno infrecuente que, en un clima inclemente, la gente no vaya suficientemente abrigada con el fin de aparecer bien vestida." —Y al contrario también, ni digamos los abrigos y ropajes adicionales innecesarios o molestos que se llevan por bien quedar. 

Pero la ostentación no funciona de manera simplona y directa, sino que está mediada por las leyes estéticas y las normas de decoro social que resultan de ella. Resulta de ello que la moda es el efecto de un juego de signos, es un fenómeno intertextual podríamos decir (Veblen tiene su lado semiótico). Esta mediación compleja también nos lleva a separar los aspectos conscientes del comportamiento, por una parte, de sus determinantes inconscientes por otra:

"Esta necesidad espiritual del vestido no es totalmente, ni siquiera principalmente, una ingenua propensión a hacer exhibiciones de gasto. La ley del derroche ostensible guía el consumo de prendas de vestir—así como de otras cosas—al configurar los cánones del gusto y el decoro. En la mayoría de los casos, el motivo consciente del portador o comprador de atavíos ostensiblemente costosos es la necesidad de ajustarse al uso establecido y de vivir con arreglo a los niveles acreditados de gasto y prestigio. No es sólo que deba uno guiarse por lo que se considera la vestimenta adecuada para evitarse la mortificación que resulta de los comentarios y observaciones desfavorables, aunque ese motivo cuenta ya mucho por sí mismo; es que, además, la exigencia del costo elevado está tan profundamente arraigada en nuestros hábitos mentales en materia de vestido que cualquier cosa que no sea un atavío caro nos resulta instintivamente odiosa. Sin reflexión ni análisis, sentimos que lo que no es caro es indigno. 'Un traje barato hace a un hombre barato'. Se reconoce que la máxima 'barato y asqueroso' sigue siendo verdadera cuando se aplica al vestido, todavía con menos atenuaciones que en otras líneas de consumo." (179-80)


Pero el vestido ha de obedecer también a la ley de la ostentación de la inutilidad, y demostrar que su portador trabaja poco o nada: "Si, además de mostrar que el usuario puede permitirse consumir a placer y antieconómicamente, puede también mostrarse con ello que dicho usuario o usuaria no tiene la necesidad de ganarse la vida, la prueba de su valor social se eleva en grado muy considerable."—Y de allí se derivan las normas del gusto y la elegancia; "El vestido tiene que ser, no sólo ostensiblemente caro e inconveniente; tiene que ser también de última moda." 

Veblen encuentra aquí una explicación del fenómeno de la moda, de sus cambios, y de sus tendencias con frecuencia absurdas, pues "En la práctica, la norma del derroche ostensible es incompatible con la exigencia de que el vestido sea bello o que siente bien. Y este antagonismo ofrece una explicación de ese cambio incesante de la moda, que ni el canon de lo costoso ni el de la belleza pueden explicar por sí solos".

"Que la supuesta belleza o 'encanto' de los estilos en boga en un momento dado es algo puramente transitorio y espurio queda atestiguado por el hecho de que ninguna de las muchas modas cambiantes logrará superar la prueba del tiempo. Cuando es mirada a una distancia de media docena de años o más, la mejor de nuestras modas nos resulta grotesca, si no rematadamente fea. Nuestro transitorio apego por cualquier cosa que sea el último grito se basa en fundamentos que no son de carácter estético y dura sólo hasta que nuestro sentido estético permanente ha tenido tiempo para afirmarse y repudiar ese último artilugio indigestible.
    El proceso requerido para desarrollar una náusea estética lleva más o menos tiempo; en cada caso, el lapso de tiempo requerido es inversamente proporcional al grado en que el estilo en cuestión resulta odioso. Esa relación de tiempo entre lo odioso de una moda y su inestabilidad nos ofrece un fundamento para la inferencia de que cuanto más rápidamente se suceden los estilos y son desplazados por otros, tanto más ofensivos son para un gusto bien fundado. Lo que se presume, por tanto, es que cuanto más lejos llega la comunidad—y en especial las clases más ricas de la misma—en lo referente a capital y movilidad y al ámbito de su contacto humano, con tanta más fuerza se erigirá la ley del derroche ostensible en materia de vestido, y tanto más tenderá el sentido de la belleza a quedar en suspenso o a ser superado por el canon de la reputación pecuniaria, tanto más rápidamente se mudarán y cambiarán las modas, y tanto más grotescos e intolerables resultarán los diversos estilos que sucesivamente lleguen a estar en boga.
    Queda por comentar al menos un punto en esta teoría del vestido. La mayor parte de lo que se ha dicho se refiere al atuendo del varón así como al de la mujer, si bien en tiempos recientes se aplica con más fuerza al de la mujer, en todos los detalles. Pero hay un punto en el que el vestido de las mujeres difiere sustancialmente del de los hombres. Es obvio que en el vestido de una mujer hay una mayor insistencia en esas características que atestiguan que la persona que lo lleva está exenta o es incapaz de realizar cualquier trabajo vulgarmente productivo. Esta peculiaridad del atuendo femenino es de interés, no sólo como complemento a la teoría del vestido, sino también como confirmación de lo que ya se ha dicho acerca del status económico  de las mujeres tanto en el pasado como en el presente." 
 
(Teoría de la Clase Ociosa, 1899) -  (Alianza, 2011, 187-88)




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