lunes, 16 de julio de 2018

Retropost (16 de julio de 2008): Un pequeño volantazo

Ya listos para salir para Viveiro, con nuestras trece bolsas más guitarra, descubrimos que no podemos sacar el coche del garaje, porque el montacargas del garaje (nuestro coche sube en montacargas) no funciona. Hale, a esperar que los señores Boetticher y Navarro, o el señor Schindler, o alguno de esos, lo arregle, y por fin emprendemos viaje a la una y media. Sin incidentes gracias a Dios, y a nuestra habilidad al volante. Esta queda sin embargo un poco en entredicho cuando (gajes de no llevar ni mapa ni el el gepe ese ni el tomtomgou ese) al llegar a León damos un pequeño volantazo de través y nos vamos a Oviedo en vez de irnos a Lugo...  cierto es que tardamos bastantes kilómetros en enterarnos, y sólo caemos en la cuenta viendo cómo las montañas se volvían demasiado montañosas. Lo que es las indicaciones de la carretera no nos dan ninguna pista porque no había ni mención de cuántos kilómetros faltaban para llegar a donde fuese.

— Mira, un autobús. Tiene wifi, dice.
— Ya te gustaría consultar el Paleofreak mientras lo adelantamos, ¿eh?
— Lee el cartel de delante, a ver si dice a dónde va.
— Dice dice... "Madrid-Oviedo". Pues nos hemos equivocado.

Bueno, a cambio vemos paisajes espectaculares, montañas neblinosas dignas de El Señor de Los Anillos, puentes en construcción dignos de Myst. Por Gijón también pasamos. Bastante en construcción, la autovía del nororeste; estas noticias siempre nos llegan en directo, por información fiable. Oscar durante el viaje se desepera porque su madre no quiere parar en ningún sitio: amenaza con el suicidio: "¡¡¡Estoy agotado, hambriento, destrozado, y tengo pis!!!" —("Qué mono", dice Álvaro).

Y en fin, que así veo el último trocito de la cornisa cantábrica que me faltaba por ver, de Cudillero a Ribadeo. En Cudillero estuve hace años, más de veinte pongamos, en una curiosa expedición con los amigos donde al final cada cual acabó volviendo por su lado, en una especie de riña implícita o descomposición de la expedición. Bonito sí que era. Mientras duró.

Y Viveiro sigue donde lo dejamos. Volvemos a donde siempre, a casa de la Sra. Oca.  El pueblo, perfecto; investigando ya hemos visto una casa que venden en el centro: ochenta kilos, que no tenemos, a no ser de grasa corporal. Los niños se han encontrado otra vez con su amigo y vecino Jairo de otros años, y la nube sigue colocada sobre la villa, casi permanente—hay que salir a las afueras para coger más ratos de sol. Aún estamos desempaquetando y organizando cosas, y viendo qué dan de sí los recursos informáticos que nos hemos traído. Álvaro me va a enseñar a editar vídeos de sonido con imágenes, aprovechando que no me he traído la webcam; algo aprenderemos unos de otros. Ya pondremos fotos de las que hagamos; y mañana más.

PS: Casi me olvido: Felicidad.es

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