viernes, 1 de junio de 2018

Retropost (1 de junio de 2008): Tres historias de fantasmas


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Dos de ellas vienen de la Antología de la Literatura Fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, que me regaló MJ en 1993.





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DEFINICIÓN DEL FANTASMA (del Ulises de Joyce)

¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.
fantasma 
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UN AUTÉNTICO FANTASMA (de Sartor Resartus de Carlyle)

¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del Tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos, ¿qué otra cosa era Johnson, qué otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?





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Y FANTASMAS se titulaba la tercera historia—también una auténtica historia de fantasmas; era un relato metaficcional que escribí hace unos quince años...   que recuerdo vagamente, lo guardaba encriptado en un disquete. Describía una escena con unos amigos en la casa de campo a donde íbamos tantas veces, con nombres reales (de ahí la encriptación supongo), una velada de las que hacíamos en torno al fuego del hogar, hablando por hablar, —hablando de fantasmas, a lo que se prestaba el caserón oscuro, y de hecho lo hacíamos muchas veces, no sólo en el cuento. Pero esta vez la historia de fantasmas que contábamos en el cuento se desvanecía de repente para dejarnos sólo con los personajes como voces lejanas, palabras medio recordadas, y presencias fantasmales para el escritor que no estaba mirando el hogar y hablando de fantasmas, sino evocándolos o invocándolos, a ellos y a un tiempo pasado para siempre, en el papel.

 También un fantasma, claro, era el escritor.
Y ahora también el relato lo es, perdido porque lo encripté en su momento, y fue víctima de una incompatibilidad informática. Queda aquí su forma fantasmal, si se quiere. No andamos escasos de apariciones, ni de desapariciones.

 
 
 
 
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