miércoles, 10 de mayo de 2017

La relación en busca de pureza


Zygmunt Bauman comenta el amor confluyente de las relaciones postmodernas tal como lo definía Anthony Giddens en The Transformation of Intimacy. Este amor en busca de pureza (el amor de los que trabajan en su relación, y la dejan cuando el otro deja de trabajar) es para Bauman un amor líquido, o flotante. Bauman, que (como la postmodernidad) todo lo liquida:


Lo primero que ha desechado la relación en busca de pureza son las ataduras del deber moral: ese acto medular de toda moralidad, mi responsabilidad—ilimitada—con el Otro. Únicamente cuando se ha desechado la responsabilidad es posible buscar, y practicar, el escape de las aporías del amor por medio del recurso de flotación. En mi responsabilidad por el otro, ser responsable de mi impacto en el Otro representa un papel crucial, incluso el papel unificador. Asimismo, es necesario considerar los efectos del "alcance" de mi caricia; quizá solicité reciprocidad en el amor, logré que mi pareja se abriera hacia mí, quizás hice a mi pareja dependiente de mi respuesta a su respuesta a mi caricia. En este caso, mi responsabilidad aumenta, en vez de disminuir en el curso de ejercerla: las exigencias morales crecien cuando se obedecen, al igual que el apetito aumenta al comer. El rastro de la historia amorosa se engruesa y amplía con el tiempo, y resulta cada vez más difícil de borrar. Mis deberes morales con mi pareja enamorada se multiplican y agrandan como consecuencia de mi amor. Yo soy responsable de los efectos de mi amor, aun cuando no tome en cuenta, como ocurre con una pareja en una "relación pura", mi responsabilidad por los "efectos colaterales" derivados de mi amor (por ejemplo, hijos, los más obviamente afectados por el vaivén del "amor confluyente" de sus padres). Mi amor es consecuencial, y lo acepto junto con las nuevas y cada vez mayores responsabilidades derivadas de él. No obstante, la forma posmoderna de intimidad es posible tan solo si se niega la condición de esta consecuencialidado su importancia conativa, o bien se rechaza su autoridad.

Las relaciones puras —porque son puras en el sentido antes mencionado— y el amor confluyente —por ser confluyente— se "viven" como episódicos, al margen de su duración. El que se vivan como "episódicos" significa, desde luego, que no se da por hecho que ddurarán "hasta que la muerte los separe" y se manejan en congruencia: que se piensan con un inminente, si bien por el momento indefinido, punto final; y que existen en todo momento de su duración, "en tanto no suceda lo contrario". Pero tener un carácter episódico sginifica también algo más: a saber, que lo que suceda hoy no compromete el futuro, que nada sólido está sedimentado, que la cercanía de la pareja no se "acumula" con el tiempo, sino que más bien se extingue con la intimidad de momentos sucesivos. En otras palabras, significa que no tiene consecuencas— por lo menos, no consecuencias duraderas—; esto es, una consecuencia que dure más que "obtener satisfacción".

La ambivalencia de la fijación, como ya vimos, consiste en mostrar simultáneamente las perspectivas de seguridad y dependencia servil. La ambivalencia de la flotación, por el contrario, consiste en combinar la promesa de libertad con el espectro de la inseguridad. Con demasiada frecuencia, el que una de las partes recupere su libertad desmorona las oportunidades de la otra. El amor flotado deja una gruesa estela de dolor.

Mas la ventaja de la flotación reside no sólo en la posibilidad de escapar de manera unilateral de un involucramiento amoroso demasiado atormentado; si esto fuera lo único que lograra la flotación, el escape no habría sido una propuesta atrayente ni un genuino escape, ya que el precio, en términos de responsabilidad moral herida —quizás enmudecida por las convenciones del amor confluyente pero en realidad nunca extinguida— resultaría demasiado alto para las ganancias que se consideraron dignas de hacer la prueba. La ventaja de la flotación es real únicamente si el derecho de la renuncia unilateral se extiende sobre la naturaleza moral de la relación; en otras palabras, si cada una de las partes no sólo termina la relacio´n amorosa sino anuncia la insignificancia moral del acto, así como la insignificancia moral del ahora lejano Otro.

Al final del amor confluyente, esta condición de irrelevancia moral únicamente puede darse con un acto que es en sí inmoral. Como insistió Lévinas en tantas ocasiones, la justificación del dolor del Otro es el inicio y la médula de toda inmoralidad, y las convenciones de relación pura están construidas de tal manera que convierten el derecho a la libertad de escapar en la justificación del dolor de la persona de la que se ha escapado. Por otra parte, o más allá de los límites del amor confluyente, se extiende un mundo en el que las reglas de etiqueta y normas de procedimiento sustituyen a los impulsos morales, y en el que la mayoría de los actos cotidianos no están sujetos a censura moral. Para los amantes, empero, el único comino que conduce hacia ese mundo está pavimentado con la crueldad de un acto inmoral.

Cabe observar que, aun cuando el dolor impuesto al Otro, y sólo el dolor, se considera "el costo" de terminar con una relación —justificado, por otra parte, como una emancipación del yo— el yo no necesariamnte resurge de la relación en calidad de ganador. Si bien para entrar en una relación amorosa confluyente se necesitan dos —y es el volumen y la calidad de los recursos disponibles de cada uno lo que determina las posibilidades de éxito— la salida de este tipo de relación es unilateral. La negación de la consecuencialidad —la pretensión de que una relación amorosa confluyente no compromete seriamente el futuro— es un engaño de doble filo: una consolación engañosa para la parte abandonada, y un autoengaño de la que abandona. La no consecuencialidad es creíble cuando va aunada a la idea de que el fondo de "amores confluyentes" no disminuye con el tiempo (error que puede resultar muy costoso). La "relación pura", libre de "ataduras", sin obligaciones mutuas ni garantía de duración, parecería ser una oferta tentadora siempre y cuando el fondo de opciones parezca inextinguible. La riqueza de dicho fondo, empero, es tan sólo el reflejo de la amplitud de los recursos propios; cuando éstos se reducen —como inevitablemente sucede con la edad— lo mismo acontece con el fondo. Mas este descubrimiento llega, como el Mesías de Kafka, un día después de su llegada.

Consideramos que ambas estrategias para escapar a la aporía del amor son deficientes. Su propia ambivalencia —medida por la ambivalencia de sus efectos, anticipados o mprevistos— no es menos intensa e inquietante que la que intentaron resolver, o al menos mitigar. Aún más, cada medicina comprobó su eficacia en el tratamiento de un padecimiento particular, pero demostró ser letal para la integridad del amor. La fijación amplía la vida del amor, mas sólo como una aparición que ronda sobre la tumba; la flotación, en cambio, cancela el irritante vínculo entre la estabilidad y la falta de libertad, pero sólo a expensas de impedirle al amor adentrarse en profundidades en las que, de otra manera, se sumergiría gozoso a pesar de los peligros. Todo parece indicar que el amor no puede sobrevivir a los intentos por curar su aporía; puede durar, como amor, sólo junto con su ambivalenia. Tanto en el caso del amor, como en el de la vida misma, la historia se repite incesantemente: sólo la muerte no es ambigua, y escapar de la ambivalencia es la tentación de Tánatos.

(Zygmunt Bauman, Ética posmoderna, cap. 4)

confluent

Meat Loaf lo decía de otra manera más concisa y menos elaborada, pero igualmente expresiva:

Waiting for the end of time
—there's nothing I can do—
Waiting for the end of time
So I can end my time with you.



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