martes, 28 de marzo de 2017

Retropost #1529 (28 de marzo de 2007): PSOEicoanálisis de la Castración Trascendental


El Autobús Naranja ha reabierto un debate, sobre si los niños tienen pilila o no—una cuestión que supone una Incitación al Odio, para la izquierda PC/PSOE y su socio asociado el PP; o quizás una Incitación a lo Obvio, según Vox. Se ha observado poco que la duda deriva de una ley aprobada hace 10 años por el PSOE, sustituyendo ´sexo´ por ´género´ a efectos legales, pero llamándolo igual ´sexo´. ¡Caos y confusión! Retomo un artículo de entonces para enredar los razonamientos homomatriarcales.

Me tiene un poco intrigado la jurisprudencia semiótico-sexual del gobierno Zapatero. Leía últimamente la Ley para la Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres—menos portentosa de lo que su título permitiría suponer, puesto que (de manera sólo aparentemente paradójica) descansa esa igualdad en la desigualdad.  Hombres y mujeres han de ser iguales, y ha de asegurarse su igualdad por ley... precisamente porque no son iguales. Lo que produce, sin embargo, toda una serie de interesantes paradojas...  Asegurada la igualdad por ley, y prohibida la discriminación por razón de sexo, ¿no sería la propia ley (de igualdad) ilegal, al hacer referencia a hombres y a mujeres, términos prohibidos por la ley? Si (por ejemplo) hay que asegurar la presencia equilibrada de hombres y mujeres en un tribunal, ¿no estamos introduciendo un criterio de discriminación sexual a la hora de nombrar miembros/as (members) para ese tribunal—y presuponiendo quizá, hecho injustificable, que esos miembros y miembras votan por preferencias sexuales y no estrictamente disciplinarias—lo cual nos conduce a un regressus in absurdum?

No dudo de que la Ley para la Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres vaya a hacer mucho bien, y mucho mal también seguramente, dando una vuelta de tuerca más a la interpretación. Como lo haría, sin lugar a dudas, una Ley con el mismo título pero más radical, que eliminase definitivamente las categorías "hombre" y "mujer" de la legislaciónuna opción sin duda tentadora para el legislador, pero que se toparía mucho más de narices con la realidad. Aquí, como siempre, la diferencia sexual nos lleva a su perpetuación y proliferación, en el acto mismo de intentar controlarla o suprimirla.

En lugar de esa utópica supresión, esta ley ha de entenderse en conjunción con otras leyes de política sexual del gobierno, como la reforma de la ley del matrimonio (con el famoso "matrimonio unisexual"), y la ley de identidad sexual (o "transexualidad sin operación"). Son operaciones semióticas que abandonan decididamente el terreno del sexo para adentrarse a abonar el terreno de su representación semiótica o género. Podríamos decir por tanto que presuponen estas operaciones (virtuales) una teoría de la representación, toda una semiótica de la identidad, y de la referencialidad; una semiótica postmoderna radical, que es lo que designo como el "PSOEicoanálisis de la Castración Transcendental". En sustancia, se trata de eliminar el sustrato referencial del signo, y dejarlo en su valor puramente representacional, como un significante flotante que no refiere sino a sí mismo. Es una teoría del Falo Semiótico Identitario desgajado de toda apoyatura corporal—de ahí el nuevo sentido recargado que adquiere aquí la noción psicoanalítica de castración. Hombre y mujer devienen meros disfraces genéricos (si no lo eran ya), efectos de maquillaje sobre un cuerpo indefinido y plásticamente moldeable por la semiosis, el maquillaje, la cirujía y la ley, en un totum revolutum de semiosis identitaria en vuelo libre. Esta flotación dada a los signos tiene, cómo no, consecuencias más amplias para toda interpretación (textual, situacional).

Estoy releyendo (en Muller y Richardsdon, The Purloined Poe) las oscuras especulaciones de Lacan y Derrida a cuenta del cuento de Poe "La carta robada". Es una batalla por la interpretación donde Poe es sólo parte del campo de batalla; otra parte es Freud. En efecto, Lacan sugiere que la carta robada del cuento, la que tiene a todo el mundo a vueltas con los secretos político-sexuales que oculta, y que está escondida a la vista de todo el mundo (como su sentido quizá)—esa carta es una alegoría o efecto textual de la lógica freudiana del Falo como efecto simbólico constituido por (y constituyente de) la diferencia sexual.

En palabras de Barbara Johnson, que reinterpreta las interpretaciones de Lacan y Derrida, existe el peligro, en la explicación freudiana, de llegar por medio de este Falo Semiótico a una síntesis armoniosa del deseo—algo que nunca puede darse por hecho ni por seguro:

El proceso se centra en el falo como el lugar de ubicación del lugar de la diferencia sexual; cuando la observación de la falta de pene de la madre se une a la amenaza de castración del padre como castigo por el incesto, la criatura pasa de la alternativa (tesis frente a antítesis; presencia frente a ausencia de pene) a la síntesis (el falo como señal del hecho de que la criatura puede entrar en el circuito del deseo sólo asumiendo la castración como la presencia y ausencia simultánea del falo; es decir, asumiendo la castración como la presencia y ausencia simultánea del falo, es decir, asumiendo el hecho de que tanto el sujeto como el objeto de deseo serán siempre sustitutos de algo que nunca estuvo realmente presente. (Barbara Johnson 224)

O, por decirlo en palabras del propio Derrida, el falo

no puede desempeñar su papel sino velado, es decir, en tanto que siendo él mismo signo de la latencia que aflige a cualquier objeto significable desde el momento en que queda elevado (aufgehoben) a la función de significante.
El falo es el significado de esta Aufhebung misma que inaugura (inicia) con su desaparición. (Derrida, en Barbara Johnson 224).

Me desagradan en realidad este tipo de especulaciones semiótico-psicoanalíticas que vienen a fundar la inauguración de  toda significación en la diferencia sexual; tienen, creo, las prioridades mal puestas, por establecer prioridades (entre sexualidad y significación) allá donde no hay prioridades. Para mí, sexualidad y significación se constituyen por la articulación y complejificación de signos, y signos de signos, pero no hay manera creíble de fundar un origen de la significación en el falo—parece un poquito interesado u obsesivo de más, ese interés, un poco como si el investigador o psicoanalista quisiera asegurar la importancia trascendental de su falo—y la teoría se convierte a la vez en síntoma de lo que pretende explicar.

Pero hay que concederles que en tanto que teorías de la diferencia sexual al menos se ocupan de un pequeño objeto al que se concede una importancia transcendental en la simbología social y en la organización del orden humano. Sirva eso de justificación para la atención pasajera que les prestamos—a estas teorías y al Objeto en cuestión.

Dicho esto, volvamos a la crítica derrideana de la fálica teoría de Lacan—a lo que podríamos llamar la falibilidad del falo.

La carta robada, alegoría del significante, es una alegoría del falo transcendental. Esta teoría, como bien señala Barbara Johnson, ya estaba bien desarrollada en la lectura de Poe que hace Marie Bonaparte (la freudiana literalista por excelencia) de la que se burla Lacan:

Para Bonaparte, era precisamente la analogía entre la chimenea y el cuerpo femenino lo que llevaba a la función fálica de la carta. El falo se consideraba un referente real, anatómico, que servía como modelo para una representación figurativa. El marco de referencia de Bonaparte, pues, era la referencia misma.
   Para Derrida, sin embargo, el marco de referencia del falo es la manera en que la "teoría psicoanalítica" conserva el status referencial del falo en el mismo acto de negarlo. Comentando la la discusión de Lacan en "El Significado del Falo", Derrida escribe:
El falogocentrismo es una cosa. Y lo que se llama hombre y lo que se llama mujer podrían estar sometidos a él. Tanto más, se nos recuerda, cuanto que el falo no es ni una fantasía ("efecto imaginario") ni un objeto ("parcial, interno, bueno, malo"), aún menos el órgano, pene o clítoris, que simboliza [Lacan, 1969, 690]. El androcentrismo debería pues ser otra cosa.
Y sin embargo, ¿qué sucede? Todo el falogocentrismo se articula sobre el punto de partida de una determinada situación (demos a esta palabra todo su peso) en la que el falo es el deseo de la madre en tanto en cuanto no lo tiene. Una situación (individual, perceptual, local, cultural, histórica, etc.) sobre la base de la cual se elabora una cosa llamada "una teoría sexual": en ella el falo no es el órgano, pene o clítoris, que simboliza; pero en gran medida y en primer lugar sí simboliza el pene. . . .  Había que seguir la pista a esta consecuencia para reconocer el sentido [dirección, sens] de la carta robada en la "trayectoria que le es propia" (1975a, 98-99).
Así, dice Derrida, es la misma no-referencialidad del falo, en última instancia, la que asegura que sea el pene su referente. (Barbara Johnson, 239, trad. mía)

De aquí extraen Derrida y Johnson la necesaria interdependencia entre el sentido del signo y el marco de interpretación aplicado, un marco de interpretación que siempre deja huellas, haciéndose así vulnerable a una interpretación posterior.

Parece pues que el marco de referencia teórico que gobierna el reconocimiento es un elemento constitutivo de la ceguera de toda lucidez interpretativa. El marco de referencia permite que el analista deje atrapado en su montaje (frame) al autor del texto que está leyendo, como culpable de prácticas cuyo lugar de ubicación está a la vez más allá de la letra del texto y más allá de la visión de su lector. El lector queda atrapado en el marco de su propio montaje, pero ni siquiera está en posesión de su propia culpa, ya que es lo que impide que su visión coincida consigo misma. Al igual que el autor de un montaje criminal (frame) transfiere la culpa de sí a otra persona dejando señales que espera sean leídas como huellas o referentes del otro, insuficientemente borrados, así el autor de cualquier crítica queda él mismo atrapado en el montaje que monta para el otro, por muy culpable o inocente que pueda ser el otro. (Barbara Johnson 240)
Y así nuestras propias interpretaciones nos retratan, y nos hacen, y transforman el objeto interpretado. (Presenté un análisis ligeramente distinto de esta sucesión de marcos o montajes interpretativos, también con referencia a Poe/Lacan, en este artículo: "Retroactive Thematization, Interaction and Interpretation: The Hermeneutic Spiral from Schleiermacher to Goffman").

Aplicación, en síntesis, a la Semiótica Gubernamental, y corto ya el rollo:

Primero, que la impulsión de la diferencia sexual en el orden político reduciéndola al orden de categoría no natural, sino meramente institucional (con el matrimonio unisexual, con la ley de identidad sexual) supone lo que Baudrillard llamaría una satelización de la semiosis, jugando a su propio juego, volviendo la relación entre el Falo y el Pene todavía más indirecta, semiotizada e indeterminada, problematizando el orden sexual preexistente en la Humanidad...

– y por tanto, (Segundo) es un ejercicio descontextualizado de semiosis en vuelo libre, que corre el peligro de volverse intraducible a las categorías semiótico-sexuales utilizadas por el resto del mundo.

Tercero, que la interpretación que se haga de esta purloined letter, de este pequeño objeto a, no es en ningún caso neutral, sino que está ella misma situada (—no hay metalenguaje—) y sitúa a su vez a quien la interprete. Es (obviamente) un objeto de debate que es transformado por el mismo debate,  y sitúa y transforma a quienes debaten.

Cuarto, que aún está por explorar la conexión entre este vuelo libre de la semiosis y la hermenéutica textual del gobierno, en concreto su hermenéutica jurídica. Sólo dos notas en este sentido:

a) La ley del matrimonio unisexual se basó, en efecto, en una hermenéutica textual en vuelo libre, desgajada de elementos tales como la intención del legislador, el contexto habitual de interpretación, o la tradición histórica: pasó a presuponerse que la Constitución garantizaba el derecho al matrimonio unisexual, cuando una interpretación más contextualizada históricamente hubiera interpretado lo contrario, a saber, que la Constitución presuponía la necesaria bisexualidad del matrimonio. Aquí, como en otros casos, es "la letra" de la ley lo que se quiere cumplir, y no el espíritu, declarado inexistente, o mero efecto de la letra (en la práctica, una negación performativa de la pragmática situacional).

b) Como efectos subsiguientes de esta teoría jurídica (y de su implementación práctica en el Tribunal Constitucional) cabe suponer que se llevará más adelante el principio proclamado en El País de que "en una lectura adecuada de la Constitución cabe casi todo"—es decir, que la Constitución no significa nada en sí misma, sino que es (como el referente de la identidad sexual) infinitamente moldeable por sus lecturas. Por las adecuadas y por las inadecuadas—por las buenas y por las malas, una diferencia ésta puramente teórica, y que deja en realidad de tener apoyatura en la jurisprudencia.

Quinto, que no está descartado que, en España como en otros sitios, las palabras (y los signos) signifiquen no tanto lo que dicte el libre juego de la semiosis social, cuanto lo que ordena el jefe que signifiquen. El efecto Alicia, que señala Gustavo Bueno, o más bien el efecto Humpty Dumpty. Con finales a veces desastrosos—All the King’s Horses And All the King’s Men...


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