sábado, 26 de noviembre de 2016

Retropost #1234 (26 de noviembre de 2006): El nuevo régimen de la escritura pública



Interesante artículo en el New York Times sobre los rectores y directores de centro que abren un blog. A veces hasta con comentarios; qué atrevidos. Claro que van con bastantes pies de plomo en lo que escriben, faltaría más. 

Un blog puede ser cualquier cosa, o sea que "abrir un blog" en sí no quiere decir nada. Puede ser desde una sonrisa profidén que muestre la cara oficial (y perfecta por tanto) de la Universidad, hasta una cosa obscena, impresentable en público, y que metería a un personaje con cargo de gobierno académico en una serie de problemas que harían parecer chiquitos a los que ya tienen de entrada.

Yo no tengo ningún cargo, y sin embargo sé que llegará el momento en el que el blog me cree algún tipo de problemas profesionales, no sé si serios o no. Para saberlo no hay que ver sino la hiperprudencia con la que un medio de comunicación tan fascinante como éste (me refiero ahora a los blogs en general, no sólo al mío) ha sido recibido en la pacata universidad. Los académicos, con muy contadas excepciones, no se abren blogs. Y de hacerlo, optan naturalmente por el blog especializado en un tema (en los blogs, por ejemplo, o en los libros), no por el blog blog, esa cosa que va de todo y de nada. Supongo que mucho es cuestión de carácter, o de unos rituales de vigilancia mutua que ya se internalizan desde los tiempos del aula. Vigilancia mutua, digo, y a la vez miedo a la vigilancia mutua, que las dos cosas van juntas. Tampoco creo que sean cosas exclusivas de los académicos, claro. En cualquier pequeña sociedad laboral puede resultar la convivencia alterada cuando no se observan de la manera acostumbrada las pequeñas hipocresías que hacen tolerable la vida en sociedad y van engrasando los mecanismos del trato comunicativo.
Mortadelo blog
No digo que los blogs escapen a este régimen de vigilancia, secretismo, y de verdades oficiales. Lo observan a su manera, por supuesto. Yo, por ejemplo, no me pongo aquí a pregonar todo lo que se me pasa por la cabeza ni a decir lo que pienso de todo el mundo con nombres y apellidos, faltaría más. Se siguen protocolos. A lo que voy es que la existencia de los blogs hace que los protocolos se desplacen, siquiera ligeramente (ligeramente de momento, al ser pocos los blogs; más a medida que vaya cogiendo fuerza este nuevo régimen de la escritura pública).

Como sucedió con el correo electrónico, los blogs alteran el orden existente entre la oralidad y la escritura. Hay dos dimensiones importantes: cuestiones de tono, informalidad e intimidad, y cuestiones de accesibilidad y publicidad. En el caso del e-mail, se ha comentado mucho la manera en que se incorpora de una nueva manera el lenguaje hablado a la escritura; los protocolos escritos tradicionales de las cartas quedan trastocados, y a veces los intercambios se aproximan mucho más a una conversación informal. Lo cual puede acarrear problemas de protocolo comunicativo, cortesía... También en los blogs la informalidad espontánea con que se redactan puede resultar ofensiva o descortés para muchos, aunque no sea más que por la superposición de temas y de perspectivas que se dan en el blog blog, y no digamos por la posibilidad de comentarios anónimos públicos... Los trolls, desde luego, explotan todas las posibilidades de descortesía que tiene el medio, dándole al bloguero, digamos, taza y media de su propio caldo.

Pero aún más que las cuestiones de tono, el régimen de las comunicaciones queda alterado por el nuevo acceso a la comunicación múltiple y masiva por parte de los individuos. Aún recuerdo la ira de un anterior director de departamento nuestro al descubrir que no tenía manera de controlar las comunicaciones por correo electrónico, y que de la misma manera que él podía enviar a todos los colegas una circular, podía hacerlo yo mismo con un mensaje que quisiese comunicarles, y sin solicitar su autorización. Casi temor reverencial despiertan las posibilidades de esta nueva situación: de ahí que sean contadísimos los casos, por ejemplo, en los que alguien envía una comunicación de carácter dudoso o problemático a una lista de distribución. (Un problema de esa índole dio lugar a la creación del Rincón de Opinión de la Universidad de Zaragoza, donde casi nadie menos yo mismo opina). Otro ejemplo de este temor reverencial al nuevo régimen comunicativo podría ser que a pesar de ventilarse en mi blog cuestiones polémicas a veces sobre cuestiones de trabajo, y ser bastante bien conocido (y el único medio público en el que se habla de estas cuestiones) jamás ningún colega pone comentarios ni a favor ni en contra de mi opinion (ni siquiera anónimamente, creo). Podría interpretarse como un caso de "a palabras necias, oídos sordos", claro, pero creo que no cabe la cuestión en esos términos únicamente. Existe miedo, miedo por una parte a la opinión libre en la Universidad, y miedo por otra al nuevo régimen de comunicaciones, por lo que tiene de desconocido, de protocolos fluidos, de identidades problemáticas, de consecuencias imprevisibles.

Hasta hace poco, que algo apareciese por escrito y en público requería que el interesado dispusiese de imprenta y servicio de distribución propio, o que fuese el director de un periódico—o que el escrito fuese filtrado previamente por los protocolos editoriales y censura preventiva de los periodistas y editores. Por ejemplo, a mí hace unos años, durante una huelga, un grupo de matones sindicales bloqueó la entrada a la Facultad y me impidió entrar. Yo dirigí una carta de protesta al Rector, que fue ignorada, y al director del Heraldo de Aragón; también fue ignorada, a pesar de que al director del Heraldo, que era profesor de la Facultad, le podía haber preocupado que grupos de matones bloqueasen la entrada a su Facultad. O el Rector podía haber protestado ante los sindicatos en cuestión, como yo le sugería. El caso es que se consideró irrelevante (—matones, pschá); y ahí quedó la cosa, y yo con mi enfado. Hoy por lo menos lo ventilaría en mi blog, y con eso que me quedaría probablemente, pero al menos mi narración de los hechos no habría sufrido la censura previa a su publicación. 

Claro que aunque en los blogs la expresión sea más libre, no es que carezcan por completo de mediación. Y también antes uno podía fotocopiarse octavillas, o escribirlas a mano, y repartirlas en la vía pública para dar a conocer sus opiniones, con lo cual se convertía en un personaje mentalmente desharrapado y de dudosa reputación. Los blogueros que despotricamos demasiado nos vemos relegados un tanto a ese papel, sobre todo si nuestras quejas se vuelven personales. Una nueva tecnología no supone de por sí una alteración súbita del sistema de jerarquización del valor de las enunciaciones. Y sin embargo el nuevo régimen de la escritura y de las comunicaciones existe, y no puede sino influir en ese orden público de la comunicación. Los blogs no van a desaparecer: en todo caso se van enriqueciendo, volviéndose multimedia, incorporando sonido, imágenes, con sistemas de tratamiento también cada vez más personalizados (como ha sido personalizado el sistema de publicación). Así que me temo que la estrategia de hacer como que no existen... tiene un recorrido limitado. Predigo, en su lugar, que pasaremos a una mayor regulación de los protocolos, como ha hecho la BBC (Pink Blogging Allowed). Los profesionales viviremos en China, con obligación de identificarnos in propria persona en los blogs. Y se establecerá de modo detallado qué tipo de expresiones, contenidos, alusiones, imágenes y temáticas son aceptables. 

Los pies de plomo con los que la academia (y la empresa, pronto lo mismo) han recibido las nuevas tecnologías (ni hablar, ni ver, ni oír), son ya una anticipación de ese Nuevo Orden, que será, en muchas cosas básicas, parecido al viejo. El Gran Hermano de Orwell no es una cosa del pasado, de 1984. Es, como bien sabía Orwell, una cosa del presente, y del futuro que nos espera siendo el presente el que es. 

  

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