jueves, 27 de octubre de 2016

Retropost #1197 (27 de octubre de 2006): Espinosidades


Hasta hoy mi único contacto (o no contacto) con el novelista murciano Miguel Espinosa era que estando yo haciendo la mili allá por los ochenta, hice un viaje a Murcia, y el cabo de mi regimiento (el cabo Fiestas, se llamaba) me pidió que, si podía, le comprase unas novelas de Miguel Espinosa (Escuela de Mandarines, La Tríbada Falsaria: Tractatus Theologiae, La Tríbada Confusa)—si se podían encontar en Murcia. No se encontraron, y hasta hoy.... Pero después de oir esta mañana una conferencia de Fernando Rodríguez de la Flor, tengo que volver (¿a Murcia? ¿a Internet?) a intentarlo, y leerme al menos Escuela de Mandarines.

Habla Rodríguez de la Flor de "Miguel Espinosa: la construcción de la disidencia intelectual en la Transición española": de la Transición como "época", ambiente estético e ideológico, y de sus discontents, por razones personales (es decir, profundamente políticas). Como otros, a Espinosa le repugnaba el franquismo ambiental, en especial el de la academia donde fracasó por "incompatibilidad de caracteres" con la dictadura y sus heideggercillos universitarios; se mantuvo como comerciante, despotricando lleno de asco contra la mentalidad pequeñoburguesa de la cultura española franquista (ya se sabe: la de Franco en su mesa camilla escuchándose a sí mismo por la tele). Pero la Transición tuvo mucho de transición imperceptible, para mucha gente; la Academia, profundamente infiltrada por el Régimen, tenía unas actitudes y maneras de hacer que se han venido perpetuando. La Escuela de Mandarines que escribió Espinosa es tan aplicable a los aprovechados del Nuevo Régimen como a los del Viejo. Para Rodríguez de la Flor esta comparación de la mecánica del poder político-administrativo, de los mecanismos de exclusión y del control mental en España con los de un arcano imperio chino es una maniobra retórica poderosa y en cierto modo tradicional de un cierto tipo de disidente... para mi sorpresa mientras oigo a Rodríguez de la Flor me encuentro a mí mismo entre los que han recurrido a una modalidad de argumentación, la chinoiserie, recurrente entre los críticos del eterno status quo.
 
Los disidentes más radicales de Franco, aquellos a quienes les producía náusea de la que estremece la médula espinal, no son los que mejor se suben al carro de la transición. Son tipos raros, tipos atípicos—que si el Savater del Panfleto contra el Todo, que si Gamoneda, que si Espinosa, que si García Calvo, que si Juan Goytisolo... y cuando ven que empiezan a ser masa los enemigos de la Buena Gobernación, les recuerdan que tampoco están, necesariamente, con ellos por estar contra el gobierno. El disidente que disiente desde lo más hondo puede acabar aislado, autoexiliado en sitios como Zamora o Murcia, o loco quizá, o le da un infarto. O está siempre enfadado, recuerda a Quevedo; igual es un conservador después de todo, o un ególatra, o un místico cuando estas cosas no se llevan ni tienen que llevarse. Espinosa, rébarbatif, espinoso, no se adecúa a los "nuevos tiempos", a la España de la prosperidad y el consumo. La rechaza en nombre de un ascetismo o misticismo extraños, fuera de tiempo, no muy creíble o posible. Desde luego, sin efectos políticos identificables. Nos recuerda Rodríguez de la Flor que los burgueses contra quienes despotrica Espinosa somos nosotros; no nos lo apuntemos tan pronto como "role model" al disidente, que igual salimos trasquilados. Somos nosotros los burgueses. Y quizá ellos también, los disidentes, quizá están en una posición ridícula, imposible; imposible separar el acierto del ridículo en su caso—quizás en el nuestro. Y otra cosa que me ha gustado del análisis de Rodríguez de la Flor: cómo quizá estos descontentos del régimen, los antifranquistas que denuncian también al emperador desnudo de la transición, acaban encerrándose en una política esteticista, quizá no a primera vista, pero sí en profundidad, por su anarquía del espíritu, su altanero desprecio a la vulgaridad de la que todos participamos, y, finalmente, quizá, incluso su interiorización de uno de los ideales del enemigo, del franquismo: la autarquía, esta vez trasladada al plano individual, como un magnífico aislamiento frente a las servidumbres del espíritu y las mediocridades del mundo. Un poco como el dios de Espinosa—otro heterodoxo ambiguo, a quien cita Espinosa. No descartemos que ambos sean a la vez disidentes, inconformistas, librepensadores, y conservadores.

Espinosa mismo decía que al morir Franco no sólo había muerto el Caudillo, sino una época, y con ella los que a ella pertenecían, ya por seguidismo, ya por oposición... contra Franco estaban mal, y luego ya no saben si están mejor o peor: pues ven que el franquismo al que se oponían no es un franquismo del cual se pueda purgar al cuerpo político. Y sólo les queda reintegrarse a la política, con sus servidumbres, o hacerse anacoretas y comedores de langostas (ya no de langosta). O volverse viejos cascarrabias y solitarios. O que les dé un infarto.





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