viernes, 21 de octubre de 2016

Retropost #1186 (21 de octubre de 2016): El diablo se viste de Prada





(The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006). Es arquetípica al menos desde Great Expectations la narración del jovenzuelo aspirante a una brillante carrera social que abandona sus raíces y viejas amistades para volverse un modelno insoportable en la vida falsa del glamur y el bisnes... hasta la gran crisis y el retorno humilde y enseñado. Es, con otra variante, la historia que se cuenta en canciones como Blue Kentucky Girl o Streets of Baltimore. Una variante americana moderna lleva esta historia hacia la ética laboral y empresarial donde se cruza con el proyecto vital del protagonista: Wall Street, Crossing Delancy, Tienes un e-mail, etc. Hace poco también comentaba aquí una bonita versión reciente en In Good Company.

Pues de lo mismo va El diablo se viste de Prada: jovenzuela aspirante a periodista, que ha de encontrar la autenticidad (ay, la búsqueda de la autenticidad en el sistema de clases... pues no tiene tradición ni nada eso, en la novela inglesa). Esto es en Nueva York, ya se sabe, bright lights, big city, y de cómo nos deslumbra. Al final acaba trabajando en periódico tradicional e intelectual de la urbe, pero eso es tras pasar por una fase de secretaria en una revista de modas tipo Vogue (que ya se sabe que hacen perder la cabeza hasta a las vicepresidentas). La chica se las promete muy felices, pero para hacer carrera ha de vender el alma al diablo... cosa muy frecuente, claro, entre quienes quieren hacer cualquier tipo de carrera, especialmente meteórica, despegando por la runway hasta la jet-set de tu profesión.

El diablo que se viste de Prada es la directora de la revista—Meryl Streep, que está, como siempre, genial, en un personaje de los que le van, una jefa venenosa, con tensión interna acumulada, tiránica, perfeccionista y workahólica, que vive para su trabajo y para ser la top of the top, y tener a todos bailando a su son. Le gusta además ver cómo los demás se venden por las zanahorias profesionales que les ofrece; es en realidad, seguramente, uno de sus mayores placeres ver cómo para hacer carrera venden su integridad y traicionan a sus principios y colegas. El poder: la felicidad de ver a los demás hacer no lo que quieren (incluso lo contrario de lo que quieren), y verlos haciendo lo que tú quieres hacer con ellos. Lo dicho, el diablo sobre la tierra, y desde luego que puede vestirse de Prada, de hecho tiende especialmente a vestirse de Prada y a vivir en un mundo de pura imagen: que eso es el poder, el poder proyectar tus imágenes por todo el mundo hasta que desplazan a la realidad y la rehacen a su medida: un microclima donde el Jefe es el rey del mambo, el centro del universo.

Pero la chica periodista recapacita, ve la senda errónea que tomaba, y deja de contestar a las llamadas de su jefa. No como el brazo derecho de la Streep, que va a seguir siendo el factótum hasta el fin de sus días... Así que final feliz; se incluye en él el rechazo al indeseable galán tentador y sus cafeterías de diseño, y el regreso con el novio de toda la vida al que habia cambiado por el empleo megafashion (aunque este final queda un poco abierto, para que imagine el personal, caso frecuente últimamente, como en The Break-up o Eternal Sunshine of the Spotless Mind). También podrá volver la chica a llevar la talla 38, que es la que le pedía su cuerpo, en vez de la 36 que exigía la empresa; y Prada que compre el que quiera, o el que pueda, o el que quiera matarse por ello. Una historia de género, vamos, que se repite porque debemos tenerla mal aprendida, y se seguirá repitiendo cada vez más, supongo. Venderle el alma al trabajo es venderle el alma al diablo, y todos lo hacemos en una medida u otra. Como dice la Streep, si no llevamos Prada, llevamos la Prada de hace diez años atrás, rebajada y pasada por el mercadillo. Pero en fin, siempre aprieta menos que la talla 36 de pasarela.





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