lunes, 19 de septiembre de 2016

Retropost #1146 (19 de septiembre de 2006): El derecho a la blasfemia


Vienen los noticiarios alterados con la famosa Yihad, con Al Quaeda amenazando con atentar contra el Papa. Evidentemente el Papa no calculó las consecuencias de su discurso sobre la irracionalidad de la guerra santa, pero quién puede calcular las consecuencias de las palabras de uno en la irracionalidad del vecino. En lo fundamental tiene razón aquí el Papa: que la religión no puede ser ajena a la razón, ni justificar la violencia.


Y, traduciendo, pues evidentemente no comparto ni el lenguaje ni los presupuestos del Papa, lo entiendo yo así: la religión debe estar sometida a los límites de la racionalidad social que posibilita la convivencia. Es decir, nada de religiones violentas, atentados, etc. Que proteste cada cual lo que quiera por las caricaturas de Mahoma o por los Cristos asados por ateos bromistas, mientras lo haga ateniéndose a la ley, que es la expresión de la racionalidad social (por imperfecta que sea a veces). Así pues, el límite que pone la racionalidad es el siguiente: puedes asar tu cristo si quieres, o quemar tu bandera norteamericana, si te la has comprado; a mi cristo y a mi bandera norteamericana déjalos tranquilos. La libertad de expresión, y de crítica a las irracionalidades del vecino, debe estar garantizada; lo que no debe estar garantizado es el derecho a la coacción; tampoco puede estar garantizado el derecho a no ser ofendido más que en los límites establecidos por la ley (no por tu credo). Y si nos creemos infamados, insultados, etc. por las expresiones de los demás, hay tribunales para denunciarlo y determinar si se ha atentado contra nosotros o no. Bastante oprimen las religiones el pensamiento de sus fieles, sólo faltaría permitirles que extiendan sus dogmas a los infieles. Ahí sí que tendríamos la Jihad montada: menudo guirigay de prohibiciones entrecruzadas habría al haber varias religiones, si no se sometiesen a una racionalidad común que les ponga límites a sus pretensiones (que siempre serán las de sentar la verdad absoluta de unos pocos, para todos). Y a cuidar que los ofendidos no restrinjan indebidamente los límites de la expresión libre de los demás. Pero es una batalla continua, porque al ser las palabras actos, no hay límite entre el daño causado por las palabras y el daño causado por las acciones. Pero estamos situados en este debate. Y a los infieles nos corresponde no dejarnos comer terreno de libertades sólo porque los fieles se sientan heridos en sus sentimientos. Y el espacio público de Occidente, por generalizar, es laico e infiel. Católico, a Dios gracias, ya no es. Musulmán desde luego tampoco es, y esperemos que nunca lo sea.

Por supuesto, de ahí a decir que "el Islam" "nos" ha declarado la guerra, como proclama Jiménez Losantos por la radio de los obispos, va un trecho. Esta sí que es una narrativización precipitada, tergiversada y falaz de la situación. "El Islam" no tiene portavoces autorizados que hablen en su nombre y representen a todos los musulmanes. Ni siquiera tiene ese portavoz el catolicismo, por mucho que el Papa diga y dicte que lo es él.

Por cierto, hoy he expandido mi artículo sobre la narratividad, donde escribo más sobre narraciones, contranarraciones, y debates ideológicos. Evidentemente, todo el mundo nos quiere vender su narración. Pues en lugar de comprar sin más la narracion, o la moto, del vecino, hay que analizarla, y ofrecer una contranarración que articule mejor cuáles son los hechos desde nuestro punto de vista. Que nunca coincidirá totalmente con el del vecino, porque si lo hiciese sería que estábamos en sus zapatos.

Así pues, no nos dejemos impresionar demasiado por los sentimientos heridos de quienes nos dicen que han ofendido gravemente a su fe, que han blasfemado contra sus creencias. En el espacio multicultural, casi cualquier acción o expresión es ofensiva o blasfema para las creencias de algún individuo o minoría. Por eso se desliga de esas creencias. La blasfemia no es delito, y esperemos que no vuelva a serlo. Hagamos de ella, como de todo lo demás, un uso inteligente y moderado, sabiendo que también nos ha de tocar oír cosas indignantes y ofensivas de boca de otros fieles o infieles.




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