miércoles, 17 de agosto de 2016

Retropost #1108 (17 de agosto de 2006): Planetas errantes, hechos brutos, y realidades virtuales



Parece ser que una convención astronómica internacional va a revisar la lista de planetas, y en lugar de los que siempre hemos aprendido en la escuela, Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón, va a dar cabida al menos a tres más: 1) al hasta ahora asteroide Ceres, entre Marte y Júpiter; 2) a Caronte, hasta ahora considerado satélite de Plutón, y que por su gran tamaño relativo pasa a formar con él un sistema planetario doble; 3) al planeta X (o sea, Xena, como lo llama su descubridor, y hasta ahora sin nombre oficial). Claro que hay otros planetas X parecidos a éste más allá de Plutón, como el publicitado Sedna, y otros pseudo-plutones, así que la lista podría alargarse... (Ver un artículo muy bueno sobre el tema en Por la boca muere el pez, ayer). [Actualización: Bueno, pues hay sorpresa. Tras el congreso, en lugar de alargar la lista de planetas, la han acortado, expulsando al pobre Plutón, y nos dejan con sólo ocho planetas, y una serie indefinida por ahora de "planetas enanos"...].

El quid de la cuestión parece ser que hasta ahora no había una definición oficial de planeta, o sea, de criterios para determinar qué es lo que es un planeta. La lista recibida de la Antigüedad ya se había ampliado con los descubrimientos debidos al telescopio, pero claro, ahí ya había cambiado el criterio por lo bajini (para los antiguos, un planeta era ante todo algo que se veía en el cielo, no algo que no se veía). Así que las definiciones implicitas o explícitas han ido cambiando según los progresos tecnológicos y el avance del conocimiento. Los planetas nunca han sido lo que eran.

Por otra parte, una definición oficial no hace sino proporcionar un ámbito institucional para determinar lo que es un planeta; y los nuevos planetas lo serán dentro de los discursos que se refieran a ese ámbito institucional: influyente sin duda, pero seguramente no exhaustivo. Los planetas serán unos para determinados fines y en determinados lugares, y otros en otros ámbitos de discurso. Porque al fin y al cabo su existencia no es un hecho bruto, sino un hecho institucional. Lo mismo podríamos decir de cualquier otro fenómeno: qué es y no es, por ejemplo, una mesa, o un blog. El caso de los planetas es llamativo por su carácter digamos público, allá arriba a la "vista" de todos, y por su magnitud y número aparentemente, sólo aparentemente, definido. Pero lo mismo podría aplicarse a los continentes, pongamos: así, podríamos decir que en realidad hay sólo tres continentes: Europasiáfrica-América (unidos por el casquete polar norte), Australia, y la Antártida. Por ejemplo.

La distinción entre hechos brutos y hechos institucionales la proponía John R. Searle en Actos de habla. Serían hechos brutos los que existen al margen de su representación lingüística; los hechos institucionales, por el contrario, son producto de algún acto de habla, de alguna convención comunicativa en el marco de una determinada institución. (Por ejemplo, un nombramiento, un matrimonio, una promesa, etc.).

Pero esta distinción propuesta por Searle no se sostiene: todos los hechos del universo humano son institucionales, productos de una convención comunicativa. Por eso no sabemos cuántos planetas hay en el sistema solar, así en bruto. Tampoco se sostiene una distinción en cierto modo paralela que proponía John L. Austin al principio de How to Do Things with Words: la distinción entre actos de habla constativos y realizativos (o performativos), es decir, la distinción entre los usos del lenguaje que, respectivamente, meramente describen el mundo, y aquéllos que "crean" la situación a la que se refieren (por ejemplo, una promesa, un acto de contraer matrimonio). El libro de Austin es en cierto modo la historia de cómo esa distinción inicial entre lenguaje constativo y lenguaje realizativo se vuelve problemática o imposible (Más sobre eso aquí).

Un ejemplo que trata Austin es la frase "Francia es hexagonal". Esta frase, "Francia es hexagonal", es un ejemplo de lenguaje (al menos aparentemente) constativo: describe el mundo, o parte de él. Se supone que el lenguaje constativo está sometido, de un modo en el que no lo está el realizativo, a condiciones de verdad. Tiene sentido preguntar si las "constataciones" que hacemos sobre el mundo son o no ciertas. Ahora bien, ¿podemos decir, como habríamos de poder decirlo sobre una frase constativa ideal, si esta frase es verdadera o si es falsa? Según Austin, depende. Es verdadera o falsa ségún el contexto, o según para qué. Es suficiente para un general, quizá, pero no para un geógrafo. Esto lleva a Austin a una noción relativista de la verdad. La verdad, y los hechos constatables, son un efecto de discurso. Las cosas, o las representaciones que damos de ellas, no son de por sí verdaderas o falsas. Concluye Austin que

Es esencial darse cuenta de que "verdadero" o "falso" (...) no se refieren en absoluto a nada simple sino a una dimensión general de ser una cosa apropiada o inapropiada si se dice en tal circunstancia, ante tales interlocutores, para tal o cual propósito y con tales o cuales intenciones. (How to Do Things with Words 144)

Es decir, una cosa sólo es cierta o falsa con respecto a una determinada "dimensión de valoración" que dice Austin, o un determinado universo discursivo. Como señala Hillis Miller en Speech Acts in Literature, Austin acaba, quizás involuntariamente, reduciendo la realidad humana a efectos de discurso, y nos lleva a concluir que recreamos la realidad en la que vivimos cada vez que abrimos la boca.

Me gusta el comentario que proporciona Stanley Fish sobre Austin en Is There a Text in This Class? (198-99), y aquí lo traduzco.

A primera vista, la frase "Francia es hexagonal" es un ejemplo perfecto de enunciación constativa--una enunciación que se limita a referir, o describir, o informar sobre algo—y Francia es un ejemplo perfecto de hecho bruto, un hecho que existe independientemente de cualquier cosa que se diga sobre él, pero lo que Austin descubre al final de Cómo hacer cosas con palabras es que todos los enunciados son realizativos—son producidos y entendidos con los supuestos de alguna dimensión de valoración socialmente concebida—y que por tanto todos los hechos son institucionales, son hechos únicamente en virtud de la institución previa de alguna dimensión tal. Eso quiere decir no sólo que los enunciados afirmativos sobre un objeto serán evaluados (como ciertos, falsos, relevantes o irrelevantes) según las condiciones de su enunciación, sino que el objeto mismo, en la medida en que está disponible para referirnos a él y describirlo, será un producto de esas condiciones. Hay muchísimas cosas que se pueden decir sobre Francia, incluyendo el que sea o no hexagonal, pero la felicidad o acierto de lo que uno diga estará en función de su relación a una u otra dimensión de valoración—ya sea esa dimensión militar, geográfica, culinaria o económica—y, además, la Francia sobre la cual lo estamos diciendo será reconocible, y por tanto describible, únicamente en términos de esa dimensión. 

[Aquí Fish se columpia un poco, porque lo interesante es precisamente, como dice más adelante, la multiplicidad de dimensiones o marcos de referencia que diría Goffman, y las maneras imprevisibles en que se solapan unas con otros o crean superposiciones de sentido paradójicas o conflictivas.]

Es decir, lo único que no puedes decir de Francia es lo que es realmente, si por realmente te refieres a Francia tal y como existe fuera de cualquier dimensión valorativa. La Francia de la que hablas siempre será el producto del discurso sobre ella, y nunca será accesible de modo independiente. (...)
Naturalmente, no todo el mundo cree lo mismo o, para ser más exactos, las percepciones de la gente no están en función del mismo conjunto de creencias, y así habrá no uno sino muchos relatos estándar en relación a los cuales el mundo se consituirá de modo diferente, con diferentes hechos, valores, maneras de argumentar, procedimientos para establecer la evidencia, y demás. Como resultado, lo que puede ser ficción para los personajes de un determinado relato estándar, será verdad obvia y de sentido común para los personajes de otro. La distinción entre lo que es verdadero y lo que es ficticio siempre se hará, pero se hará desde dentro de un relato (o dimensión de valoración) y por tanto siempre será una distinción entre lo que es verdadero y lo que no lo es desde el punto de vista de ese relato. Además, es una distinción que siempre estará sujeta a debate, poque no podrá nunca decidirse invocando a hechos independientes de algún relato.

Claro que podríamos preguntarnos si en ese caso no tiene una validez y realidad institucional la categoría de hecho bruto. Se llegua por aquí a un territorio un tanto metalingüístico y paradójico, pero parece ser que tal es precisamente una de las funciones del metalenguaje: anular (imaginariamente o convencionalmente) al lenguaje como marco productor de sentido, e instituir (o soñar) una dimensión de discurso en la que es posible la distinción entre hechos brutos y hechos institucionales. Pero obsérvese que se ha invertido aquí la relación entre ellos: no son los hechos institucionales los que se erigen un tanto arbitrariamente sobre unos cimientos de realidad bruta, sino que son los hechos brutos los que se asientan sobre unas convenciones metalingüísticas, los que aparecen, por tanto, como un determinado efecto de lenguaje (un efecto de autoanulación hipotética), un juego lingüístico e institucional delimitado discursivamente. E históricamente: ¿existían los hechos brutos antes de que Searle los invocase? ¿Existen más, o menos, luego, después de su teoría, y de la evaporación de su teoría a manos de Fish, de Derrida, de Hillis Miller—y hasta de Austin? Que viene a ser como preguntar, ¿existían los planetas antes de su descubrimiento? Más allá de los planetas, ya decía Borges que el "Universo" como tal probablemente no tenía otra existencia como objeto definido al margen de la que le daba esta ambiciosa palabra—"Universo". El Universo mismo es un hecho institucional y convencional, un efecto del lenguaje.

Interesantes dimensiones narrativas y consecuencias retroactivas tiene cualquier uso del lenguaje. Pero por hoy lo dejaremos aquí, y a los planetas, hechos brutos o institucionales, los dejaremos flotando en el vacío, y si hace falta, hasta girando alrededor de un centro de gravedad que es un punto virtual.





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