lunes, 14 de marzo de 2016

Un amor de Adam Smith

Adam Smith es célebre, aparte de ser uno de los pilares de la teoría económica clásica, por su vida carente de anécdotas, como no sea la de ser el modelo mismo del sabio distraído. Vivió la mayor parte de su vida con su madre, sin formar otra familia, y muchos han creído que era insensible a las mujeres o a las emociones humanas, o que no prestó atención a ellas (a pesar de haber escrito una voluminosa Teoría de los sentimientos morales, en la que el amor romántico no sale precisamente bien parado o valorado). Por qué esa persona y no otra, se pregunta Adam Smith—y ante la carencia de respuesta, concluye que es imposible simpatizar con el enamoramiento de un tercero. Que se le pasó la vida sin prestar atención al amor lo podrían creer algunos de sus conocidos, que disfrutaban de las curiosidades de su conversación, al decir de su amigo Dugald Stewart, "aún más porque él parecía normalmente, y en un grado extraordinario, desatento a todo lo que lo rodeaba."  A pesar de ser una persona educada y afable, Adam Smith no pasó a la historia por sus amores. Es bien conocida también su gran amistad con Hume, y algunos creen que hasta allí se extendió su vida emocional. Sin embargo el mismo Dugald Stewart nos habla en una nota de un amor de Adam Smith. Un amor que quizá sea discretamente trágico, o quizá kafkiano. Cito de su prefacio a los Essays de Smith (en español, epílogo a los Ensayos Filosóficos, 312-13):


Nota (K.)

En la primera parte de la vida del Sr. Smith, como bien sabían sus amigos, se había sentido durante varios años atraído por una joven dama de gran belleza y mérito. No he podido averiguar en qué medida sus intenciones fueron favorablemente acogidas, ni qué circunstancias impidieron la unión; pero creo que es casi seguro que después de este desengaño apartó de sí toda idea de matrimonio. La dama a la que me refiero también murió soltera. Sobrevivió al Sr. Smith por muchos años, y aún vivía mucho después de la publicación de la primera edición de esta memoria [1795]. La fuerza de su inteligencia y la alegría de su temperamento no parecían haber sufrido en absoluto por el paso del tiempo.

Señala David Marshall (The Figure of Theater) en la admiración de Smith por el estoicismo una aversión a la teatraliazación ostentosa de los sentimientos. Es mejor no exhibir los sentimientos a menos que se vaya a obtener simpatía, cosa que es harto improbable. Todo esto es más que congruente con lo que se nos cuenta en esta nota. Especialmente  el amor de los demás, nos dice Smith, no despierta de por sí ninguna simpatía, y parece más bien una pasión gratuita o excesiva, mal justificada. Marshall también observa la casi total ausencia de mujeres en la teoría de Smith; un libro éste que está escrito en una época sentimental, y que trata sobre los sentimientos, pero que va contra el sentimentalismo.

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