miércoles, 30 de marzo de 2016

Poética del relato en 'La Historia de Genji'


La Historia de Genji, escrita hace mil años por Murasaki Shikibu, es de un refinamiento literario, estilístico y emocional mucho más complejo que cualquier cosa que se hiciese en Occidente por esas fechas. Es a la vez un ejemplo magnífico de novela sentimental y una parodia del género, pues no hay sentimentalismo que resista las descaradas aventuras eróticas de Genji, cuyo egocentrismo supremo sin embargo no hace disminuir la admiración que todo el mundo siente por él, incluida la autora—y es que al parecer daba gusto verlo, o eso opinaba la gente. Los personajes también son refinados hasta la decadencia, comunicándose por medio de poemas (casi haikus avant la lettre) llenos de sutiles alusiones intertextuales a los clásicos, especialmente al Kokinshu. Pero aún destaca su consciencia literaria por otra cosa: contiene esta escena de crítica literaria, en boca del propio Genji (y es que da gloria oírlo, ya lo dice la autora, que Genji todo lo hace bien, y hasta huele de maravilla). Es toda una poética del relato, y un repaso a la estilística del realismo y de la convención literaria. Aquí habría que esperar hasta la escarda bibliotecaria del Cura y el Barbero, seiscientos años después, para tener algo que se le pueda comparar.

Este fragmento viene del capítulo 25, "Hotaru" (Las Luciérnagas). En este capítulo, Genji proporciona a uno de los pretendientes de su protegida Tamakazura, Su Alteza de la Guerra, un atisbo de ella a la luz de las luciérnagas, una escena delicada literariamente pero socialmente indiscreta, máxime si se tiene en cuenta el voyeurismo cotilla de Genji y su propio deseo por Tamakazura, a pesar de que la hace pasar por hija suya. Tras este episodio, Genji se explaya como crítico, comentando los gustos literarios de ella. Reproduzco el final del capítulo, con las notas de Royall Tyler, todo en la traducción de Jordi Fibla: La historia de Genji. (Memoria Mundi Atalanta, 3). Vilaür (Gerona): Atalanta, 2006.
yugiri


Aquel año las largas lluvias fueron más intensas de lo habitual, y para capear el tiempo persistentemente húmedo las damas se divertían día y noche con relatos ilustrados. La dama de Akashi compuso algunos muy bonitos y se los envió a su hija. Estas cosas intrigaban en especial a la joven dama del ala oeste, que, por lo tanto, se dedicó a copiar y a leer durante todo día. Disponía de varias damas de honor adecuadamente dotadas para satisfacer ese interés (18). Entre su recopilación de cuentos ella encontró relatos, sobre hechos verídicos o ficticios, de muchos extraordinarios destinos, pero ninguno, ¡ay!, que se pareciera en algo al suyo. Las tribulaciones a las que se enfrenta la joven dama de Sumiyoshi (19) eran notables, desde luego, como también lo era todavía su fama en el mundo actual, y la manera en que se había librado por los pelos del jefe de contaduría tenía mucho que ver con los terrores que le había causado a ella el auditor comisionado.

Al verla embelesada por esa clase de obras, que estaban esparcidas por doquier, Genji exclamó:

—¡Oh, no, esto no puede ser! Es evidente que las mujeres han nacido para que las embauquen sin un murmullo de protesta. Apenas hay una palabra de verdad en todo esto, como sabes perfectamente bien, pero ahí estás tú, sumida en fábulas, tomándolas en serio y escribiendo sin dedicar un solo pensamiento a tu cabello enmarañado por la humedad de este tiempo lluvioso y cálido. —Se echó a reír, pero entonces siguió diciendo: —Claro que sin esta clase de relatos sobre los tiempos pasados, ¿cómo pasaríamos el tiempo cuando no hay nada más que hacer? Además, entre esas mentiras hay, desde luego, algunas escenas plausiblemente conmovedoras, contadas de una manera convincente; y, sí, sabemos que son ficciones pero aún así nos emocionan y hacen que sintamos atracción, sin ninguna razón de peso, hacia la bonita y sufriente heroína. Podemos ser incrédulos hacia la flagrante inverosimilitud, y aun así asombrarnos por las maravillas ingeniosamente inventadas, y aunque éstas se hagan pesadas al oírlas de nuevo, ya con ánimo sereno, algunas siguen siendo fascinantes. Estos días, cuando alguien le lee a mi pequeña y me quedo a escuchar, pienso para mis adentros qué buenos conversadores hay en este mundo, y cómo también este relato debe de proceder de la imaginación elocuente y persuasiva de alguien, aunque tal vez no sea así.

—Sí, claro, por diversas razones alguien acostumbrado a decir mentiras no dudará en considerar de ese modo los relatos, pero a mí me parece imposible que no sean verdad. —Empujó el tintero a un lado.

—He sido muy descortés al hablarte tan mal de los relatos. La verdad es que registran lo que ha sucedido desde la Era de los Dioses. Las crónicas de Japón (20) y otros libros similares sólo ofrecen una parte de la historia. ¡Los relatos son los que contienen los detalles realmente valiosos! —Se echó a reír—. No es que los relatos describan con precisión a cualquier persona determinada; más bien la narración empieza cuando todo aquello que el narrador ansía transmitir a las generaciones futuras (aquello, sea lo que fuere, de la vida de la gente que, para su bien o para mal, es digno de verse o que, al ser oído, maravilla) rebosa de su corazón. Para presentar a alguien bajo una buena luz uno sólo resalta lo bueno, y para complacer a otros uno favorece lo que es extrañamente perverso, pero nada de esto, bueno o malo, está alejado de la vida tal como la conocemos. Los relatos no se cuentan de la misma manera en el otro reino (21), e incluso en el nuestro los estilos antiguo y moderno son, por supuesto, distintos. Pero aunque uno pueda distinguir entre lo profundo y lo superficial, es erróneo rechazar siempre como falso lo que uno encuentra en los relatos. Se habla de "medios convenientes" (22) también en la enseñanza que el Buda, en su gran bondad, nos dejó, y muchos pasajes de las escrituras parecen contradictorios y por ello hacen dudar a quienes carecen de comprensión, pero al final tienen un solo mensaje, y la brecha entre la iluminación y las pasiones (23) es, después de todo, no más ancha que la brecha que en los relatos separa a los buenos de los malos. Por decirlo con precisión, no hay nada que no tenga su propio valor.

En resumen, había hecho una defensa muy buena de los relatos.

—Pero, ¿habla alguno de esos antiguos relatos de un tonto fervoroso como yo? —se le acercó más—. No, ninguna heroína cruelmente distante de las que aparecen en ellos podría pretender que se percata de nada de una manera tan despiadada como lo haces tú. ¡Vamos, hagamos nuestro relato mejor que ningún otro y entreguémoslo al mundo!

Ella ocultó la cara.

—Aunque no lo hiciéramos, dudo de que una historia tan extraña pudiera acabar convertida en la comidilla de todo el mundo.

—¿Extraña? ¿Es extraña para ti? ¡No, desde luego no puede haber otra como tú!

Aunque una preocupación excesiva me lleva a buscar antiguos relatos como el nuestro,
¡no hallo ninguno de una hija tan predispuesta contra su padre!

¡Incluso la enseñanza de Buda tiene mucho que decir acerca de quienes ofenden la piedad filial!

Como la muchacha no le respondía, él le acarició el cabello, y estaba tan inquieto que por fin ella replicó:

Sí, busca cuanto quieras en los relatos del pasado: ¡jamás encontrarás
en el mundo entero un padre con unos sentimientos como los tuyos!

La respuesta de ella le avergonzó, y él no se tomó más libertades. Pero, en la situación en que se encontraba, ¿qué iba a ser de ella?

También la señora Murasaki (24) aducía sus deseos de joven dama y le resultaba difícil dejar de lado los relatos.

—¡Qué preciosa pintura! —exclamó mientras examinaba una de El relato de Kumano (25). La niñita, que sesteaba plácidamente, le recordaba a sí misma muchos años atrás.

—¡Qué perspicaces son incluso estos niños tan pequeños! Yo mismo era tan increíblemente lento... ¡Debería ser famoso por ello! —observó Genji. (26)

Famoso, sí, ciertamente debería haberlo sido, pero por su peculiar colección de aventuras licenciosas.

—Te ruego que no le leas a nuestra pequeña esa clase de relatos traviesos—le dijo—. Es cierto que difícilmente le interesará una heroína que ama en secreto, pero no debe dar por sentado que tales cosas sucedan en realidad.

La dama del ala occidental se habría escandalizado si le hubiera oído hablar así.

—Es penoso ver a alguien que imita estas cosas de una manera insensata —replicó ella—, pero fíjate entonces en la joven Fuijwara de El árbol hueco. Por seria y sobria que sea, jamás se extravía, pero la rigidez de su manera de hablar y su conducta son tan impropios de una dama que muy bien podría hacerlo.

—Esto también puede suceder en la vida real. La gente insiste en salirse con la suya y pierde el sentido de la proporción. Cuando los padres perfectamente respetables de una muchccha la han educado con esmero para que su principal característica sea la inocencia infantil, y ésta, por lo demás, tiene poco que ofrecer, por lamentable que sea uno se pregunta cuál puede haber sido su idea de la educación. Pero cuando una muchacha se desarrolla como debería, el esfuerzo ha valido la pena y sus padres son merecedores de alabanza. Es muy decepcionante constatar que ni las palabras ni las acciones de una muchacha indican que sea merecedora de las generosas alabanzas que recibe. Uno debe ingeniárselas para no permitir que personas tediosas alaben a una niña.

(...)



18. Presumiblemente, mujeres expertas en recoger relatos, copiarlos o hacer pinturas para ilustrarlos.

19. Un clásico ya en tiempos de la autora, sólo sobrevive en una versión reescrita que data aproximadamente del siglo XIII.

20. Nihongi, una historia oficial de Japón escrita en chino y completada en el año 720. Comienza con un relato de la kamiyo, la era divina que precedió a la de los humanos.

21. China. El original de toda esta frase es confuso y dudoso, y varía mucho en los diferentes manuscritos.

22. Hôben, un recurso adoptado por ser iluminado para conducir a quien no está preparado a aceptar una guía más directa hacia la iluminación. La expresión puede abarcar lo que en términos convencionales sería una mentira. La cuestión se trata a fondo en el Sutra del Loto.

23. Una paradoja del budismo Mahâyana japonés es que "las pasiones son iluminación", las pasiones derivadas del deseo y los sentidos, que, para la opinión general, son precisamente lo más alejado de la iluminación.

24. Es la primera aparición de "Murasaki no Ue", que en lo sucesivo se traducirá así cada vez que aparezca. [Es la joven esposa de Genji, antes también su protegida, y cuyo nombre coincide con el pseudónimo utilizado por la autora de El relato de Genji, otro guiño metaficcional.]

25. Hoy perdido.

26. Su broma parece consistir en que, al contrario que los niños (presumiblemente niño y niña) de la imagen, él fue un niño torpe y lento para quien las obsesiones románticas no significaban nada.

27. Sobre todo por parte de sus ayas y damas de honor.






Se observará que Genji es consciente de la evolución del estilo narrativo (el antiguo frente al moderno), y de los diversos estilos nacionales (el japonés frente al chino). A destacar especialmente este detalle metaficcional: Genji, a la manera del Shakespeare de El Gran Teatro del Mundo, o de Cervantes que también usó la misma imagen, se pregunta si el mundo donde habita es también una realidad virtual, una ficción relatada por alguien, como en efecto lo es. Aquí es la narración la imagen usada para esta analogía entre el arte y la vida, en lugar del teatro—la vida aparece como un relato novelístico, reflexión unamuniana a la que llega Genji al ver cómo los sentimientos y conversaciones reales también tienen su propia poética, una poética de la vida cotidiana que es a su vez captada por las ficciones, y que es ignorada por las narraciones supuestamente "serias". La ficción cuenta, por tanto, la mitad de la verdad (o su mayor parte)—la experiencia de la vida y de la sociedad que es ignorada por las historias.








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