domingo, 13 de marzo de 2016

El mundo se formó él solo, y él solo se deshará



En Lucrecio se encuentra expresada memorablemente la doctrina del evolucionismo universal. El mundo no es obra de ningún dios, sino de la Naturaleza, es decir, de sí mismo. Se ha creado espontáneamente sin diseño previo, por selección natural de las formas que se combinan en equilibrios cada vez más complejos, hasta que a esa evolución cósmica sigue una disolución universal. Nada hay eterno, y hasta la tierra y el cielo son momentos de una historia que tuvo un principio y tendrá un final. El hombre es una criatura más de las formadas por el azar de los procesos naturales, y no es más central ni necesario que ningún otro ser. Es la visión evolucionista cósmica, similar a la de Spencer, pero formulada en tiempos de la República de Roma. Seguía Lucrecio a su vez, de modo original y magistral, las intuiciones de los primeros filósofos evolucionistas. Aquí reproduzco unos versos, traducidos, del libro quinto de su poema sobre la naturaleza. Es especialmente interesante el momento en que habla de la evolución de las teorías atomistas evolucionistas, como una prueba más de la inestabilidad del mundo—"esta explicación misma del sistema de la Naturaleza fue descubierta recientemente, y ahora yo soy entre todos el primero que me encuentro capaz de exponerlo en el idioma patrio."


cosmic cave


T. Lucrecio Caro (c. 99-55 a.C.), De rerum natura / De la naturaleza. Trad. Eduard Valentí Fiol. Barcelona: Bosch, 1985; p. 425ss.


El mundo no es obra de un dios

Decir, por otra parte, que en interés de los hombres quisieron los dioses crear esta esplendorosa naturaleza del mundo, que por tal razón es justo alabarlo como una meritoria obra divina y creerlo eterno e inmortal; que este mundo, edificado por antiguo designio de los dioses en favor de la raza humana y fundado en la eternidad, es sacrílego quererlo conmover de sus cimientos por fuerza alguna, o atacarlo de palabra y subvertir el universo enterio desde sus bases; imaginar estas cosas y otras del mismo tenor es, Memmio, pura locura. Pues, ¿qué provecho puede nuestra gratitud aportar a unos seres inmortales y felices para inducirlos a hacer nada en nuestro interés? O ¿qué novedad puede haberlos tentado, después de estar tranquilos tanto tiempo, a cambiar su vida anterior? Pues para que tenga aliciente la novedad, parece necesario que lo antiguo produzca disgusto; mas, a quien ninguna penas sufrió en el tiempo pasado y ha gozado de una vida dichosa, ¿qué pudo encenderle una tal ansia de cambio? Y para nosotros, ¿qué mal había en no haber sido creados? ¿Por ventura nuestra vida yacía en aflicción y tinieblas, hasta que amaneció el día de la creación de las cosas? Pues todo ser nacido debe desear permanecer en la vida, mientras lo retiene el muelle placer. Mas para el que jamás gustó del amor de la vida ni figuró en el número de los seres vivientes, ¿qué daño hay en no haber sido creado?


El mundo es obra de la Naturaleza

Además, ¿de dónde les vino a los dioses el modelo para crear el mundo y la idea misma del hombre, para saber y representarse en su ánimo lo que querían hacer? Y ¿cómo conocieron las virtudes de los cuerpos primeros, y lo que éstos eran capaces de hacer al permutar su orden, si la Naturaleza misma no les dio la idea de la creación? Pues desde la eternidad es infinito el número de átomos que, de mil maneras combatiods por choques y arrastrados por su gravedad propia, se han combinado de mil modos y probado todo lo que eran capaces de crear por la unión de unos con otros; por lo que no es extraño que acertaran también la disposición y los movimientos convenientes con que opera y se renueva el universo ahora existente.

Imperfección del mundo

Que aunque ighnorara lo que son los principios de las coas, osaría sin embargo afirmar, por el simple estudio de los fenómenos celestes y la consideración de muchos otros hechos, que la Naturaleza no ha sido creada en nuestro interés por obra divina; tan grandes son sus defectos.
     En primer lugar , de todo lo que el cielo cubre con su inmenso vuelo, la mitad más codiciable está ocupada por montes y selvas llenas de fieras, por peñascos y vastas lagunas, y el mar, que mantiene ampliamente apartadas las riberas de las tierras. Dos tercios casi, además, son arrebatados a los mortales por el tórrido calor y la incesante caída de hielo. Lo que resta de tierra cultivable, la Naturaleza por sí misma lo cubriría de espinos, si no se lo disputara el esfuerzo del hombre, al que la necesidad de vivir ha habituado a gemir sobre el robusto arado y a hender la tierra apretando la reja. Si no revolviéramos con el arado los profundos terrones, si no mulléramos el suelo para provocar la eclosión de los gérmenes, por su sola virtud no podrían éstos surgir a las límpidas auras; a pesar de lo cual, muchas veces estos furots, ganados con tanta fatiga, cuando ya en los campos se cubren de hojas y florecen todos, o los abrasa con su ardor excesivo el sol desde el éter, o los destruyen repentinos chubascos y heladas escarchas, o los arrancan los soplos del viento en devastador torbellino. Además, la terrible raza de las fieras, enemigas del hombre, ¿por qué la Naturaleza la nutre y aumenta por mares y tierras? ¿Por qué las estaciones del año traen enfermedades? ¿Por qué merodea la muerte prematura? Y el niño, como un marinero arrojado por las crueles olas, yace desnudo en el suelo, sin habla, carente de toda ayuda para la vida, una vez la Naturaleza, con grandes esfuerzos, lo ha hecho salir desde el seno materno a las riberas que baña la luz; y llena el espacio con lúgubres vagidos, como es justo, siendo tantos los males por que ha de pasar en la vida. En cambio, las diversas especies de bestias, domésticas y salvajes, pueden pasar sin sonajas, y no necesitan oír de los blandos cuchicheos de una tierna nodriza, ni requieren cambiar de vestido según el estado del tiempo, ni echan de menos armas ni altas murallas para proteger sus bienes, pues todos disponen de todo lo que pare ellos producen la tierra y la Naturaleza, inventora de cosas.

El universo es mortal, puesto que lo son sus partes

Primeramente, puesto que la masa de la tierra y el agua y los leves soplos de las auras y los vapores del fuego, en los que vemos que consiste nuestro universo, constan todos de una materia sujeta a nacimiento y muerte, hay que pensar que el mundo entero está constituido de la misma materia. En efecto, el todo cuyas partes y miembros son de cuerpo nativo y de forma perecedera, vemos constantemente que es asimismo mortal y también sujeto a nacimiento. Por lo que, al ver cómo se consumen y renacen los gigantescos miembros y partes del mundo, me convenzo de que también el cielo y la tierra han conocido un principio y les aguarda la ruina.


(...)


Las piedras

En fin, ¿no ves también el tiempo triunfar de las piedras, las altas torres desplomarse y hacerse polvo las peñas, agrietarse los templos y estatuas de los dioses abrumados por la edad, sin que el poder divino alcance a alejar los límites del hado, ni a resistir contra las leyes naturales? ¿No vemos, en fin, cómo se desmoronan los monumentos de los héroes y nos preguntan si no creemos que ellos también envejecen? ¿No ves precipitarse las peñas arrancadas de los altos montes, incapaces de soportar los vigorosos embates de un tiempo limitado? Pues no caerían, desprendiéndose de repente, si desde un tiempo infinito hubiesen resistiso los asaltos de la edad, exentas de fractura.


El cielo

Contempla, en fin, eso que en un abrazo contiene, en torno y arriba, la tierra entera: si, como algunos dicen, procrea de sí todos los seres y los vuelve a recibir una vez disueltos, entonces todo él consta de un cuerpo que nace y que muere. Pues todo lo que nutre y aumenta otros seres con su sustancia, debe menguar, y rehacerse cuando recobra la materia.

Juventud de nuestro mundo

Además, si la tierra y el cielo no conocieron jamás un primer nacimiento y fueron siempre eternos, ¿por qué anteriormente a las guerras de Tebas y a la perdición de Troya los poetas no cantaron también otras gestas? ¿Adónde fueron a perderse tantas hazañas de héroes, cómo es que en ningún sitio florecen, grabadas en los eternos monumentos de la fama? En verdad que, según pienso, el universo es joven, y es reciente este mundo, y no hace mucho que tuvo principio. Por esto hoy todavía ciertas artes se perfeccionan, hoy todavía progresan: en nuestros días adelanta en muchas cosas la navegación, los organistas inventaron poco ha sus dulces melodías; finalmente, esta explicación misma del sistema de la naturaleza fue descubierta recientemente, y ahora soy yo entre todos el primero que me encuentro capaz de exponerlo en el idioma patrio.
      Y si crees acaso que todas estas cosas existieron ya antes, pero que las generaciones de hombres perecieron abrasadas por el fuego, o se desplomaron las ciudades en una conmoción gigantesca del mundo, o que de un diluvio incesante salieron ríos rapaces que inundaron las tierras y cubrieron los pueblos, entonces con tanta mayor razón tendrás que confesarte vencido y reconocer que a la tierra y al cielo les aguarda la muerte. Pues atacado el mundo por males tamaños y tamaños peligros, de haberle sobrevenido un accidente más grave, hubiera caído en todal destrucción y ruinas ingentes. Y por ninguna otra razón nos damos cuenta de que somos mortales, sino porque enfermanos de las mismas dolencias que aquellos a quienes la Naturaleza apartó de la vida.

El edificio del mundo no es durable.

Además, las cosas que subsisten eternamente deben, por necesidad, o bien rechazar todos los golpes, por ser de cuerpo compacto y no dejarse penetrar por nada que pueda disociar la trabazón de sus partes, como son los átomos, cuya naturaleza anteriormente explicamos, o bien han de poder perdurar a través de todos los tiempos por ser inaccesibles a los choques, como es el vacío, que permanece intacto, sin que los golpes le afecten en nada; o también, porque no hay en derredor espacio ninguno donde puedan, por así decir, retirarse y disolverse las cosas; como es eterno el universo de los universos, fuera del cual no hay lugar al que puedan huir sus partes, ni cuerpos que caigan sobre ellas y las disuelvan con la violencia de su percusión.

Pero, como dije, la naturaleza del mundo ni es compacta, pues hay vacío mezclado en las cosas, ni es tampoco como el vacío, ni faltan cuerpos procedentes del espacio infinito capaces de derrumbar este conjunto de cosas con su arrolladora violencia o de infligirle con su choque cualquiera otro desastre; ni falta tampoco espacio ni abismos en cuyas profundidades puedan desparramarse las murallas del mundo, o perecer al embate de otra fuerza cualquiera.

Así, pues, la puerta de la muerte no está cerrada para el cielo, ni para el sol, ni para la tierra, ni para las profundas olas del océano; antes se levanta ante ellos abriendo sus fauces monstruosas. Por tanto, preciso es admitir que tuvieron origen; pues unos seres que constan de cuerpo mortal no hubieran podido desafiar desde la eternidad hasta ahora las potentes fuerzas del tiempo infinito.





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